2. Prescindible #3
—No nos interesan las guerras entre casas —indicó Kimmuriel, como esperaba Jarlaxle.
Sin duda, dada su historia, era cierto. Era un momento extraño en Menzoberranzan, ya que tanto la segunda como la tercera casa habían ascendido con mucha rapidez (y sin duda ninguna tan rápido como la Casa Barrison Del’Armgo) y con un mínimo de batallas en el camino.
A diferencia de la Do’Urden y de la mayoría de las casas que ascendían, esas dos no habían tenido que arañar su camino de batalla en batalla.
Cuando la Casa Barrison Del’Armgo reveló finalmente su poder, había resultado evidente que solo la Casa Baenre era superior, y que sería necesario que dos, o probablemente tres, de las otras casas mayores combinaran sus fuerzas para tener alguna oportunidad contra ella.
En el caso de los Oblodra, se les había dado el estatus que había pedido la Matrona K’yorl simplemente porque nadie tenía el menor deseo de batallar contra ellos.
Su psiónica ponía extraordinariamente nerviosas a las sacerdotisas llothianas.
K’yorl había pedido un alto puesto en el Consejo Regente, y le habían dado el tercero en la jerarquía, con la Madre Matrona Baenre y la Matrona Mez’Barris las primeras en votarlo.
Jarlaxle sabía que se trataba de un trato secreto, aunque, sin duda, no lo respetarían para siempre. K’yorl se conformaría con el tercer puesto, y las dos casas mayores se alegrarían de tener ese extraño amortiguador entre ellas y el resto.
Pero en esos momentos, la Casa DeVir podría haber mandado al traste todo eso, y por tanto, Jarlaxle creía que la Matrona Mez’Barris se lavaría las manos con respecto a ella.
No iba a arriesgar su ansiado asiento justo por debajo de la Casa Baenre por una casa como la DeVir, que además ya estaba en un lugar por encima del que se merecía.
—¿Acaso tu hermano sabe que el objetivo era él? —preguntó Jarlaxle.
—No es mi hermano —replicó el impasible Kimmuriel; y técnicamente, era cierto, porque Kimmuriel no era hijo de la Matrona K’yorl.
Sin embargo, había sido acogido por esa noble familia como un hijo, debido a su extraordinaria inteligencia y a sus crecientes proezas en el arte de la magia de la mente.
—Hazaufein es un hijo noble de la Casa Oblodra, al igual que Kimmuriel.
—Si de la Matrona K’yorl se rumoreara que es el padre, en vez de ser la madre evidente, nadie creería que madre e hijo fueran del mismo linaje.
Jarlaxle soltó una carcajada; sabía que eso era lo más parecido a un chiste que le oiría nunca a su desapasionado compañero.
—Y ahora ya le ves sentido a todo —añadió Kimmuriel, con lo que a Jarlaxle le pareció astucia—. La Madre Matrona Baenre está satisfecha, la Matrona Mez’Barris temerosa. Alguna casa acabará con la Casa DeVir, y la incipiente alianza de esta casa con esta matrona tendrá un rápido final.
Jarlaxle soltó una risita, pero no contestó. Pensó —no por primera vez y seguro que tampoco por última—, que estaría encantado de contar algún día con Kimmuriel como un miembro pleno de Bregan D’aerthe, comprometido solo con la banda y no con la peligrosa Matrona K’yorl.
—¿Y cómo sabes todo eso? —preguntó.
Kimmuriel arqueó una fina ceja blanca.
—Sé muchas cosas.
Y Jarlaxle no lo dudó. Los interrogatorios nunca iban tan bien como cuando se empleaba la posesión mental. Kimmuriel podía introducir su pensamiento en la mente de cualquier otro intelecto más débil con la facilidad de una larga práctica.
Esa inquietante idea hizo que Jarlaxle se ajustara el parche del ojo, igual que había hecho la noche anterior cuando hablaba con Hazaufein.
«Esta manía me va a delatar», pensó, y se prometió tratar de no tocarse el parche cada vez que se hablaba de psiónica.
—¿Qué más sabes?
Kimmuriel le miró sin parpadear.
—¿El Sin Rostro? —insistió Jarlaxle.
—La magia del parto —repuso Kimmuriel.
—Deberías mostrar más respeto. Es muy poderosa.
Kimmuriel soltó un pequeño bufido burlón, lo que rara vez ocurría.
—Supongo que es lo más cercano a la magia de la mente a lo que pueden llegar los magos normales y las sacerdotisas.
«Ah, sí. La soberbia de los Oblodra», pensó Jarlaxle, pero no lo dijo.
—Allá tú si la subestimas —fue lo que dijo.
Kimmuriel se burló de nuevo.
—Entonces, te pregunto, si estáis tan seguros de todo, ¿por qué los Oblodra, o los Odran, o cualquiera que sea el nombre que le dais ahora a vuestra casa, no estáis sentados en lo más alto del Consejo Regente?
—¿Alguna vez has visto una carrera de lagartos?
¿Adónde quería ir a parar con eso?
—He apostado más de lo que hay en la tesorería de la Casa Oblodra en esos juegos.
—Cuando corren por los túneles altos, donde el aire no está quieto, el jinete más listo mantiene su montura justo detrás del que va en cabeza —explicó Kimmuriel—. Le deja todo el trabajo de parar el viento hasta que llega el momento de pasarle.
—La Madre Matrona Baenre me pagaría muy bien por esa información —repuso Jarlaxle, astutamente.
—Lo haría, pero tú no se lo dirás.
Eso fastidió a Jarlaxle, sobre todo porque sabía que Kimmuriel tenía razón.