6. Simplemente con su presencia #2
Pero Zak se dio cuenta de que no por Vierna, porque la herida mostraba varios conjuntos paralelos de cicatrices. Esta aún no era una suma sacerdotisa; que tuviera ya un flagelo con cabezas de serpiente no era lo normal, y el suyo tenía solo dos serpientes.
El que le había hecho las marcas a Drizzt en la espalda tenía muchas más. Zaknafein asintió al reconocer la marca de cierta Do’Urden.
La mano se le fue al pomo de la espada, ansioso por matar. Respiró hondo.
—Se lo ganó, supongo —dijo Zak con ligereza; se enderezó y pasó entre los bancos tranquilamente, como si no hubiera estado intentando colarse sigilosamente u ocultarse.
Vierna, claramente incómoda, se sobresaltó al oír su voz.
Se volvió hacia él, y su expresión fue mostrando diferentes emociones, para acabar en una de superioridad, el rostro endurecido de la sacerdotisa, que tan bien conocía Zaknafein.
Una mirada que parecía decir claramente que Drizzt se lo había ganado, aunque solo fuera por su género.
Pero no la pudo mantener, y Zaknafein tuvo la silenciosa esperanza de que fuera por falta de convicción. Por lo que sabía, en los siete años que Vierna había estado formando a Drizzt como su madre subrogada, había sido mucho menos cruel que la mayoría de las que había conocido en esa función.
—Se despista —dijo Vierna a Zak, y riñó a Drizzt a mismo tiempo, al volver hacia él su ceño fruncido de desaprobación.
Miró a la estatua colocada en la pared por encima del niño—.
Puede llegar. Le he visto flotar hasta ahí para limpiarla toda en una única levitación.
Pero su cabeza está en otro lado, siempre en otro lado.
—La limpié ayer —protestó Drizzt, y Vierna puso cara de furia.
—Y la volverás a limpiar, y ahora —dijo Zaknafein, antes de que ella pudiera reñirle—. Es importante. Este es tu lugar. La recompensa llega mañana, joven Do’Urden.
—Pero el castigo es inmediato —advirtió Vierna. Una de las serpientes de su flagelo siseó; la otra reptó hacia arriba y se le enroscó en el brazo.
Con un suspiro, Drizzt recogió su camisa y comenzó a levitar incluso antes de pasársela por la cabeza; realizó el encantamiento completamente con sus propias habilidades mágicas innatas, sin requerir siquiera tocar el emblema de su casa prendido de la prenda.
Mientras flotaba hacia arriba, Zak se volvió hacia Vierna sonriendo.
— Par tu’o ammea ulu vos jalv del lil orthae’scour lueth jalm del lil belbolcahal —dijo Zaknafein en un sonsonete; era un viejo refrán drow reservado normalmente para las niñas—. Este parece necesitar menos azotes sagrados y más pastel.
Vierna volvió a hinchar la nariz.
Zaknafein comprendió que quizá había ido demasiado lejos, y rápidamente se despidió y se alejó, para no empeorar las cosas para Drizzt.
Fue primero a sus aposentos para cambiarse la ropa de viaje, y luego a la suite palaciega de la Matrona Malicia para anunciar su regreso.
Se sorprendió cuando las guardias lo condujeron a los aposentos privados y se encontró allí a la mayoría de los nobles de la casa, además de a Malicia: Briza, Maya, el Patrón Rizzen y Dinin.
Zaknafein captó el ambiente rápidamente, y no era el que se fuera a esperar en la víspera de una gran celebración.
Casi en cuanto lo anunciaron las guardias, que luego se marcharon, la sacerdotisa Vierna entró en la sala.
Zaknafein sospechó que esa coincidencia temporal no era casual.
—He realizado todas las tareas que me asignaste, matrona —dijo Zaknafein mientras hacía una reverencia.
—Pero no lo bastante en secreto —replicó la mujer, lo que hizo que Zak la mirara con curiosidad, porque Malicia no le había mencionado que hubiera ninguna necesidad de secreto cuando lo había enviado.
Además, ¿cómo se podía mantener el secreto cuando se iba a buscar un rothé especial entre los que se criaban en la isla?
¿Cómo se podía mantener el secreto cuando se salía con una patrulla drow y se sustituía a un guerrero noble por un plebeyo de la casa?
¿Cómo se podía mantener el secreto ante las otras casas de Menzoberranzan cuando se entregaba un ensayo en Arach-Tinilith?
¡Todas las casas mayores de la ciudad, y hasta cualquier casa intermedia, no le sacaban ojo a esa estructura más que de ninguna otra!
—Se rumorea demasiado —anunció la Matrona Malicia, mientras permanecía en pie de un modo afectado y agitaba el brazo para abarcar a todos los nobles que se hallaban en la sala—. Mañana no habrá ninguna celebración. Ningún belbolcahal .
Eso provocó una serie de gruñidos y murmullos en los otros, aunque a Zaknafein le pareció demasiado ensayado. Junto a él, Vierna se removió, incómoda, y se encogió bajo su mirada cuando la miró más fijamente.
—No podemos dejar que el Consejo Regente nos vea celebrar el día del aniversario de la derrota de la Casa DeVir —continuó Malicia—. En este momento, hay demasiados rumores sobre complicidad, quizá incluso entre los miembros de esta casa.
Zak se fijó en que ella mantenía la mirada sobre él al hablar, y tuvo que esforzarse para no reírse de lo ridículo que resultaba todo eso. Todos en Menzoberranzan sabían lo que le había pasado a la Casa DeVir.
Todos.
Pero entonces, Zaknafein se dio cuenta de que Malicia no estaba hablando de los rumores referentes a la caída de la Casa DeVir. No, estaba con uno de sus jueguecitos, e iba dirigido a él. Malicia se volvió hacia su hija mayor, la cruel Briza, y asintió.
—¿Sigue en la capilla? —preguntó Briza, mientras iba rápidamente hacia la puerta y agarraba su flagelo de seis cabezas.
Vierna masculló una afirmación.
—¿Qué has hecho? —preguntó Zaknafein a Vierna a media voz.
—¿Qué has hecho tú? —le corrigió la Matrona Malicia, áspera—. ¿Qué has osado hacer?
—Nada… no he hecho nada —contestó un desconcertado Zak.
—Se te entregará al niño para que lo entrenes cuando llegue el momento —le informó Malicia—. Hasta entonces, él no es asunto tuyo ni tu alumno ni nada. La doma de un niño es solo competencia de la madre subrogada, excepto si yo llamo a otras para intervenir.
Cuando acabó, la puerta se cerró con un golpe, indicando la salida de Briza.
Zaknafein agachó la cabeza, tanto para parecer humilde como para esconder su creciente furia.
Eso no era una técnica para entrenar a Drizzt, y lo sabía, aunque a su hijo lo iban a flagelar duramente. No, eso era Malicia entrenándolo a él, recordándole que, después de todo, era solo un hombre, un hombre muy pequeño en un mundo matriarcal.
Jarlaxle se detuvo de golpe cuando entró en el Micónido Supurante esa misma noche.
Acaba de regresar de una reunión secreta y privada con la maestra Sos’Umptu, en la que había surgido el tema de la Casa Do’Urden y de una inesperada visita de Zaknafein (que las Baenre sabían que era socio de Jarlaxle desde hacía tiempo).
Así que aún estaba pensado en su viejo amigo cuando llegó a su taberna, y resultó que justo Zaknafein Do’Urden estaba allí, sentado en su mesa habitual del rincón del fondo.
Jarlaxle cerró el ojo que no llevaba cubierto y observó al maestro de armas a través del parche mágico, sin poder creerse que su amigo, al que no había visto en varios años, estuviera sentado en la mesa de siempre, encorvado sobre su bebida, y con un aspecto muy parecido al mismo Zaknafein Simfray que había ido por primera vez a ese lugar.
El jefe mercenario fue hasta la barra y se consiguió una bebida, luego con un gesto, detuvo las preguntas sin importancia de sus subordinados, y fue directamente a la mesa de Zaknafein.
Se dejó caer en una silla frente al maestro de armas con la misma sensación de comodidad con la que se pondría unos zapatos viejos.
—Por los viejos tiempos —dijo, alzando su copa en un brindis.
Zaknafein lo miró con cautela durante un instante, luego asintió, alzó su copa y la chocó con la de Jarlaxle.
—Me siento muy complacido, ¿incluso diría que muy honrado?, de que hayas vuelto a mi humilde establecimiento —dijo Jarlaxle.
—Puedes decirlo, pero no me lo creeré —respondió Zaknafein, lo que hizo sonreír a Jarlaxle.
—A ti no puedo engañarte, me temo.
—Eres como un libro abierto.
Esa vez, Zaknafein inició el brindis.
—Sin embargo, tú sigues siendo como un libro cerrado para mí —repuso Jarlaxle mientras brindaban de nuevo.
—Nadie que haya conocido a Jarlaxle se creería eso, pero ese es el encanto de tus mentiras.
Todo el mundo sabe que mientes, pero la mayoría pasa demasiado tiempo intentando encontrar algún sentido a esas falsedades.
Yo te conozco mejor que eso, Jarlaxle. Sé que solo es por ese encanto, nada más… por lo general.
—¿Y puedes notar la diferencia y distinguir esas veces en las que hay más?
—Claro.
—Ya he oído eso antes.
—¿A quién?
—A nadie que haya vivido lo suficiente para que llegaras a conocerlo, o que muriera de un modo lo bastante honorable para que te hable de ellos.
Zaknafein pensó en eso un instante, luego se encogió de hombros y bebió otro trago.
—Me alegro de volver a verte —afirmó Jarlaxle un instante después, momento durante el cual los ojos de Zaknafein se habían desviado inconscientemente hacia un lado. Había algo que lo preocupaba.
—Necesito tu ayuda —dijo Zaknafein, y miró fijamente al jefe mercenario.
Jarlaxle guardó silencio.
—Lo sé —admitió Zaknafein—. He estado evitándote durante años, y aquí estoy ahora; acudo a ti cuando mi propia situación me lo exige. Comprendería…
—Eres mi amigo —le interrumpió Jarlaxle—. No hay muchos de los que pueda decir eso. Si necesitaras mi ayuda y no acudieras a mí, entonces sí que me ofendería.
Zaknafein asintió.
—Sácame de aquí.
—¿De dónde?
—De la ciudad. Necesito que me saques de la ciudad.
—¿Oculto? ¿Estás planeando huir de Menzoberranzan?
—No, no, nada de eso. Solo quiero irme ahora, pero no para siempre. Por primera vez, tengo una razón para quedarme que es más importante que mi propia debilidad.
—El segundón —concluyó Jarlaxle, y Zaknafein asintió—. Entonces, ¿por qué quieres irte? —preguntó el jefe mercenario.
—Por él, el segundón, mi hijo Drizzt —explicó Zak—. Malicia lo usa…