10. Tejer telarañas
T EJER TELARAÑAS
—La superficie —informó el excitado drow cuando regresó ante sus comandantes.
El extraño guerrero que se hallaba al lado de la Suma Sacerdotisa Minolin Fey Baenre lanzó un rugido áspero y gutural, casi animal.
Era grande y musculoso, sobre todo para ser un varón drow, con el pelo blanco recortado en una cresta en punta, como el penacho de una corona de guerra, en medio de su rapada cabeza.
Un anillo de Mithril le colgaba de la nariz, tenía agujas de oro clavadas en las mejillas y se había pintado unos llamativos anillos blancos alrededor de los ojos.
Sin embargo, a pesar de todas sus estrafalarias excentricidades, nadie que viera a ese guerrero pensaría de él que era menos que formidable.
Vestía una cota de malla negra, que se le ajustaba a la perfección; portaba un magnífico tridente en una mano, y una red le colgaba de la cadera derecha, esperando a ser agarrada.
—Está esforzándose demasiado por ser Uthegentel —susurró la sacerdotisa Saribel Xorlarrin Do’Urden a su hermano mago, Ravel, mientras indicaba con la barbilla al inusual guerrero, Malagdorl Armgo.
—Los guerreros se esfuerzan demasiado en todo —repuso Ravel—. Es por eso por lo que, por lo general y afortunadamente, mueren jóvenes.
Malagdorl miró entonces hacia los hermanos y volvió a rugir, y Ravel le guiñó el ojo, lo que le valió un tortazo de Saribel.
—Tonto —le susurró ella. Luego, cubriendo una mano con la otra, empleó los dedos para signar en el silencioso código drow—: E S EL NIETO FAVORITO DE LA M ATRONA M EZ ’B ARRIS . E N ÉL VE A SU AMADO Y PERDIDO U THEGENTEL .
—¿V E A SU AMANTE EN SU NIETO ? —respondió silenciosamente Ravel, con una mueca de desagrado en el rostro.
—No de esa manera —respondió instintivamente Saribel, pero la verdad era que no estaba segura de que eso fuera cierto. Y añadió en su código silencioso—: M ÍRALE LAS MANOS . I NCLUSO LLEVA LOS GUANTES DE LA M ATRONA M EZ ’B ARRIS, QUE LE HACEN MÁS FUERTE .
—¿Has visto a alguien a quien matar? —preguntó Malagdorl al explorador mientas se ponía un poco por delante de la suma sacerdotisa Baenre—: ¿Elfos?
—No olvides tu lugar —le reprendió Minolin Fey, mientras avanzaba para quedar delante del arrogante varón. Y dirigiéndose al explorador añadió—: Puedes responder.
—Solo había silencio —explicó este—. No hemos encontrado nada vivo. Ni un pájaro, ni un… elfo.
Malagdorl gruñó.
Ravel lanzó un resoplido y signó con rapidez.
—E SPERO QUE ESE FEO ESTÚPIDO MUERA PRONTO . Q UIZÁ AYUDARÉ AL PRIMER ELFO QUE VEAMOS .
Saribel le dio un codazo.
—N O DESMEREZCAS EL GRAN HONOR QUE NOS HA CONCEDIDO LA M ADRE M ATRONA BAENRE AL NOMbrARNOS SUBCOMANDANTES DEL GRUPO DE EXPLORACIÓN, CON SOLO SU PROPIA SUMA SACERDOTISA Y EL MAESTRO DE ARMAS DE LA SEGUNDA CASA POR ENCIMA DE NOSOTROS .
—I NTERESANTE . C ON DOS CONJUROS PODRÍAMOS SER LOS COMANDANTES —dijeron los dedos de Ravel—. U NO, SI APUNTO CON CUIDADO .
Saribel trató de no reír las bromas incesantes de su irascible hermano; al menos, esperaba que fueran solo eso, pero sabía que, tratándose de Ravel, nunca podría estar segura. Se adelantó para unirse a los otros nobles del grupo.
—Saldremos a ver qué podemos averiguar bajo la tierra que no tiene techo —dijo Minolin Fay al grupo que estaba reunido—. Haced correr la voz entre vuestros subordinados.
Malagdorl y los cuatro subcomandantes asintieron.
Cuando Ravel se volvió para marcharse, Saribel lo agarró del brazo y lo retuvo, mientras dirigía su mirada a los otros dos que compartían su rango en ese grupo: Kron Tlabbar y Kelfain Mizzrym.
Saribel no dejó de fijarse en que esos dos subcomandantes eran los patronos de sus respectivas casas —la tercera y la cuarta en la jerarquía de la ciudad—, ni en que ambas casas habían sido enemigas declaradas de la Casa Xorlarrin, una enemistad que muy probablemente no habría disminuido cuando la Matrona Zeerith y su familia adoptaron el apellido Do’Urden.
Los Xorlarrin habían sido la tercera casa antes de renunciar a su asiento en el Consejo Regente para poder conquistar esa área y declararla una ciudad satélite de Menzoberranzan.
Muchas cosas habían cambiado para la Casa Xorlarrin después del desastre de Gauntlgrym, cuando los enanos delzou los habían expulsado; pero Saribel dudaba que esos cambios, incluida la eliminación completa de la Casa Xorlarrin y la reincorporación de la Casa Do’Urden —aunque en un rango inferior al que había estado la Xorlarrin—, hubieran servido de mucho para suavizar esas rivalidades.
En ese momento, en esa gran marcha de Menzoberranzan, considerada la más importante de esa era por la Madre Matrona Quenthel Baenre, era evidente que las matronas de las casas tercera y cuarta ya habían hecho sus apuestas.
Habían enviado a sus patronos, dos hombres fácilmente reemplazables, en vez de a sus más valiosos magos, maestros de armas o sumas sacerdotisas.
Las matronas de las casas Mizzrym y Faen Tlabbar habían mantenido su auténtico poder a su alcance, atrás en la seguridad del grupo de batalla principal.
Saribel se preguntó qué significaría eso.
¿Algo? La Matrona Mez’Barris Armgo, que tampoco era amiga de los Xorlarrin o los Baenre, había enviado a su valioso maestro de armas; pero Saribel había considerado eso un reflejo del deseo de Mez’Barris de ver a Malagdorl elevado hasta rivalizar con la leyenda de Uthegentel.
La Matrona Mez’Barris nunca podría ver a su nieto alcanzar esa gloria si lo protegía de las misiones peligrosas, así que no lo protegía; ni tampoco Mez’Barris necesitaba de la protección de Malagdorl, con todos los amplios recursos de la Casa Barrison Del’Armgo a su disposición.
La Madre Matrona Baenre había enviado a una suma sacerdotisa, porque no tenía otra opción si quería asegurarse el completo control del equipo de exploradores.
Y a fin de cuentas, solo era Minolin Fey, que formaba parte de la Casa Baenre solo porque se había casado con Gromph y dado a luz una hija muy importante.
Una hija que seguramente estaba en esa misma región, trabajando contra todos ellos, pensó Saribel. Guardó esa peligrosa idea para sí.
Aun así, no podía librarse de la sensación de que era una extraña colección de personas en una extraña misión, fuera esta la que fuera. La Madre Matrona Quenthel Baenre era la que tiraba de las cuerdas, pero ¿sabía alguien lo que la titiritera tenía planeado?
—No debemos enfrentarnos —estaba diciendo Minolin Fey cuando la sacerdotisa volvió a prestar atención al discurso—.
No debemos atacar a nada de lo que veamos, sea humano, enano o incluso elfo.
Y evidentemente, ni a drow ni a demonio, a no ser que nos ataquen.
Estamos aquí para aprender, no para luchar. Se os ha advertido a todos.
A Saribel le dio la sensación de que Minolin Fey dirigía esa advertencia de paciencia y templanza a una persona en concreto, porque si alguien necesitaba tales advertencias, era Malagdorl Armgo.
El ocaso había cubierto la tierra para cuando todo el equipo de exploración alcanzó la entrada al mundo de la superficie.
Eso era bueno, porque pocos entre sus filas habían visto la superficie, y los ojos de un drow no se adaptaban fácilmente al resplandor del feroz orbe que acosaba al mundo superior de Toril durante la mitad de cada día.
Adoptaron sus formaciones móviles con una precisión excepcional, porque aunque esos cazadores habían acudido desde una miríada de casas drow y pocos habían luchado junto a los otros drow que formaba con ellos, los hijos de Menzoberranzan compartían el entrenamiento marcial y sabían cuál era su lugar en un grupo pequeño y cuál era el lugar de su pequeño grupo en el conjunto de la formación.
Silenciosos como sombras, fueron adentrándose en las crecientes tinieblas, intercambiando la posición de cabeza en un orden sistemático, mientras que algunos se subían a los árboles con la facilidad de una ardilla para lograr una visión más amplia del área que tenían ante sí.
Fueron hacia el norte durante un rato antes de volver hacia el oeste; luego bajaron el ritmo al unísono cuando uno de los exploradores en los árboles informó de actividad a corta distancia por delante.
Las manos drow dibujaron señas de cubrir y defender cuando los exploradores más avanzados regresaron corriendo para signar que se acercaban unas entidades desconocidas.
Tras un primer avistamiento de las grandes sombras que se movían entre los árboles en la distancia, Saribel pensó que se trataba de una horda de demonios, pero cuando se fueron acercando, cuando el ritmo de sus patas al rascar el suelo comenzó a resultarle familiar, Saribel, y los que la rodeaban, descubrieron la verdad.
Miró hacia Minolin Fey, que estaba a su derecha, agazapada con Malagdorl detrás de una pequeña elevación. La sacerdotisa Baenre signó el nombre: ¡Drañas!
Saribel no se sorprendió. La Matrona Zhindia Melarn estaba ahí arriba, y se sabía que tenía muchas drañas en su casa (y que disfrutaba mucho infligiendo ese castigo final a los herejes).
La identificación fue pasando por las filas drow, pero antes de que ni la mitad hubieran podido ver los signos, la fuerza opuesta se hizo visible: una horda de criaturas gigantes mitad araña, mitad drow, que avanzaban por el sotobosque y se dejaban ver sin ningún temor en toda su horrible gloria.
No estaba claro si la que era claramente la líder, una bestia gigantesca con feroces ojos rojos y trenzas como telarañas en su largo cabello, conocía la identidad de los que tenían delante o no, pero actuó como se esperaría que actuara una draña: lanzó su pesada lanza hacia la elevación.
Esta rozó el borde, entre los dos mandos, sin alcanzar a ninguno, por muy poco.
Minolin Fey reaccionó con su voz, y ordenó a la bestia que se detuviera, pero Malagdorl, como cabía esperar, no se quedó satisfecho con eso.