Implacable (Generations 3) 11. Por los límites de la oscuridad #2
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11. Por los límites de la oscuridad #2

Le dio una palmadita en el hombro, se puso en pie y se giró. Cerró los ojos y lanzó un conjuro de detección, buscando las radiaciones de la magia. Se sorprendió cuando sí que encontró algo interesante, y siguió esa sensación hacia el interior del torreón.

Ese lugar también lo notaba muerto, y a final del pasillo vio cuerpos de enanos muertos. Los muros rotos y las puertas ensanchadas le mostraron que Drizzt había hecho ir a la recuperadora a ese lugar, lo que había obligado al constructo demoniaco a hacer algo de la limpieza que tanto se necesitaba.

Oyó las voces de sus amigos en otro pasillo, alejándose de ella, pero nada parecía estar fuera de lugar.

Volvió de nuevo por completo a su conjuro, y este le guio hasta una pared, lo que al principio la confundió.

Cuando llegó más cerca, notó una grieta en ella y consiguió meter un dedo dentro, tanteando, y luego sacó una cadena de plata de la que colgaba un silbato con forma de unicornio.

—Andahar —dijo, y por primera vez también notó que se le quebraba la voz. Incluso en sus últimos momentos, Drizzt había pensado en otro, en su montura mágica, y por eso había ocultado la cadena.

Iba a metérsela en el bolsillo, pero cambió de idea cuando oyó las voces de los otros acercándose, y volvió a meterla en la grieta.

—Para cuando regreses, Drizzt Do’Urden —susurró, aunque sabía que eso era completamente imposible.

Volvió afuera con Entreri y esperó a que llegaran los demás.

—Nada —dijo Athrogate.

—Hay un nivel inferior —añadió Dahlia, mirando con mala cara al enano—. Él se niega a bajar, y ni nos lo permite a nosotros.

—Cierra el pico, niña —soltó Athrogate.

—Drizzt podría estar ahí abajo —discutió Regis.

—No lo está —aseguró Yvonnel de un modo tajante—. He empleado mi magia. Drizzt no está aquí. Se ha ido.

—¿Solo… ido? —preguntó Athrogate.

—¿Se lo han llevado al Abismo? —inquirió Dahlia.

—Entonces, iremos al Abismo a buscarlo —afirmó Athrogate.

—¡Sí! —afirmó Regis.

Yvonnel alzó la mano para silenciarlos a todos.

Miró a Regis, a sus ganas de correr hacia el Abismo para buscar a su amigo perdido.

Dudaba de que pudiera disuadirle, incluso si pudiera explicarle claramente la inutilidad de esa empresa.

Se dio cuenta de que Regis lo necesitaba.

Necesitaba sentir que estaba haciendo algo, lo que fuera, para intentar recuperar a ese pícaro drow.

Yvonnel creyó haber calculado bien la mediada del impacto de Drizzt, pero en este momento comprendió que lo había subestimado, aunque siempre supo que había algo especial en él, en la vida honesta que había vivido.

Se preguntó si alguna vez alguien lamentaría su muerte de un modo semejante, si alguien llevaría una máscara de determinación y dolor como la que veía en el rostro de Regis.

—Con el tiempo —dijo finalmente—. Averiguaremos lo que podamos, y nos haremos con aliados adecuados y poderosos. He estado en el Abismo, o tal vez sean recuerdos de las experiencias de mi tocaya en el remolino de humo. No es un lugar adonde se vaya con la esperanza de regresar.

—Pero tú has estado allí —replicó Regis—. O ha estado tu tocaya, como acabas de decir.

—Como la invitada de una reina demonio, no como su enemiga.

—¿Crees que la propia Lloth se ha llevado a Drizzt?

—Hace falta un ser que sea casi su igual para otorgar una recuperadora… no, dos recuperadoras.

—No vamos a ir a buscarlo —susurró Dahlia.

—Quizá tú no, pero yo sí —le soltó Regis, con un tono hiriente poco habitual en él.

Dahlia lo miró mal, mientras que Entreri y Athrogate expresaban su pena por el abatido halfling.

—Pero tengo razón —replicó Dahlia—. No vamos a ir a buscarlo.

Todos se volvieron hacia Yvonnel en busca de respuestas.

Ella deseaba ofrecer la que ellos querían, oír; al menos tres de ellos, porque no acababa de comprender a Dahlia. Le sorprendió lo mucho que deseaba hacerlo, pero al final, se dio cuenta de que no podía engañarlos, y ella sabía la verdad.

—No —admitió—. No lo haremos.

—Gromph no responde —le dijo Penelope Harpell a Catti-brie.

La joven suspiró, mientras su preocupación aumentaba. Ya tenía una gran barriga, y el bebé era muy activo mientras el embarazo se aceraba a su fin. Lo que más quería en ese momento era encontrar a Drizzt, para estar con su marido, el padre de su bebé, cuando diera a luz.

«Nuestro bebé.»

Pero ¿dónde estaba Drizzt? A pesar de todo lo que ella había intentado con la magia, a pesar de todos los mensajes que Penelope había enviado, a pesar de todos los esfuerzos de los otros Harpell, sus auténticos amigos, no había conseguido saber nada de él.

—Pero Gromph Baenre tiene la respuesta —razonó Catti-brie—. Los portales no funcionan, y eso casi seguro que proviene de las raíces de la Torre de Huéspedes del Arcano.

—O del propio Gauntlgrym—añadió Penelope, e hizo una mueca de dolor porque sabía que sus palabras seguramente preocuparían a Catti-brie.

—¿Has enviado un mensaje a los enanos?

—Eso es más difícil. Nuestro escrutinio nos ha mostrado que el área alrededor de Gauntlgrym está invadida. Hordas de demonios y drow.

—¿No está Luskan invadida también? —le recordó Catti-brie—. La flota…

—La Torre de Huéspedes es distinta y muy receptiva a los mensajes mágicos —contestó Penelope—. Los enanos están metidos en lo más profundo de su agujero, y seguramente enzarzados en una feroz batalla.

—Tenemos que abrir los portales —dijo Catti-brie con determinación—.

Y sobre todo necesitamos saber si su colapso presagia algo más terrible.

Y debemos ser muy rápidos en nuestra investigación, porque si la Torre ha debilitado la energía mágica que envía a Gauntlgrym, el primordial podría liberarse de nuevo.

Y la última vez que sucedió, la ciudad de Neverwinter fue destruida.

—Iré a ver a Gromph —anunció Penelope.

—Ni siquiera sabes si la Torre continua intacta, o bajo su control.

—Alguien tiene que averiguarlo.

Catti-brie sujetó a Penelope del brazo.

—No puedo perderte —dijo con calma—. Ni siquiera sé lo que ya he perdido.

—El viejo Kipper me llevará allí, y ambos tenemos conjuros para marcharnos rápidamente, de ser necesario. Te lo prometo.

Catti-brie asintió y soltó a Penelope, y esta se volvió para rodear a la mujer embarazada en un fuerte abrazo.

—Encontraré a Drizzt —le susurró al oído a Catti-brie—. Lo prometo.

Catti-brie le sonrió un instante mientras se apartaba y se volvía hacia la puerta, pero fue una sonrisa muy tensa. Estaba ahí, preparándose para el parto, y parecía que todo el mundo a su alrededor se había vuelto loco.

Nunca en toda su vida se había sentido más desamparada, ni siquiera cuando fue prisionera de Artemis Entreri, todos esos años antes, y había sido arrastrada por todo Faerun persiguiendo a Regis.

Se aferró a ese recuerdo, un vívido recordatorio de que ella y sus amigos, los Compañeros del Hall, habían estado peleando con las apuestas en contra, y ganando, durante mucho, mucho tiempo.

—Por todos los dioses —masculló Regis, que se hallaba tumbado en lo alto de un terraplén con sus cuatro compañeros.

Por abajo, una formación de enormes drañas, quizá de unas cien, cruzaba un amplio campo.

Los amigos llevaban viajando casi una semana; era un viaje difícil, tanto emocional como físicamente, sobre todo para Artemis Entreri.

Yvonnel los había ayudado mucho en su avance, y no solo con sus conjuros sanadores y conjuros para proporcionarles alimentos, sino también con conjuros que los habían impulsado por el camino.

Aunque no con teletransporte ni nada de ese estilo.

Quería que digirieran la nueva realidad al completo, y también quería llegar a entender perfectamente la disposición del terreno entre Thornhold y Gauntlgrym.

—Montones de demonios —comentó Athrogate.

—Esos no son demonios —corrigió Yvonnel—. Sospecho que los demonios se hallan en el interior de Gauntlgrym. Eso es la vanguardia de la fuerza drow.

—Pensaba que no había muchas drañas —dijo Dahlia.

—Y yo también —contestó Yvonnel—. No tengo una respuesta para esto.

—¿Y qué hay de la gran respuesta a la gran pregunta? —inquirió Athrogate—. Como ¿de qué manera vamos a llegar a esas puertas?

Hizo un gesto con la barbilla hacia el campo, pero nadie tuvo que seguir el movimiento para saber a qué se refería.

Más allá del campo había algunos árboles, y al otro lado de ese bosquecillo, el pueblo halfling de Viñas Sangrantes, en ruinas y claramente ocupado.

A la derecha, al sur del pueblo, se hallaba la estación del tranvía, vacía, y la salida y entrada a los túneles de Gauntlgrym, que se veían claramente a lo largo de ladera donde se alzaban las montañas.

—Llegar a ellas no nos servirá de mucho si acabamos bajando para encontrarnos con una horda de demonios —indicó Regis.

—No estoy viendo mejor manera —dijo el enano.

—¿No tienes nada, señora? —preguntó el halfling a Yvonnel.

—Tengo algo —contestó esta—, pero había esperado poder conseguir más información antes de emplearlo.

Rodó sobre la espalda y comenzó a susurrar, demasiado bajo para que los demás pudieran distinguir las palabras.

Comenzaron a entenderlo cuando sus exploradores mágicos, pájaros que parecían de cristal, comenzaron a acercarse volando; se le fueron posando en el pecho y le susurraron al oído, uno a uno.

Eso duró un buen rato, hasta que finalmente, exasperada, Yvonnel se incorporó.

—Las tierras que nos rodean están perdidas —anunció.

—Sí, ya lo hemos ido viendo —repuso Athrogate—. No hace falta un pájaro para saberlo.

—Todas las que nos rodean —aclaró la drow—. Desde aquí a Luskan, toda la costa, todos los Riscos. Port Llast trabaja bajo el látigo de los gnolls.

—¿Gnolls? —bufó Athrogate—. Deberíamos ir a matarlos a todos, solo por ser gnolls.