Implacable (Generations 3) 2. Prescindible #2
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2. Prescindible #2

Dab’nay contestó con un ligero asentimiento, que pareció más un gesto de incomprensión.

Jarlaxle dejó el tema, aunque normalmente no era algo de lo que no hablaran entre ellos.

Ambos comprendían la anomalía de ese momento: Dab’nay había abandonado todas las estructuras de casa o iglesia.

Había hablado mal de Lloth abiertamente.

No había nada en su vida que indicara algún tipo de lealtad hacia Lloth o a la portavoz de la Reina Araña en el plano material: la Madre Matrona Baenre.

Sin embargo, seguía recibiendo sus conjuros, incluso los más poderosos, que requerían cierto beneplácito de las sirvientas sobrenaturales de Lloth.

Jarlaxle había llegado a la conclusión de que Dab’nay era un instrumento del caos.

Eso le gustaba a Lloth, incluso si al instrumento no le gustaba mucho ella.

De un modo extraño, eso hizo que Jarlaxle sintiera un poco más de respeto por la Reina Araña.

Al parecer, podía dejar de lado su propio ego y permitir a Dab’nay hacer su trabajo, incluso si no lo hacía en su nombre.

El pragmatismo siempre impresionaba a Jarlaxle.

Y sin embargo, aun así, Dab’nay no traicionaría esa información en concreto.

El segundo mensaje de Jarlaxle tuvo su respuesta en ese momento, cuando otro drow se les unió en la mesa. El hombre, excepcionalmente delgado y no muy alto, casi parecía un niño con un camisón estampado en vez de un mago ataviado con la túnica de rigor.

Jarlaxle sabía perfectamente no que debía dejarse engañar por las apariencias.

—Bienvenido, Hazaufein —dijo—. Creo que conoces a mi amiga.

—Sacerdotisa Dab’nay —repuso el hombre a modo de saludo.

—Me alegra que hayas podido unirte a nosotros —afirmó Jarlaxle.

—Una afortunada coincidencia, nada más —contestó el hombre—. No esperaba tener noticias tuyas.

—¿Cómo sigue la Matrona K’yorl? —Jarlaxle miró de reojo a Dab’nay al hacer esa pregunta, esperando que se sorprendiera. Y, de hecho, ella estaba mirando al recién llegado con más curiosidad.

¡Claro que sí! Porque la Matrona K’yorl Odran era la matriarca de la Casa Oblodra, la tercera de la ciudad, y la más extraña e inquietante.

Los Odran, u Oblodra, obtenían su poder de la psiónica, la extraña magia de la mente.

Eran los terceros en la jerarquía, pero nadie sabía realmente lo poderosa que podía ser esa familia, ya que la magia de la mente era muy poco convencional y no totalmente comprendida.

—Tan mala como siempre —contestó Hazaufein.

—¿Cómo es que conoces a la Matrona K’yorl? —preguntó Dab’nay, y Hazaufein le miró sorprendido.

—Soy su primogénito —respondió.

—¿Nunca te han presentado formalmente a Hazaufein Oblodra? —inquirió Jarlaxle; ya sabía la respuesta, pero quería ver su reacción.

—Pero eres… —comenzó Dab’nay, y se volvió hacia Jarlaxle—. Pero si es un mago. Estudiaba en Sorcere cuando yo me gradué en Arach-Tinilith.

—Es cierto —admitió Hazaufein—. No todos los nobles de mi casa son expertos en la magia de la mente. Y una magia más tradicional sirve como un buen complemento.

—Y aleja los ojos de K’yorl de la Casa Oblodra —añadió Jarlaxle.

—No es que lo necesite —replicó Hazaufein, con sequedad—. Puede colocarse en los ojos de quien quiera, y cuando quiera.

Que le recordara eso, hizo que Jarlaxle se removiera en su asiento y luego se ajustara el parche del ojo, simplemente para tocar ese objeto mágico, que lo protegía del tipo de posesión a la que Hazaufein acababa de aludir.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó Hazaufein, con impaciencia.

—Solo tengo curiosidad por saber si has oído algún rumor. ¿De una guerra, quizá?

—¿Y por qué iba a ser tan estúpido como para hablar abiertamente de algo así?

—Porque valoras mi amistad —contestó Jarlaxle—. Deseas que te concedan el título de sabio en Sorcere. Y yo quizá podría de ayudarte con eso.

—¿Cuál es el precio?

—Solo la respuesta a mi pregunta.

—Hay rumores de que una banda de pícaros está tratando de establecer una casa menor, quizá derrotando a la última casa de la ciudad —respondió Hazaufein, después de pensárselo un momento.

—Ese rumor es de hace diez semanas, o más, y fui yo quien lo empezó —fue la seca respuesta—. Hablo de la Casa DeVir.

—Entonces, hablas solo —aseguró Hazaufein con firmeza.

—Ese nombre te enfada.

—La Casa DeVir es la cuarta casa. La Casa Oblodra la tercera. Rumores como ese son muy peligrosos.

—Y más aún porque la Casa DeVir se ha aliado en secreto con la Casa Barrison Del’Armgo —añadió Jarlaxle, arriesgándose con una corazonada.

—Nadie se alía con la Matrona Mez’Barris Armgo —respondió el mago Oblodra de un modo muy poco convincente.

En el incómodo silencio que se dio a continuación, Jarlaxle se fijó en que Hazaufein ni siquiera le preguntaba qué rumores había oído sobre la Casa DeVir, rumores que, sin duda, afectaban a la Casa Oblodra.

Para Jarlaxle, esa pregunta no formulada podría ser la información más importante.

—¿Alguna cosa más? —inquirió Hazaufein.

Jarlaxle negó con la cabeza.

—Espero mi pago.

—Claro. Hablaré con el archimago Gromph —le aseguró Jarlaxle.

Hazaufein se levantó de golpe y se marchó de la taberna.

Jarlaxle le observó mientras partía; luego se giró y se encontró con Dab’nay mirándolo fijamente y negando con la cabeza, claramente confusa.

—¿Qué? —preguntó ella—. ¿Qué es lo que acabo de ver?

—DeVir se está preparando —le dijo Jarlaxle.

—Creía que era Do’Urden la que estaba preparándose.

—Así es, pero solo porque la Casa DeVir ha hecho algo que ha alterado el estatus de la Matrona Ginafae DeVir ante la Reina Araña.

—¿Crees que pretende ir contra la Casa Oblodra? ¿No complacería eso a Lloth, ya que la matrona K’yorl no es nada devota?

—Sí, eso podría parecer —contestó Jarlaxle, y esbozó una sonrisa cuando comenzó a ver las cosas claras.

Sí, DeVir había pretendido ir contra la Casa Oblodra, pero algo la había detenido.

A la Matrona Ginafae no se le habría ocurrido ir en contra de la tercera casa, extraña y peligrosa, sin el beneplácito de la Madre Matrona Baenre o de Mez’Barris Armgo, la impredecible matrona de la audaz segunda casa en la jerarquía.

El mercenario decidió que tenía que haber sido Barrison Del’Armgo, ya que eso explicaría por qué la Madre Matrona Baenre se había tomado más que un interés pasajero en esa lucha inesperada, y por qué había permitido la intervención del Sin Rostro con el conjuro del parto, esa magia tan rara y ambicionada.

Seguramente, la Madre Matrona Baenre ni siquiera pensaba que eso tenía que ver con la Casa DeVir, sino que se trataba de una advertencia para todas otras las casas que pudieran pensar en aliarse con la ambiciosa y salvaje familia Armgo.

—¿Jarlaxle? —llamó Dab’nay, y él se dio cuenta de que no era la primera vez.

—La Matrona Ginafae DeVir ha perdido el favor de la Reina Araña, o lo perderá pronto —contestó Jarlaxle—. Descubre por qué.

—Un simple varón no debería estar hablando así del favor o el desfavor de Lloth en lo referente a las matronas —soltó Dab’nay.

—¿Simple? —preguntó Jarlaxle con una sonrisa irónica—. Claro, sí, estaría de acuerdo contigo en lo de que ningún simple varón debería hablar de esas cosas. ¿Tengo que pedírtelo de nuevo?

Su sonrisa resultaba contagiosa, y Dab’nay se alejó de la mesa y salió de la taberna sonriendo también.

Las intrigas de Menzoberranzan resultaban divertidas, y Jarlaxle lo sabía. Y se alegraba siempre de que alguien de su banda de mercenarios reconociera esa verdad.

Todo era un juego.

Siempre peligroso.

A menudo mortal.

Pero solo un juego.

Unos días después, Jarlaxle caminaba con un paso más animado, después de que Dab’nay y algunos de sus otros exploradores por fin hubieran averiguado cuál era la chispa que iba a encender la guerra que se avecinaba.

Al parecer, la Matrona Ginafae DeVir, deseando complacer a la Matrona Mez’Barris Armgo, se había pasado de la raya de un modo bastante sacrílego.

En su ansia por debilitar la Casa Oblodra para que su casa pudiera sobrepasarla —y quizá incluso eliminar del todo a la extraña casa psiónica, si se daba la oportunidad—, Ginafae había bendecido a un grupo de gnomos de las profundidades, los odiados svirfneblin, con la intención de ayudarlos en una misión para eliminar a cierto miembro de la nobleza de la Casa Oblodra.

En opinión de Jarlaxle, se trataba de un intento razonable.

En circunstancias normales, a los gnomos de las profundidades no había que otorgarles la bendición de Lloth, sin duda, pero se trataba de la Casa Oblodra, una familia drow de Menzoberranzan cuya devoción por Lloth siempre había estado en entredicho.

A nadie le gustaban los Oblodra, ¡porque todos los temían!

Era un riesgo razonable, pero, al parecer, la Matrona Ginafae había perdido la apuesta. Porque los gnomos habían sido destruidos, el noble de la Casa Oblodra se hallaba a salvo y la Casa DeVir había mostrado sus cartas.

—Están escondidos en su complejo, muertos de miedo —informó a Jarlaxle su amigo psiónico, Kimmuriel Oblodra—.

La Matrona Ginafae sabe que ha perdido el favor de la Reina Araña y que su casa es vulnerable.

Las fuerzas Armgo no la defenderán a no ser que recupere ese favor, y sin esa alianza, hay varias casas que podrían vencer a la DeVir.

—Como la Casa Oblodra —repuso Jarlaxle, secamente.