Implacable (Generations 3) 7. Los ochocientos
25%

7. Los ochocientos

L OS OCHOCIENTOS

E L A ÑO DEL R ENACIMIENTO DE LA R AZA E NANA

—Tenemos un regalo para ti —le dijo Yiccardaria, la yochlol, a la Matrona Zhindia Melarn, que había acampado con sus fuerzas en el destruido pueblo halfling antes conocido como Viñas Sangrantes.

—Parece que lo necesitas —añadió Eskavidne, otra de las sirvientas de la Reina Araña, con una risita.

Las dos no podían resultar más llamativas.

No habían acudido en su forma natural, en la que parecían velas torcidas y medio derretidas de barro goteante, sino como hermosas mujeres drow, total y desvergonzadamente desnudas.

Para ellas, como le habían explicado a Zhindia, cuando esta había protestado por su perturbadora presencia, cubrirse con el manto de una drow no era diferente de ponerse el disfraz de un animal, así que ¿por qué se iban a molestar con ropas bonitas cuando la forma en sí misma ya era mucho más agradable estéticamente?

—¿Lo necesito? —preguntó la matrona, con el escepticismo reflejado claramente en el rostro—.

Los enanos están metidos en su agujero sin salida.

Los halflings están… —hizo una pausa y describió un amplio arco con la mano, para invitarlas a que contemplaran los edificios destripados—.

Por lo que se sabe, Luskan ha caído ante Brevindon Margaster, y Port Llast está arrasado.

Casi he ganado el norte, y con gran rapidez.

—Casi —repitió Yiccardaria.

—¿Debemos decirle a lady Lloth que rechazas su gran y generoso regalo? —añadió Eskavidne.

—No, claro que no —respondió Zhindia con presteza.

—¿Dónde se hallan tus hordas de demonios? —preguntó Yiccardaria.

—Abajo, luchando en los niveles superiores del complejo que lo enanos llaman Gauntlgrym, pero al que pronto cambiaré de nombre en tributo a la gloriosa Reina de las Arañas.

—Los túneles superiores —aclaró Eskavidne.

—Los enanos son un enemigo muy empecinado —añadió Yiccardaria—. Más de un señor de los demonios me ha dicho que destruyen cien demonios por cada enano que cae. Quizá más de cien.

Zhindia Melarn se encogió de hombros.

—Los demonios se pueden reponer. Ellos mismos abrieron las puertas del Abismo y entran más, incluso muchos son los mismos diablos menores que fueron destruidos el día anterior.

—Pero te quedan menos demonios mayores que puedan realizar la magia del portal de los que tenías al principio de nuestra aventura —le recordó Yiccardaria.

—Claro. Y por eso he ordenado que los demonios mayores abandonen la batalla —explicó Zhindia—. No es una orden fácil de hacer cumplir, lo admito. Les gusta tanto matar…

—Dinos, niña, ¿qué vas a hacer cuando los primeros ejércitos de los humanos lleguen aquí para batallar contra ti?

—preguntó Yiccardaria—. Cuando los señores de Aguas Profundas lleguen con sus miles de soldados y tus ejércitos de demonios sigan bajo tierra, enzarzados en una batalla mortal contra los enanos.

El rostro de la Matrona Zhindia se tensó.

—Y cuando llames a los demonios para que luchen aquí, ¿crees que los enanos permanecerán en su agujero? —continuó Yiccardaria—. No son cobardes.

—Luskan lo hará…

—Luskan no hará nada para ayudarte aquí —insistió Yiccardaria—. La ciudad se tambalea y lo hará durante meses, si no años. Permanecen allí otras fuerzas incluso más formidables que las de Brevindon.

—La Torre de Huéspedes —masculló Zhindia.

—Otras —repitió la sirvienta.

—Si hablas de los mercenarios de Jarlaxle, entonces ¡ve a Menzoberranzan y exige a la Madre Matrona Baenre que lo ate corto y lo azote!

Ambas yochlols rieron por lo bajo.

—El mundo es muy grande aquí arriba, Matrona Zhindia —explicó Eskavidne—. Hay muchas fuerzas contra las que debes contender. Aquí eres vulnerable, con las hordas de demonios luchando abajo.

—Pero tengo la bendición de Lloth, las recuperadoras… —comenzó a protestar Zhindia.

—Uno de los constructos falló y fue destruido —le interrumpió Yiccardaria, y el rostro de Zhindia palideció al instante. Yiccardaria la miró con dureza, para hacerle saber que se estaba tomando la pérdida de la recuperadora como algo personal.

—¿Cómo es posible? —preguntó Zhindia, con un desconocido tartamudeo en la voz.

—La otra regresó al Abismo, victoriosa —añadió Eskavidne—, y por tanto Drizzt Do’Urden ha sido destruido. Y por eso, se te recompensa. Tu recompensa es el regalo de Lloth, a no ser que estés tan segura de que no lo necesitas que ahora lo rechaces.

La Matrona Zhindia realmente resplandeció ante esa noticia, exultante, porque siempre sería conocida como la matrona que derrotó al enemigo mortal de Lloth. Sin embargo, había oído lo que le decían, y respondió rápidamente.

—Acepto el regalo de la Reina Araña, con gratitud y humildad.

Las yochlols se miraron entre sí, luego dieron unos pasos apartándose de Zhindia.

Ambas extendieron los brazos ante ella, con la mano izquierda en lo alto y la derecha más abajo.

Se tocaron los dedos y comenzaron a salmodiar, luego lentamente fueron retrocediendo y separándose, agitando las manos mientras se soltaban y dejaban estelas de humo negro.

Modelaron ese humo para formar un portal alto y ancho, luego se pusieron a un lado, aún canturreando, mientras el humo se curvaba hacia dentro y llenaba el área interior con forma de rectángulo.

Sus cánticos aumentaron de volumen, y forzando a la obediencia al interior. Por el portal salió una enorme pata de araña, luego una segunda, y una gran draña acabó de salir y se puso rápidamente a un lado.

Luego salió otra, y una tercera después de esa, y otra y otra, cien drañas, otras cien y más, saliendo del portal y situándose en formaciones predeterminadas, hasta llenar toda la destrozada ciudad halfling y más, y el portal hizo salir a los drow melarni y la escolta de drañas que habían traído desde Menzoberranzan.

—¿Qué es esto? —musitó la Matrona Zhindia, casi incapaz de articular palabra con sus temblorosos labios.

—Lloth no aparta a las drañas de su servicio cuando las matan —explicó Yiccardaria—. Contempla un ejército de drañas largo tiempo muertas, los herejes drow perdidos durante milenios. Ahora son tuyas, un ejército aún mayor.

Zhindia buscó las palabras, pero no se le ocurrió ninguna.

¿Cientos de drañas bajo sus órdenes? Había esperado actuar y cumplir su destino de destruir a los herejes: un objetivo que, en ese momento, parecía cumplido aunque solo a medias; pero en ese momento, con ese nuevo poder que le había sido otorgado, ¿qué más podría lograr?

—El ejército de demonios no es permanente —informó Yiccardaria, como si le leyera la mente—.

Ningún ejército demoniaco permanece en el Plano Material.

Cuando se hayan ido, el norte será capturado, pero no por ti, no por mucho tiempo.

No, tus aliados de aquí dominarán Luskan y Port Llast, y las tierras de la parte norte de la Costa de la Espada. Pero tu lugar no está aquí.

—Gauntlgrym —dijo Zhindia.

—Piensa en grande —repuso Eskavidne—. La Matrona Zeerith, ahora de la Casa Do’Urden, se alegrará de atacar y retomar el gran complejo y la forja mágica para los hijos de Lloth, mientras que a Gromph Baenre lo forzará el dominio de tus aliados en Luskan para que escoja bando, y sin duda, elegirá el tuyo.

—Menzoberranzan —susurró la Matrona Zhindia—. Soy la destructora del principal hereje, y mis ejércitos harán regresar a Zaknafein a su tumba de inmediato. Incluso la Casa Baenre tendrá que inclinarse ante mí cuando regrese a Menzoberranzan con este ejército a mis espaldas.

Las yochlols se miraron y sonrieron, luego desaparecieron al atravesar el humeante portal, que fue disminuyendo de tamaño tras ellas.

Cuando las sirvientas de Lloth desaparecieron, Charri Hunzrin, la primera sacerdotisa de la poderosa casa drow que se había aliado con la Casa Melarn, avanzó con cuidado hasta ponerse junto a la Matrona Zhindia.

—¿Qué ha sido esa conversación? —preguntó en un tono de inquietud—. ¿De dónde y cómo han llegado esas drañas?

—Drizzt ha sido destruido.

Charri contuvo la respiración.

—Pero, aun así, ¿qué es esto?

—¿Esto? —contestó Zhindia con una risita—. Esto, mi querida suma sacerdotisa Charri, es la prueba de que tu matrona escogió sabiamente cuando se alió con la Casa Melarn. Esto, suma sacerdotisa Charri, es la victoria.

La palabra se quedó suspendida en el aire por un instante, y a Zhindia le gustó tanto su sonido que la repitió de nuevo.

—Victoria.

—Mi reina, por mi barba rubia, me alegro de verte tan bien —exclamó Skiddiday Thunderclap Widebelt, un grueso enano con la barba recogida en una trenza, tan mal hecha que parecía más un ovillo de gusanos tirados por el suelo que algo para estar en el rostro de una criatura viva.

—Y yo de verte a ti, Skid… Thunderclap —contestó la reina Mallabritches Battlehammer.

El enano, que se había acortado el nombre y prefería que los otros lo usaran así, sonrió de oreja a oreja, mostrando la ausencia de algunos dientes, a la hermosa reina de Gauntlgrym.

—Yo pensaba que, como has estado en el frente de batalla…

—Me he llevado mi tanda de golpes, como todos los de allí —respondió ella—. Nunca he visto tantas criaturas demonio juntas. Ni tan cerca.

—Y siguen llegando —murmuró Skiddiday, asintiendo.

—¿Y por aquí, en la puerta de abajo? —preguntó Mallabritches.

—Tranquilo, mi reina.

—¿Los habéis visto? ¿A alguno de ellos?

—Ni un apestoso drow, mi reina.

Mallabritches cruzó la gran puerta de hierro y luego fue hasta el parapeto junto a Skiddiday; miró por encima del muro hacia el largo corredor.

—Sabemos que están por ahí fuera.

—Sí, mi reina, los he visto en la bola de cristal antes de que el rey Bruenor me enviara aquí abajo.

—Pero ¿nada?

El enano negó con la cabeza.

—¿Qué te parece si vamos a mirar?

—¿Mi reina?

—Reúne a tus muchachos, veinte de los mejores, y vamos a echar una mirada.

Skiddiday abrió mucho los ojos sorprendido, y parecía como estuviera intentado, y fracasando, impedir que le temblara la cabeza.

—Pues vamos —le dijo Mallabritches con un guiño—. Puedes quedarte si no te ves con ánimos.

—¡Eso nunca, mi reina!

—No estás seguro.