Implacable (Generations 3) 6. Simplemente con su presencia #3
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6. Simplemente con su presencia #3

—Matrona Malicia —le corrigió Jarlaxle con severidad, y cuando Zak se quedó mirándolo sorprendido, Jarlaxle no pudo aguantar más y se echó a reír—. Dime, amigo mío. ¿Qué está haciendo ahora esa bruja vil?

—Usa a Drizzt para castigarme y controlarme; castigándole a él del modo más severo —explicó Zaknafein—.

Y hay muy poco que yo pueda hacer para ayudarlo en los próximos años; casi ni me puedo acercar a él, y cuando lo hago, Malicia a menudo me muestra lo estúpido que he sido por interferir en sus planes.

—¿Así que dejarás al chico con Malicia por su propio bien?

—Por raro que suene, no puedo hacer nada más que dejar al chico con Malicia, y en los momentos de debilidad, cuando pienso que puede ser de otra manera, se me recuerda rápidamente que no, a expensas de Drizzt.

—Lo que me estás pidiendo no es ninguna tontería —dijo Jarlaxle después de considerarlo durante un momento—. Malicia no te dejará marchar fácilmente, y me temo que será peor para Drizzt si te escapas.

—No, no puedo escaparme. Lo que quiero es que tú lo arregles, y de un modo que Malicia no se pueda negar.

Jarlaxle se recostó en su silla y se frotó el mentón.

Solo tenía una misión fuera de Menzoberranzan entre sus tareas pendientes, y tenía que ver con una situación muy complicada y peligrosa, que podía rebotar de mala manera contra cualquier casa relacionada con alguna persona que estuviera del lado de Bregan D’aerthe.

Por otro lado, esa misión en concreto se ajustaba perfectamente a los deseos de Zaknafein.

—¿Qué sabes de la Casa Hunzrin? —preguntó Jarlaxle.

—¿Hunzrin? —repuso Zak con una sorpresa evidente—. ¿Los cabeza de piedra? Justo acabo de estar en Donigarten, y he encargado un rothé a una hija de la Casa Hunzrin. Una casa menor, ¿no? A la que nadie mencionaría si no fuera porque se encargan de los campos y el ganado de Donigarten.

—No es tan menor, y esa consideración va a cambiar —le aseguró Jarlaxle—. Controlan la mayoría de las granjas de la ciudad.

—Pero son débiles.

—En la ciudad, sí, pero tienen zarcillos que deben cuidar y, de vez en cuando, podar. Y debes saber que cuentan con el favor de Lloth, y más aún, con el favor de las ocho casas del Consejo Regente. De las ocho. Incluso de la Oblodra.

—Esto suena a asesinato —repuso Zaknafein—. ¿Me pides que mate a alguien a cambio de que intervengas para sacarme de la ciudad? Bueno, si es una sacerdotisa de Lloth, lo acepto.

—¡Ojalá fuera tan fácil! —replicó Jarlaxle—. No, esto implica mucho más que eso, tanto en peligrosidad como en astucia. Tengo mis dudas.

—¿Porque no soy ni peligroso ni astuto? —preguntó Zaknafein con un bufido.

—Oh, eres ambas cosas, quizá incluso más que cualquiera que haya conocido que no haya nacido con un gran poder. Pero hay consecuencias en esto que van más allá de ti. Implicaciones para la Casa Do’Urden, si no tenemos mucho cuidado.

—Siempre tenemos mucho cuidado.

—Me temo que tendré que contarte una historia sobre nosotros dos corriendo por los balcones de telarañas de Ched Nesad.

—Éramos tres —le recordó Zaknafein, y Jarlaxle hizo una mueca ante la referencia a Arathis Hune, quien había sido antiguamente el aliado más cercano y el principal consejero del mercenario. —También en eso —continuó Zaknafein—. Yo fui cuidadoso y astuto, y muy peligroso. Mortalmente peligroso.

—Sin duda. Aún estoy trabajando varias cosas: hay mucho que debo considerar y mucho trabajo de base que preparar —explicó Jarlaxle—. ¿Cuándo puedes volver aquí?

—Pasará al menos una semana, supongo, antes de que pueda volver a escabullirme de la Casa Do’Urden.

—Bien. Necesitaré ese tiempo, y quizá más para revisar esta posibilidad.

—¿Y si no es posible?

—Entonces, buscaré otra manera de ayudarte a salir de Menzoberranzan para que tengas un dilatado… respiro —prometió Jarlaxle.

Zaknafein asintió, luego se acabó la bebida de un gran trago y se levantó del asiento. Con solo una leve inclinación de cabeza a su viejo amigo, el maestro de armas dejó la taberna para ir la Casa Do’Urden.

—¿Has oído? —pregunto Jarlaxle a la sacerdotisa Dab’nay, que se acercó a la mesa en cuanto Zaknafein salió.

—Solo el final. ¿Estás pensando en involucrar a Zaknafein en nuestros asuntos con la Casa Hunzrin? Está muy relacionado con una casa prominente —advirtió—. Podrías iniciar una guerra.

—La guerra siempre me da beneficios —replicó Jarlaxle sin pensar.

—¿Qué gran beneficio sería que Zaknafein resultara muerto? —preguntó Dab’nay—. ¿Cuán culpable te sentirás si él no muere pero su hijo sí?

—No muy grande —admitió Jarlaxle—. Y es por eso por lo que debemos ser muy listos. No vas a decirme que te molestará volver a tener a Zaknafein a tu lado cuando te aventures en los peligros de la Infraoscuridad, ¿verdad?

La respuesta de Dab’nay fue una sonrisa, que mantuvo durante unos instantes antes de preguntar.

—¿Crees que la Matrona Malicia lo dejará marchar?

—Esa es la parte fácil —contestó Jarlaxle—. Lo que puede pasar cuando se haya ido es mucho más complicado.

Oír sus propias palabras hizo que el mercenario se recostara meditabundo.

¿Realmente quería llegar tan lejos cuando Bregan D’aerthe solo acababa de consolidarse como una poderosa fuerza en Menzoberranzan?

Al incluir a Zak, sin duda se arriesgaba a incitar una guerra de casas, y una de la que podían culparle a él.

Peor aún, Jarlaxle sabía que si las cosas iban mal en los túneles de la Infraoscuridad, era muy posible que todo el equipo expedicionario fuera destruido por los Hunzrin.

Y eso incluiría a Zak, por muy hábil que fuera.

¿Estaba dispuesto Jarlaxle a correr ese riesgo?

El paso de los días le resultaba interminable a Zaknafein mientras se ocupaba de sus obligaciones en la Casa Do’Urden.

Por lo que él sabía, la Matrona Malicia no se había enterado de su salida secreta a las Calleshediondas para visitar a Jarlaxle; o al menos, no había castigado a Drizzt por ello ni le había dicho nada a él.

Ahora, el maestro de armas ocupaba su tiempo casi exclusivamente en el primer nivel, el nivel de los plebeyos, de la Casa Do’Urden, trabajando incansablemente con los guardias de la casa para coordinar los turnos de vigilancia y perfeccionar las formaciones de combate.

Solo algunas noches levitaba hasta el segundo piso, y solo cuando Malicia le llamaba a su cama.

En esos momentos, no quería hacer nada que despertara la ira de la matrona, porque ella había encontrado una manera de hacerle daño de verdad.