Implacable (Generations 3) 9. La pérdida de la ciudad
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9. La pérdida de la ciudad

L A PÉRDIDA DE LA CIUDAD

Corrió por las calles de Luskan. Intentó mantenerse entre las sombras, porque sabía que el peligro la rodeaba.

¡Todo había estado yendo tan bien! La ciudad se estaba adaptando a sus nuevos conquistadores, y las calles, aunque aún no estaban tranquilas, comenzaban a mostrar señales de normalidad.

En la taberna, la charla había sido banal y distendida.

Pero la habían reconocido. Estaba segura. Había visto la expresión en el rostro del hombre justo antes de que este se marchara apresuradamente.

A pesar de sus miedos, Bonnie Charlee no corría directamente hacia la entrada secreta de Illusk, las ruinas bajo Luskan.

Tenía que asegurase de que no la estuvieran siguiendo, de que nadie la mirara, antes de ir al cementerio cerca del puente de la Isla Closeguard y a la falsa tumba que la llevaría a la escalera secreta descendente.

Justo cuando comenzaba a pensar que había dejado atrás a sus perseguidores, la mujer torció la esquina de un callejón y casi se chocó con un par de gnolls, cada uno como tres palmos más alto que ella.

Le pareció que no formaran parte de sus perseguidores, porque ella los había sorprendido a ellos más que al contrario.

Pero no tenía tiempo para averiguarlo.

La mujer se tiró sobre el grueso gnoll más cercano, mientras sacaba la daga, se apoyaba el pomo contra las costillas para usar todo su peso en insertarla profundamente en el vientre de gnoll.

Sacó la daga y apartó a la criatura herida de un empujón, luego lanzó un tajo cuando el segundo intentó, en vano, desenvainar su espada.

Tuvo suerte y le cortó el cuello a la bestia, y su brazo pasó ante la cara de hiena de la criatura un instante antes de que esta cerrara los dientes con un rugido.

El gnoll cayó, sangrando a borbotones, pero el otro aullaba muy alto, y ¡otros comenzaban a responderle desde no muy lejos!

La mujer corrió por el callejón, zigzagueando para aquí y para allí cuando de nuevo oyó que la perseguían. Agarró cualquier objeto suelto —basura, un carro roto, un barril vacío— y fue tirándolo al pasar para obstaculizar a sus perseguidores.

Bonnie Charlee trastabilló por la sorpresa cuando una jabalina le pasó volando por encima de la cabeza, y rebotó en el muro que tenía a la izquierda.

Echó una mirada hacia atrás mientras tiraba otro barril y se le encogió el corazón; supo que estaba acabada, porque, a su espalda, el callejón estaba lleno de humanoides a la carga.

Salió como pudo del callejón, sujetándose el hombro derecho, que le había arañado otra jabalina.

Sabía que estaba a punto de morir, o algo peor; sabía que los tenía justo a la espalda.

Incluso lanzó un grito cuando se volvió, agitando su pequeña arma con desesperación, por lo que tardó un momento en descifrar lo que estaba viendo.

La oscuridad llenaba el callejón. No la noche, sino la verdadera oscuridad, la oscuridad mágica.

Oyó los gritos de los gnolls, luego los clics de las ballestas, luego menos aullidos y más gruñidos.

Una espada deslizándose sobre una coraza de metal. Un gañido de dolor.

Un gnoll salió del callejón ante ella, tambaleante y sangrando; sí, cubierto de su propia sangre.

Se sacudió de un modo extraño una vez y luego otra, y a Bonnie Charlee le costó unos instantes darse cuenta de las dos nuevas heridas, causadas por pesadas saetas de ballestas.

Antes de que la agonizante bestia cayera, un drow salió corriendo de la oscuridad, agarró su espada y tiró de ella hacia dentro; esta cumplió su trabajo asesino antes de que su tosca víctima y él desaparecieran de la atónita vista de Bonnie Charlee.

El drow salió de nuevo, o al menos su rostro.

—¡A Illusk, ya, estúpida! —le riñó.

Bonnie Charlee no necesitó que se lo repitiera.

—Creo que es evidente que tu viaje ha tenido menos éxito del que esperábamos —dijo Kimmuriel Oblodra, a modo de saludo, a Bonnie Charlee, cuando esta regresó al escondite secreto de Bregan D’aerthe, en lo más profundo de las ruinas bajo la ciudad de Luskan.

—He conseguido algo de información —contestó la mujer; su nerviosismo, al hallarse delante del drow psiónico, fríamente analítico y extraordinariamente peligroso, se hacía patente en el sudor de su frente.

—Y ahora eres menos útil a nuestra causa, porque te han reconocido —afirmó Kimmuriel.

—Sin embargo, los que la han reconocido ya están muertos —dijo otra voz, otro drow, que entró en la pequeña habitación del codirigente de Bregan D’aerthe, junto a un hombre alto y pelirrojo que parecía ser humano.

Bonnie Charlee se tranquilizó ante la llegada de Braelin Janquay, un explorador drow y un tipo de más fácil trato, que de la otra persona, que sabía que no era humano.

Se trataba de Beniago Kurth, la cara de Bregan D’aerthe en la ciudad, que no solo era drow sino también un miembro de la casa regente de Menzoberranzan, la ciudad de la Infraoscuridad.

Beniago no le había resultado más amenazador que cualquiera de los otros, y menos que Kimmuriel, sin duda, pero había algo en él, un peligro fácil, que hacía que la mujer se pusiera muy nerviosa con solo verlo.

—¿Estás seguro de eso? —preguntó Kimmuriel.

—Teníamos vigilantes por todas partes —respondió Braelin—. Era una banda de estúpidos gnolls, nada más; estaban demasiado sedientos de sangre para huir y eran demasiado estúpidos para saber que debían huir.

—Estoy de acuerdo con su valoración —añadió Beniago, y clavó una severa mirada en Bonnie Charlee, que hizo que a esta se erizaran los pelos del brazo de puro miedo—. Ella ha tenido suerte.

Bonnie Charlee se hizo la fuerte para soportar la mirada fulminante del hombre alto. Entonces decidió no mencionar al hombre de la taberna, que estaba segura de que la había reconocido.

Sin embargo, en cuanto acabó de pensarlo, Kimmuriel soltó una risita, y ella supo que acababa de decirle justo eso. Pero el psiónico no comentó nada y luego la miró asintiendo un poco.

—Me pediste que averiguara algunas cosas, ¿no? —dijo Bonnie Charlee desafiante, esperando haber interpretado bien a Kimmuriel—. Y fui, ¿no? Así que aparta esa mirada de enfado, colega.

Eso hizo que Braelin contuviera una carcajada.

—Beniago solo está enfadado porque aún parece un humano —dijo el explorador, de buen humor—. Aunque, entre nosotros, inteligente señora, era mucho más feo antes de su transformación.

Bonnie Charlee le devolvió la sonrisa y se quedó muy aliviada por el tono de Braelin.

—Y bien, ¿qué has averiguado? —preguntó Beniago, sin prestar atención a las bromas.

—Aquí no —intervino Kimmuriel, y fue hacia la puerta de la habitación, con los otros tres detrás.

Bonnie Charlee fue prestando mucha atención mientras los cuatro recorrían las vías de Illusk. El elfo oscuro había construido unas defensas formidables allí dentro, y no se podía negar que los centinelas estaban preparados y se les veía letales.

Bonnie Charlee quería saberlo todo. Si la capturaban en la superficie, su conocimiento de este lugar podría resultar ser su salvación, y de todas formas, ¿qué les debía a los drow?

Kimmuriel se puso a su lado.

—Nos debes la vida y nada menos —le susurró este al oído casi tan pronto como la pregunta le pasó por la cabeza.

La mujer notó que le flaqueaban las piernas.

Wulfgar le había avisado muchas veces de este, le había dicho que podía entrar en su mente con facilidad y leer todos sus pensamientos.

Hacía un momento le había leído el pensamiento sobre el hombre de la taberna, sin duda, y en ese momento ella había vuelto a cometer el mismo error.

¡Bonnie Charlee no tenía manera de defenderse de eso!

—No —le susurró él—. No la tienes.

Se mordisqueó el labio mientras Kimmuriel se apartaba y de nuevo se ponía en cabeza para guiarlos hacia los rincones más profundos de la posición de Bregan D’aerthe, hacia una sala que la mujer ya conocía, la sala en la que esperaba Wulfgar.

El bárbaro no estaba solo, lo acompañaba la sacerdotisa Dab’nay, una de las pocas mujeres que Bonnie Charlee había visto en la banda drow.

Dab’nay miró a Kimmuriel y asintió, luego comenzó el cántico de un conjuro divino, un hechizo de sanación, evidentemente, porque Wulfgar lo aceptó con la expresión satisfecha de un viejo marino sentado en un muelle aspirando una nube de buen tabaco de pipa.

—¿Debo marcharme? —preguntó Dab’nay

—No hace falta —contestó Kimmuriel. Se volvió hacia Bonnie Charlee—. Cuéntales lo que has averiguado.

Esta se tomó un momento antes de empezar, y se fijó en las palabras exactas de Kimmuriel. Sí, cuéntales, a ellos, porque Kimmuriel ya lo sabía, todo, quizá incluso más de lo que la propia Bonnie Charlee podía recordar de forma consciente.

Deseó estar de vuelta en el mar, saltando ente las olas mientras perseguían a alguna galera mercante.

—Todos apoyan al nuevo gran capitán —explicó la mujer, mientras se sacaba de la cabeza todos esos sueños imposibles—. Todas las naves. Rethnor, Baram…

—Baram no es ninguna sorpresa —interrumpió Beniago—. Todo gran capitán de la Nave Baram ha estado dispuesto de ir hacia donde parece más seguro. Seguramente ese estaba abriendo sus puertas de par en par a los invasores incluso antes de que llegaran a puerto.

—Todos ellos —repitió Bonnie Charlee—. El gran capitán Brevindon ha tomado tu puesto, Beniago. La Nave Kurth es ahora la Nave Margaster.

—Una familia noble de Aguas Profundas —indicó Kimmuriel.

—¿Han tomado Luskan abiertamente? —preguntó Braelin Janquay—. Eso parece temerario.

—O revelar una gran seguridad.

—Esa es una manera de pensar muy común entre ladrones e insurgentes —explicó Kimmuriel—. Cuando robas algo que quieres, lo reclamas como tuyo a los cuatro vientos, y desafías a cualquiera que haga algo para arrebatártelo.

—Un desafío que aceptaré —afirmó Wulfgar.

—La ciudad entera se ha puesto tras él —continuó Bonnie Charlee—. Incluso los gnolls que llegaron con la flota de Brevindon tienen vía libre por toda la ciudad.