8. ¿Infierno o purgatorio?
¿I NFIERNO O PURGATORIO ?
—¡Ni se te ocurra entrar ahí! —exclamó Regis cuando Dahlia le tomó las riendas e hizo girar el carruaje hacia un camino lateral desde la carretera principal conocida como la Vía del Comerciante, un camino lateral que parecía dirigirse a la torre abandonada de Thornhold en la costa, una fortaleza cuya muralla acababa de ser escalada por una araña del tamaño de un dragón.
El halfling no podía recuperar las riendas, así que se inclinó hacia delante, las agarró más cerca de los caballos y pegó un fuerte tirón, que detuvo bruscamente el carruaje.
—¡Tenemos que ver qué era eso! —protestó Dahlia, y fue a apartarle las manos al halfling, pero hizo una mueca y dejó caer las riendas de las manos para apretarse el brazo roto contra el pecho, siseando de dolor.
—Ya sé lo que era eso, y por esa razón no tengo ningunas ganas…
—comenzó a argumentar Regis, pero vio la repentina mirada de sorpresa de Dahlia y se detuvo, luego siguió su mirada hacia el sur, por la Vía del Comerciante, a su espalda, donde, una vez más, la niña de pelo rizado, que a todas luces parecía una pequeña criatura demoniaca y espantosa, volvía a verse, flotando detrás de ellos y esbozando su malvada sonrisa.
Sin embargo, a Regis le resultó curioso, porque aunque esa pequeña tenía todo lo que se podía esperar de un ser demoniaco, o de un espectro muerto viviente, por alguna razón que Regis aún no alcanzaba a comprender, no le resultaba repulsiva.
Aun así, le preocupaba bastante que esa niña los hubiera seguido desde Aguas Profundas, desde la Casa Margaster.
—¡Tira! ¡Tú tira! —gritó Dahlia, y esta vez, Regis no se lo discutió, sino que sacudió las riendas para que los caballos siguieran avanzando. Los condujo de vuelta a la carretera principal y luego los lanzó a pleno galope en cuanto notó el suelo liso bajo el carruaje.
—El mundo se ha vuelto loco —murmuró Dahlia, sacudiendo la cabeza y con lágrimas rodando por las mejillas.
Miró hacia atrás, no a la niña demonio flotante, sino al compartimento del carruaje, donde su amado Artemis Entreri yacía envuelto en un capullo de un material desconocido, que parecía escupir de vez en cuando crueles avispitas.
Un sudario de muerte, de eso estaba segura.
Una niña demonio persiguiéndolos y una araña gigante subiendo la muralla de un castillo. Era demasiado para ella.
Regis le puso una reconfortante mano en la pierna e hizo que los caballos aminoraran un poco la marcha, porque la niña demonio no se movía deprisa y ya había quedado muy atrás.
—Ten confianza —le dijo Regis de nuevo—. Es lo único que nos queda.
—Entonces no tenemos nada —susurró Dahlia, y Regis la oyó, y no pudo contradecirle.
—¡Panza Redonda! —oyeron el halfling y Dahlia por encima del traqueteo del carruaje y el golpeteo de los cascos de los caballos. Regis redujo más la marcha, aunque no se atrevió a parar, y se volvió en la dirección de la llamada.
—¡Panza Redonda! —oyó de nuevo, y un enano salió de entre los matorrales que flanqueaban la carretera; un tipo grueso de pelo negro y una barba trenzada y atada con pedazos de estiércol.
—Athrogate —susurró Regis, mientras se echaba hacia atrás para tirar de las riendas y detener los caballos.
—¿Qué está haciendo por aquí? —preguntó Dahlia.
—Con ella —explicó Regis, cuando otra persona, una mujer drow, salió a la carretera y se situó junto al enano—. Ellos son los que me llevaron a Aguas Profundas.
Regis no intentó hacer girar el carruaje en esa estrecha carretera, así que mantuvo los caballos parados mientras los otros dos trotaban hacia ellos.
—Subid —les dijo Dahlia antes de que pudieran ni saludar—. No tenemos tiempo que perder.
—¿Arriba o dentro, eh? —preguntó Athrogate.
Regis se fijó en que el enano cargaba con un gran saco al hombro, del que sobresalía un borrén trasero que el halfling conocía muy bien.
Porque su extremo estaba tallado con la forma de una pantera, de Guenhwyvar.
Sin embargo, antes de que pudiera decir nada, notó que la expresión de Yvonnel era de sorpresa y luego pasaba a la curiosidad, al mirar esta por la ventanilla del compartimiento de pasajeros del carruaje.
Dahlia fue a decir algo, pero Regis la agarró por el brazo bueno y apretó, para que se mantuviera en silencio, porque había visto que Yvonnel estaba susurrando algo, como si estuviera lanzando un conjuro.
La expresión del rostro de la mujer expresó aún una mayor sorpresa y un claro desagrado.
—¿Qué es esto? —pregunto Yvonnel, volviéndose hacia los dos que estaban en el pescante.
—Entreri está atrapado dentro —contestó Dahlia.
—¿Muerto?
—¡No! —exclamó Dahlia, cortante; Yvonnel y Athrogate la miraron.
—Entonces, ¿qué es? —volvió a preguntar Yvonnel, con mayor insistencia.
Regis supuso que ella sabía algo que él no, y no parecía nada contenta.
—¿Qué? —repitió Yvonnel.
—Deberías preguntárselo a ella —repuso Regis, y miró más allá de la drow y hacia la carretera, con un gesto para que Yvonnel se volviera.
Ahí llegaba la pequeña demonio, flotando, sonriendo, siempre sonriendo.
—¡Debemos irnos! —exclamó Dahlia, pero Yvonnel alzó la mano y negó con la cabeza.
—Athrogate, saca el capullo del carruaje —indicó Yvonnel—. Estate preparado para saltar dentro a toda prisa si debemos huir.
—¡No vamos a dejarlo! —le gritó Dahlia, pero Regis rápidamente le pidió que guardara silencio.
—Ten confianza, Dahlia —le dijo—. Yvonnel es poderosa, más de lo que puedas imaginarte. La he visto expulsar a grandes demonios con unas cuantas palabras.
Aunque Dahlia pensó en protestar, Athrogate hizo lo que le habían dicho y tendió el cuerpo recubierto al lado del carruaje, y lanzó un gemido cuando una avispa salió volando y le picó en la cara.
La aplastó de un manotazo, luego se quitó esa tozuda cosa de la cara y la miró con curiosidad.
—He visto muchas y he visto una abeja, pero ahora no sé lo que veo —comentó.
Yvonnel lo miró.
—El cuerpo es de bicho, pero la cara de gente —explicó el enano, y alzó la extraña criatura.
Acabó con un «Guaa, ya», y se apresuró hacia la parte delantera del carruaje cuando la extraña niña que parecía un demonio flotó hasta quedarse parada en el aire ante Yvonnel, lo bastante cerca para que Athrogate pudiera ver que tenía los ojos totalmente en blanco.
—Hola —saludó la niña dulcemente. Pareció mirar con más atención a Yvonnel, luego sonrió aún más y exclamo: «¡Hola!», con mucho más entusiasmo.
—Te conozco —dijo Yvonnel.
—Oh, lo harás. Todos lo harán. Un día.
Yvonnel lanzó un conjuro, luego otro, y a la niña poco pareció importarle, aparte de parecer más divertida ante la clara confusión de la hermosa drow.
—No puedes ver la verdad solo porque no puedes creer la verdad —dijo la niña flotando.
—¿Cómo puede ser?
La niña soltó una risita y se encogió de hombros.
—Te conozco —insistió Yvonnel—. Pero esto no puede ser.
—Pero sí lo es.
—¿Cómo? ¿El mundo entero se ha vuelto loco? —preguntó la perpleja drow, una poderosa sacerdotisa y una poderosa maga que conocía mejor que cualquier mortal el funcionamiento de la magia y de los planos de existencia.
Y de cosas como esa niña, cosas a las que no se les debería dar forma.
—Ella le hizo esto a Entreri —dijo Dahlia. Pasó con dificultad por delante de Regis, y saltó torpemente, sujetándose el brazo. Fue a recoger su poderoso bastón, pero Regis agarró la otra punta y tiró de él con todas sus fuerzas.
—Te destruiré —amenazó Dahlia a la niña—. ¡Te enviaré de vuelta al infierno!
—Infierno —repitió Yvonnel—. Ese es su nombre.
—Ese es un nombre —puntualizó la niña—. Cielo.
—¡Tormento! —exclamó Yvonnel.
—Mentor —replicó la niña.
—¿Qué es esto? —preguntó Regis, pero calló al darse cuenta de que nadie lo escuchaba.
—Ah, sí —intervino Athrogate, y se puso junto a su compañera drow—. Castigo —le dijo a la niña.
—Recompensa. —La niña rio—. Siempre hay otro nombre. Un nombre que equilibra.
—Y tú eres la jueza —replicó Yvonnel.
—Soy la balanza —le corrigió la niña.
—¡Juicio! —dijo Yvonnel.
—¡Justicia! —replicó la niña, imitando perfectamente la intensidad de su tono.
Yvonnel comenzó a decir algo más, pero se detuvo y le concedió el punto con un gesto de cabeza, mientras alzaba la mano para asegurarse de que sus compañeros permanecieran atrás.
—¿Qué es esto? —gritó Regis una vez más.
—Me llaman Sharon en este tiempo —contestó la niña.
—Caronte, querrás decir —replicó Yvonnel.
—Ese es un nombre que a veces da la gente que necesita inventar nombres para tratar de dar sentido a lo que no puede entender. Pero, claro, Sharon también lo es.
—La guardiana de la barca —masculló Athrogate.
—No deberías estar aquí —dijo Yvonnel.
—Querida Yvonnel, soy omnipresente, sobre todo para aquellos que niegan mi omnipresente voz —replicó Sharon—. ¿No es esa una razón suficiente?
—Pero ¿así? —Yvonnel pasó la mano por delante, como midiendo el tamaño de la niña—. ¿Qué forma es esta que te ha sido dada? Una circunstancia fuera de lo común, ¿no? ¿Quizá única?
Sharon se encogió de hombros.
—Yo no la pedí, yo no la deseé. Estaba ahí, y entonces… —Rio de nuevo.
—Tomaste forma cuando cayó el Demogorgon —razonó la drow.
—Es un tiempo interesante. Ese demonio es un gran corruptor, a fin de cuentas. Quizá me preguntaba qué significaría su ausencia para aquellos que oyen mis susurros.
—Y qué puede significar la caída de la barrera de la Faerzress.
—Eso también.
—Un tiempo interesante —coincidió Yvonnel—, pero no debería interesarte. Ese no es tu lugar, definitivamente no.
—¡Definitivamente sí! Me interesa mucho, claro, ¿y por qué no iba a interesarme? Es el tiempo del caos, y esos son los tiempos que ponen a prueba el alma de un modo especial. ¡Qué gran revelación!
—No es una revelación para ti —contravino Yvonnel—. ¿Cómo podría serlo? Porque siempre has conocido los crímenes del corazón.