4. La rueda eterna de Menzoberranzan
L A RUEDA ETERNA DE M ENZOBERRANZAN
Dinin estaba de muy mal humor cuando salió del corral de los lagartos en el nivel inferior de la Casa Do’Urden, para dirigirse hacia un lugar bajo el balcón de la capilla.
Su misión, la última antes de la batalla, había tenido éxito.
Había identificado las setas aulladoras sintientes a lo largo de la pared limítrofe de la Casa DeVir y las había marcado mágicamente; luego había ido a ver al Sin Rostro y le había comunicado la secuencia temporal para el asesinato del mago DeVir, Alton, que permanecía en Sorcere.
Después de ese éxito, Dinin había regresado al establo de buen humor, excitado ante la batalla, que sin duda iba a demostrar ser la más trascendente de su vida hasta el momento. Pero ahí dentro, los susurros entre los cuidadores de lagartos habían confirmado sus temores.
Ya se sabía que la Matrona Malicia iba a tener un niño.
El hijo de Zaknafein, el tercer hijo de D’aermon N’a’chezbaernon, y por tanto, el bebé sería ofrecido en sacrificio a Lloth.
Dinin sabía que eso molestaría a Malicia.
Después de su charla con Briza, sabía con seguridad que su madre lamentaría mucho el sacrificio de algo tan valioso, y la conocía lo suficiente para no dudar de que su resentimiento le duraría años, décadas, y se dirigiría principalmente a las dos personas responsables del sacrificio del hijo de Zaknafein: Dinin y Nalfein.
A esto se le unían otros temores, porque sospechaba que Briza no había hablado con él sin que lo supiera su madre. En tal caso, sin duda habría ido también a hablar con Nalfein.
Sí, a eso le encontraba sentido, y le preocupaba.
Si la Matrona Malicia perdiera a Nalfein esa misma noche, el hijo de Zaknafein, casi sin duda un guerrero, crecería bajo la sombra del primogénito Dinin, también un guerrero.
Pero si fuera Dinin el que muriera esa noche, entonces el primogénito sería un mago, y por tanto, no sería rival del segundo hijo guerrero.
Existían tres posibilidades, ninguna de ellas ideal, pero Dinin consideraba que una de ellas era mejor que las otras dos.
Tocó el emblema de su casa y se alzó flotando del suelo; subió sin problemas entre las sombras de las partes expuestas del recinto, pasó al balcón, pisando con mucho cuidado y liberó la magia.
—¿Dónde has estado? —oyó que le preguntaban cuando tan solo acababa de poner un pie en la piedra. Se volvió y vio a Vierna, que se aproximaba—. ¡Has estado ausente mucho rato!
—Tranquila, hermana, tenía mucho que hacer.
—Ya sé lo que tenías que hacer —replicó esta, claramente nerviosa.
—¿Lo sabes? ¿Has marcado alguna vez setas aulladoras, hermana?
No es una tarea fácil. Un paso demasiado cerca y disparan sus alarmas, y sin embargo, tienes que estar lo suficientemente cerca para clavarles las saetas de las ballestas silenciadas en sus gruesos tallos. Y si fallas, ¿adivinas qué pasa?
—No necesito tu sarcasmo, hermano. Ahora no.
Dinin fue a replicarle, seco, pero en vez de eso se inclinó hacia atrás, le echó una mirada a Vierna y decidió concederle el beneficio de la duda.
A fin de cuentas, era su hermana favorita, la más cercana a él en edad y la que no alardeaba de su posición por encima de él como mujer, hija de sangre noble y sacerdotisa de Lloth.
—¿Qué es lo que sabes, Vierna? Dímelo, por favor.
—Será un niño —afirmó ella.
—Eso se susurra ya hasta en los establos —dijo Dinin.
Vierna suspiró profundamente.
—¿Te fastidia porque es tu hermano, tanto de padre como de madre? —preguntó Dinin, sin intención de molestar a Vierna—. ¿O es la idea de lo que debe hacerse, quizá de lo que la Matrona Malicia te haga hacer personalmente?
—La Suma Sacerdotisa Briza blandirá la daga —repuso Vierna rápidamente, pero la velocidad de sus palabras no podía ocultar su incomodidad.
Dinin no se rio, pero no pudo evitar una sonrisita.
Siempre había sabido que el corazón de Vierna era más tierno que el de la típica mujer drow, y sin duda, mucho más que el de la típica sacerdotisa drow.
Recordó los comentarios de Briza sobre Vierna.
Sí, ¿cómo la poderosa y cruel Briza podía temer perder su posición como heredera de la Madre Malicia ante la débil Vierna?
¿Acaso la compasiva Vierna llegaría a tener el temperamento necesario para que la nombraran Suma Sacerdotisa?
—Ocupa tu puesto —le dijo a Vierna, y recordó que en esos momentos tenía que ser amable con ella, ya que era la designada para enviar mensajes mágicos durante la lucha—. Debo informar y reunir a mi grupo de combate.
Vierna respiró hondo de nuevo, asintió someramente y se fue; pasó bajo el arco y siguió por el pasillo central de la casa.
Dinin le dio unos segundos de ventaja, y luego comenzó a andar con seguridad.
Recorrió el pasillo hasta la ornamentada puerta de latón que daba a la antecámara de la capilla de la casa, la sala de audiencias de las sacerdotisas.
Y esa noche la sala de guerra de la Casa Do’Urden.
Poco después de haber informado a la Matrona Malicia y a las demás, Dinin condujo a su columna por el exterior de la Casa Do’Urden: sesenta soldados drow, seguidos de cerca por cien luchadores goblinoides.
Mientras los torpes humanoides se esperaban a una distancia segura, el grupo de drow se colocó en posición.
No tardaron en llegar otros grupos de guerra, y mientras se comunicaban por toda la línea con el silencioso código de señas con las manos, las sacerdotisas plebeyas fueron colocándose en sus puestos y buscaron su señal, las que Dinin había marcado en las alarmas aulladoras.
Fueron pasando los minutos, que al ansioso Dinin le parecieron horas.
Finalmente, las sacerdotisas que se hallaban en el campo de batalla, comenzaron a moverse, y avanzaron para lanzar sus conjuros de protección; actuaron todas a la vez, como si hubieran recibido la confirmación de que había llegado el momento.
Las olas de magia fueron bañando la fila de los Do’Urden, preparándolos, protegiéndolos y silenciándolos.
Dinin se apresuró a salir, y alzó una lámina de metal brillante junto con una diminuta fuente de luz mágica, literalmente un pequeño conjuro colocado en la base interior de una aguja hueca.
Hizo destellar tres veces el objeto para enviar la señal a su hermano y a Rizzen, el patrono de la casa, y sus respectivos grupos de guerra.
Luego, Dinin lo agitó en el aire, y su propio grupo vio la señal y avanzó, disparando con las ballestas de mano a las setas aulladoras marcadas; cada una lanzaba una saeta encantada por las sacerdotisas con un silencio mágico.
Los guerreros drow llegaron en silencio hasta el muro y sobre el muro, con Dinin por delante.
Fue el primero en encontrarse con un centinela DeVir.
Este desenvainó la espada y le dio una estocada a Dinin al cruzar el muro, pero esa hoja ni llegó a acercarse al excelente guerrero, ya que la espada de Dinin, muy superior a la otra, avanzó rápidamente para bloquearla, y luego responder con una estocada que hizo que el guerrero DeVir tuviera que girarse de lado para esquivarla.
Dinin corrió a colocarse entre el hombre y el parapeto. Fue girando al hacerlo y, aunque le dio la espalda al centinela, envió la espada izquierda hacia atrás para bloquear el revés del DeVir cuando este también se giró.
La segunda espada del DeVir fue hacia el agazapado Dinin, y casi llegó a su objetivo.
Pero este empleó una táctica contundente: se apoyó en el parapeto de piedra y le lanzó una patada doble, un movimiento inesperado en un ágil espadachín drow.
Uno que Zaknafein —quien no tenía igual entre los drow cuando se trataba de estilos de lucha poco ortodoxos—, había enseñado a unos pocos elegidos.
Ambos pies aterrizaron, y el guerrero DeVir salió volando por encima del borde, y fue cayendo los siete metros hasta el suelo del patio.
Dinin saltó tras él, cayó rápido y solo empleó la levitación al final para minimizar el aterrizaje.
El otro drow, que rodó para absorber parte del daño del impacto, se puso en pie inseguro y con cuidado, apoyándose en una pierna herida.
Aprovechando esa falta de equilibro, Dinin lo superó, y lo alcanzó con una serie de estocadas y cortes rápidos y brutales.
El guerrero DeVir luchó bien. Consiguió bloquear la mitad de los golpes de Dinin.
Mientras el guerreo caía, varios destellos repentinos hicieron volverse a Dinin hacia la izquierda, a tiempo de ver cómo la puerta principal de la Casa DeVir giraba hacia dentro, humeando y chispeando por la descarga de los rayos Do’Urden, y luego estallaron sus propias explosiones, con rayos, bolas de fuego e, incluso, una tormenta de hielo, cuando los glifos y las protecciones DeVir actuaron.
Esa descarga mágica divirtió a Dinin, porque nada hacía ruido. Las sacerdotisas Do’Urden habían trabajado muy bien.
Otros soldados Do’Urden bajaron junto al noble segundón.
Los goblins y los osgos entraron corriendo por la puerta rota y fueron cargando por todo el complejo.
El asalto inicial había sido tan rápido y silencioso que el grueso de las fuerzas DeVir ni siquiera se habían levantado para resistir el ataque.
Dinin sabía que eso era crucial, y la convicción en su éxito aumentó en gran medida, porque la Casa DeVir podía poner muchos más guerreros en el campo de los que la Casa Do’Urden podía reunir, y ese era el terreno de los DeVir, donde se hallaban sus nobles sacerdotisas y su matrona.
Dinin emitió la señal para que sus fuerzas siguieran presionando, rápido y con fuerza.
—¡N O LOS DEJÉIS RESPIRAR ! ¡N O LOS DEJÉIS QUE FORMEN NINGUNA DEFENSA ! —signaba con los dedos a los que tenía alrededor, quienes rápidamente repetían el mensaje por toda la línea.
Aun así, Dinin sabía que eso no sería suficiente. Ni de lejos.
—Vamos —masculló inútilmente en el silencio. De nuevo, cada segundo fue como una hora.