Implacable (Generations 3) 7. Los ochocientos #2
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7. Los ochocientos #2

—Mis órdenes me pusieron aquí, con una puerta para cerrar y sellar Gauntlgrym.

—Tus órdenes del rey Bruenor, claro.

—¡Sí, mi reina!

—¿Y quién soy yo?

—Eeehh, mi reina, quiero decir, eres mi reina. ¡Una de mis reinas!

—Sí, eso soy. Así que reúne a tus veinte mejores hombres. Nos vamos.

—¡Sí, mi reina! —contestó Skiddiday con gran entusiasmo, y corrió por el portal abierto, se apresuró por las salas adyacentes, mientras llamaba a gritos a sus muchachos para que se presentaran.

Mallabritches seguía mirando hacia el largo corredor, que estaba inundado por conjuros de luz mágica más allá del alcance de su vista. No le sorprendía que Skiddiday y los demás no hubieran visto nada en esa puerta.

Pero los drow estaban ahí fuera.

Y estaban conspirando y planeando.

Vio a los drow de lejos, pero no se atrevió a acercarse a pesar de su forma incorpórea y gaseosa.

Cientos de ellos rondaban por los corredores de la Infraoscuridad bajo Gauntlgrym, y preparaban sus capillas y sus cuarteles en las cámaras naturales, mientras enviaban patrullas para todos lados.

Sabía que entre sus mandos había muchos magos y aún más sacerdotisas, porque él, Thibbledorf Pwent, conocía los emblemas y los usos de los elfos oscuros.

A esos los evitó con cuidado, porque los magos y las sacerdotisas podían encontrarlo incluso en esa forma, y seguramente destruirlo.

Regresaba por el corredor de entrada inferior, flotando en lo alto justo en la esquina donde la piedra labrada se unía al techo, cuando una tropa de enanos avanzó inesperadamente.

Pwent los observó con curiosidad, sin llegar a comprender por qué abandonaban una posición defensiva. Solo eran una veintena de enanos.

Cientos de drow.

El enano vampiro se preocupó más cuando reconoció a alguien en particular: Mallabritches. La reina Mallabritches.

Pwent tuvo que emplear toda su fuerza de voluntad para mantenerse en su estado gaseoso, para resistir el impulso de corporeizarse ante esos enanos. Y la reacción que temía no era la de ellos, sino la suya propia.

La tentación se iba haciendo cada vez más fuerte, como un picor irritante, un ansia constante, que, además, se hacía casi insoportable con una sola mirada a la hermosa reina Mallabritches

«Quizá ahora soy lo suficientemente fuerte para hacer que me ame para siempre…»

Notó que se iba haciendo más sólido, que el gas se contraía.

«Será mi reina… Bruenor tiene la otra…»

Un silencioso rugido acalló las voces de su cabeza. Pwent se obligó a expandir de nuevo la nube gaseosa.

«¡Ah, sí que me amaría, y yo le estaría dando vida eternamente!»

La vaporosa nube que era Thibbledorf Pwent fue flotando por el corredor, por delante de la tropa de enanos, muy por delante de la tentación que era la reina Mallabritches, y todos los demás, también, porque Pwent ya no podía mirar a cualquier humanoide vivo y racional sin sentir el deseo de alimentarse, o peor, sin sentir el deseo de dominar, esclavizar o, ahora, incluso de elevar a otros, a varios otros, quizá, al estado total de la no-muerte que era el vampirismo.

«Podría formar mi propio clan… clan Pwent…, no, clan Revientabuches! Y sí, ¡qué clan más poderoso seríamos! ¡Salvaríamos Gauntlgrym! ¡Y echaríamos a esos condenados drow de vuelta a su agujero!»

Pwent se coló por una grieta del suelo y se materializó en un corredor inferior, que estaba vacío.

Sabía que estaría jadeando por falta de aire, si aún respirara.

Sencillamente superado, el vampiro fue de arriba abajo por el pasillo, mientras intentaba separar el pensamiento racional de la fantasía inspirada por la maldad; mientras intentaba separar el deseo consciente de la exigencia de sangre y muerte que no le dejaba en paz.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando los primeros ruidos de la batalla llegaron a sus oídos con su aumentada capacidad auditiva.

—La reina Mallabritches —masculló alarmado.

Se transformó antes de darse cuenta, y la nube gaseosa que era Pwent se coló por las grietas de techo y voló por el corredor superior. Incluso en esa forma, podía oler la sangre.

El dulce, dulce olor a sangre.

Avanzó como si fuera a lomos de un huracán, aunque el aire, en un lugar tan profundo, no se movía. Atravesó paredes, atravesó las grietas del techo, atravesó más paredes para avanzar derecho por los sinuosos corredores.

Encontró a los enanos enfrentándose a una fuerza de varios drow y una horda de goblins y osgos. Localizó a la reina Mallabritches al instante: la poderosa mujer estaba ejecutando un cruel tajo con un hacha de doble filo, con el que le abrió el pecho a un osgo.

Y detuvo esa carga de un modo tan definitivo que fue como si la criatura se hubiera estrellado contra una pared de piedra.

El osgo salió volando, y su sangre brotó, y a Pwent le pareció que esta se movía lentamente, cada gota volando por separado, claramente visible; demasiado visible.

Y el olor a sangre lo inundó. Hasta que una gota saltó lo bastante lejos y llegó a atravesar la nube gaseosa.

¡Pwent pudo saborearla! Gusto a cobre. De un dulzor pegajoso.

Cayó un enano; un goblin le había echado la zancadilla, otro le apuñaló y una hembra drow saltó para rematar la tarea.

La rabia de Pwent superó sus necesidades vampíricas.

La nube descendió y se fue espesando, y Pwent aterrizó de pie al lado del enano, justo delante de la drow, que se incorporó sorprendida.

Pwent lanzó su puño derecho, y la púa de la mano se estrelló contra el goblin que había apuñalado al enano caído, hundiéndosele en el pecho. La criatura se echó hacia atrás y resbaló de la ensangrentada púa, mientras gritaba y la sangre le fluía a borbotones.

Mientras la drow se retiraba, el furibundo vampírico saltó hacia arriba y hacia atrás, y sus poderosas piernas lo propulsaron por los aires, por encima del goblin que había hecho caer al enano, mientras este se lanzaba hacia delante para intentar apuñalarlo en la espalda.

Pwent cayó sobre él pesadamente, y lo enterró bajo él, aunque, por desgracia, acabaron sobre el enano caído.

Pwent agarró al goblin y lo tiró hacia un lado; rodó sobre la espalda y se lo puso encima, y luego rodó aún más para volver a estar sobre él.

Entonces, el enano comenzó a temblar y a estremecerse; con todo el cuerpo en movimiento, su armadura de afilados bordes y púas fue haciendo pedazos al goblin.

¡La sangre!

Pero sangre de goblin no, ¡no! Pwent odiaba la sangre de goblin. Pero había sangre de enano ahí mismo, justo ante él en el suelo.

«¡No!», le gritó la cabeza.

—¡No! —gritó, y vio a la drow que se retiraba, y se centró en ella. Comenzó a impulsarse con las piernas, para propulsarse hacia delante, pero resbaló sobre la sangre y tropezó con el doliente enano. Recuperó el equilibro plantando sus botas con fuerza sobre el goblin herido y saltó.

Las espadas de la drow fueron hacia él como un rayo, demasiado rápido para bloquearlas.

Así que no lo intentó.

Solo agachó la cabeza y siguió hacia delante; la alcanzó en el torso con el enorme pincho colocado en lo alto de su yelmo, luego siguió avanzando, empujando a la elfa, más ligera y débil, hacia atrás, y atrás, y atrás, hasta estrellarla contra la pared.

Pwent se revolvió, como un lobo matando a un conejo.

La golpeó con los puños, las rodillas y los pies hasta mucho después de que la drow hubiera dejado de moverse, luego se tiró hacia atrás, extrayendo el pincho, y observó a la drow desplomarse hasta quedar sentada con la espalda contra la pared.

Aún viva.

Y el olor…

¡Oh, ese dulce olor! Pwent cayó sobre ella y la mordió en el cuello.

El ruido de la batalla se atenuó y fue sustituido por los latidos del corazón de la drow.

Eso era lo único que él oía. Eso era lo único que le importaba.

La sangre.

Bebió y bebió.

—¡Pwent, por las barbas de Moradin! —oyó de repente, claramente, y abrió los ojos de golpe. Se sintió como si un niño acabara de encontrárselo haciendo el amor, pero ese momento pasó con la misma rapidez.

Se volvió y miró a quien había hablado, a la reina Mallabritches, y vio su rostro convertido en una máscara de horror.

Horror.

Repulsión.

Avergonzado, el vampiro recorrió el espacio con la mirada solo lo suficiente para ver que los enanos habían ganado, aunque había varios que parecían heridos. Los goblins y los osgos cubrían el suelo, junto a la drow que él había destrozado.

Thibbledorf Pwent nunca había temido a un enemigo, nunca había sentido temor ante una lucha.

Pero, en ese momento, salió huyendo, y mientras se alejaba corriendo oyó a Mallabritches llamar a sus muchachos y ordenarles que recogieran a la elfa oscura y la llevaran de vuelta a Gauntlgrym: «Antes de que la maldición se la lleve».

«La maldición… estás maldito… eres una abominación…»

El vampiro se dejó caer contra una pared, con la necesidad de apoyarse en algo tangible, o si no, se desplomaría. Se sorprendió al notar que tenía lágrimas en los ojos, porque creía que había perdido esa capacidad cuando había dejado de respirar.

—Mi rey —susurró, mientras intentaba recordar todos aquellos viejos tiempos junto a Bruenor, los buenos tiempos en Mithril Hall, su búsqueda juntos de ese lugar, Gauntlgrym.

Las últimas acciones de Pwent habían sido en defensa del rey Bruenor, y siempre había estado dispuesto y preparado a dar su vida por ese enano maravilloso.

Pero en ese momento… oír las palabras de la reina Mallabritches, la esposa de Bruenor. Palabras que lo conducían a una conclusión inevitable.

Era una abominación, y a pesar de toda su fuerza de voluntad, todo su corazón y su potencia, toda su lealtad a Bruenor, supo, más allá de toda duda, que la maldición era más fuerte. No podría controlarla.

Solo era cuestión de tiempo que matara a un enano y lo uniera a él en la no muerte.