Implacable (Generations 3) 3. Semillas #2
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3. Semillas #2

—¿Cómo has dejado que pasara eso? —continuó Zak—. Tontamente, has intentado atacarle en vez de salir de la nube por detrás. Podrías haber logrado que agotara sus capacidades mágicas, pero te ha podido la impaciencia. Te he enseñado mejor que eso. ¿Estabas pensado en impresionarme?

—He hecho una suposición incorrecta —se defendió un Dinin aún alterado.

—¡No deberías haber supuesto nada! ¡Es un mago!

—Un mago mediocre.

—Que te ha derrotado.

—¡No es justo poner a un guerrero de a pie en un campo abierto contra un lanzador de conjuros que puede atacar a distancia!

—Cierto —aceptó Zaknafein, con una voz cargada de sarcasmo—. ¿Qué guerrero podría superar tal desafío?

—Eso no es… —farfulló Dinin—. Tú eres…

—Soy el maestro de armas de la Casa Do’Urden —concluyó Zaknafein—.

Mi deber es mantenerte vivo y prepararte para toda eventualidad.

Lo he hecho, pero tú has fracasado aquí, miserablemente.

En una lucha entre casas, ya estarías muerto, y yo tendría que soportar la ira de la Matrona Malicia por culpa de tu impaciencia y tu estupidez.

—Soy un noble de la casa —rugió Dinin—. Hijo de una matrona.

—Y uno que se enfada rápido, ya veo —se burló Zak, y su espada subió de golpe y le tocó a Dinin por debajo de la barbilla.

El rabioso Dinin se echó hacia atrás, y luego hacia delante, con las espadas ya en las manos, en un ataque repentino y brutal para hacerle pagar por el insulto.

Su espada izquierda lanzó una estocada directa y fue fácilmente bloqueada por la espada de Zak, ya levantada.

Sin embargo, era solo una finta, porque la espada derecha de Dinin barrió por debajo de las espadas curvas, un movimiento hábil ejecutado con una precisión, un equilibrio y una fuerza impresionantes.

Pero la espada derecha de Zaknafein se alzó horizontalmente para empujar esa punzante hoja, mientras inclinaba en diagonal la otra, de modo que la espada de Dinin quedó atrapada entre esa y la que quedaba por debajo.

Zaknafein alzó los brazos y, con ellos, las espadas de Dinin, que tuvo que ponerse de puntillas.

Zaknafein se acercó más, inclinó la cabeza hacia delante e impactó con la frente en la nariz de Dinin.

Mientras el guerrero más joven retrocedía un paso, Zaknafein se abalanzó, aun manteniendo los brazos y las espadas en alto, y soltó su espada izquierda, que se quedó colgando de la trampa de espadas.

El maestro de armas avanzó el pie izquierdo hacia la derecha y adelante, luego se lo enlazó por detrás a su oponente, mientras con la mano izquierda golpeaba a Dinin en el pecho y lo hacía caer hacia atrás.

Dinin no se resistió; desenganchó sus espadas de las de Zaknafein mientras caía suavemente, y daba una perfecta voltereta hacia atrás hasta quedar en pie en posición de defensa, con las armas preparadas contra el avance de Zaknafein.

Pero Zaknafein ya no estaba ahí.

La espada del maestro de armas repicó al caer desde lo alto, porque Zaknafein la había soltado y esta había salido rodando hacia arriba con el movimiento que había hecho Dinin para destrabar las suyas.

Solo cuando la espada dio contra el suelo, con un agudo sonido que pareció una señal, Dinin bajó sus armas.

Lo supo.

Claro que lo supo.

Zaknafein había imitado sus movimientos y estaba detrás de él, y con la espada que le quedaba golpeó con fuerza al joven Do’Urden en la coronilla.

—Aprende —susurró Zaknafein a Dinin al oído, y dejó a su derrotado oponente allí, agachado y dolorido—. Y guarda esas espadas y arregla la sala —añadió Zaknafein mientras se alejaba y tiraba al suelo la espada de práctica que le quedaba.

—¡Me humillas! —le gritó Dinin, en tono amenazador.

—Te humillas tú solo —replicó Zaknafein—. Yo solo soy un espejo. La fealdad de tus debilidades es solo tuya.

—Eso sería una pena —se atrevió a replicar Briza, tristemente, y sintió la fría mirada de la Matrona Malicia en cuanto hubo acabado la frase. Pensó que era tonta, peligrosamente tonta, y de repente, se sintió vulnerable.

—¿Una pena?

—El sacrificio —balbució Briza. Comprendió que debería haberlo dejado pasar y permitir que su madre expresara sus temores sin darles ninguna credibilidad.

Malicia solo había mencionado la posibilidad de que su bebé, el vástago de Zaknafein, fuera un niño al comentar que eso no podría pasar, que Lloth nunca lo permitiría.

—Pero eso no pasará —repitió Malicia, marcando cada palabra—. La Reina Araña no lo consentirá.

—Claro, matrona. Eso no puede ser.

—Entonces, ¿por qué tanta tristeza en tu voz?

—Porque desearía que pudiera ser —soltó Briza, casi sin pensarlo. Solo trataba de decir algo, lo que fuera, que calmara a su muy preñada madre.

—¿Lo desearías? —replicó Malicia, con los ojos destellando de furia— ¿Qué sacerdotisa desearía que fuera un simple niño?

Briza calló un momento, insegura.

—El hijo de Zaknafein —decidió contestar—. Zaknafein es solo un hombre, cierto, pero ha aportado grandes beneficios a la Casa Do’Urden. ¿Qué podría…?

Malicia se dejó caer sobre el respaldo de la silla y lanzó una sonora carcajada; Briza respiró.

—Grandes beneficios y grandes placeres —admitió la matrona—.

Sí, hija, y cualquier vástago de Zaknafein, sea niño o niña, podría ser un beneficio para la Casa Do’Urden, pero no puede ser cualquiera, ¿no?

Sobre todo, debemos conservar el favor de la Reina Araña, especialmente ahora que le he pedido ese gran pico de poder divino con el que castigar a la Matrona Ginafae por su herejía.

»Sabemos lo que se necesita para logar eso —continuó Malicia—. O lo que sería necesario si este vástago de Zaknafein fuera del género inferior. ¿Qué más podemos hacer? Ya he tenido dos hijos, y ambos continúan vivos. Las leyes de Lloth no pueden cuestionarse.

Briza asintió y mantuvo la cabeza gacha, con la mirada clavada en el suelo.

Poco después, dejó a su madre, maravillada del liderazgo de Malicia. La matrona no le había pedido que hiciera nada, sin embargo, entendía perfectamente lo que deseaba su madre.

Y Briza tenía una idea de cómo podría concederle ese deseo.

Encontró a su hermano en el balcón delantero de la Casa Do’Urden, con vistas a la ciudad, desde lo alto.

La casa estaba construida en la pared occidental de la caverna que contenía Menzoberranzan, y ese balcón y el de la capilla ofrecían una gran vista de la ciudad iluminada mágicamente, con las estalactitas y las estalagmitas que parecían bailar bajo las llamas de colores del fuego feérico, y con Narbondel, el gigantesco pilar que marcaba el tiempo, reluciendo suavemente en la distancia.

Esos balcones eran también el único camino para entrar en el segundo piso de la casa, y proporcionaban cierta protección contra las tropas de choque plebeyas, empleadas por la mayoría de las casas drow, que no podían levitar.

Aunque su hermano tenía la cabeza cubierta con la capucha de su piwafwi , al acercarse, Briza notó su arisca expresión.

El gesto del mentón lo delataba mientras permanecía apoyado en la barandilla, contemplando la ciudad.

Y cuando él se volvió para mirarla, también se fijó en que tenía la cabeza envuelta en una venda.

—¿Eso te lo ha hecho Nalfein? —le pregunto, tanto en un tono de sorpresa y de cierta burla.

—Zaknafein.

—Creía que hoy estabas practicando con Nalfein, para prepararte.

—Después de esa pelea, el maestro de armas tenía unas cuantas lecciones que ofrecernos a los dos—contestó Dinin, casi escupiendo las palabras.

—Sí, ya he notado que, últimamente, está de un humor de perros —repuso Briza, mientras se apoyaba en la balconada junto a él y dirigía la mirada a la ciudad—. Es de esperar, claro.