5. Esperanzas, miedos y vulnerabilidades
E SPERANZAS, MIEDOS Y VULNERABILIDADES
Fue la primera persona, y quizá la única, en Sorcere en saber que la Casa DeVir había caído, gracias a un miembro de Bregan D’aerthe con quien se encontró casualmente cuando estaba llevando a vaciar el orinal del Sin Rostro.
«Casualmente…».
Masoj se repitió eso unas cuantas veces, pero sabía que no había sido ninguna coincidencia. Jarlaxle quería que estuviera al corriente de ese suceso.
Estuvo aún más seguro de ello cuando regresó a la estancia de su hermano mayor después de acabar su tarea y Alton DeVir llegó para responder a la llamada del poderoso maestro.
Masoj sabía que una matrona había ido a ver al Sin Rostro hacía poco, y que otro noble había estado allí antes ese mismo día.
Por eso, aunque fuera un inconveniente, Masoj no se sorprendió demasiado cuando el Sin Rostro lanzó una potente explosión a Alton en cuanto este, el hermano mayor DeVir, entró en la estancia; un rayo que destrozó la puerta y tiró al pobre Alton al suelo.
Pero no lo mató, y el herido DeVir, astutamente, rodó, se puso en pie y salió corriendo de la sala, para bajar por la escalera de caracol.
—¡Límpialo! —le gritó el frustrado Sin Rostro a Masoj, y salió de la estancia persiguiendo a su objetivo.
Masoj asintió y comenzó a barrer, pero en cuanto Gelroos se perdió de vista, fue a la puerta. Se detuvo y se dirigió hacia un lado, hasta un objeto encantado que llevaba mucho tiempo admirando. Luego salió, en su persecución, siguiendo los gritos del Sin Rostro.
—No corras, DeVir. ¡Solo conseguirás alargar tu tormento!
Oyó el ruido del cristal al romperse y suspiró, porque tendría más que limpiar y porque sabía que el cristal y la sangre eran una combinación especialmente desagradable.
El ruido le indicó exactamente dónde podría encontrarlos a los dos, porque conocía esos aposentos de Sorcere mejor que nadie vivo, incluso mejor que el propio Sin Rostro.
—¡Mi espejo! —oyó gritar a Gelroos, lo que confirmó sus sospechas—. ¡Primero la puerta y ahora esto, mi espejo! ¿Sabes todo lo que tuve que sufrir para adquirir ese raro artefacto?
A Masoj le costó contener una carcajada.
—¿Por qué no te quedas quieto y dejas que acabemos limpiamente? —preguntó Gelroos, mientras Masoj llegaba a la entrada de la sala.
—¿Por qué? ¿Por qué quieres matarme? —rogó desesperadamente Alton.
—¡Porque me has roto el espejo!
Masoj se tapó la boca con la mano para cubrir su bufido. ¡Qué gran réplica!, pensó. Echó una mirada dentro mientras los drow continuaban discutiendo, luego retrocedió lentamente, muy lentamente, tiró de la cuerda y la fijó.
Cuando volvió a mirar, comprendió que la conversación estaba a punto de acabar de un modo definitivo.
—¿Quién? —gritaba Alton—. ¿Qué casa ha hecho esto? ¿O qué conspiración entre casas ha acabado con DeVir?
Masoj se detuvo, porque también quería oír la respuesta.
—Ah, al menos debería decírtelo —se burló del pobre hombre el hermano mayor de Masoj—. Supongo que tienes el derecho de saberlo antes de que te unas a tu familia en el reino de la muerte.
Una pausa de efecto hizo que tanto Alton como Masoj se inclinaran hacia delante expectantes, o al menos, Alton lo intentó, porque el pobre hombre estaba atrapado en una telaraña mágica de filamentos pegajosos.
Aunque eso importaba.
—Pero ¡me has roto el espejo! —aulló Gelroos—. ¡Muere, chico estúpido! ¡Busca tú la respuesta!
Masoj supo que había llegado el momento de la verdad. Alzó la bonita y pesada ballesta de doble mano, apuntó y, mientras Gelroos giraba, reuniendo la energía para su próximo conjuro, mortal, apretó el gatillo.
Gelroos hizo unos ruidos como borboteos roncos, mientras se le arqueaba la espalda y agitaba los brazos. Luego cayó bocabajo sobre el suelo, sacudiéndose y agonizante.
—Bonita arma, Sin Rostro —comentó Masoj, mientras le daba vueltas en la mano. Era evidentemente mágica, y la larga saeta que acababa de atravesar la columna de Gelroos estaba cargada de veneno; aunque Masoj estaba bastante seguro de que hubiera matado al mago incluso sin esa medida de seguridad.
Mientras colocaba la siguiente saeta en el arma, ante el atrapado DeVir, que farfullaba y rogaba por su vida, Masoj pensó cuidadosamente su siguiente paso.
¿Qué haría Jarlaxle?
Prestó atención a lo que decía Alton. Lo más fácil hubiera sido disparar a ese idiota, para que luego pareciera que el alumno y el maestro se habían matado mutuamente en un acalorado intercambio de conjuros y saetas de ballesta. Pero ¿lo más fácil era siempre lo más beneficioso?
¿Qué haría Jarlaxle?
A Zaknafein se le había dicho que, posiblemente, Vierna era su hija mucho después de que la niña hubiera llegado al mundo; más aún, poco después de su quinto cumpleaños. Incluso entonces, durante más de una década, a Zaknafein se le había hecho creer que eso era simplemente una ligera posibilidad.
No fue hasta que la joven se hubo marchado para convertirse en una sacerdotisa de Lloth cuando Malicia le dijo que, casi con toda seguridad, él era el padre de Vierna.
El momento fue deliberado. En ese punto, Zaknafein sabía que ya había perdido a la joven, especialmente porque iba a abrazar a la Reina Araña. Se estaba convirtiendo en lo que Zaknafein más odiaba.
Aun así, posteriormente, Vierna y él habían desarrollado la relación más cercana que Zaknafein tenía con cualquiera de las hijas de Malicia; aún más, con cualquiera en toda la Casa Do’Urden, quizá con la excepción de Dinin.
De todos modos, era un estándar muy relativo, y un listón muy bajo.
Al pensarlo, Zaknafein supuso que sus sentimientos por Vierna podrían detenerle la mano si estuviera a punto de matarla.
O quizá no.
Pero esta vez era diferente. Esta vez, Zaknafein entró en la tranquila habitación y se encontró a Vierna sentada junto a la cuna, sabiendo que el niño que se hallaba allí era, sin duda, suyo. Su hijo.
—¿Drizzt? —preguntó, porque ese era el nombre que le habían dicho al regresar de la masacre en la Casa DeVir.
Vierna asintió, se apartó e invitó al maestro de armas a acercarse. Zak se dio cuenta de que ella lo sabía.
—Mírale los ojos —le dijo Vierna mientras él contemplaba al bebé envuelto en finas pieles.
¡Sorprendentes! ¡Ojos color púrpura! Una rareza entre los drow, y esos aún eran más raros por la intensidad de la coloración, casi como si estuvieran iluminados desde el interior, y brillaran desde las profundidades del oscuro rostro de Drizzt.
Vierna seguía hablando, pero Zaknafein no la escuchaba.
Se inclinó sobre la cuna y lo miró fijamente, para quedarse con el aspecto y el olor del bebé, su hijo.
Un torbellino de emociones se desató en su interior, diferentes y distintas, y cada una era como una ola que amenazaba con romper sobre él y ahogarlo.
¿Acaso esto, su progenie, le proporcionaba un cierto grado de inmortalidad?
¿Acaso ese niño que yacía ante él, su hijo, su sangre, estaba destinado a mantener su nombre y su memoria mucho después de su muerte?
No hacía mucho que Zaknafein había cumplido cuatrocientos años, lo que para un drow era una edad madura, y todos sabían lo que seguía después: una vez ya se había formado la reputación (especialmente si era una gran reputación), era una época mucho más difícil que la precedente.
¿Cuántos maestros de armas o guerreros de noble cuna, o incluso plebeyos en el Braeryn querrían desafiar a Zaknafein para probar su propia valía?
Y entre ellos había maestros de armas de gran fuerza y destreza: Dantrag Baenre de la Primera Casa, Uthegentel Armgo de la Segunda Casa, junto a muchos otros a lo que les encantaría que se hablara de ellos como «el guerrero que venció a Zaknafein».
Cada día era una amenaza, claro. Un despiste podría precipitar su fin, al igual que lo podría ser una mala decisión tomada por la temeraria Madre Malicia.
Pero ahora tenía un hijo, al que conocía desde el nacimiento, al que podría ayudar a moldear y que seguiría adelante cuando él ya no estuviera. Al mirar al pequeño, no pudo negar su orgullo, su esperanza, su corazón ilusionado.
Entonces, el otro lado de esa brillante moneda en el aire le golpeó con fuerza.
Zaknafein respiró hondo para calmarse y tuvo que agarrarse al lado de la cuna durante unos instantes.
¿Qué sería de él si ese niño, esa hermosa criaturita llamada Drizzt, le era arrebatado? ¿Cuán intenso sería el dolor si ese niño, como tantos otros en la ciudad, sobre todos aquellos con matronas ambiciosas, era asesinado?
Zak miró a Vierna, y se reprochó en silencio por nunca haber pensado algo así sobre ella. No la odiaba como odiaba a sus hermanas o a su madre, pero nunca habían estado unidos. Nunca se le había dado esa oportunidad.
Y ahora era una sacerdotisa de Lloth, y eso le desagradaba.
Lloth le desagradaba. El modo en que la diosa enfrentaba a su gente unos contra otros, le desagradaba.
El sexismo de la sociedad drow, le desagradaba.
La brutalidad de las mujeres que criaban a los pequeños drow, le desagradaba.
Todo eso casi sin excepción, incluso entre las matronas que colocaban a los hombres en posiciones de poder, como la Casa Barrison Del Armgo, conocida por sus guerreros varones, y la Casa Xorlarrin, cuyos magos poderosos eran mayoritariamente varones.
Esas matronas no valoraban más a los hombres.
No, simplemente los usaban para satisfacer su ambición.
Todo eso era por culpa de Lloth. Y Vierna, que quizá fuera su hija, se había entregado a Lloth. Y ahora, ¿sería ella la encargada de entrenar a Drizzt, el hijo de Zaknafein, para ser otro peón servil en el gran plan de la Señora del Caos?
Se preguntó si habría otros enclaves drow en alguna otra parte de la Infraoscuridad, o quizá en el amplio mundo superior, donde la influencia corruptora de la Reina de las Arañas no estuviera presente siempre.
Cómo le gustaría encontrar un lugar así y escapar allí con Drizzt.