Implacable (Generations 3) 10. Tejer telarañas #4
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10. Tejer telarañas #4

—¿Solo una patrulla de exploradores? —preguntó la Matrona Zhindia, mientras daba unos pasos y miraba hacia el este, donde había tenido lugar el encuentro—.

¿Una patrulla de exploradores desde Menzoberranzan con el maestro de armas de la segunda casa?

No puedo imaginarme que la Matrona Mez’Barris haya dejado correr este riesgo a su querido Malagdorl.

—Entonces, ¿qué?

—Quizá vean que estamos alcanzando la victoria —aventuró Zhindia—. Han venido corriendo a robarme mi gloria. —Giró en redondo y miró a las otras dos mujeres—. Y no será así.

—Contén tu ambición en este momento —le dijo la Madre Matrona Quenthel a la Matrona Zeerith cuando se quedaron solas después de haber recibido a la patrulla de exploradores—. No sabemos cómo acabará esto.

—¿No lo sabemos? —preguntó Zeerith, sarcástica—. ¿Un ejército de drañas? ¿Cientos? ¿Una horda de demonios que continuamente trae más desde el Abismo? Los enanos están condenados, Luskan ya ha caído. Es como predijiste antes de que partiéramos de Menzoberranzan: la Matrona Zhindia va a ganar.

—Si ella gana, entonces debemos ser una parte importante de esa victoria —repuso Quenthel.

—Sin duda. Así que lleguemos antes al premio; nos hacemos con la Gran Forja de Gauntlgrym y deponemos al rey Bruenor a toda velocidad y sin ninguna clemencia.

Pero Quenthel Baenre negó con la cabeza.

—Si ella gana.

—¿Cómo no va a ganar? —repuso Zeerith.

Quenthel estaba empezando a buscar esas respuestas exactas, pero no estaba preparada para dar más explicaciones.

—Entonces, ¿qué es lo que nos falta por saber? —preguntó Zeerith.

—Todo. Cuando todo parece claro y meridiano, no puede ser.

¿Acaso no has servido a Lloth, la Señora del Caos, el tiempo suficiente para darte cuenta de eso?

Que no te ciegue la ambición de volver a Gauntlgrym.

Eso no sucederá. En cualquier caso, nuestra posición en la superficie ya está demasiado en peligro.

Sin duda, los señores de todas las tierras han vuelto los ojos a los confines norteños de la Costa de la Espada, con demonios rondando libremente y Luskan en llamas.

—Las llamas se apagarán enseguida, y pocos han esperado estabilidad en Luskan, y menos aún, según todo lo que hemos averiguado, han formado una auténtica alianza con el rey Bruenor.

Quenthel no estuvo en desacuerdo.

—Eso no importa —contestó—. No podemos estar planeando el regreso de Q’Xorlarrin en este momento, sea cual sea el resultado de la guerra de la Matrona Zhindia o de nuestra marcha.

No importa cómo acabe expresándose la voluntad de Lloth, ninguna de nosotras puede pensar en enviar a nuestra familia de vuelta aquí.

El polvo tardará en asentarse aquí, y lo que es más importante, también en Menzoberranzan.

—Quieres decir que me vas a necesitar en Menzoberranzan para apoyarte contra el ascenso de la Casa Melarn —afirmó Zeerith sin tapujos—.

La Matrona Mez’Barris no estará de tu parte, claro, si cree que la Matrona Zhindia es la más favorecida por Lloth y ve una oportunidad, por fin, después de tanto tiempo, de librarse de la subyugación a manos de la Casa Baenre.

—¿Subyugación? Una palabra curiosa. ¿Es una idea que la Matrona Zeerith, a la que rescaté de la humillación y la derrota, comparte?

La anciana Zeerith no se asustaba fácilmente, o al menos nunca lo mostraba, pero en ese momento estuvo a punto de caerse de su disco flotante, con la boca abierta.

—Claro que no —respondió la propia Quenthel, y libró a Zeerith de la presión—.

Has sido lo bastante lista como para ver la Casa Baenre como un beneficio, y como la casa que recompensa a sus aliados.

Harás bien en recordarlo en cada palabra que se diga en este tiempo de transición.

No más mencionar a Q’Xorlarrin. Incluso si desaparece el rey Bruenor Battlehammer y todos sus enanos, incluso si Gauntlgrym queda vacía de cualquier ser vivo y la Gran Forja queda ahí para quien la quiera, Q’Xorlarrin no se debe mencionar.

—Sin duda nadie dejaría un tesoro así sin usar. ¿no?

—Sin duda —repuso Quenthel—. Y sin duda el movimiento mágico de los magos, de los cuales tú posees a los mejores, será crítico para que nosotras podamos usarlo sin llamar la atención.

—Y sin debilitar tu orden en Menzoberranzan —añadió Zeerith.

Quenthel asintió.

—Entonces, ¿yo seguiré en la Casa Do’Urden y tú usaras a mis magos en secreto para enviar herreros a la Forja de Gauntlgrym?

—Y tú serás bien recompensada —prometió Quenthel.

—Quiero ascender en el Consejo Regente. Quiero recuperar mi lugar, y con idea, siempre con la idea, de convertirnos en la segunda casa de Menzoberranzan.

Quenthel solo asintió levemente como respuesta.

—Asegúrame que la Casa Xorlarrin no quedará olvidada cuando consigamos la victoria aquí y la Casa Baenre mantenga su posición —exigió Zeerith.

Quenthel calló un momento, para obligarse a mantener el tacto ante una exigencia de otra matrona.

—La Casa Do’Urden —corrigió—, hasta que yo decida otra cosa.

—Claro —convino Zeerith, pero no sin apretar un poco el mentón, como si el mismo nombre la insultara.

—Veremos cómo van las cosas, pero tu casa sigue siendo mi aliada más importante —dijo Quenthel—. Y te aseguro que no lo olvidaré, llegado el caso.

—¿Puede haber alguna duda?

—Veneramos a Lloth, la Señora del Caos, querida Matrona Zeerith. Siempre hay dudas.

La Matrona Zeerith resopló de impotencia al oír eso, luego dirigió su disco mágico a la salida de la cámara extradimensional que la Madre Matrona estaba usando como sala de audiencias.

En cuanto Zeerith se marchó, la primera sacerdotisa Sos’Umptu y la hija de Quenthel, Myrineyl, entraron por otro portal mágico.

—No me fio de ella —dijo Myrineyl—. Su ambición es mayor que su lealtad.

—Entonces es una buena matrona —repuso Sos’Umptu.

—Su hija, la sacerdotisa Saribel, será más fácil de persuadir y de dominar —dijo Myrineyl sin ambages—. La Matrona Zeerith es vieja y demasiado encariñada con… —Se detuvo y lanzó una incómoda mirada a su madre.

—Con la Madre Matrona Yvonnel la Eterna —acabó Quenthel por ella.

Myrineyl contuvo la respiración.

—Es un razonamiento bueno y sincero —dijo Quenthel, lo que tranquilizó a la joven—. Pero aún no hables de esas cosas. —Su tono dejó claro que no estaba riñendo a Myrineyl sino advirtiéndola de que no se dejara llevar.

Según resultaran las cosas allí, Quenthel sabía que quizá tendría que remplazar a Zeerith.

Esperaba no tener que llegar a eso, pero se recordaba a menudo que Zeerith era vieja, muy vieja, y aunque seguía siendo una aliada de la Casa Baenre, su auténtica lealtad era hacia la Madre Matrona Yvonnel.

Y por mucho que la Matrona Zeerith tratara de cuidar sus palabras, estas siempre contenían una cierta condescendencia hacia la hija de Yvonnel.

Zeerith conocía a Quenthel y a Sos’Umptu desde sus primeros días, incluso había sido la primera tutora de esta última.

—Como mínimo, la Matrona Vadalma Tlabbar no nos abandonará, ocurra lo que ocurra aquí —dijo Sos’Umptu—. Rechazó a la Matrona Zhindia en esta empresa, y por tanto sabe que la cruel matrona no le mostrará ninguna piedad si consigue la victoria.

—Tampoco nos abandonará la Casa Fey-Branche —añadió Myrineyl—. La Matrona Byrtyn sabe que, sin la Casa Baenre, su asiento en el Consejo Regente podría pasar a otra; casi seguro que a la Casa Hunzrin, si la Matrona Zhindia…

—¿Creéis que importan? —la interrumpió la Madre Matrona Quenthel—. ¿Cualquiera de ellas? Si la Matrona Zhindia se marcha de aquí como la gran vencedora, encontrará poderosas aliadas, incluida la Matrona Mez’Barris.

—La Matrona Zeerith no es amiga de las Melarn o de las Armgo —recalcó Myrineyl.

—Pero ambas matronas entienden perfectamente que sus ambiciones siempre quedarán coartadas mientras gobierne la Casa Baenre —afirmó Sos’Umptu.

—Y eso ha sido cierto desde los días en los que Menzoberranzan era muy joven, y el reino Baenre no acabará mientras yo sea la Madre Matrona —declaró Quenthel.

Las otras dos asintieron.

—La Matrona Zhindia no puede ganar aquí —decidió Quenthel.

—Entonces, ¿nos hacemos con la fortaleza enana antes de que ella pueda entrar? —preguntó Myrineyl.

—Quizá no —contestó la Madre Matrona, pensando en voz alta, y se volvió a perder en los recuerdos de Yvonnel la Eterna para encontrar respuestas.

—¿Un ejército de drañas como regalo desde el Abismo? —planteó Sos’Umptu, dudosa—. ¿Dos recuperadoras que le trajeron las sirvientas de Lloth?

—¿Crees que conoces la voluntad de Lloth? —preguntó la Madre Matrona Quenthel con astucia.

Eso hizo que Sos’Umptu callara, pero Myrineyl, con mucha menos experiencia, sí que habló.

—¿No resulta evidente? —preguntó.

Con una mirada a la Madre Matrona, que hizo que esta asintiera, Sos’Umptu ofreció a la joven Myrineyl lo más básico que tenía que entender de la verdad de las drow llothianas: «Lo único que es siempre evidente de la Reina Demonio de las Arañas es que lo que es evidente, no lo es».