10. Tejer telarañas #3
—En absoluto —le advirtió la Madre Matrona. Se volvió a Minolin Fey, pero luego pasó su mirada sobre la sacerdotisa Saribel.
—Las había a cientos —explicó Saribel, y dirigió su comentario tanto a Malagdorl como a la Madre Matrona.
—Drañas de otras épocas —añadió Minolin Fey—. Malfoosh, que había sido Mal’a’voselle Amvas Tol…
Quenthel la hizo callar alzando la mano. La Madre Matrona cerró los ojos y se evadió de todas las conversaciones a susurros entre las otras matronas que la rodeaban. Estas estaban preocupadas, claro, y ¿por qué no iban a estarlo?
La Madre Matrona Quenthel Baenre, a quien le había sido otorgado el don de los recuerdos de Yvonnel, se retiró a un lugar oscuro de su mente y pensó en el nombre.
Sonrió cuando sus pensamientos volaron hacia atrás a través de los siglos, a través de los milenios, hasta los primeros días de la Ciudad de las Arañas.
¡Oh, que magnífico tiempo, cargado de caos, pero también de esperanza!
—La maestra de armas de la Casa Amvas Tol —dijo, y todas las conversaciones se detuvieron, y todos esperaron con el aliento contenido.
—Una mujer —dijo Saribel sin poder evitarlo.
Quenthel y las demás la miraron mal, pero la Madre Matrona asintió, y Saribel lo interpretó como una señal de que debía acabar la frase.
—Mal’a’voselle —añadió en voz baja.
—En los primeros días, a menudo las mujeres eran maestras de armas —les explicó la Madre Matrona Quenthel—. Somos el sexo más fuerte, claro, y Lloth aún no nos había entregado totalmente sus divinos dones de la magia. Eran unos tiempos diferentes.
»Se parecía mucho a tu propio Uthegentel, Matrona Mez’Barris —continuó Quenthel—.
Una gran y poderosa guerrera, temeraria e inteligente, si recuerdo correctamente.
Hubiera tenido un futuro muy prometedor, de no ser por los pecados de la Matrona Dunna’da Amvas.
Pues Mal’a’voselle fue entregada como regalo a lady Lloth delante de los llorosos ojos de la matrona hereje.
Miró a Mez’Barris y esbozó una amplia sonrisa, luego se volvió, para que todos las demás también vieran esa sonrisa antes de dejarla sobre Malagdorl, que sabía que se estaba volviendo un poco pendenciero.
—Mal’a’voselle fue transformada en una abominación por mi madre, la Madre Matrona Yvonnel, como uno de sus primeros actos después de aceptar el gobierno de la ciudad que le concedía un edicto de la Reina Araña.
Convirtió a Mal’a’voselle Amvas Tol en una draña.
A menudo es un desperdicio, sobre todo con jóvenes prometedoras pero obstinadas.
La sonrisa de Quenthel se hizo aún más amplia cuando Malagdorl retrocedió.
—¿Cientos de drañas? —preguntó la Matrona Zeerith—. ¿Drañas que han vuelto de los propios brazos de Lloth? Si esto es cierto, ¿debemos suponer que la Matrona Zhindia tiene el más alto favor de la Reina Araña?
—Si esto es cierto, deberíamos replanteárnoslo todo —afirmó con sequedad la Matrona Mez’Barris—. Podríamos unirnos a la Matrona Zhindia y acabar lo que ha comenzado; luego devolver Q’Xorlarrin a la Matrona Zeerith y finalmente recompensar adecuadamente a la Matrona Zhindia por su visión.
—¿Recompensar adecuadamente? —repitió la Madre Matrona en un tono sarcástico—. Si todo lo que supones es cierto, Zhindia exigirá el título de Madre Matrona.
—Y cualquiera que trate de oponerse a eso perderá el favor de Lloth y por tanto se convertirá en enemiga de todas nosotras —replicó Mez’Barris; una clara amenaza.
Pero Quenthel solo volvió a sonreír, incluso soltó un bufido despectivo como si todo eso fuera una idea absurda.
—Cálmate, matrona —respondió al tenso rostro de Mez’Barris. Y a Minolin Fey le preguntó—: ¿Saben quién eres, o bajo qué bandera marchas?
La sacerdotisa se encogió ante las miradas de las matronas.
—Yo… yo… —tartamudeó, mientras intentaba buscar la mejor respuesta.
—Eres una Baenre, querida —le dijo la Madre Matrona—.
Se te envió a liderar ese grupo justo por eso.
Hiciste bien al controlar al impetuoso Malagdorl; es muy posible que hayas salvado a todo el grupo, por no hablar de la reputación de su familia, y así regresaste para informar adecuadamente.
Habla sin miedo. ¿La drañas saben cuál es tu bandera?
—No —contestó Minolin Fey, mientras se erguía y daba fuerza a su voz—. Le dije a la draña que se llama a sí misma Malfoosh que éramos de Bregan D’aerthe, y estábamos explorando el terreno después de haber recibido informes de conflictos.
Eso pilló a todas las matronas por sorpresa, y desató muchos susurros, algunos asentimientos, un par de gritos ahogados, y, lo más importante de todo, una gran sonrisa de la Madre Matrona Quenthel.
—Astuta —repuso Quenthel—. Ahora, la Matrona Zhindia estará persiguiendo fantasmas.
—¿Qué es lo que sabes, Madre Matrona? —preguntó Mez’Barris.
—La Matrona Zhindia no es amiga de la banda de Jarlaxle —explicó Quenthel—.
Lo odia a él por encima de todos por lo que le hicieron a su casa y su familia.
Ella misma murió, aunque brevemente, a manos de Drizzt Do’Urden, y su hija favorita, Yazhin, fue asesinada por el otro socio de Jarlaxle, el humano, y de tal modo que no se pudo devolver a la vida.
Jarlaxle estaba con ellos en ese ataque, recuerda.
La Matrona Zhindia no se lo perdonará. Nunca.
Y enseguida se creerá la historia tejida por la Suma Sacerdotisa Minolin Fey Baenre, porque quiere que sea cierta.
Mez’Barris asintió, incapaz de rebatir la lógica de ese asunto.
—Bien hecho, Minolin Fey Baenre —dio la Madre Matrona Quenthel.
Y puso énfasis en el apellido, para dejar claro que la rápida reacción de Minolin Fey les había dado ventajas, que podrían haber acabado en desastre si el nieto de la Matrona Mez’Barris se hubiera hecho con el mando y comenzado una guerra.
—En cualquier caso, la Matrona Zhindia lo sabrá muy pronto —indicó la matrona Zeerith, separando tanto verbal como físicamente a Mez’Barris y Quenthel, al flotar con su disco mágico entre ellas—. Debemos planear nuestra próxima marcha.
—Envía solo a nuestros mejores exploradores —dijo la Madre Matrona Quenthel a Minolin Fey—. Solo a los mejores, y con ellos el modo de regresar mágicamente con nosotros si se ven comprometidos. No quiero que la Matrona Zhindia se entere de nuestra llegada mientras podamos mantenerlo en secreto.
—¿Incluso si cuenta con el favor de Lloth? —preguntó Mez’Barris.
—Sí —respondió Quenthel sin la más mínima vacilación.
—Mis exploradores os dirán todo lo referente a las tierras sobre Gauntlgrym y sus alrededores —les aseguró Minolin.
—Q’Xorlarrin —corrigió la Matrona Zeerith.
Y dirigió una severa mirada en la Madre Matrona Quenthel—.
Si la Matrona Zhindia tiene el favor de la Reina Araña, si la propia Lloth aprueba y ayuda la marcha de la Casa Melarn para lanzar esta fuerza demoniaca contra nuestros enemigos, ¿por qué aún nos quedan dudas o vacilaciones?
Mis magos abrirán la puerta profunda y nosotros barreremos a los enanos y reclamaremos Q’Xorlarrin para Menzoberranzan y se la arrebataremos a la Matrona Zhindia de las manos, para que podamos compartir su gloria.
Las fuerzas de los enanos están en las cámaras superiores combatiendo contra los demonios.
Podemos entrar y hacernos con el lugar bajo ellos incluso antes de que se den cuenta de que les han atacado.
—Hablaremos —fue todo lo que contestó Quenthel, y luego miró de Zeerith a Mez’Barris varias veces, evaluándolas—. Solo nosotras dos.
La expresión de Mez’Barris se había animado con los comentarios de Zeerith, pero se ensombreció; Quenthel lo notó y lo esperaba. Que las dos poderosas matronas conversaran en privado era algo que la matrona de la Casa Armgo no quería.
Sobre todo desde que era claramente evidente que ella, Mez’Barris, sería el tema de esa conversación privada.
—¿Bregan D’aerthe? —exclamó la Matrona Zhindia Melarn, con una voz que era un susurro grave, como si tuviera miedo de que si perdía el control de la voz, se descontrolaría todo su ser.
—Es una banda de exploradores —comenzó la draña.
—Ya sé lo que es, idiota —le gritó Zhindia, y Malfoosh contuvo la respiración. Al soltarla, se oyó un rumor grave que parecía un gruñido.
—La sacerdotisa dijo Bregan D’aerthe —insistió la draña.
—¿Dónde están?
Malfoosh se encogió de hombros.
—Se han marchado.
—¿Y los has dejado marchar? ¿Ni siquiera los has seguido?
—No debo dudar de las palabras de una sacerdotisa, Matrona Zhindia.
—¡Mis órdenes están por encima de las suyas!
—Claro, pero no tenía órdenes de la Matrona Zhindia cuando me encontré con los drow.
—Te dije que limpiaras el bosque.
—¿De drow? Eso es otra historia, Matrona Zhindia —le recordó Malfoosh—. Yo, nosotras, somos drañas, cumplimos el castigo por nuestros crímenes contra lady Lloth. No podemos atacar a las hijas de Lloth.
—A no ser que te diga que lo hagas.
—Sí, con palabras precisas, Matrona. Pero no nos habías dicho que lo hiciéramos.
Zhindia alzó los brazos al cielo y lanzó un gruñido de frustración.
—Bregan D’aerthe no es un aliado de nuestra causa. Incluso ahora se nos resisten en Luskan.
—¿Quién era esa sacerdotisa? —preguntó la Primera Sacerdotisa Kyrnill Melarn.
—No me ofreció su nombre, señora —contestó Malfoosh—. Ni tampoco lo hicieron las otras dos sacerdotisas que estaban con ella.
—¿Dos sacerdotisas? —insistió Kyrnill.
—Como mínimo. Había otras más que llevaban las túnicas entre los de las filas.
—Otras mujeres —dijo Zhindia, que la comprendió y pudo seguir el razonamiento.
—Sí, y hombres, y un guerrero de gran fuerza que luchó conmigo, tridente contra tridente, hasta que la sacerdotisa nos hizo parar.
—Zaknafein… —comenzó Kyrnill, pero se detuvo.
—¿Un tridente? —preguntó Zhindia—. Cuéntame más de él, cada detalle.
Malfoosh hizo lo que le habían pedido, luego le ordenaron retirarse, y Zhindia se quedó sola con Kyrnill y Charri Hunzrin.
—Tiene que ser Malagdorl Armgo —concluyó Kyrnill.
—Han enviado una patrulla de exploradores para buscarnos y determinan nuestro progreso —aventuró Charri.