Implacable (Generations 3) 6. Simplemente con su presencia #4
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6. Simplemente con su presencia #4

La vulnerabilidad. Sí, eso. Zaknafein nunca se había imaginado una sensación igual de impotencia y de profundo dolor emocional. Pensaba en las muchas horas que había pasado con el bebé, en aquellos primeros días después de la caída de la Casa DeVir, en el vínculo que había formado con Drizzt.

Pero había comenzado a sospechar que Malicia había permitido esas visitas justamente para eso.

Aunque su propio corazón estuviera ennegrecido por la sombra de lady Lloth, Malicia comprendía la vulnerabilidad de la paternidad.

Sin duda, la consideraba una debilidad, y seguramente había supuesto desde el principio que Zaknafein poseía esa debilidad.

Y estaba en lo cierto. Zaknafein había llegado a entenderlo claramente.

Por primera vez en su vida, ella lo aterrorizaba. Por primera vez, sabía que ella podía realmente quebrarle. Antes, siempre hubiera podido matarlo, torturarlo, incluso convertirlo en una draña. El obstinado Zaknafein podía aceptar esos riesgos.

Pero ahora… ahora, Malicia podía hacerle todo eso al hijo de Zaknafein.

Con eso lo destrozaría.

Estaba trabajando con una veintena de guerreros en el exterior del establo de los lagartos, al fondo del primer nivel, cuando llegó corriendo una mensajera, ansiosa y sin aliento por la carrera.

—¡Zaknafein, maestro de armas! —jadeó al verlo.

Cada paso que había dado en su carrera para dar con Zak le retumbaba en el pecho como si alguien se lo estuviera golpeando con una baqueta.

La joven derrapó para detenerse de golpe, casi se estrelló contra él a pesar de su extraordinaria agilidad drow, y le tendió un pergamino.

—¡A la sala del trono, ya, por orden de la Matrona Malicia!

—Estoy en medio de…

—¡Inmediatamente! —le gritó la mujer—. No debo aceptar ninguna excusa, por orden de la Matrona Malicia. ¡No hay excusa! ¡Inmediatamente!

Zak le tomó el pergamino de la mano y lo fue leyendo mientras salía, luego lo tiró al ver que solo era una nota firmada por Malicia en la que le decía que se presentara inmediatamente, sin el menor indicio de un motivo.

Se temía saber el motivo. Temía por Drizzt.

Intentó con todas sus fuerzas mantener un paso sólido y seguro mientras cruzaba la sala hacia el estrado, donde se hallaba sentada Malicia, rodeada por sus tres hijas.

Sintió un leve alivio al ver que ninguna de ellas, ni siquiera Briza, parecían estar contentas, como seguramente lo estarían, sobre todo Briza, si se avecinara un brutal castigo.

Con los últimos pasos, se centró en Vierna, pero su expresión era impávida, casi aburrida.

—Se te ve muy poco últimamente —comenzó Malicia, mientras él se situaba ante los escalones que subían al trono y hacía la reverencia apropiada.

—No he salido de la casa.

—Has pasado muy poco tiempo con los nobles.

—No hemos estado en guerra desde hace siete años —explicó Zaknafein—. Me temo que los menos… devotos entre nosotros han perdido habilidad en cualquier tipo de lucha que no sea el combate singular. Hay lecciones que se deben recordar, y por tanto yo…

—Sí, sí, sí. —Malicia apartó esa idea—. Estoy segura de que tus esfuerzos nos serán de gran utilidad. Pero eres el maestro de armas, y tus deberes van mucho más allá que colocar a unos cuantos peones en formación.

—Estoy disponible para el primogénito o para cualquiera de los nobles, si desean un entrenamiento privado.

—Basta de hablar de entrenamientos, estúpido insípido —le riñó la Matrona Malicia—.

Eres uno de los rostros principales de la Casa Do’Urden.

Tu papel más importante es complacerme, según mi voluntad.

Aparte de eso, tienes que mostrar ante Menzoberranzan en general, no solo a los de dentro, la fuerza de nuestra casa.

—¿Quieres que vaya a la ciudad?

—No a las Calleshediondas, si te estás refiriendo a eso —replicó la matrona al instante—. No, pero hay otras oportunidades que aparecen de tiempo en tiempo que espero que aproveches, y así brillar sobre la Novena Casa de Menzoberranzan.

—Siempre a tu servicio, gran Matrona Malicia —repuso él con otra reverencia.

—Una oportunidad así se nos ha presentado en el día de hoy —explicó Malicia—.

La Matrona Baenre me ha envidado una nota sobre una expedición que partirá muy pronto de la ciudad, con la intención de saquear la naciente ciudad de los sucios svirfneblin.

Hay que conquistar a los gnomos, y espero que tus victorias personales excedan las de todos los demás.

—Naturalmente, Matrona Malicia —contestó Zaknafein, manteniendo la cabeza gacha, porque estaba tratando de valorar esa noticia. ¿Era esa la excusa para la expedición de Jarlaxle? ¿O realmente había una banda de gnomos de las profundidades que necesitaban que los conquistasen?

—Ve a la puerta norte cuando la luz de Narbondel haya llegado a la altura de una mujer soltera. Preséntate ante… —Hizo una pausa y leyó el nombre en un pergamino que sostenía—. Preséntate al explorador de la ciudad Beniago Kurth de la Primera Casa, quien dirigirá el grupo.

Disimuladamente, Zaknafein lanzó un gran suspiro de alivio. Sin duda, Beniago Kurth era un noble de esa casa, la más poderosa, pero también era uno de los diplomáticos y exploradores más importantes de la Bregan D’aerthe de Jarlaxle.

Zaknafein había encontrado su vía de escape.