7. Los ochocientos #3
El salvaje vampiro enano lanzó un rugido profundo y feroz, se impulsó desde la pared y comenzó a correr de nuevo, alejándose de los enanos y hacia los drow.
Cuando vio sus primeras filas, pensó en lanzarse contra ellas, matar a tantos como pudiera y seguir luchando hasta que alguna sacerdotisa invocara los poderes de su malvada reina demonio y acabara definitivamente con él.
Pero no, incluso en eso falló. Cuando se alzaron las primeras alarmas, el vampiro en su interior, Thibbledorf Pwent, no le permitió realizar esa carrera suicida.
La maldición en su interior superó a su determinación, y de nuevo se transformó en una nube de gas, que se alzó hasta el techo, encontró una grieta y desapareció en ella.
Algo más tarde, recuperó su cuerpo. Se dejó caer al suelo, mientras trataba de comprender todo eso, y recitó una letanía que se había convertido en su plegaria principal: «Llévame a casa, Moradin. Me tienes atrapado aquí entre mi corazón y mi hambre, y no puedo. No puedo».
En ese momento no le pareció ningún tipo de guía divina, pero ya mientras iba diciendo las palabras, Thibbledorf Pwent encontró lo que parecía ser un término medio.
Decidió seguir a los drow, y atacar donde y cuando pudiera infligir más daño. Y quizá, de alguna manera, pasar información táctica sobre sus movimientos a los guardianes de Gauntlgrym.
Una vez tomada la decisión, se transformó en un murciélago, y con sus sentidos aumentados, el vampiro no tardó en volver a estar cerca de la fuerza drow.
—¿Cuántos enanos han muerto? —preguntó la Madre Matrona Quenthel Baenre a las drow que habían llegado con información sobre la escaramuza.
Las dos jóvenes drow se miraron con evidente inquietud, y Quenthel se dio cuenta.
Se hallaban rodeadas de las más grandes matronas de las más grandes casas de Menzoberranzan, las valsheressi , que eran más las reinas de la ciudad que las simples dirigentes de las casas individuales.
¡Y la propia Madre Matrona se había dirigido a ellas directamente!
—Creíamos que habíamos matado a uno —comenzó la más alta de las dos.
—Los herimos a todos —intervino la otra, que de repente pareció nerviosa y alarmada.
La primera la miró y lo entendió, con claridad.
—Sí, Madre Matrona, y solo había unos pocos drow allí, y solo sargtlin , junto con los goblins y los osgos. Incluso un patético enano de batalla puede vencer a un goblin.
—¿Un patético enano de batalla? —repitió Quenthel—. ¿Sabes quién blandía el hacha que partió la cabeza de la Madre Matrona Yvonnel Baenre?
Ambas jóvenes retrocedieron, totalmente tomadas a contrapié.
—¿Solo sargtlin ? —preguntó la Matona Zeerith Do’Urden—. ¿Por qué solo guerreros? ¿Dónde estaban los magos y las sacerdotisas?
—Era un pequeño grupo de exploración, y no iban muy lejos de los corredores principales —respondió la Matrona Mez’Barris Armgo antes de que pudieran hacerlo las mensajeras.
—No debemos infravalorar a esos enanos —advirtió la Matrona Zeerith—. Especialmente ahora, cuando debemos elegir cuidadosamente nuestras batallas e incluso asegurarnos de que ninguna de ellas nos conduce a nada desafortunado, e irreversible.
—Que los magos exploren con su magia —decidió la Madre Matrona Quenthel—. No arriesgar drows, no arriesgar enanos. Y no enviéis a esos crueles esclavos por allí. No hacen nada para mejorar nuestra causa en este momento, y todo para destruirla.
Las dos jóvenes volvieron a mirarse.
—¡Id! —ordenó Quenthel—. Id y difundid mi decreto y cerrad filas. No habrá más escaramuzas, a no ser que yo decida lo contrario.
—¿De verdad crees que el rey Bruenor Battlehammer negociará con nosotras? —preguntó Mez’Barris cuando la Madre Matrona disolvió la reunión y solo quedaron las valsheressi y Sos’Umptu Baenre, quien era considerada como perteneciente al grupo de la élite por la mayoría de la ciudad.
—Son poco más que bestias sedientas de sangre —aportó la Matrona Byrtyn Fey de la Casa Fey-Branche, una notable aliada de la Casa Baenre, hasta el punto de que la hija de Byrtyn, Minolin Fey, era ahora una suma sacerdotisa en la Casa Baenre, la esposa de Gromph y la madre de Yvonnel, la supuesta sucesora de Quenthel al título de Madre Matrona.
Era, sin duda, algo notable para las otras valsheressi que, de todas ellas, hubiera sido Byrtyn la que hubiera dicho algo que, hasta cierto punto, iba en contra de lo dicho por la Madre Matrona Quenthel.
Esta también lo notó, y lo tomó con un recordatorio de que sus decisiones ahí podían reforzar o acabar con su reinado.
—Si debemos abrirnos paso luchando en la ciudad enana, hagámoslo rápido —propuso la siempre cruel Mez’Barris Armgo con una risita malvada.
—Eso ya lo hemos intentado, y sin éxito —replicó la Matrona Zeerith.
—Eso lo sabrás tú mejor que otras —se burló Mez’Barris.
Zeerith Xorlarrin Do’Urden entrecerró los ojos ante el evidente menosprecio.
Ella y su poderosa familia, en aquel momento la Tercera Casa de Menzoberranzan, se habían hecho con el complejo, lo habían llamado Q’Xorlarrin y habían querido crear una ciudad satélite de Menzoberranzan.
Pero el rey Bruenor había llegado con un ejército de enanos delzou, y la familia de Zeerith había sido expulsada de allí, después de sufrir numerosas pérdidas y una gran humillación.
Su lugar en el Consejo Regente se había salvado solo gracias a la sorprendente decisión de la Madre Matrona Quenthel de colocar a los supervivientes Xorlarrin en la Casa Do’Urden, con Zeerith convertida en una nueva encarnación de la Matrona Do’Urden.
—Enviad exploradores, muchos exploradores —ordenó la Madre Matrona Quenthel—.
Magos exploradores con conjuros de adivinación.
Que nos encuentren otros caminos alternativos.
No voy a confiar en los enanos, claro, pero tampoco voy a lanzar un ejército contra unas defensas enanas fortificadas con puertas que han sido endurecidas contra una invasión como la nuestra.
Quenthel hizo un gesto para cortar cualquier otra pregunta. Necesitaba estar sola. Algo no iba bien, algo estaba terriblemente mal. Sabía que en los recuerdos de Yvonnel la Eterna, la bendición que le había sido otorgada, se encontraba la respuesta.
Pero esta la eludía. No podía unir todas las piezas, y sabía, sin ninguna duda, que el resultado sería el fin.
De todo.
—Son un enemigo diabólico, muy versados en crueles asesinatos —le dijo la Matrona Zhindia Melarn a Kyrnill, la primera sacerdotisa de la Casa Melarn, quien había sido anteriormente la matrona de otra casa drow diferente.
También, en la enorme caverna de entrada frente a los muros de Gauntlgrym, se hallaba Charri Hunzrin.
—¡Mira sus armas! —continuó Zhindia, mientras señalaba hacia lo alto de una estalagmita, a un espacio ahuecado que se había fortificado como un emplazamiento de bombardeo, con la catapulta lateral astutamente situada, de forma que podía retraerse y cargarse bajo la protección de la gruesa piedra de la estalagmita; luego, el brazo lanzador se movía por zanjas cavadas en la piedra para arrojar proyectiles destructores sobre su área de control—. ¡Qué viles bestias!
—Un bálor me dijo que cuatro mil demonios fueron destruidos en la toma de esta caverna —comentó Charri.
—Serán remplazados —le aseguró Zhindia.
—Algunos, pero muchos demonios mayores encontraron aquí su destrucción, así que están desterrados al Abismo durante un siglo.
—Esos también serán remplazados, si llegara a ser necesario —respondió Zhindia, ya con un tono de irritación en la voz—. La caverna ha caído, ¿no es así?
—Hemos empujado a los enanos detrás de sus muros, sí.
—Y tu madre, la Matrona Shakti, aún no ha llegado —indicó Zhindia—. ¿No te das cuenta de que su ausencia me hace creer que la alianza con la Casa Hunzrin no es tan completa como ella insistía?
Charri lanzó una mirada nerviosa hacia Kyrnill, pero la antigua matrona no respondió, y Charri se dio cuenta de que intentaba fingir que no había oído nada.
—Está tratando de atraer a la Casa Faen Tlabbar a nuestra conspiración —respondió Charri a Zhindia.
El resoplido de Zhindia la hizo callar antes de poder explicarse más.
—Vadalma Tlabbar es una idiota traicionera —soltó Zhindia.
El veneno en la voz de Zhindia sorprendió a Charri, pero no así la enemistad.
Zhindia se había esforzado en atraer a la Matrona Vadalma a su causa ya antes de decidir conquistar esas tierras de la superficie, y también más tarde, después de recibir las recuperadoras de las sirvientas de Lloth, o eso había oído Charri.
Faen Tlabbar no era una casa menor en Menzoberranzan; en estos momentos, se hallaba solo por debajo de Baenre y Barrison Del’Armgo, después del desastre de la Casa Xorlarrin, ahí en Gauntlgrym.
Sin embargo, todos creían que ese rango sería algo temporal, y que la Casa Faen Tlabbar solo podía ir en una dirección: hacia abajo.
No tenían la más mínima posibilidad de retar a ninguna de las dos casas superiores, y cuando la Matrona Zeerith hubiera integrado totalmente su poderosa familia en los restos de la Casa Do’Urden, se esperaba que volviera a subir rápidamente a la tercera en la jerarquía, donde había estado durante muchos años como Matrona de la Casa Xorlarrin.
La Matrona Zhindia respiró hondo.
—Mirad alrededor —dijo, mientras movía el brazo de un lado al otro.