3. Semillas
S EMILLAS
Dinin Do’Urden salió de la nube de hedor conjurada con la visión borrosa, los ojos que le ardían y la garganta llena de bilis y mocos.
Inmediatamente, mientras ejecutaba una segunda voltereta que lo sacaba del todo de la nube y comenzaba a incorporarse, se dio cuenta de que había elegido salir por el ángulo equivocado.
Una telaraña mágica, pegajosa y fuerte, lo agarró cuando fue a ponerse en pie.
Nalfein había lanzado su segundo encantamiento a la izquierda de la nube, y Dinin se lo había esperado a la derecha.
Trató de liberase; se volvió un poco y dio un tajo con sus espadas drow; pero esas eran espadas romas de entrenamiento y no las afiladas armas mágicas que el guerrero drow solía llevar.
Dinin se volvió para enfrentarse a su adversario y tiró con fuerza de los obstinados hilos de la telaraña; le pareció que estaba logrando algo y confió en soltarse.
Pero se dio cuenta de que no sería a tiempo, porque Nalfein ya agitaba los dedos para lanzar el siguiente conjuro, un rayo que saltó para golpear al pobre Dinin y lo lanzó para atrás. Las telarañas a su espalda se quemaron, con lo que, al menos, dejó de estar atrapado.
Pero el rayo le había picado con fuerza, y aunque trató de mantener los músculos funcionando y que obedecieran sus órdenes, pero estos, o al menos algunos de ellos, parecieron adquirir voluntad propia.
Le temblaban las piernas y un paso hacia delante se convirtió en un resbalón hacia un lado, y el pobre Dinin se vio en el suelo de nuevo, girando descontrolado durante unos instantes, mientras hacía todo lo que podía para que no se le cayeran las espadas.
Poco a poco fue recuperando el control, aunque notó sabor a sangre en la boca por el daño que le habían hecho sus propios dientes al castañetear; finalmente consiguió ponerse de pie.
Y ahí estaba Nalfein, con un nuevo conjuro a punto para lanzarle.
—¡Ríndete! —ordenó Zaknafein desde un lado—. Esta pelea ha acabado.
Nalfein le ofreció una fea sonrisa, que dolió por dentro al orgulloso Dinin.
Él no había buscado esa pelea, pero su hermana Briza, la más poderosa de todas las Do’Urden, lo había incitado.
Lo había estado aguijoneando hasta tal punto que negarse le hubiera resultado incluso más vergonzoso que la derrota.
—Y tenemos un ganador —anunció Zaknafein; Nalfein cruzó los brazos sobre el pecho, en un gesto desdén y superioridad—. Esta vez —añadió Zaknafein—, y añadiré, por casualidad.
La sonrisita desdeñosa de Nalfein se convirtió en un ceño fruncido.
—Le he alcanzado tres veces antes de que pudiera ni acercarse a mí. Lo he tenido ahogándose, atrapado e indefenso, y el último ataque, el rayo, podría haber sido fatal si esto fuera una auténtica lucha y no un entrenamiento.
—Supusiste correctamente dónde lanzar la telaraña —admitió Zaknafein—. Pero si Dinin hubiera salido por el otro lado de tu nube de hedor…
—Aún habría tenido que enfrentarse al rayo —replicó Nalfein.
—Pero sin el impedimento de la telaraña, por lo que podía haber esquivado su impacto, y entonces, ¿dónde estaría Nalfein?
—Si crees que he empleado todos mis trucos, maestro de armas, entonces estás muy equivocado.
Zaknafein se encogió de hombros y lo dejó estar, pero Dinin no.
—Es un desafío ridículo, para empezar —discutió—. Un mago ataca de lejos, un guerrero de cerca. ¿Cómo puede un guerrero ganar cuando el mago conoce el campo de batalla y puede atacar de lejos?
—Decidiste aceptar esta pelea —le recordó Zaknafein—. No la organicé yo, ni te recomendé que la aceptaras.
—Mi hermano tiene razón —intervino Nalfein—. En una pelea limpia, un simple guerrero no tiene ninguna oportunidad ante un mago.
En cuando hubo pronunciado esas palabras la textura del propio aire pareció cambiar. Nalfein calló de golpe, y Dinin se quedó totalmente en silencio, mirando con los ojos como platos a Zaknafein y a Nalfein.
Durante algunos instantes, Zaknafein se limitó a sonreír. Luego hizo un gesto a Dinin para que se apartara, fue hasta al estante de las armas frente a Nalfein y empuñó un par de espadas, que blandió sin esfuerzo para comprobar su equilibrio.
—¿Qué es esto? —preguntó Nalfein.
—Esto es un desafío para que retires tus últimas palabras, naturalmente.
—Ya he usado mis conjuros.
—Eres el hijo noble de una poderosa familia, un graduado de Sorcere y también tienes entrenamiento en las artes marciales. Claro que te quedan muchos conjuros.
—No… no quiero otro desafío hoy.
—Pero te has topado con uno, Nalfein. Porque ahora tengo curiosidad. Soy un simple guerrero, después de todo, y tú un mago. Si tu afirmación demuestra ser correcta, quizá me olvide de mis espadas y me vaya a estudiar a Sorcere.
En un lado de la sala, cerca de la telaraña y la nube apestosa, que se estaban disipando, Dinin soltó una risita.
—¿Estás listo? —preguntó Zaknafein.
—No —respondió Nalfein.
—Sí —replicó Zaknafein—. Prepárate. Puedes atacar primero.
Nalfein miró alrededor, luego cerró los ojos un instante, sin duda formulando una serie de conjuros que lanzar a toda prisa sobre ese formidable enemigo. De repente, comenzó a mover los brazos y a salmodiar sus palabras arcanas.
Zaknafein, fiel a su palabra, no se movió y permaneció tranquilamente a unos trece metros de distancia.
Una llamita apareció sobre la mano de Nalfein. La arrojó hacia Zaknafein, e inmediatamente comenzó a lanzar su segundo conjuro.
Dinin tragó saliva, asustado. ¡Una bola de fuego! ¡En una sala de la Casa Do’Urden, Nalfein había arrojado una bola de fuego!
Zaknafein saltó hacia arriba y hacia atrás, girando al elevarse, y elevarse, y elevarse, ¡de un modo increíble!
Porque, al alzarse del suelo, había invocado sus poderes innatos de drow y el emblema de su casa para realizar un conjuro de levitación.
Estaba a más de cuatro metros de altura cuando la llamita cayó y estalló formando una magnífica bola de fuego; pero cuando las llamas se apagaron, ahí seguía Zaknafein, agazapado en el rincón donde la pared curvada de la sala de entrenamiento se unía al techo, muy bien envuelto en su capa piwafwi mágica.
Quizá las llamas le hubieran alcanzado y mordido, pero en ese caso, apenas parecía herido mientras se desplegaba, giraba y apoyaba los pies contra esa esquina, con su levitación mágica aún activa.
Dio una patada a la pared y planeó hacia abajo, alejándose de Nalfein.
Una vez más echó mano a sus poderes de drow, a la magia que las emanaciones de la Faerzress otorgaban a esa raza, y le colocó a Nalfein un globo de oscuridad ante los pies.
Cuando el poder de levitación de Zaknafein se agotó, Dinin tragó saliva de nuevo al ver la manera en que se dejaba caer en un ángulo perfecto y se agazapaba para dar una voltereta al tocar el suelo; la voltereta lo impulsó con tanta fuerza al levantarse que saltó de nuevo, alejándose, y tan arriba, que pasó por encima del globo de oscuridad de tres metros de alto.
Un rayo atravesó el centro de ese globo bajo él, sin dañarle.
Y el hábil Zaknafein ya había tocado suavemente tierra de nuevo, al otro lado del globo de oscuridad, y se incorporaba y corría hacia delante con una velocidad y una precisión asombrosas.
Nalfein lanzó un tajo horizontal con su espada de práctica para parar al maestro de armas; alzó la mano, con los dedos arqueados por la energía del rayo.
Pero esa bofetada eléctrica no llegó a Zaknafein, que se deslizó sobre las rodillas, inclinándose hacia atrás bajo el arco de la espada y el alcance de esos dedos que crepitaban cargados de rayos.
Zak con la espada izquierda le lanzó un tajo del revés por abajo, y Nalfein tuvo que saltar rápidamente de lado para que esta no le hiciera caer. Justo detrás fue la espada derecha de Zak, a la misma altura, pero en un arco más amplio, y Nalfein solo pudo esquivarla trastabillando hacia atrás.
Zaknafein dejó que las espadas continuaran girando y empleó ese impulso para saltar en pie y lanzarse hacia delante.
La mano electrizada de Nalfein fue hacia él, pero la espada de Zak fue más rápida, y golpeó al mago en el dorso de la mano con la fuerza suficiente para arrancarle un grito de dolor.
Retrocedió Nalfein; avanzó Zaknafein, haciendo rodar las espadas gemelas hacia afuera y por abajo, y luego lanzó dos estocadas simétricas cuando Nalfein intentó salir corriendo de la sala en retirada.
Las puntas romas de las espadas alcanzaron al mago por debajo de las axilas, y Zaknafein alzó al pobre Nalfein en el aire y, en dos zancadas, lo estrelló contra la pared de la sala de entrenamiento.
Y ahí lo sujetó Zak, frunciendo el ceño.
—Si quieres alardear así sobre la superioridad de las sacerdotisas, tendré que aceptarlo —admitió Zaknafein—.
Pero hablas de las profesiones que ocupamos sobre todo nosotros, los simples varones de Menzoberranzan, y eso, cuando solo somos hombres, no lo permitiré.
¿Un simple guerrero, Nalfein? Si te arranco el corazón y te lo pongo ante los ojos, aún palpitante, ¿admitirías que esa afirmación es errónea?
—Zaknafein —dijo Nalfein, con una mueca de dolor.
—¿Lo harás?
—¡Soy el primogénito de la Casa Do’Urden! —consiguió gruñir Nalfein.
—Y yo soy un asesino con muy poco que perder —replicó Zaknafein—. ¿Vas a admitirlo?
—Estaba… equivocado —reconoció Nalfein, y Zaknafein fue girando una espada con cada forzada palabra.
Luego se retiró y Nalfein cayó al suelo.
—Nos apoyamos unos a otros contra ellas —le dijo Zaknafein y se volvió para incluir también a Dinin—. Nosotros, los hombres, los inferiores. Ya tenemos suficientes enemigas en la Ciudad de las Arañas para tener que pelearnos entre nosotros.
Nalfein no respondió; tan solo se metió las manos bajo las doloridas axilas, se apartó y salió corriendo de la habitación.
—Probablemente irá a ver a la Matrona Malicia para llorarle por cómo lo has tratado —aventuró Dinin mientras se acercaba a él.
Zak también lo miró con el ceño fruncido.
—Te ha derrotado a ti —le recordó el maestro de armas.
Dinin se detuvo y lo miró con dureza.