5. Esperanzas, miedos y vulnerabilidades #2
Pero no con Vierna, pensó, y esa idea lo inquietó. No, seguramente ella ya estaba demasiado tocada, demasiado corrompida.
Al ver la expresión sorprendida de Vierna, Zak se dio cuenta de que su rostro mostraba esa miríada de emociones.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, mientras le recorría el rostro con la mirada, y lo estudiaba con cuidado.
En ese momento, había tantas cosas que Zak quería decir.
Reproches.
Enfado.
Disculpas.
Todo eso quería salirle por la boca, pero no podía decidir dónde encajaba nada, sobre todo en ese momento, con su hijo recién nacido devolviéndole la mirada; un niño que había escapado de la muerte solo por suerte y unos cuantos segundos, según le habían contado.
—Nada —contestó Zaknafein—. Solo espero que este niño crezca para superar a Nalfein, para gloria de la Matrona Malicia y la Casa Do’Urden.
—Todas deseamos eso —repuso Vierna, y añadió con una sonrisa astuta, recordando a Zaknafein el parentesco que tenían—. Y todas tenemos esa expectativa, sobre todo la Matrona Malicia. Mucho se la va a pedir a este segundón.
Zaknafein trató de no hacer una mueca al oír eso, porque comprendía muy bien lo que podían implicar esas expectativas.
—¡Brillante! —exclamó Jarlaxle inesperadamente, lo que hizo que el mago que tenía sentado delante alzara la mirada con cara de sorpresa (al menos con tanta sorpresa como esa cara derretida podría mostrar, pensó Jarlaxle).
El joven junto a la puerta tuvo una reacción mucho más intensa: abrió los ojos como platos y giró sobre sus talones.
Jarlaxle pensó que debía vigilar a ese muy de cerca.
—¿Qué quieres decir? —preguntó el mago a media voz—. Solo he hecho lo que se me ha dicho.
—¿Se te dijo que suplantaras a Gelroos Hun’ett? —preguntó Jarlaxle con tono de sorpresa sarcástica. Miró al joven junto a la puerta de nuevo, y añadió—: Tu hermano, supongo.
—Yo… ¡Hablas como un tonto! —replicó el mago—. Un tonto temerario.
—Si crees que temo a Alton DeVir, te equivocas. —Jarlaxle se encogió de hombros con una risita—. No temía a Gelroos Hun’ett, así que ¿por qué voy a tener miedo de ti?
El Sin Rostro movió los ojos en sus cuencas casi despellejadas para mirar al joven aprendiz, quien sigilosamente salió de la habitación; pero regresó al cabo de un momento delante de las puntas de un cuarteto de espadas largas, cada dos de ellas blandidas por uno de los dos socios de Bregan D’aerthe que se habían colado secretamente y en silencio en los aposentos del Sin Rostro en Sorcere.
El Sin Rostro inspiró con fuerza, lo que produjo un silbido a través de los muchos agujeros de su boca y su cuello.
—Antes de que hagáis nada, ninguno de los dos, pensad en que nadie puede entrar en Sorcere sin el conocimiento y el permiso del archimago Gromph —advirtió Jarlaxle—.
Tranquilizaos —añadió, mientras se recostaba cómodamente en su asiento—.
O Gromph no lo sabe, o si lo sabe, no le importa.
No te estoy acusando, Alton DeVir, ni te juzgo de ningún modo negativo.
Al contrario, yo más que nadie tiendo a apreciar tal resiliencia e inteligencia, y sí, sí sé lo que Gelroos había planeado para ti la noche de la caída de la Casa DeVir.
Al igual que al archimago Gromph, no me importa nada eso.
Solo me importa lo que es ahora, no lo que fue.
—Quizá te convendría entender que lo que fue determina lo que es —advirtió el nuevo Sin Rostro, formalmente Alton DeVir, quien era evidente que se había quemado la cara después de deshacerse del cadáver de Gelroos Hun’ett.
Se incorporó, y Jarlaxle supo que intentaba desesperadamente mantener algún nivel de peligrosidad y mística.
Estaba tratando de dominar la situación, lo que le resultó muy divertido a Jarlaxle.
—¿Y crees que todo esto es ingenio, o astucia, o simple casualidad?
—preguntó Jarlaxle—. ¿No crees que la Madre Matrona Baenre sabe de la muerte de ese viejo desgraciado y la permitió?
Pobre jovencito, hay tantas partes del mundo cuya existencia desconoces; pero te advierto que debes saber esto sobre todo lo demás, siempre: harás bien en no perder el favor de la Madre Matrona Baenre.
—¿Como haces tú? —le replicó Alton, entre gruñendo y jadeando.
—Siempre. No soy estúpido.
—Sin embargo, ¿vienes aquí y me amenazas?
—Claro que no. Vengo aquí para aconsejarte, y aconsejarte sabiamente. Y por tanto, lo repito. No dejes que tu rabia te lleve a actuar precipitadamente. La Casa DeVir ha muerto. Alton vive —miró al otro y añadió— y Masoj vive. La Ciudad de las Arañas sigue adelante.
Jarlaxle inclinó su sombrero de ala ancha y se levantó; hizo un gesto a sus secuaces y los siguió fuera de la sala, pero no sin detenerse para sonreír y hacerle una pequeña inclinación de admiración al joven Masoj Hun’ett, con la intención de hacerles saber, al joven y al mago sentado a la mesa, que él, Jarlaxle, sabía mucho más sobre lo que había pasado de lo que debería saber.
Muchos otros drow se habían encontrado con sorpresas similares en lo referente a Jarlaxle, sobre un secreto u otro.
El conocimiento era poder, especialmente en Menzoberranzan.
No se podía negar que Jarlaxle era poderoso, y cada vez más.