9. La pérdida de la ciudad #2
—¿Por qué? —preguntó Wulfgar, mientras se ponía en pie y se estiraba para liberarse de la rigidez y el dolor de los hombros—. ¿Por qué hacen eso? Sin duda, Brevindon dirigió el ataque y masacró a muchos. Aun así, la mitad de Luskan o más parece haberse rendido sin luchar. ¿Por qué?
—Porque él no tiene la piel negra —respondió Bonnie Charlee, sin rodeos, antes de que los demás pudieran decir algo. Eso le valió largas miradas de los drow en la habitación, pero más de curiosidad que de enfado.
—Parece ser que mi disfraz no los engañó —aceptó Beniago con una carcajada—.
Un humano en la silla del capitán, en apariencia, pero sabían que, durante estos últimos años, el poder en Luskan era de origen drow.
Ahora tienen un humano de Aguas Profundas como señor para llamarle gran capitán, alguien que tiene la misma apariencia que la mayoría de ellos, alguien al que pueden considerar grande y guapo.
—Esas emociones primitivas son el seno de los déspotas —sentenció Kimmuriel.
—Por tanto, Brevindon ha tomado la isla de Closeguard y la Nave Kurth como su hogar, y las otras naves se están uniendo a él, y Gromph no permitirá que la Torre de Huéspedes del Arcano haga nada contra él —resumió Braelin Janquay—.
¿Es esto? ¿Es el momento de que Bregan D’aerthe se vaya a otro lado?
Todos los ojos se posaron en Kimmuriel, el indiscutido dirigente de la banda, al no encontrar a Jarlaxle por ninguna parte.
—No —respondió Kimmuriel—. No. Los dejamos que se sitúen y se sientan cómodos durante un tiempo más, luego atacamos, y con frecuencia.
La fachada de fuerza es impresionante a no ser que se entienda la debilidad que hay detrás.
Un dirigente que asuma el control como lo ha hecho Brevindon Margaste también se crea una gran enemistad con mucha gente poderosa que no tiene el valor de enfrentarse a él.
Así que lo haremos mortal, tanto figurativa como literalmente, y dejemos que el apoyo de sus sicarios se revele como su verdadera fachada.
—Pero la opción después de Brevindon seguiremos siendo… nosotros —argumentó Braelin.
—O él —respondió Kimmuriel, haciendo un gesto hacia Wulfgar.
—¿Me pides que sea un gobernante títere para Bregan D’aerthe? —replicó el orgulloso bárbaro en cuanto superó la sorpresa.
—Te pido que nos ayudes a librar a Luskan de esta invasión respaldada por los demonios —respondió Kimmuriel—. De hecho, insisto en ello.
—Ya. Y yo he aceptado esa parte. Pero no tengo ningún deseo de gobernar una ciudad.
—No lo harás.
—O de fingir que gobierno una ciudad —clarificó Wulfgar, en un tono decidido que no permitía discusión.
«Encontraremos la manera de satisfacer las necesidades de ambos», oyó el bárbaro en su cabeza, e intentó mantener la misma expresión, sin dar ninguna señal de la repulsión que le causaba la intrusión telepática de Kimmuriel.
—Sal de aquí y ve al sur —indicó Kimmuriel a Braelin—.
Lleva las noticias de Luskan y entérate de lo que ha pasado y cómo están en Gauntlgrym.
Quédate bajo tierra y ve por los túneles hasta que estés bien lejos de la ciudad.
Toma esto. —Le pasó a Braelin un pequeño silbato colgado de una cadena de plata—.
Y llévate a cualquiera que consideres necesario para facilitarte esta misión.
Braelin miró el extraño silbato durante un momento, asintiendo, lo que le hizo saber a Kimmuriel que reconocía el objeto; ¿y por qué no iba a reconocerlo? Jarlaxle llevaba un silbato similar colgado del cuello desde hacía mucho.
—¿Cualquiera que considere necesario? ¿La sacerdotisa Dab’nay?
Kimmuriel lo pensó un momento, —No. A ella no. Ella se queda aquí. Puedo necesitarla.
—¿Tendré ese honor? —preguntó Dab’nay, medio en broma, medio con sarcasmo.
Kimmuriel no iba a permitir eso, y se lo mostró con su fría expresión.
—¿Honor? —contestó—. No. Quizá deberías tener miedo.
Dab’nay fue a responder, pero se contuvo.
—¿Tengo que ir hasta Gauntlgrym? —preguntó Braelin Janquay, claramente tratando de cambiar de tema.
—Si es necesario —respondió Kimmuriel—. Pero ten mucho cuidado, y si te topas con algo inesperado, entonces usa el silbato.
—Se detuvo una fracción de segundo—. Algo inesperado y dramático —aclaró—.
No me hagas perder el tiempo a no ser que estés seguro de que tu llamada no será una pérdida de tiempo.
—¿No podrías ir tú a Gauntlgrym y volver en un momento? —preguntó Wulfgar a Kimmuriel.
—No pretendas entender algo que no entiendes —le replicó rápidamente el psiónico—. Toda acción tiene un coste, y tengo necesidades más urgentes en las que emplear mis poderes que en ir de correo entre ciudades.
—¿Y aquí? —preguntó Beniago, y Kimmuriel supo por su tono que simplemente estaba tratando de cambiar de tema antes de que se les fuera de las manos, al cortar una posible replica grosera del bárbaro, que a menudo era muy rudo —.
¿Vamos a estar escondidos aquí abajo o deberíamos empezar con algunas acciones para hacerle el reinado menos fácil a Brevindon?
—¿Como qué? —pregunto Kimmuriel.
—Hay un montón de gnolls muertos en un callejón —explicó Beniago con una sonrisa irónica—. Parece un inicio prometedor para una resistencia.
—¿Cuál es la nave más fuerte después de la Nave Kurth de Brevindon? —preguntó Kimmuriel—. ¿Rethnor?
—Fácilmente.
—Ir mordisqueándoles —indicó el psiónico—. Heridles, pero solo un poco, por los bordes, y haced que parezca que es obra de la nueva Nave Margaster. Luego id…
—A la Nave Baram y les hacemos darse cuenta de que la Nave Margaster eliminará a todos sus competidores —le interrumpió Beniago.
Kimmuriel sonrió y asintió.
Poco después, Wulfgar se encontró solo en la sala con Kimmuriel, algo que nunca le había gustado.
—Como hablábamos cuando cayó la ciudad —le dijo Kimmuriel—, si todo va bien, puede que consigas atacar una vez. Esa es tu única oportunidad.
—¿Y si todo no va bien?
—Entonces, casi seguro que eres hombre muerto.
—Mi única oportunidad —repitió Wulfgar, remarcando el uso de Kimmuriel del pronombre en singular—. Yo soy seguro un hombre muerto. ¿Y qué hay de Kimmuriel? —preguntó, solo porque quería oír el bufido despectivo del drow.
Wulfgar comprendía perfectamente que pasara lo que pasara en Luskan, él se jugaba mucho más que ese extraño drow, y seguramente también más que cualquiera de la banda mercenaria de Jarlaxle.
Bregan D’aerthe siempre parecía hacer que las cosas fueran así.
—Una cosa más para que tengas en mente mientras esperamos nuestra oportunidad —añadió Kimmuriel—. Tu amiga, esa mujer pirata, Bonnie Charlee.
—¿Qué pasa con ella? —preguntó Wulfgar encogiéndose de hombros, y se sorprendió de lo mucho que le importaba.
—La reconocieron en la ciudad, pero decidió no compartir eso con nosotros. Deberías dejarle muy claro que si alguna vez piensa en traicionarnos, lo sabré, y si lo sé, otra vez, entonces se encontrará con un destino peor del que cualquier criatura de vuestra superficie podría llegar a infligirle.
—¿Incluso un simple pensamiento? —preguntó Wulfgar—. La gente piensa muchas cosas que realmente no va a hacer. ¿Cualquier amigo seguiría siendo amigo si mirara en la mente de un compañero en un mal momento?
—Puedo distinguir una veleidad de una verdadera amenaza. La veleidad la acepto. Hasta cierto punto.
—Es que no puedes guardarte tus opiniones para ti. ¿Es por eso por lo que Kimmuriel no tiene amigos?
—Hablas como si eso fuera algo malo —replicó Kimmuriel, y salió de la habitación.
Wulfgar dejó escapar un largo suspiro, pensado que sí que iba a tener una larga charla con Bonnie Charlee.
Por mucho que odiara a muchos de los drow, y a Kimmuriel en particular, comprendía que Bonnie Charlee y él tenían que colaborar totalmente con Bregan D’aerthe si querían tener alguna esperanza de sobrevivir a esta pesadilla.
Solo Kimmuriel, o Jarlaxle si regresaba, tenían alguna posibilidad de conseguir que Gromph abriera los portales a Gauntlgrym, y sin eso, Wulfgar tenía poca esperanza de volver a ver a sus amigos.
Porque estaba bastante seguro de lo que Braelin y los otros se encontrarían en el sur: una tierra sin duda plagada de poderosos enemigos y monstruos que los superarían por mucho.
Sí, tenía que habar con Bonnie Charlee, inmediatamente. De nuevo, Wulfgar tuvo que pararse a pesar lo mucho que le importaba si esa mujer sobrevivía o no. No estaba enamorado de ella ni nada de eso, se decía obstinadamente, rechazando la idea incluso antes de considerarla.
Pero ella había demostrado ser una compañera leal y esa parecía ser una virtud muy escasa en la Ciudad de las Velas.
—Lloth está con ella —replicó Gromph cuando, más tarde ese mismo día, el psiónico lo arrinconó en su mansión extradimensional en el interior de la Torre de Huéspedes del Arcano—.
La Matrona Zhindia Melarn no hubiera llegado tan lejos, no estaría dirigiendo una variedad así de demonios y vagabundos, sin la bendición de Lloth.