7. Los ochocientos #4
Las otras dos sacerdotisas siguieron ese gesto, aunque no les hacía falta entender el sentido de esa demostración.
La caverna estaba llena de drañas, que correteaban por todos los montículos y patrullaban cada centímetro para mantener la seguridad de ese importante trío de mujeres, especialmente Zhindia, que las dirigía.
Charri comprendía perfectamente la cuestión.
La Casa Faen Tlabbar estaba entre las más devotas de Menzoberranzan, pero la Matrona Vadalma de nuevo había rechazado formar parte de la conspiración, por mucho que Zhindia hubiera proclamado que toda esa expedición contaba con la bendición de Lloth.
Después de todo, tenía demonios. Tenía recuperadoras…
¡recuperadoras!, que se contaban entre los más preciados regalos que Lloth podía hacer a cualquiera de sus sirvientas.
Y en esos momentos, entregadas también por las sirvientas de la Reina Araña, Zhindia tenía drañas, muchas drañas, monstruosas, enormes y potentes.
—Quizá la Matrona Shakti pueda convencerla, matrona —aportó Charri—. Las pruebas de que cuentas con el favor de Lloth no pueden ignorarse o minimizarse.
Zhindia simplemente resopló y agitó una mano desdeñosa.
Sabía que ya no necesitaba a la Casa Faen Tlabbar y Charri lo entendía.
Su ejército era suficiente para finalizar su conquista, y su objetivo principal, la destrucción de Drizzt Do’Urden ya lo había logrado una de las recuperadoras.
¿Qué sanciones podría exigirle la Matrona Zhindia a la Matrona Vadalma cuando regresara victoriosa a Menzoberranzan?
—Vadalma comprenderá su estupidez y cobardía cuando se encuentre cara a cara con los evidentes deseos de Lloth —dijo Zhindia, y Charri notó que, por segunda vez, no había empleado el título de la matrona—.
Cuando regresemos a la Ciudad de las Arañas con toda la tierra desde Luskan a Gauntlgrym bajo mi control, Vadalma entenderá su errada elección.
Quizá le conceda otra oportunidad de unirse a mí.
Quizá la euforia de la victoria me ponga de un humor clemente.
Charri captó perfectamente lo que había entre líneas en esos alardes: a las puertas de una victoria aplastante sobre los enanos, sobre el domino de Bregan D’aerthe en Luskan y sobre los dos herejes, Drizzt y Zaknafein, Zhindia tenía la intención de desafiar abiertamente a la Madre Matrona Baenre por el puesto principal en la mesa del Consejo Regente.
Naturalmente, le daría a la Matrona Vadalma una oportunidad de volverse a aliar con ella, y seguramente la Matrona Mez’Barris, de la segunda casa, también sería invitada a unirse.
Porque no era probable que la Madre Matrona Quenthel Baenre fuera a cederle el sitio sin más, y una guerra contra la Casa Baenre no era ninguna tontería, incluso con las bendiciones de Lloth.
No por primera vez, la primera sacerdotisa Charri Hunzrin pensó que toda esa expedición y los objetivos de Zhindia eran totalmente absurdos, pero cuando miró alrededor a los cientos de drañas que servían a la Matrona Zhindia con tanta obediencia, recordó por qué su madre había decidió aliarse a la Casa Melarn.
—¡Malfoosh! —gritó la Matrona Zhindia, y una enorme draña se detuvo derrapando, con las duras patas arañando la piedra.
La poderosa abominación se volvió, descubrió quién la llamaba y fue a toda velocidad a plantarse ante la Matrona Zhindia.
Esta draña había tomado el control de todas las otras simplemente por su poder.
Incluso las propias drañas de la Matrona Zhindia mostraban deferencia a ese viejo ser regresado de entre los muertos.
A Zhindia no le importaba; al contrario, porque Malfoosh obedecía con entusiasmo.
—¿Qué noticias hay desde el interior del muro? —preguntó Zhindia.
—Los demonios están en apuros —contestó Malfoosh, que la miraba desde lo alto, pero apartaba los ojos en señal de abyecto respeto.
A Charri le pareció tan tonto, porque esa draña, con su enorme tridente, sin duda podría haber matado a Zhindia ahí mismo. Pero como un lagarto totalmente domado bajo la fusta del jinete, solo mostraba deferencia.
—Los grandes demonios trabajan incansablemente para hacer pasar por la puerta más soldados desde su hogar abisal —continuó Malfoosh—, y los envían directamente hacia los túneles de los enanos para la batalla.
—Pero los matan a la misma velocidad que los traen —se atrevió a decir Kyrnill Melarn, lo que le valió una feroz mirada de Zhindia.
—Sí —confirmó Malfoosh—. Pero los enanos no son demonios. Se cansan, y entonces se equivocan. Cuando muere un demonio menor, se le remplaza enseguida, pero cuando muere un enano, se queda muerto.
—Bien dicho —felicitó Zhindia a la draña, sin apartar su dura mirada de Kyrnill.
—Cuando la Matrona Zhindia me permita conducir a mis legiones al otro lado del muro, las defensas de los enanos caerán y ellos morirán más rápido —prometió Malfoosh.
—Puede que no tardes en cumplir tu deseo, poderosa Malfoosh —repuso Zhindia—. Me estoy impacientando. Esta es la última fortaleza que me separa de mi… de nuestro glorioso regreso a Menzoberranzan.
«Y entonces será cuando las drañas entren en combate, sin duda», pensó Charri Hunzrin, pero calló sabiamente.