SEGUNDA PARTE
A FIANZAMIENTO E ILUMINACIÓN
Me han pillado a desprevenido, y de un modo más doloroso que cualquier otro contrapié que haya sufrido, incluso en combate. A diferencia del combate, me temo que la recuperación será mucho más difícil y me llevará muchas semanas, o meses, o años, o quizá toda una vida .
Ojalá alguna vez pueda encontrar el camino hasta un punto de aceptación con mi hijo y con aquellos a los que considera sus más queridos amigos; esos a los que, sin duda, valora más de lo que me valora a mí.
Esta última idea no es una queja, lo aseguro, porque ellos son los amigos de los que se ha rodeado durante la mayor parte de su vida, los compañeros que han viajado con él en tantas aventuras y han estado a su lado en tantos combates; batallas legendarias, por lo que me ha dicho Jarlaxle .
Así que aquí no hay celos, no hay ninguna amargura por su relación con esos otros .
Además, el aprieto en que me hallo actualmente es culpa mía. Lo sé, pero resulta doloroso incluso reconocérmelo a mí mismo .
Oigo las palabras que me salen de la boca, las bromas y las pullas dichas sin pensar, y solo cuando veo la expresión con que me miran, y luego, en algunas ocasiones, las palabras airadas, me doy cuenta de que los he ofendido .
He estado unos doscientos años separado del mundo de los vivos. Tal vez sea por la diferencia de tiempo, pero más que eso, estoy en un lugar como nunca conocí en mi vida anterior .
Mi vida anterior fue la de un elfo oscuro, un drow de Lloth.
Nunca viví más allá de Menzoberranzan y me pasé todo mi medio milenio allí, con la única excepción de las misiones, todas menos dos exclusivamente en la Infraoscuridad, y casi todas patrullando los corredores perimetrales de la caverna que contiene mi ciudad natal, o yendo a otras ciudades bajo el dominio de la Reina Araña, normalmente Ched Nasad .
En mi vida anterior, vi a muy pocos humanos, unas pocas docenas de enanos y solo un puñado de elfos, y no los traté mal, además animé a otros, tanto como pude sin poner en riesgo mi vida, a mostrar una clemencia similar .
Pensaba que hacía lo correcto, algo de los que enorgullecerme. ¡Qué impresionante que Zaknafein no torture ni asesine a un enano simplemente por serlo!
No reconocía mis propios prejuicios, y atribuía mi sentimientos más tranquilos y honestos al simple hecho de que «así son las cosas» .
Nunca se me ocurrió pensar que, al aplaudir mi propia bondad, caía también en una tácita condescendencia.
Tácita, pero sinceramente no puedo decir que fuera involuntaria.
Porque aunque reconocía el valor de un humano o un enano o un elfo o un halfling o un gnomo como el de una persona y no como el de un monstruo goblinoide; y mientras intentaba, en mis breves interacciones, juzgar a una persona no drow por sus creencias y lo que hubiera en su corazón, por sus palabras y sus actos, el juicio al que llegaba solo era de mi consciencia .
No estaba en mi corazón .
Ya fuera simplemente por mi educación, por la comunidad que me rodeaba, por el «así son las cosas» sin plantearme probar que podían ser diferentes, la verdad era que yo, como drow, me consideraba superior.
No podía admitírmelo — quizá ni siquiera lo supiera conscientemente — , pero impuse limitaciones en mis expectativas sobre las capacidades, tanto físicas como mentales, a esas otras razas.
Ahora lo veo, lo veo claramente, sobre todo cuando tengo ante mí la realidad de que mi hijo se ha casado con una humana y que ¡ella lleva en su vientre un retoño que será tanto drow como humano!
Reconozco mis propios prejuicios, pero eso no significa que pueda eliminarlos con facilidad .
No. Veo esa verdad en cada empujón, en cada pulla, en cada broma que se me escapa, con la que o subestimo a los muchos no drow que me rodean, o pretendo, de alguna manera, recordar a esos pocos drow que me rodean que «así son las cosas».
Ahora lo sé. El «así son las cosas» es el demonio más debilitante y obstinado de todos .
—Z AKNAFEIN D O ’U RDEN