10. Tejer telarañas #2
—¡Conmigo! —rugió, mientas saltaba por encima de la elevación. Una segunda lanza voló hacia él desde más a su derecha, pero él giró alrededor de ella hábilmente, y completó el círculo para cargar directamente contra la gigantesca draña central.
Se oyeron los clics de las ballestas de mano, y un enjambre de saetas salieron volando.
Atrapado, al parecer, por la excitación del momento, Ravel se puso en pie de un salto y comenzó un conjuro, pero Saribel saltó junto a él y le pegó en las manos para que parara.
Entonces, Minolin Fey y ella comenzaron a gritar, a las drañas y a sus propios drow, para que detuvieran la lucha.
—¿Osáis profanar los regalos de Lloth? —gritaba Saribel a sus compañeros drow, porque las abominables drañas eran consideradas exactamente eso.
—¿Osáis desafiar a las sacerdotisas de Lloth? —gritaba Minolin Fey a las drañas.
La mayoría de los posibles combatientes, tanto drañas como drow, se echaron atrás, pero no Malagdorl ni tampoco el mastodonte que tenía ante él.
Cargó el maestro de armas drow y hacia arriba se encabritó la draña, para golpearle con las dos patas delanteras. La draña se enfrentó al tridente del drow con uno aún mayor, y lanzó un fuerte golpe desde arriba al avanzar, mientras que Malagdorl tenía que retroceder ante los golpes de las patas.
Malagdorl agarró su negro tridente con las manos separadas y lo situó en diagonal por delante y arriba, y atrapó el tridente descendente entre los dientes del suyo.
A Saribel y los otros espectadores les pareció ridículo, ya que esperaban que el drow fue aplastado bajo la poderosa presión de la draña, mucho más grande y muy bien equilibrada, pero para su sorpresa, y ante los gritos ahogados de muchos otros, el maestro de armas de la Casa Barrison Del’Armgo paró ese tridente descendente y todo el peso del monstruo que iba tras él, y lo mantuvo allí.
Con un rugido de desafío y negación total, Malagdorl giró hacia su derecha y hacia delante, con lo que torció el tridente de la draña por encima de sí y no lo soltó hasta que se encontró tan debajo de la bestia que esta no podía usar el arma contra él.
Como una araña, la draña saltó, directa hacia arriba, y evitó por muy poco que Malagdorl la empalara en el abdomen.
Aterrizó en un lado y viró durante el salto, mientras giraba el tridente para tenerlo listo, y luego, cuando tocó el suelo, corrió hacia el drow.
Y el feroz Malagdorl no se retiró, sino que volvió a cargar con ganas.
Una bola de fuego apareció en el aire ante los combatientes, y rodó por un instante antes de disparar una ráfaga de fuego, lo que hizo que tanto la draña como el drow se detuvieran de golpe.
Minolin Fey pasó sobre la cresta de la inclinación sin ningún miedo, y avanzó con pasos largos y decididos; su túnica, la adecuada para una suma sacerdotisa de buena casa y con la gracia de lady Lloth, se agitaba a su alrededor.
Saribel se quedó boquiabierta por la sorpresa; había conocido a esa mujer cuando era Minolin Fey-Branche, la primera sacerdotisa de la Casa Fey-Branche, que era considerada por todos como la última de las casas regentes y ni siquiera lo suficientemente fuerte como la mayoría de las casas situadas entre la novena y la vigésima.
Solo la larga y complicada historia de la Casa Fey-Branche, junto con una estrecha alianza con la Casa Baenre, habían mantenido a la Matrona Byrtyn Fey en el Consejo Regente.
Aquella Minolin Fey, la que Saribel había conocido, la que solo era la hija mayor de la Matrona Byrtyn, había sido el objeto de muchas bromas entre las otras mujeres que aspiraban a obtener el rango de suma sacerdotisa.
Pero esta Minolin Fey, Minolin Fay Baenre, parecía mucho más segura de sí misma, mucho más poderosa en cada acción.
¡Qué maravilla ser un miembro de la nobleza Baenre!, pensó Saribel con bastante envidia. Agarró a su hermano por el brazo y tiró de él tras ella mientras se apresuraba a alcanzar a Minolin Fey, decidida a que la Casa Do’Urden… ¡no, la Casa Xorlarrin!… estuviera adecuadamente representada.
—¿Quién eres tú, abominación, que osas atacar a una discípula de lady Lloth? —exigió saber Minolin Fey.
—No lo sabíamos —graznó la draña, y bajó el tono, claramente intimidada.
—¿Quién eres?
—¡Soy Malfoosh!
—¿Malfoosh?
—Sí, sacerdotisa —contestó la draña.
—¿Qué clase de nombre es ese? —preguntó Minolin Fey.
En ese momento, Kron Tlabbar corrió hasta ella y le susurró algo al oído, y la sacerdotisa drow pareció tambalearse un instante antes de recomponerse. Saribel lanzó una mirada inquisitiva al patrón de la Casa Faen Tlabbar, pero el hombre solo negó con la cabeza y se apartó.
—¿Malfoosh de qué casa? —preguntó Minolin Fey, y la pregunta puso en vilo a Saribel. Esas eran claramente las drañas de Zhindia, ¿o no?—. No conozco a ninguna draña Malfoosh en la tropa de la Matrona Zhindia.
Saribel no entendía nada. ¿Por qué iba Minolin Fey a conocer a cualquiera de las drañas de las Melarn? ¿Por qué se molestaría en oír sus nombres?
—¿De qué casa? —insistió Minolin Fey.
El rostro de la draña se retorció como si le doliera algo.
—Fue hace mucho tiempo… —comenzó a contestar la abominación, pero se detuvo y sacudió la cabeza—. Entonces no… no era… Malfoosh, sacerdotisa. Mal’a’voselle… me parece.
—¿Mal’a’voselle?
—Señora, sacerdotisa, no lo sé.
—¿Mal’a’voselle de qué casa?
—¡Casa Amvas Tol! —respondió la draña, con cierto orgullo.
Minolin Fay lanzó una mirada confusa a Saribel, quien solo pudo encogerse de hombros, porque nunca había oído que hubiera tal casa en Menzoberranzan.
—Fue hace mucho tiempo, sacerdotisa —explicó la daña—. En el tiempo del nacimiento de la Ciudad de las Arañas. Mi casa no sobrevivió.
Saribel y Minolin Fey intercambiaron otra mirada de confusión, pero Saribel asintió aceptando lo que decía la draña. Mal’a’voselle era un nombre drow que ya casi nunca se oía, pero tiempo atrás, había sido mucho más común. Aun así, las drañas no vivían durante milenios.
—¿Por qué estás aquí? —exigió saber Minolin Fey.
—Yo no sé por qué la gran Reina de la Arañas nos ha vuelto a soltar en el mundo, sacerdotisa.
—¿Estabas en el Abismo? —preguntó Saribel; quiso tragarse las palabras y se inclinó ante Minolin Fey por hablar sin su permiso. Sin embargo, a la sacerdotisa Baenre no pareció importarle, porque era la pregunta evidente.
—Sí, sirviendo. Todas lo estábamos.
—Pero entonces, ¿por qué habéis venido? ¿Por qué estás aquí, Malfoosh?
—Se nos ha encomendado la tarea de limpiar el bosque y las colinas de cualquier enemigo.
—¿Y somos tus enemigos? —preguntó la sacerdotisa Baenre con una incredulidad evidente.
—No lo sabíamos, sacerdotisa. No esperábamos encontrarnos con las hijas de lady Lloth. ¿Quiénes sois y por qué habéis venido? Debo comunicárselo a mi matrona, Zhindia.
Al oír mencionar a la matrona de la Casa Melarn, Saribel tragó saliva con dificultad y por un momento, pensó que podrían tener ahí un gran problema…
—Somos de Bregan D’aerthe —mintió Minolin Fey.
—¿Bregan D’aerthe? No conozco esa casa.
—No es una casa, sino una banda de exploradores disponible para todas las matronas de Menzoberranzan —explicó Minolin Fey—. Recogemos información y se la pasamos al Consejo Regente.
La draña parecía perpleja, pero al final simplemente se encogió de hombros.
—Hemos oído que había líos por esta zona y hemos venido a ver si los enanos están exterminados, para que Q’Xorlarrin sea devuelto a la Matrona Zeerith, como debe ser —añadió Minolin Fey.
Saribel sonrió al oír eso y la sorprendió tanto la rapidez mental de la sacerdotisa Baenre como el tributo que acababa de brindarle a su querida Matrona Zeerith. Miró a su hermano, que también asentía, claramente impresionado.
—¿O’Xorlarrin? De esto tampoco sé nada.
—No importa —le aseguró Minolin Fey a la abominación.
—Deberíais venir a hablar con… —comenzó Malfoosh.
—No podemos —la interrumpió Minolin Fey con un bufido—. Tenemos mucho que hacer. ¿Qué sabes de los enanos?
—Luchan obstinadamente, pero los demonios están sobre ellos. No podrán resistir mucho más.
—Bien. Ahora vuelve con la Matrona Zhindia y dile que muchos la están observando con interés.
La draña no podía hacer más que cumplir. Desobedecer a una sacerdotisa drow era una idea que ya hacía mucho tiempo que le habían sacado a palos a la pobre Mal’a’voselle, seguramente incluso mucho antes de haberla convertido en una abominación atormentada.
Para sorpresa de Saribel, las drañas retrocedieron.
Ella se volvió hacia Minolin Fey, y la sacerdotisa Baenre le signó que guardara silencio, luego la hizo acompañarla, y recorrieron de vuelta, con toda la banda, los túneles que los llevarían junto al grueso de la fuerza drow.
No fue hasta que estuvieron bien metidos bajo tierra cuando Minolin Fay se explicó.
—Las hay a cientos —dijo, y Saribel abrió mucho los ojos, asustada.
—¿Cientos de drañas? —preguntó Ravel.
—Muchos cientos —contestó Kron Tlabbar—. Las teníamos encima; nos flanqueaban por el norte y el sur. Enormes bandas de abominaciones, todas muy bien armadas.
—Enviadas desde el Abismo para servir a la Matrona Zhindia —afirmó Minolin Fey con una voz cargada de temor—. Lady Lloth se las ha entregado para su causa.
«¿Por qué nos estamos oponiendo a ella?», pensó Saribel, pero supo que era mejor no decirlo, al menos no a una sacerdotisa Baenre.
—¡Deberíais haberlas destruido! ¡A todas! —gritó la Matrona Mez’Barris Armgo a los comandantes del grupo de exploradores a su vuelta.
—Lo intenté, matrona —insistió Malagdorl, y lanzó una furiosa mirada de soslayo a Minolin Fey—. Se me impidió matar a la abominable líder.
—Silencio, niño —ordenó la Madre Matrona Quenthel Baenre, sin apartar, ni un momento, su aguda mirada del adorado nieto de Mez’Barris, ni siquiera para lanzarle una mirada a esa matrona—.
Estás aquí solo porque yo te permito estar aquí, y en este lugar, en esta repentina reunión del Consejo Regente, no te corresponde hablar.
Malagdorl se movió como si fuera a protestar.