Implacable (Generations 3) 8. ¿Infierno o purgatorio? #3
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8. ¿Infierno o purgatorio? #3

Al oír un grito ahogado, el halfling se giró y encontró a Artemis Entreri ya sentado, muy pálido, con los ojos asustados y enrojecidos, la boca abierta, y con babas en la barbilla y la mejilla.

Dahlia le quitó la camisa, y Regis volvió a quedarse sin aliento, porque Entreri tenía los hombros, el pecho, la barriga y por todas partes del torso y los brazos, cubiertos de pequeñas heridas rojas.

Las avispas, concluyó Regis.

Las avispas, que habían molestado a Dahlia, pero que casi ni se habían fijado en el halfling.

Las avispas picadoras de la conciencia.

Lo cierto era que Regis no sabía qué pensar, o cómo sentirse.

Había sido testigo de algo más allá de su capacidad de comprensión, y al mismo tiempo, algo que parecía milagroso.

Mientras Yvonnel lanzaba conjuros de curación a Entreri, y este parecía ir mejorando, a Regis se le ocurrió pensar que quizá el capullo de Sharon podía acabar siendo de gran provecho para Entreri, una advertencia, siniestra y dolorosa.

Regis creía que Artemis Entreri era un hombre mucho mejor de lo que lo había sido, y quizá, solo quizá, este brutal episodio le impulsaría aún hacia mejores cosas.

Al menos, así lo esperaba.

Claro que todo eso dependía de que la sospecha de Yvonnel fuera acertada. Porque también era posible que esa criaturita, Sharon, no fuera más que un demonio malvado y mentiroso.

Sin embargo, a Regis su corazón le decía que esto no era cierto.

A pesar de todo, del caos, la destrucción, la araña gigante, el dolor de Entreri. Regis se sentía más animoso cuando se unió a los otros junto al carruaje.

—Venid —le pidió Yvonnel a todos—. Thornhold está aquí mismo, bajando al mar.

—¡Oh, no vayas ahí! —advirtió Regis—. Hay un monstruo.

—Una araña monstruosa —convino Dahlia—. Ha escalado la muralla. Estábamos bastante lejos en la carretera, pero la vimos, de lo grande que era.

—No es una araña —dijo Athrogate—. Y, sí, la hemos visto pasar sobre la muralla.

—Una recuperadora —explicó Yvonnel—. Un gran constructo demoniaco. Seguramente, no queda nada vivo en Thornhold.

—¿Y sigues queriendo ir allí? —preguntó Regis, con una ceja arqueada.

—Casi seguro que ya se ha ido —respondió Yvonnel.

—¡Persiguió a Drizzt hasta aquí! —explicó Athrogate, y Regis ahogó un grito—. Él me dio todas sus cosas para que se las guardara, y luego se llevó a esa condenada cosa por medio mundo y por encima de la muralla.

—Vamos —insistió Yvonnel—. Vayamos a ver.

Comenzó a caminar y los otros la siguieron. Dahlia ayudó a Entreri a ponerse en pie, pero en cuanto lo consiguió, él solo tardó un instante en estabilizarse, luego se inclinó, recuperó sus armas y su capa, y comenzó a seguirlos.

—Me alegro de que estés bien —le dijo Regis cuando pasó ante él.

Entreri lo miró con escepticismo, pero asintió y continuó caminando.

Regis reconoció ese escepticismo y no se lo tomó como una ofensa. No, Regis entendía cuál era la auténtica razón, porque a decir verdad, Artemis Entreri no parecía estar nada bien.

Estaba libre del capullo de avispas, pero no lo estaba.

Aún oía su zumbido. Sentía sus minúsculas patitas sobre él. Y aunque los crueles demonios insecto ya no le picaban, seguía sintiendo sus aguijones en lo más profundo.

Miró a Yvonnel, muchos pasos por delante de él y avanzando con determinación por el camino rocoso hacia la vieja fortaleza. Pensó que quizá ella tuviera algunas respuestas.

Pero ¿realmente las necesitaba?

Porque en la mente de Artemis Entreri, su espantosa experiencia estaba muy clara. Solo había una pregunta que le rondaba por la cabeza: ¿había sido alguna forma de purgatorio, algún tipo de dolorosa penitencia forzada, o había sido el infierno?

¿El infierno eterno?

Esperaba lo primero y temía lo segundo, pero sabía que el dilema estaba correctamente planteado.

Cuando estaba allí, con los insectos picándole o mordiéndole o lo que fuera que le estuvieran haciendo para inyectarle tanto fuego, no podía ver nada con sus ojos físicos, pero no podía dejar de ver los muchos crímenes que había cometido.

No todas sus peleas y asesinatos habían sido contra él en ese bucle de atrocidades, que parecía infinito.

No, solo las que él sabía que habían sido injustificadas.

Injustificadas.

Eso era algo que Artemis Entreri nunca había admitido abiertamente, ni a Drizzt; ni a Jarlaxle; ni a su primer amor, Calihye, ni tampoco a Dahlia.

En medio de la implacable rabia que le había consumido durante la mayor parte de su vida, ¿había llegado a admitírselo a sí mismo?

En ese momento se sentía como si no pudiera ocultarse de esos casos. En ese momento le pesaban profundamente en el corazón y destellaban como una tormenta en su cabeza, en medio de los recuerdos, aún muy vívidos, de un dolor indecible, implacable e incesante.

Un dolor que se merecía, lo sabía.

Un dolor que solo podía esperar que lo limpiara de todos esos casos viejos y muertos, como fuegos que consumen la corteza podrida de árboles marchitos.

Oía a Dahlia hablándole con bastante insistencia a su lado, y la miró.

—Ahora eres libre —estaba diciéndole ella—. Te hemos encontrado. Te hemos rescatado. Te hemos sacado de ese lugar.

Entreri no sabía qué responder, así que hizo una pregunta.

—¿El limbo o el infierno?

Dahlia lo miró de un modo raro, y no le respondió.

Pero tragó saliva con dificultad, y Artemis Entreri supo por eso, y por su repentina palidez, que le había entendido perfectamente.