Implacable (Generations 3) 12. El profundo estanque de memoria singular
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12. El profundo estanque de memoria singular

E L PROFUNDO ESTANQUE DE MEMORIA SINGULAR

Beniago se hallaba sentado ante su escritorio en Illusk, con los largos y delgados brazos cruzados sobre el pecho.

Kimmuriel se sentaba en el rincón detrás de él, hacia su izquierda; el psiónico había insistido en tomar solo el papel de observador y había dejado que la reunión la dirigiera Beniago, quien había sido gran capitán durante bastante tiempo y conocía la ciudad mejor que cualquiera de Bregan D’aerthe.

Todos los que se hallaban sentados en los bancos frente a Beniago eran drow, con la excepción de Wulfgar y Bonnie Charlee.

Kimmuriel había insistido en que asistiera el bárbaro, y la mujer había estado jugando un papel valioso, porque ella, incluso después del encuentro con los gnolls en el callejón, podía ir más fácilmente por las calles de la ciudad, mezclándose con la gente y espiando.

Uno a uno, los exploradores habían ido presentado sus informes, pero el más importante había esperado hasta el final: Braelin Janquay.

Este estaba combinando toda la información, y en un modo que parecía dejar pocas esperanzas de que Bregan D’aerthe pudiera continuar su presencia en la Ciudad de las Velas.

—Sus números son abrumadores —continuó Braelin—.

Parece que los otros cuatro capitanes han jurado lealtad a Brevindon.

Luskan es una ciudad de un tamaño similar al de Menzoberranzan, y con esas cuatro naves aliadas con los invasores, no podemos esperar derrotarlos aunque nos apoyaran todas las demás gentes de Luskan.

—Y pocos lo harán —añadió otro de los exploradores.

—Eso muestra la volubilidad de los humanos, con sus cortas vidas y su falta de honor —dijo Dab’nay.

—Lo que muestra es un sospechoso cambio en la ciudad —intervino Wulfgar, aguantando el ceño fruncido de muchos otros que habían dejado claro que no lo querían ahí, ni tampoco a Bonnie Charlee—.

Les ofreciste un cambio, y estaban solo comenzando a verlo —le dijo a Beniago, y se volvió mientras hablaba para asegurarse de que también Kimmuriel lo oyera con claridad—.

No hay duda de que, con el tiempo, ese cambio hubiera sido beneficioso para todo Luskan, pero también significaba que muchos se harían más débiles, sobre todo los más fuertes y más malvados.

Exigías…, quizá no exigías, pero presionabas, para que cambiaran su estilo de vida.

No todos los piratas matan y roban porque tengan pocas opciones de futuro.

Algunos simplemente disfrutan con ello. Prefieren tener una vida de grandes aventuras, sin límites morales, incluso si eso significa, casi seguramente, que ellos también encontrarán una muerte desagradable y temprana.

—Y nos llamáis a nosotros la raza malvada —replicó Dab’nay.

—¿Acaso Menzoberranzan es realmente diferente? —le preguntó Braelin—. ¿Dudas del placer que sienten muchas sacerdotisas al usar sus látigos?

—No nos apartemos tanto de nuestro tema —indicó Beniago.

—Cuando retoméis Luskan, si lo hacéis, haréis bien en separar los ciudadanos que pueden redimirse de los otros —acabó Wulfgar.

Beniago lo miró, le hizo un rápido asentimiento, y luego se volvió de nuevo hacia Braelin.

—Nuestra mejor baza sería el caos de los gnolls —continuó Braelin—. Ni Brevindon Margaster los puede controlar totalmente, y sus crímenes contra las gentes de Luskan van en aumento.

—¿Y qué sabemos de Brevindon? —preguntó Beniago.

—Tiene un demonio dentro —contestó Bonnie Charlee—. Uno de verdad, malvado y de piel roja, y con una espada retorcida que puede cortarte por la mitad.

—Sí —asintió Braelin—. Pero tal vez ese demonio pueda estar ayudándonos sin darse cuenta.

Brevindon se está comportando de un modo feroz: cuelga a la gente por docenas, y pronto no habrá ni una familia en Luskan que no conozca a alguien que haya muerto en el extremo de una de sus cuerdas.

La gente lo temerá; los otros capitanes se inclinarán ante él, pero, muy pronto, la mayoría tendrá menos cariño a Brevindon del que nos ha tenido a nosotros.

—Pero no es el único demonio en Luskan, y tiene una considerable fuerza mercenaria que nunca lo traicionará, incluidos los gnolls —añadió Dab’nay.

Otros comenzaron a responder, pero Beniago alzó la mano y los silenció, mientras valoraba esa información, que no era realmente nueva para nadie de la sala.

—El archimago Gromph no se va a dejar convencer —les dijo después de una larga pausa—, y poco podemos hacer sin sufrir demasiadas pérdidas; Bregan D’aerthe no es una banda guerrera.

Tenía la esperanza de encontrar un papel para nosotros bajo el nuevo gobierno de Luskan, pero dado el poder que respalda a Brevindon —que ahora sabemos que se trata de la Matrona Zhindia Melarn—, eso nunca será posible.

—No, tenemos que ganar aquí, y pronto, mientras la Matrona Zhindia está ocupada en el sur.

Continuad royendo las asperezas, pero pongamos más atención en agitar los gnolls contra los más leales al gran capitán Brevindon Margaster.

Lo empujaremos e instigaremos para que muestre aún mayor crueldad hasta que podamos decidir cuál es la mejor manera de atacar de lleno.

Acabó lanzando una mirada a Kimmuriel, quien permanecía impasible y no indicaba de ninguna manera de si estaba de acuerdo o no.

Esos eran los momentos en los que Kimmuriel Oblodra se preguntaba si existía la reencarnación natural, o si, quizá, el espíritu de un ser sintiente podía ser inyectado en una forma corpórea inapropiada; tanto Yvonnel como Quenthel Baenre tal vez fueran posibles ejemplos.

En su «casa», Kimmuriel podía contar sus amigos con un solo dedo; suponiendo que Jarlaxle fuera su amigo.

Sin duda, el extravagante pícaro era lo más parecido a ello.

Quizá Gromph Baenre, quizá Beniago Kurth, quizá Braelin Janquay.

Pero esos eran sus socios, y con ellos había establecido, al menos, un cierto grado de confianza y hacia Gromph también sentía un reticente respeto, probablemente mayor del que Kimmuriel ofrecía a ningún otro drow o a cualquier otro miembro de cualquier otra raza en Faerun.

Pero ¿amigos? Si tenía algún amigo en Toril ese sería Jarlaxle. Y sí, ya sabía que estaba ampliando la definición.

Pero ahí, en ese lugar, nada se medía de esa manera.

Allí, Kimmuriel Oblodra no existía, más allá de ser una coligación en el ser único que era la totalidad de la sociedad ilícida.

Ahí, en la mente colectiva, mientras acariciaba con los dedos el enorme cerebro palpitante, el asiento de la conexión y la unicidad, los pensamientos y los recuerdos se hacían intercambiables y se mezclaban.

En la mente colectiva, el estudio era solo cuestión de buscar en lo que se había convertido en tu propio conocimiento y recuerdos ampliados, en vez oír o leer las palabras de un ser separado.

Kimmuriel a menudo lamentaba no haber nacido ilícido.

Naturalmente, la mente colectiva sabía esa verdad que el drow guardaba en su corazón, lo que explicaba que fuera tan bienvenido allí. En ese lugar no era fácil ocultar la falta de sinceridad. No era fácil ocultar nada a los ilícidos.

Una gran parte del individuo que era Kimmuriel quería permanecer ahí.

Dejar que Luskan y Bregan D’aerthe fueran el problema de otro.

Podría quedarse en la mente colectiva y acariciar el conocimiento mismo, disfrutar del pensamiento puro, deleitarse con recuerdos tan vívidos como si hubiera sido él quien hubiera recorrido esos caminos en la forma de drow, singular y solitaria, que se veía obligado a usar.

Pero le llegaban muchos hilos de pensamientos desde muy diversos puntos de la mente colectiva.

Ahí él era único, o casi. Solo su sinapsis en esa mente, la de ese ser llamado Kimmuriel —que existía en la realidad drow en el mundo de Faerun—, podía aportar unas experiencias y un conocimiento tan amplios de ese lugar.

Si perdía el equilibrio entre ser receptor y fuente, estaría limitando la mente colectiva y, por tanto, limitándose a sí mismo.

Así que lo aceptó por el momento y centró su pensamiento mientras buscaba.

«Demonios… posesión… filacteria…»

El conocimiento era muy amplio, claro, ya que los demonios habían existido desde el principio del propio tiempo, y dado su potencial para la destrucción y el daño, siempre habían interesado a la mente colectiva ilícida.

Kimmuriel no estaba aprendiendo.

Estaba recordando, y eso era mucho más potente y enriquecedor.

Una vez ordenados los recuerdos, el drow aflojó la mano que tenía en el cerebro central de la comunidad, dispuesto a sacarla y marcharse.

«Mantente bien, mantente abierto», oyó en la cabeza; eran las voces telepáticas de los muchos ilícidos que se habían unido a él ese día para compartir sus recuerdos.

En ese momento anterior a la separación mental, todos eran uno, y tan claras eran sus voces comunales que, en silencio y casi al instante, pudo dar las gracias a todos y a cada uno de ellos.

Notó especialmente a Pescatawav, el más apegado al cerebro central en esos momentos, una posición que rotaba entre los miembros del enjambre, y que Kimmuriel, como forastero, nunca alcanzaría.

Notó también a otro, por alguna razón, mientras separaba la mano del cerebro central y cortaba la conexión. Algo en el modo en el que el azotamentes llamado Ouwoonsivisc había impartido ese pensamiento le resultó… diferente.

—Este plan no tendrá éxito —le dijo Kimmuriel a Beniago y a los demás cuando se reunieron de nuevo en Illusk.

Los exploradores y provocadores de Beniago llevaban una semana entrando y saliendo de la ciudad, causando problemas, irritando a los gnolls, soliviantando a la gente de Luskan contra los gnolls.

Incluso susurrando acuciantes advertencias a los embajadores de los grandes capitanes.

Había habido algunas peleas, pero pocas muertes, y poco se había debilitado el poder del gran capitán Brevindon.

Al contrario, el noble de Aguas Profundas ya había conseguido todas las armas y el personal que necesitaba para la Nave Margaster.

Toda la isla de Closeguard se estaba convirtiendo rápidamente en una fortaleza, y esa prueba de fuerza mantendría a los piratas, tanto invasores como locales, en su lugar.

Así que Kimmuriel se estaba repensando la situación y se veía empujado a tomar una arriesgada decisión.

—Entonces, ¿qué queda de nosotros? —preguntó Beniago—. ¿Bregan D’aerthe deja Luskan? Quizá deberíamos dejar una pequeña banda para observar y buscar formas de conseguir algún provecho, al menos. ¿O deberíamos volver con Gromph y rogarle que reconsiderara su negativa a luchar?

—¿O al menos convencerlo para que vuelva a abrir los portales a Gauntlgrym? —añadió Braelin—. El rey Bruenor no permitirá que las cosas queden como están en Luskan. Si al menos puede abrir los portales de la Marca Argéntea, tendrá tres ejércitos de enanos más bajo su mando.

—Los portales están cerrados, y Gromph es demasiado ególatra para reconsiderar sus actos. Las recuperadoras y las victorias repentinas de las melarni le han convencido de que Lloth está de parte de ellas, y es demasiado listo para provocar la ira de la Reina Araña —explicó Kimmuriel con calma.

—Pero nosotros no, al parecer —se atrevió a decir Wulfgar con una risita, pero nadie en la sala le rio la broma.

—Hemos subestimado a Brevindon Margaster, o más en concreto, a ese demonio Asbeel, que reside dentro del hombre —explicó Kimmuriel—. Es formidable; son formidables, y han venido tan preparados para la ocupación como lo estaban para la victoria inicial. Port Llast también está bajo su yugo.

—Así que nos vamos —razonó Beniago.

—No —fue la simple respuesta de Kimmuriel.

—Entonces, ¿qué? —preguntaron Beniago y Braelin al unísono.

Kimmuriel miró hacia un lado, a Wulfgar, que asintió.

—Los destruimos —dijo el bárbaro—. Enviamos a ese demonio Asbeel de vuelta a las fosas de los planos inferiores, adonde pertenece.

La mirada de los comandantes drow se mantuvo en Wulfgar durante un instante, antes de volver a Kimmuriel, que seguía mirando a Wulfgar.

—Él sabe cómo hacerlo —les dijo Wulfgar a todos.

Kimmuriel casi sonrió al oírle. Deseó estar tan seguro sobre eso como el bárbaro.

Algo le inquietaba, no se le iba de la cabeza.

Sentía como si le faltara un dato importante.

Había un recuerdo que flotaba justo más allá de su alcance, o varios recuerdos que estaban relacionados de algún modo que le daría repuestas.

—Esta vez no fallaré —les prometió Wulfgar.

«No deberías haber fallado la última vez», pensó Kimmuriel, pero no lo dijo ni lo proyectó telepáticamente.

Su siguiente pensamiento después de esa idea tan extraña, (¿qué le importaba a él?) fue que se le había ocurrido por pura frustración.

Pero se dio cuenta de que no. Se había esforzado mucho para proteger a Wulfgar en aquella pelea en la Nave de Brevindon Margaster, en medio del mar.

Había protegido al bárbaro con una barrera cinética, y toda la energía que ese escudo le había trasferido se había proyectado en el tremendo poder que había tenido el tajo de la espada de Wulfgar.

Kimmuriel lo había hecho sabiendo que Wulfgar, tan hábil y fuerte, acabaría con el demonio que se alojaba en el interior de su oponente o que, al menos, le destrozaría el cuerpo a Brevindon.

Asbeel era orgulloso y se creía invencible.

Su forma de luchar era agresiva, temeraria, arrogante.

Wulfgar no podía fallar.

Pero había fallado.

¿Qué había ocurrido?