Implacable (Generations 3) 6. Simplemente con su presencia
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6. Simplemente con su presencia

S IMPLEMENTE CON SU PRESENCIA

Lo había sorprendido lo mucho que había echado de menos a Drizzt durante esa separación.

Oh, cómo se había apresurado a cumplir las tareas que le habían impuesto, que habían incluido un viaje a la isla de Donigarten para seleccionar un rothé adecuado para una comida de celebración de la casa, y también, una visita a Arach-Tinilith para entregar un largo informe preparado por Maya Do’Urden, en el que indicaba los nombres y las preferencias, en comida, bebida, sexo y ejecución, de las sirvientas más habituales que Lloth había estado enviando a Menzoberranzan como respuesta a las peticiones que últimamente le habían hecho las sumas sacerdotisas.

A Zaknafein le había sorprendido tanto ese encargo como a la sacerdotisa que le había abierto la puerta de Arach-Tinilith, una sorpresa que pronto se había convertido en un ceño fruncido.

Los hombres no eran muy bienvenidos en la academia, aunque un puñado de matronas a veces enviaban a hombres como mensajeros solo para demostrar que eran lo suficientemente importantes para saltarse esas reglas tácitas.

Zaknafein se había pasado dos largas horas en Arach-Tinilith, aguantando flagelos con serpientes agitándose a su alrededor y miradas furiosas de todas las sacerdotisas que lo habían visto.

Su reputación lo precedía; todas en esa escuela sabían que el maestro de armas de la Casa Do’Urden parecía disfrutar especialmente matando sacerdotisas, sumas sacerdotisas e incluso matronas.

Sí, Malicia lo había enviado ahí para ver si alguna, cualquiera, osaba atacarle.

Era su carnaza, su demostración de que ella era demasiado importante para que la enfurecieran.

A él no le gustaba demasiado que lo usara así, claro, pero en cuanto Sos’Umptu, una de las profesoras más poderosas de Arach-Tinilith, lo despidió, él salió corriendo del lugar y dejó atrás cualquier rencor en cuanto sus pies tocaron los adoquines al otro lado de la puerta principal con forma de araña.

Luego había recogido al plebeyo de la Casa Do’Urden, que le esperaba sentado en los escalones del Tier Breche, y juntos habían corrido a toda velocidad hasta la salida principal de la caverna, donde Zak había presentado su pase de salida a los guardias.

Salieron a la Infraoscuridad, silenciosos como la muerte y rápidos como el tajo de una espada, y fueron a buscar a Dinin rápidamente; dejando al plebeyo como sustituto.

Zaknafein había sido informado de la ruta de la patrulla de Dinin, y se conocía bien esas cuevas cercanas.

Aun así, tardaron tres días enteros en encontrar la patrulla, y les llevaría dos más volver hasta las puertas de Menzoberranzan.

Zaknafein presionó a Dinin para volver en un día y medio, y fue respondiendo a todas las quejas del primogénito con un ceño fruncido que zanjaba cualquier debate.

Cuando, finalmente, Dinin llegó a comprender la razón de esa prisa, se rio de Zaknafein.

—Los hombres drow no celebramos el cumpleaños —le recordó.

—Es un niño, no un hombre.

—No es una niña. No es importante.

Ese comentario hizo que Zaknafein se girara en redondo para quedar cara a cara con el primogénito, con rayos de ira saliéndole por los rojos ojos.

—¿Te importaría repetir eso de nuevo? —preguntó Zaknafein en un tono bajo y neutro.

—¿Lo niegas?

—Me importa a mí.

Dinin se calló y asintió sabiamente, pero cuando Zaknafein se dio la vuelta, murmuró:

—Ojalá pasara lo mismo con alguno del resto de nosotros.

Eso hizo que Zaknafein se parara de golpe.

Durante un instante, se sintió arrepentido y culpable, pero solo hasta que pensó en quién lo decía, y recordó claramente que ese no era sincero, que ese nunca era sincero.

En ese caso, Dinin estaba tratando de ganar alguna ventaja menor.

Eso demostraba a Zak cuán amenazado se sentía Dinin por su hermano pequeño, un crío que aún no había cumplido los siete años.

—Te he entrenado lo mejor que he sabido —repuso, sin molestarse en mirar atrás—. Si sigues siendo inadecuado, es debido a tus propias limitaciones, no las mías.

—¿O quizá sea por cómo nos han criado? —preguntó Dinin, y entonces, Zak sí que se detuvo y se volvió hacia él una vez más—. Esta es la causa de toda esta prisa, ¿no? Mañana es el séptimo cumpleaños de Drizzt.

—¿Cómo es que lo recuerdas, si tiene tan poca importancia?

—Porque la otra celebración es importante, y la Matrona Malicia lo mencionará: también es el séptimo aniversario de mi ascensión a primogénito de la Casa Do’Urden.

Zaknafein tuvo que asentir; ese aniversario, y no el cumpleaños de Drizzt, había sido la razón de que lo enviaran a seleccionar personalmente un rothé hembra.

Tampoco era por el ascenso de Dinin, claro, sino porque era el aniversario del paso que había dado la Casa Do’Urden para convertirse en la Novena Casa de Menzoberranzan.

—Una coincidencia de lo más afortunada, ¿no crees? —preguntó Dinin.

Zaknafein se encogió de hombros como si eso no importara, pero su indiferencia no resultaba muy convincente, por lo que vio en la sonrisita de Dinin.

—Me apresuro porque debemos estar allí, y presentables, a tiempo para la celebración —dijo finalmente.

—El menor de los tres acontecimientos, sin duda.

¡El sarcasmo de ese tipo era infinito! Sin embargo, Zaknafein no le podía discutir ese razonamiento, y se dio cuenta de que tampoco quería hacerlo. Así que soltó una carcajada y volvió a encogerse de hombros.

—Eres observador —comentó—. Tienes una mente muy aguda, y siempre piensas en avanzar. La Matrona Malicia tiene suerte de tenerte como primogénito. Y lo sabe.

Eso pareció pillar desprevenido a Dinin, ¡y cómo no! ¿Acaso Zaknafein le había elogiado alguna otra vez?

—Crees que no me importas nada, pero eso no es cierto —continuó Zaknafein, con algo de sinceridad—. Estás a mi cargo… Me han confiado la tarea de prepararte, de prepararte siempre…

—Junto con todos los demás guerreros de la Casa Do’Urden.

—Pero no al mismo nivel, ni de cerca.

—Cierto. Pero lo haces por temor a la Matrona Malicia, no por amor al primogénito Dinin.

—Quizá un poco —admitió Zaknafein—. Pero no soy tu enemigo. Nunca he sido tu enemigo, y a no ser que me des una razón, nunca lo seré. Yo soy el que no hace caso a los rumores, primogénito.

En ese momento, mientras trotaba por la Casa Do’Urden, Zaknafein se repetía esas dos últimas frases en la cabeza.

Había logrado mucho en esos túneles junto a Dinin.

Quizá se hubiera ganado parte de su confianza, pero lo más importante era que esas dos últimas frases habían dejado a Dinin sin espacio de maniobra.

Porque «los rumores» era una referencia que le había calado muy hondo a Dinin. Zaknafein conocía la verdad sobre la defunción de Nalfein, y Dinin necesitaba a Zak para que fuera quitando importancia a los rumores sobre esa verdad.

Sí, Zaknafein no tenía que preocuparse de que Dinin fuera a querer ganar ventaja a expensas de Drizzt.

Así que había pasado ese mensaje a Dinin, y en ese momento estaba de vuelta en la Casa Do’Urden, acercándose a la capilla, acercándose a su hijo.

Contento por primera vez en muchos días.

Entonces oyó el gemido, luego el gruñido, el quejido de un niño entre unos dientes apretados.

Zaknafein se asomó, y contuvo la respiración al ver a Drizzt.

El niño se hallaba sentado en el suelo a un lado de la habitación, desnudo de cintura para arriba y con la mano izquierda extendida sobre el hombro derecho, los dedos tocando cuidadosamente una nueva herida ahí: los dos pinchazos del mordisco de una víbora, con dos puntitos de sangre visibles.

Pero eso no era todo. Esa herida nueva estaba rodeada de cicatrices que Zaknafein y todos los varones de Menzoberranzan conocían bien.

Cicatrices hechas por los colmillos de las víboras cuando una sacerdotisa golpeaba con su flagelo y lo arrastraba por la espalda de su víctima.

Ese último golpe no mostraba señales de arrastre, pero el de al lado sí.

—No es para tanto —oyó decir a Vierna, mientras se acercaba a la puerta de la capilla—. Solo te ha mordido Silaas, y su mordisco causa más dolor que herida. —Entonces, su tono cambió bruscamente—. ¡Deja de mirarme! —le ordenó, y lo amenazó alzando el flagelo—. ¿O acaso quieres más?

—¿Por qué? —fue la respuesta del niño, una respuesta cargada de inocencia, dolor y confusión.

Zaknafein vio a Vierna echarse un poco hacia atrás.

—Debes aprender, niño idiota —respondió—.

Debes aprender cuál es tu lugar y perfeccionar tus habilidades.

Puede irte bien, para ser un simple niño, un simple varón en esta ciudad.

Pero si no aprendes cuál es tu sitio… si no lo aceptas con fuerza en tu corazón, entonces que sepas que sufrirás el más cruel de los destinos.

—¿Como ser azotado por esas horribles víboras? —preguntó Drizzt, y Zaknafein abrió los ojos como platos, con el corazón en algún punto entre henchido de orgullo y atenazado por el miedo de que Drizzt pudiera encontrar una rápida muerte si no lograba aprender a refrenar su propio veneno.

Vierna resopló displicente.

—Eso no es nada. No te puedes imaginar el placer que la matrona obtendría atormentándote, o el resultado final de su tortura. Si tienes suerte, morirás.

—¿Todas las mujeres disfrutan causando ese dolor?

Zaknafein entendió que la pregunta partía de la inocencia del niño, y al parecer, Vierna también, porque en vez de alzar el flagelo, se echó un poco más atrás.

—Si no te lo enseño, te castigarán horriblemente —dijo finalmente—. Mejor yo que otra.

Zaknafein así lo creía. Había oído rumores sobre Vierna y sobre su posición de madre subrogada encargada de criar a Drizzt. Seguramente ya hubiera sido una suma sacerdotisa si la inesperada supervivencia de ese niño no hubiera interrumpido sus estudios.

Zaknafein se coló dentro para ver mejor.

Su mueca de preocupación se hizo más marcada cuando vio claramente las cicatrices; la espalda de su chico había sido muy castigada.