Implacable (Generations 3) 11. Por los límites de la oscuridad
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11. Por los límites de la oscuridad

P OR LOS LÍMITES DE LA OSCURIDAD

La gran puerta de Thornhold estaba solo entreabierta y encallada, pero el espacio que quedaba era lo bastante ancho para que los compañeros pudieran pasar de uno en uno.

—La araña ha roto la puerta —razonó Regis, al ver que la gran bisagra estaba rota, porque ¿qué más podía haber causado ese daño?—. Aún está aquí —advirtió—. No quiero ver de cerca esa cosa.

—Ninguno queremos —le respondió Yvonnel, pero al hablar, estaba mirando más a Entreri.

Cuando Regis miró al asesino, comprendió la preocupación de Yvonnel, porque el hombre se tambaleaba a cada paso, murmurando algo para sí, y parecía estar a punto de caerse en cualquier momento.

—Es, o era, una recuperadora, como os he dicho.

—Yvonnel prosiguió—. Si sigue aquí, entonces su objetivo continúa siendo Drizzt Do’Urden.

No representa una amenaza para nosotros a no ser que nos interpongamos entre ella y Drizzt.

Por el bien de nuestro amigo, espero que la bestia siga por ahí, cazando aún.

—Y entonces, ¿la matamos? —preguntó Regis.

Yvonnel soltó una carcajada ante esa absurda idea.

—En ese caso, intentaremos encontrar antes a Drizzt, y ayudarlo a adelantarse al monstruo.

—Dejó escapar un largo suspiro—. Debería haber hecho eso en el camino, cuando nos encontramos con él, pero no tenía los conjuros preparados.

Tampoco hubiera sido una estrategia muy segura, porque la recuperadora hubiera ido a por él, allí donde yo lo pusiera, y lo destruiría todo a su paso, aunque tuviera que abrir un canal atravesando medio Toril.

—Suena encantador —masculló Dahlia. Fue hacia Entreri para servirle de apoyo.

Yvonnel asintió, se adelantó y atravesó sin miedo la estrecha abertura para pasar al patio. Luego sacó la cabeza.

—La araña se ha ido.

—En el edificio —indicó Athrogate—. Los túneles son mucho más grandes de lo que crees.

Yvonnel, con el rostro torvo, negó con la cabeza, y cuando los otros pasaron, lo comprendieron, porque en medio del patio había una enorme masa burbujeante de lodo negro, lo que ya todos conocían como los restos que dejaba un demonio al marchar de este plano de existencia.

Ningún sonido, aparte del de sus pasos, los acompañó hasta esa baba burbujeante.

Ese lugar estaba muerto, sumido en un profundo silencio. Lo sabían.

Una observación más detallada de los restos demoniacos confirmó lo que decía Yvonnel, porque la forma era, sin duda, la de una araña, con las ocho patas claramente distinguibles.

Delante de los restos de la bestia, la tierra estaba desgarrada, como si la hubiera alcanzado algún tipo de rayo, y había pisadas, pisadas humanoides de unos pies descalzos…

que iban hacia el interior de la masa. Y también allí, unos andrajosos restos de ropa y unas botas que los amigos conocían bien.

—Drizzt —murmuró Regis, con la voz quebrada.

—Entonces, ¿está muerto? —preguntó Dahlia, y ella también parecía alterada.

En silencio, las lágrimas le caían al halfling por las mejillas. Athrogate parecía anonadado, su anterior dolor parecía multiplicarse ante la idea de que Drizzt se hubiera ido. Y Artemis, aún afectado por su tortuoso capullo, inclinó la cabeza mientras rodeaba a Dahlia con los brazos.

En ese momento, Yvonnel se dio cuenta de cuán profundamente había llegado el renegado elfo oscuro al corazón de mucha gente, y de mucha gente dispar, con valores y creencias diferentes.

¡Incluso de Artemis Entreri! No había importado si eran personas abiertamente buenas y amables, como Regis, si tenían un pasado más siniestro, o si, como Athrogate, caían en algún punto entremedio.

Todos ellos estaban muy afectados, y Regis cayó de rodillas y hundió el rostro entre las manos.

Yvonnel reconoció que la conexión con ese drow iba más allá de la simple amistad, y lo comprendió, porque lo que Drizzt les había dado a lo largo de los años no podía medirse de un modo tan sencillo; la palabra amigo se quedaba vacía.

Lo que Drizzt les había dado era universal y transversal a las razas: halfling, elfa, humana, enana y drow también, porque al ver a Regis luchar valientemente contra su dolor avasallador y sucumbir a él, Yvonnel supo que lo estaba viendo era el presagio de la reacción de Jarlaxle.

Por encima de todo, Drizzt había dado sinceridad y corazón a los que lo rodeaban, y había intentado, siempre, hacer lo que él creía correcto.

El legado que eso dejaba emocionó profundamente a Yvonnel en ese momento, y ella, también, que casi ni conocía a ese extraño explorador drow, tuvo que contener las lágrimas, conmovida por la reacción de auténtica pérdida que veía ante sí, especialmente la de Regis, el amable halfling que había mirado a Sharon con una sonrisa.

Su corazón se enterneció ante todo esto, porque le pareció una demostración de justicia: un dolor sincero y generoso, ofrecido sin ninguna expectativa de beneficio personal.

Pensó que realmente Menzoberranzan era un lugar frío y sin corazón.

—Este sitio es muy grande —repitió Athrogate, animándose con un poco de esperanza.

Se acercó a Regis y lo puso en pie—. Vamos, Panza Redonda.

No vamos a rendirnos, y busca tu fe en Drizzt.

No estoy viendo sangre, y no voy a dudar de ese condenado elfo.

No es lo que hacemos. Nosotros luchamos.

Luchamos hasta que no podemos luchar más.

—No seas tonto —le riñó Dahlia, demasiado brusca, según pensó Yvonnel.

—A punto de darte la vuelta y llorar y huir a la primera señal, ¿eso haces?

—Se ha ido.

—Pero ¡no lo sabes!

—Entonces, ¿por qué se ha ido la recuperadora? —preguntó Dahlia.

—¡Podría ser que el drow la matara en la lucha! —insistió Athrogate.

—¿Una recuperadora? —preguntó Yvonnel con suavidad, negando con la cabeza.

—¡Nunca dudes del muchacho! —exclamó Athrogate—. Lo he visto matar a otros más grandes.

Regis se animó al oírlo. Respiró hondo, sorbió una vez para limpiarse la nariz y enderezó los hombros.

—Pues id a ver —les dijo Yvonnel a los dos—. Dadnos un grito si encontráis algo.

Trató de animarlos, porque esos queridos amigos de Drizzt no merecían menos, pero oyó su propia voz y la notó cargada del inconfundible grosor de la resignación.

Athrogate y Regis comenzaron a ir hacia la destrozada puerta del torreón. Dahlia, después de ayudar a Entreri a sentarse en el suelo, corrió para unirse a ellos.

—Has tenido días mejores —dijo Yvonnel a Entreri, mientras caminaba hacia él.

—Solo dolor —repuso él—. Todo el rato que estuve ahí, y ahora no acaba de marchar. No podía acostumbrarme a él. Un dolor indecible, implacable e imparable.

Yvonnel asintió y le puso la mano en el hombro.

—Cógeme la daga y clávamela en el corazón —le pidió—. Arráncame la misma alma, y envíame al olvido, te lo ruego, porque si esto es lo que la eternidad ha planeado para mí, prefiero ser nada.

—Crees que tu libro ya está escrito.

—Acabo de leerlo. No termina bien.

—No tiene por qué ser así, Artemis Entreri —le aseguró Yvonnel—. Esos son solo los capítulos que ya has vivido. Aún hay páginas por llenar.

—¿Qué sabes tú? —preguntó él, dudoso.

—Sé que si tu destino estuviera sellado, si toda tu historia ya estuviera contada, Sharon no hubiera tenido ninguna razón para dejarte volver.

—Quizá solo para atormentarme más con el conocimiento de lo que estaba por llegar.

—No, eso no es lo que hace. Aunque estuviera fuera de lugar estos últimos días, infligir ese tormento sin sentido no es su papel en el multiverso.

—¿Su papel?

—Su papel en el corazón de todo ser racional. Ella es quien facilita el juicio, pero no el juez. No disfruta ni de una manera ni de la otra, ni de lo bueno ni de lo malo. No hay preferencia.

—Entonces, ¿quién es el juez? —preguntó Entreri—. ¿Algún dios al que nunca he aceptado? ¿Algún gran ser superior que nos convierte en peones de su propio juego extraño?

—Tú eres tu propio juez —explicó Yvonnel—, en lugares como tu corazón, tu alma y memoria donde no puedes esconderte. Esto ya lo sabes. Por encima de todos lo demás, en esos lugares oscuros y privados, sabes lo que te mereces.

El bufido de Entreri se quedó en algún lugar entre la burla y la resignación.

—¿Acaso Drizzt se merecía su destino?

—No sabemos cuál es ese destino.

—¿No lo sabemos? —preguntó Entreri, señalando con la cabeza el lodo con forma de araña.

—En la otra vida —contestó Yvonnel—. ¿Estamos hablando de la justicia divina o de la de las veleidades de los seres mortales? Dudo mucho que sean lo mismo. Todos los días, muchos reciben cosas que no se merecen, ya sean buenas o malas. Cada uno de los días. Mil veces todos los días.

Hizo una pausa y permaneció unos instantes simplemente observando al hombre. Este había pasado por mucho, y su dolor era patente. Tenía el rostro contraído por la rabia, pero también tenía lágrimas en los ojos.

—Lo apreciabas —dijo ella.

—Es complicado.

—¿Lo es? ¿O lo haces complicado para cubrir tu propio… ego?

Entreri alzó la mirada hacia ella, con una expresión de desdén, pero solo un instante.

—Mirar a Drizzt era como mirarme en un espejo, pero uno con una iluminación diferente.

Su piel era oscura, la mía clara. Pero su alma…

—Se detuvo un momento y lanzó una risa triste—.

Me han contado que una vez dijo que, al mirarme a mí, en lo que me había convertido, se temía que eso fuera en lo que él podría haberse convertido.

No hay capullos de avispas esperando a Drizzt Do’Urden, estoy seguro.

—¿Y es por eso por lo que lamentas tu historia?

—No —respondió cortante, incluso antes de que ella acabara la frase—. No —repitió más suavemente—. Me arrepiento de muchas cosas, pero por lo que he hecho a otros, mi propio destino está condenado… si es que está condenado.

—Bueno, entonces, quizá, Artemis Entreri, Drizzt te mostró lo que esperas llegar a ser, al menos, en ciertos aspectos.