9. La pérdida de la ciudad #3
—Muchos con la bendición de Lloth han perdido antes —replicó Kimmuriel—. Incluso en Menzoberranzan.
—Y si esos vencedores no contaban también con la bendición de Lloth, ¿me pregunto que habrá sido de ellos? —repuso Gromph.
—¿Por qué tienes miedo?
—¿Por qué tú no?
Esa sencilla pregunta dejó a Kimmuriel un poco descolocado, lo que era muy poco corriente.
—¿Y por qué te importa tanto? —presionó Gromph.
—Trabajo con Bregan D’aerthe.
—Bregan D’aerthe sobrevivirá. Si hace falta, podéis marchar de la ciudad, incluso de esta parte del mundo, en un momento.
Jarlaxle ha sobrevivido a los siglos porque nadie es mejor guiándose en una telaraña como esta que él.
Supongo que espera algo igual del hombre al que nombró codirigente de su ansiada banda.
Kimmuriel casi ni oyó las palabras, mientras negaba con la cabeza todo el rato.
—¡Mírate a ti mismo! —le riñó Gromph—. Te importa. Kimmuriel Oblodra; y ¡qué asombroso que a algún Oblodra o Odran algo le importe! ¿Te has ablandado, eh? ¿Has abandonado tu objetivo único en la vida, encontrar la Única Verdad Eterna junto con esos ilícidos agita tentáculos?
Kimmuriel quería negar esas palabras, negarle a él, pero sus respuestas le sonaban carentes de convicción.
—¿Te has enamorado de la carne, Kimmuriel? —preguntó Gromph, con mayor seriedad—. ¿Has encontrado en tu mente carente de emociones un poco de amor por eso que los meros mortales ansiamos?
—Tú has sentido el poder desatado de la mente colectiva —le recordó el psiónico a Gromph, porque este había estado con él cuando todos ellos habían canalizado el asombroso poder psiónico del colectivo ilícido al completo hacia el arma en que Yvonnel había convertido a Drizzt para destruir al Demogorgon.
—Y fue glorioso —admitió el antiguo archimago—.
Espero volver a encontrarlo, pero para hacerlo, sé que tengo que vivir lo suficiente para merecérmelo.
Y creo que vivir lo suficiente significa estar al otro lado de la furia de lady Lloth.
La Matrona Zhindia vino aquí con todas las bendiciones de Lloth.
De eso estoy seguro. ¡Dos recuperadoras, Kimmuriel!
¡Dos! ¿Has oído alguna vez una cosa igual?
No le faltaba razón, y eso, a Kimmuriel le resultaba difícil pasarlo por alto.
Las recuperadoras eran un gran regalo de los planos inferiores, un constructo magnífico creado en muy pocas ocasiones debido al esfuerzo y al coste que representaba.
A Kimmuriel sí le importaba, y mucho, el resultado de todo esto, pero su preocupación no se basaba en el amor o el deseo.
No. Kimmuriel estaba furioso, incluso indignado.
Esa silenciosa confesión le impactó con fuerza.
¿Cuándo había dejado antes que su rabia superara a su sensatez?
Incluso cuando la Madre Matrona Yvonnel Baenre había lanzado su hogar, a su familia y a su madre a la Grieta de la Garra, haciendo desaparecer todo lo que era la Casa Oblodra, Kimmuriel había calmado su rabia con su buen juicio.
Se había unido por completo a Jarlaxle, con Bregan D’aerthe, que servía como una poderosa aliada de la propia Madre Matrona Baenre.
Muchas veces había pensado en la venganza, y todas esas numerosas veces había dejado de lado esos deseos, contentándose con cualquier pequeño castigo que lograra infligir secretamente a los Baenre, siempre que pudiera, pero nunca nada arriesgado.
Siempre había sido más un entretenimiento, una pequeña diversión, que algo importante.
Sin embargo, en ese momento ardía de furia.
En ese momento quería que sacaran del medio a Brevindon sin ningún miramiento, ver al demonio en el interior del Margaster aplastado ante él.
Se había dicho a sí mismo que su plan, posible aunque peligroso, era por el bien de Bregan D’aerthe, y quizá había suficiente verdad en ello para poder continuar con su autoengaño.
Pero no en ese momento. En ese momento, Kimmuriel se dio cuenta que había mucho más en todo esto, que una furia mucho más personal lo movía.
No estaba seguro de por qué. Pensó que le faltaba algo, algún elemento que estaba ahí, delante de él, y que aún no había identificado, un recuero en lo más profundo de su mente, una insinuación que hubiera oído en alguna parte… algo.
—Si no renuevas el flujo de magia hacia Gauntlgrym y el primordial, la bestia escapará y arrasará la región —dijo a Gromph una última vez.
—Y si hago lo que me pides, estaré tomando partido por un bando, y ese bando no será el que favorece Lloth.
—Jarlaxle está allí, en Gauntlgrym, por lo que puedo discernir.
—Entonces, Jarlaxle tendrá que ser muy listo, o acabará muerto.
Kimmuriel se quedó parado y se lo quedó mirando mal durante un momento más, pero entendía que, realmente, no podía hacer nada. Era más poderoso que Gromph en psiónica, pero si intentaba usarla para convencerlo, estaría enfrentándose a uno de los magos más poderosos del mundo.
Quería disipar su ira, pero no quería que desapareciera muriendo él.
Regresó a Illusk y al enclave drow secreto. A Gromph no se le podía convencer.