Implacable (Generations 3) 4. La rueda eterna de Menzoberranzan #2
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4. La rueda eterna de Menzoberranzan #2

Finalmente, maravillosamente, notó la reverberación de alguna magia muy poderosa, tan poderosa que hizo que se le erizara el pelo de los brazos y la nuca, y le dejó un hormigueo en la piel al pasar.

Miró hacia la fila de sus compañeros, que parecían confusos, y luego a la única sacerdotisa que había saltado el muro con ese grupo.

Esta temblaba tanto, con la boca abierta y lágrimas en los ojos, que Dinin pensó que se desplomaría.

Aunque comprendió que eran lágrimas de alegría divina.

Se dio cuenta de que esa era la magia del parto sobre la que sus hermanas habían estado susurrando, aunque realmente ni siquiera sabía lo que eso podía significar.

Al parecer, la cruel Malicia había utilizado y transformado el dolor y las emociones del parto en la potencia del hechizo ritual conjurado alrededor de esa mesa de Lloth.

El guerrero miró al complejo de edificios que tenía delante, y casi esperó que se desplomara convertido en polvo.

Sin embargo, no pareció ocurrir nada; al menos, no a él.

Tenía que confiar, así que llamó a sus guerreros. Cargaron contra los edificios principales; los osgos y los goblins se dirigieron a las puertas de entrada, mientras los ágiles elfos oscuros levitaban hasta los balcones y lanzaban cuerdas a sus compañeros.

Las puertas se abrieron de golpe, y los defensores DeVir, sobre todo goblinoides, cargaron contra los invasores, y en un instante, la línea de vanguardia de los Do’Urden se convirtió en un remolino de espadas y hachas, de cuerpos y miembros caídos.

Dinin sonrió al observar el combate, porque los defensores sí que parecían lentos, y todos sus esfuerzos eran más que igualados por los atacantes.

El grupo de Nalfein llegó a la puerta destrozada, y llovió magia para reforzar el ataque. Fuego y rayos caían sobre los combatientes enzarzados y llegaban hasta los edificios, derritiendo a los goblinoides de la vanguardia DeVir y también a bastantes de los guerreros esclavos Do’Urden.

Poco después, Dinin sonrió de nuevo, al ver luces brillando a través de los ventanucos de las estancias superiores.

Supo que Zaknafein había penetrado en esas salas y estaba empleando bombas de luz para sembrar la confusión entre sus enemigos.

—¡Ah, qué hermoso! —susurró Dinin, y se oyó la voz, porque estaba fuera del silencio mágico.

Con un gesto, ordenó avanzar a sus guerreros, y juntos entraron a la carga en la Casa DeVir.

Un rato después, con la espada goteando sangre DeVir y la mitad de su brigada herida o muerta, Dinin se encontró a su hermano en una de las salas bajas de uno de los pilares de estalagmitas menores de la Casa DeVir.

—Se acerca el final —le dijo a Nalfein—. Rizzen está ganando en toda la parte alta, y parece que la siniestra tarea de Zaknafein está completa.

Nalfein estaba tan animado que a Dinin hasta le pareció tonto.

—Cuarenta soldados de la Casa DeVir ya se han pasado a nuestro bando.

—Ven el final. Una casa les sirve tanto como otra, y en los ojos de los plebeyos, no vale la pena morir por ninguna.

Pronto acabaremos nuestro trabajo —Dinin se fijó en qué había cerca de él y su hermano.

En esta zona había pocos soldados, y todos estaban presionando en los accesos a otros niveles o en los corredores.

Miró fijamente a Nalfein, buscando alguna señal de que su hermano estuviera a punto de comenzar algún conjuro traicionero.

—Demasiado rápido para que nadie lo note —repuso Nalfein, y Dinin lo encontró irónico—. Ahora Do’Urden, D’aermon N’a’chezbaernon es la Novena Casa de Menzoberranzan, ¡y a la mierda DeVir!

—¡Cuidado! —gritó Dinin de repente, mirando por encima del hombro de Nalfein.

Este se giró buscando la inesperada amenaza, y Dinin le atacó certero, cortándole la columna con su excelente espada.

—Demasiado rápido para que nadie lo note —susurró Dinin, el nuevo primogénito de la Casa Do’Urden.

—¡Nombra al niño! —ordenó la Sacerdotisa Briza, con los dedos alrededor de la empuñadura de la daga ceremonial, cuya punta sostenía sobre el pecho del recién nacido, su medio hermano, quien había sido tendido de espaldas sobre el ídolo araña.

—Drizzt —contestó la exhausta Matrona Malicia—. ¡El niño se llama Drizzt!

Briza comenzó su sagrado cántico para imponerle el nombre al bebé antes de ofrecérselo a Lloth, pero ni Maya, la más joven de las hijas Do’Urden, ni Vierna, la oyeron, ya que ambas estaban conectando con sus hermanos.

Nalfein y Dinin debían saber el nombre de bebé antes de que fuera sacrificado, para que toda la familia pudiera participar en el gran regalo a la Reina Araña.

—«Drizzt» —oyó Vierna a Dinin, en respuesta a su mensaje mágico, y notó una fuerte carga emotiva en él, realmente sorprendente.

Maya no oyó nada de Nalfein, y supo que su mensaje mágico no le había llegado. Sus preparaciones habían sido muy cuidadoras y detalladas; el lazo entre ellos, muy fuerte, pero, sin embargo, nada. Eso solo podía tener una explicación.

—¡Esperad! —gritó, y tanto Briza como Malicia la miraron horrorizadas—. Nalfein ha muerto. El bebé ya no es el tercer hijo vivo.

Mientras comenzaba una discusión entre Maya y Briza, que aún parecía ansiosa por matar al recién nacido, Vierna casi ni las oía, porque, con los ojos fijos en Maya, pensaba en la extraña reacción de Dinin. Quizá algún DeVir hubiera matado a Nalfein, pero ella lo dudaba.

—Detén tu mano —ordenó la Matrona Malicia, con lo que acabó la discusión entre Maya y Briza—. Lloth está satisfecha; hemos alcanzado la victoria. Por tanto, dad la bienvenida a vuestro hermano, el nuevo miembro de la Casa Do’Urden.

«Mi hermano del todo», pensó Vierna, pero se abstuvo bien de decirlo.

Lo cierto era que ni siquiera estaba segura de que Zaknafein fuera su padre; había oído tantos rumores, pero nunca había recibido ninguna confirmación.

Aun así, en ese momento sonreía, ansiosa por ver crecer a su nuevo hermano, Drizzt.