11. Por los límites de la oscuridad #3
—En el pueblo de ahí delante hay demonios, pero sobre todo los más grandes —continuó Yvonnel—. Supongo que los monstruos menores se encuentran abajo, sobre todo en los niveles más altos de Gauntlgrym. El rey Bruenor está bajo una inmensa presión, suponiendo que no lo hayan derrotado ya.
—¿Y qué hacemos? —preguntó Regis.
Yvonnel negó con la cabeza, pensando.
—Entramos —respondió Athrogate.
—¿Y si dentro no hay refugio? —inquirió Dahlia—. ¿Y si todo son demonios y drow?
—Entonces la atravesamos directamente y salimos por el otro lado —anunció Yvonnel—. Vamos, bajemos la colina.
Se puso en pie y fue bajando lentamente por el terraplén, con los otros detrás; Athrogate sujetaba a Entreri, que aún estaba un poco inestable sobre sus hinchadas piernas.
—Daos la mano —indicó Yvonnel—. Artemis Entreri a mí.
—¿Vamos a volver a correr? —preguntó Athrogate, porque las pocas veces que lo habían hecho en los últimos días, Yvonnel había lanzado un conjuro para aumentar su velocidad.
Artemis Entreri gimió. Esos viajes acelerados le estaban restando sus limitadas fuerzas.
—Esto es diferente —prometió Yvonnel, sobre todo al hombre herido. Lo tomó de la mano—. Athrogate, agárrale la otra mano. Luego tú, Regis, y luego Dahlia. Pase lo que pase, no os soltéis. Ninguno.
—¿O nos tropezaremos y caeremos? —preguntó el enano, que creía haber oído ese discurso antes.
—O te materializarás en medio de un millar de enemigos, y ni yo, ni tu dios, podremos salvarte —respondió Yvonnel, y en cuando estuvo formada la cadena humana, comenzó a lanzar su conjuro.
—¿Qué son…? —comenzó Athrogate.
—Cierra el pico y agárrate con fuerza —le cortó Dahlia—. Por nuestro bien y el tuyo.
La voz de Dahlia se fue apagando mientras hablaba, se hizo insustancial, fue como el viento en los oídos de sus compañeros.
Porque en un instante fueron viento y poco más, una nube de vapores en movimiento.
Curiosamente, Regis aún notaba la mano de Dahlia y de Athrogate, aunque no tenía mano que pudiera ver.
Pero estaban unidos, enganchados, y se alegró de ello cuando la nube comenzó a flotar, luego a moverse con intención bajo el tirón de Yvonnel; un tirón que era físico y, de algún modo, también telepático.
Todos juntos volaron sobre el terraplén y bajaron hacia el campo.
Regis tuvo que esforzase para mantenerse centrado cuando Yvonnel los llevó por en medio de la formación de drañas, zigzagueando entre las abominaciones como si no fueran más que una nube, sin serlo.
Aun así, más de una draña notó su paso, aunque ninguna pareció entender qué podía ser esa extraña niebla.
«Eso es lo que se nota cuando pasa un fantasma —pensó el halfling—. Una fría brisa.»
En Viñas Sangrantes, pasaron entre los drow, y esos enemigos parecían más perceptivos de lo que lo habían sido las drañas; varios saltaron y se giraron, mientras llamaban a las sacerdotisas, y Regis vio a una, y luego a otra, que comenzaban a lanzar algún conjuro.
Entonces, Yvonnel los arrastró a mayor velocidad, porque tenía miedo. Regis lo sabía. ¿Esas sacerdotisas podrían sacarlos de su forma de viento? ¡Oh, qué horror caer en medio de ese feroz ejército!
El halfling se relajó un poco cuando entraron volando en el túnel, aceleraron al bajar por la oscuridad y luego, enseguida, alcanzaron la gran caverna de entrada, que estaba plagada de demonios y drañas.
A Regis se le encogió el corazón cuando cruzaron hasta el pequeño estanque, luego planearon sobre él y penetraron en el complejo, para encontrar que ese lugar también estaba lleno de monstruosos habitantes de los planos inferiores.
Por las salas, bajo la escalera, en el camino a la gran cámara que separaba los niveles superiores de la parte principal del complejo y allí abajo, también había demonios rondando.
El ruido de la lucha mejoró el ánimo del halfling mientras pasaban de esa enorme cámara a las vías más estrechas que conducían a la Gran Forja.
No tardaron en cruzar el campo de batalla, donde las catapultas de los enanos lanzadores laterales hacían pedazos a los demonios menores, y los soldados enanos mantenían su posición, conteniendo la presión de la horda.
Entonces, todo fueron enanos de nuevo, con los clérigos atendiendo a los heridos, y lo refuerzos listos para hacer su turno en la línea del frente. Después de eso, ¡Gauntlgrym, la Gauntlgrym del rey Bruenor, se mantenía!
Se detuvieron en un túnel donde había un par de centinelas enanos, cerca de los aposentos principales de los líderes de Gauntlgrym, y allí, a cierta distancia de los dos que vigilaban una puerta decorada que Regis conocía bien, Yvonnel deshizo su conjuro.
Los cinco compañeros se materializaron al instante, y todos menos Yvonnel se tambalearon un poco por la brusca transición.
—¡Qué va! —gritaron los enanos, mientras bajaban las picas y se preparaban para cargar.
—Tranquilos, amigos míos —dijo Yvonnel—. Me conocéis, soy amiga de Drizzt y Jarlaxle.
—¡Y a mí! —anunció Regis, mientras corría a ponerse entre los enanos y sus compañeros.
—¡Panza Redonda! —gritaron los dos vigilantes al unísono.
—Sí —repuso Regis—. Debéis llevarnos al instante ante el rey Bruenor. Y ante lady Donnola Topolino… por favor, decidme que mi esposa está a salvo.
—Sí, Panza Redonda —contestó uno de los enanos—. Está tan bien como cualquiera de nosotros, que no es tan bien, como te imaginarás.
Naturalmente, Regis comprendió que eso era cierto, pero sintió un profundo alivio. Acababa de perder a Drizzt; no podría soportar perder también a su amada Donnola.
Una llamada a la puerta hizo que Catti-brie saltara, o mejor dicho, rodara con cuidado para levantarse del sofá y se fuera a abrirla todo lo rápido que pudo.
Esperaba a Penelope, con noticias de Luskan, pero se encontró con un hombre alto y delgado vestido en un sencillo hábito de color marrón claro.
—¿Hermano Afafrenfere? —preguntó sorprendida.
—Ahora mi título oficial es de maestro, pero sí, buena señora. —Le miró la hinchada barriga—. ¿Confío en que estés bien?
—Lo estoy.
Él asintió y sonrió con ternura, sin apartarle la mirada del vientre.
—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó ella, un poco irritada—. Quiero decir… por favor, entra.
—Gracias, señora. Estoy buscando a Drizzt. Y te ruego que perdones mi sorpresa y mi intriga. No querría…
—Sí, hermano, el bebé es de Drizzt.
Afafrenfere clavó la mirada en los ojos de Catti-brie, con la boca abierta.
—Solo… solo mencionó que no podía volver inmediatamente conmigo al Monasterio de la Rosa Amarilla, la última vez que hablé con él para hacerle llegar la invitación del Gran Maestro Kane. Había pensado que algo no iba bien.
—Bueno, y así es.
—Esto no parece malo —contestó el monje, y llevó los brazos hacia delante como si quisiera abrazar a Catti-Brie, pero no pudiera decidir si debía hacerlo.
La mujer dio un paso adelante y lo envolvió en un gran abrazo.
—Oh, el hijo de dos héroes así será el mayor… —Afafrenfere vaciló un momento y la voz se le quebró un poco—. ¿Humano y drow?
—Los semielfos no son tan raros —le recordó Catti-brie.
—Pero ¿semidrow? Nunca he oído… —comenzó a decir Afafrenfere.
Sacudió la cabeza de repente y con fuerza, mientras agitaba las manos como si quisiera borrar esas palabras, y Catti-brie supo que se había fijado en el creciente ceño fruncido en su rostro—.
Puedo suponer la belleza de este niño —exclamó Afafrenfere, y parecía totalmente sincero.
—No temas, hermano, comprendo tu sorpresa y tu duda —dijo ella, generosamente.
—No, señora, si crees que es duda, entonces he expresado mal lo que hay en mi corazón —explicó el monje—. Es una noticia maravillosa, y el bebé será perfecto. Y hermoso.
—¿Y rechazado?
El monje abrió mucho los ojos.
—¡Nunca!
Catti-brie sonrió para aliviar la tensión, y lo cierto era que solo estaba tomándole el pelo al exuberante Afafrenfere.
Sabía con certeza que su hijo, medio humano y medio drow, tendría que enfrentarse a muchas dificultades, y también sabía que ningún niño nacido de ninguna señora de Aguas Profundas o reina de Damara llegaría al mundo con un grupo de partidarios más grande y maravilloso, que alejaría a cualquiera que no pudiera ver más allá de la combinación poco corriente de su herencia.
—Ojalá lo que dices llegue a ser cierto —deseó.
—Oh, lo será.
—Pues si has venido para atraer a Drizzt a tu monasterio, que sepas que no quiero ni oír hablar de eso. Y me temo que tampoco podrá, porque ha vuelto otra oscuridad; o quizá sea la misma, una y otra vez, implacable y destructiva.
—No, claro que no podría y nos ha llegado hasta Damara noticias de la creciente agitación en esta región. Pero no es por eso por lo que he viajado tan lejos hacia el oeste. Debo hablar con Drizzt inmediatamente.
—No está aquí —admitió Catti-brie—. Se halla en Gauntlgrym, luchando junto al rey Bruenor.
Catti-brie notó que Afafrenfere palidecía.
—¿Qué es lo que sabes, hermano?
—Quizá nada.
—¡Dímelo! ¿Ha caído Gauntlgrym?
—No sé nada de Gauntlgrym, señora, te lo prometo.
—Entonces, ¿qué? ¿Por qué has venido?
Afafrenfere tragó saliva con dificultad.
—El Gran Maestro Kane sintió algo. No sé cómo describirlo. Una transcendencia de un cuerpo mortal. Como la muerte, pero no.
Catti-brie arrugó la cara claramente confusa.
Como era una poderosa sacerdotisa, conocía cosas como el paso entre planos y las proyecciones astrales, en las que un poderoso lanzador de conjuros podía transferirse a otro plano de existencia, pero estaba bastante segura de que Afafrenfere estaba hablando de otra cosa.
—Es casi seguro que no será nada —repuso el monje—. Solo lo menciono porque es algo que seguramente podría interesarle a Drizzt, después de las largas horas entrenando con el Gran Maestro de las Flores.
—Quizá el Gran Maestro de las Flores pensó que el descubrimiento de esa sensación podría tentar a Drizzt para volver al monasterio —aventuró Catti-brie.
—Seguro que es eso —repuso Afafrenfere.