2. Prescindible
P RESCINDIBLE
—Está satisfecha. Bastante —informó Jarlaxle a la Madre Matrona Yvonnel Baenre en la capilla mazmorra de la Primera Casa de la ciudad.
La gran Baenre se volvió hacia su séquito: sus cinco hijas; tres de ellas sumas sacerdotisas, una que pronto lo sería y la quinta, la joven Sos’Umptu, sin duda en camino de ser, quizá, la más poderosa de todas, porque su devoción no podía ponerse en duda.
A Jarlaxle le gustaba esa, Sos’Umptu. Era la más callada de las hijas de la Madre Matrona Baenre y la menos ambiciosa, a pesar de su evidente habilidad en los estudios.
—La observarás cuidadosamente desde lejos —ordenó la gran Baenre.
—Oh, claro que lo haré —respondió Bladen’Kerst, la segunda.
Jarlaxle hizo una mueca involuntaria. Odiaba y temía a esa hija más que a nadie. Era una cosa enorme, con hombros anchos y fuertes, que disfrutaba especialmente infligiendo dolor. ¿Alguna vez habría hecho algo a alguien a quien considerara su inferior que no fuera cruel?
—Lo haremos —corrigió otra, con la que Jarlaxle mantenía una gran enemistad.
Era Vendes, la cuarta hija Baenre, que parecía decidida a ascender hasta el rango de suma sacerdotisa azotando hasta la muerte al mayor número de víctimas posibles con su horrible flagelo de seis cabezas, cuyas serpientes vivas se removían a su lado mientras ella hablaba, como si entendieran todas sus palabras y esperaran ansiosas el sabor de la carne.
—No, lo hará ella —ordenó Baenre, señalando con la cabeza a su hija mayor, Triel. Era la más baja del grupo, sin llegar ni al metro y medio, y bastante fea para ser una mujer drow. Pero era ancha y fuerte.
Y también calculadora, eso Jarlaxle lo sabía seguro.
Triel sucedería a Yvonnel Baenre en el trono de la Primera Casa…
si la vieja bruja alguna vez decidía morirse.
Y esa sucesión sería una buena cosa, a ojos del mercenario.
A Triel no la cegaba un inagotable sadismo, como a lasotras dos; ni era una boba mimada y privilegiada, como Quenthel, la tercera hija.
Ni tampoco estaba cegada y totalmente consumida por su amor hacia Lloth, como Sos’Umptu.
Gobernaría, y gobernaría la casa y la ciudad sabiamente y con mano mesurada, al menos públicamente. Y por tanto, querría que Jarlaxle y su creciente banda de mercenarios se ocuparan de los asuntos sucios.
Jarlaxle no pudo reprimir un gesto de asentimiento, al considerar su posible relación con esta hija, comparada con la que tenía con la gran y poderosa Yvonnel, Yvonnel la Eterna, que regía con una poderosa fuerza Menzoberranzan, como Madre Matrona de la ciudad, desde antes de lo que el más viejo de los drow podía recordar.
Se decía que tenía dos mil años, superando en muchas veces la esperanza de vida de un drow.
Jarlaxle lo creía.
Yvonnel la Eterna era… diferente.
—Espero que la Suma Sacerdotisa Triel no se desanime con lo que ve —dijo la Madre Matrona Baenre, mientras se volvía hacia Jarlaxle—. Tú también deberías esperarlo.
—La llevé al Sin Rostro, como me indicaste —respondió Jarlaxle.
—¿Cuándo lanzará el conjuro?
—Dará a luz a principios del año que viene.
La Madre Matrona Baenre miró a Triel con expresión inquisitiva.
—Si la magia del parto es tan poderosa como dicen… —comenzó a decir Triel.
—Lo es —le cortó la Madre Matrona.
—Entonces, ¿deberíamos preocuparnos? ¿Osaría la Matrona Malicia Do’Urden volver su mira hacia un objetivo mayor?
—No es una suicida, niña —repuso la Madre Matrona—. ¿Crees que alguien en el Consejo Regente permitiría una cosa así sin un castigo extremo?
Triel asintió y guardó silencio.
—Déjanos —le ordenó Baenre—. Y tú también —le dijo a Quenthel. Y tú vuelve a tus estudios —le dijo a Sos’Umptu.
Jarlaxle se removió nervioso, aunque no era algo que soliera hacer ese pícaro hábil y seguro de sí mismo. No le había gustado el lugar de ese encuentro, y aún le gustaba menos estar en ese lugar con las dos hijas más crueles y sádicas de la Madre Matrona Baenre.
Porque se hallaban en el sepulcro de los nobles Baenre, y Jarlaxle se encontraba rodeado de las tumbas de aquellos que ya se habían ido, incluyendo la de un tal Doquaio Baenre, que descansaba justo detrás del punto donde la Madre Matrona había decidido colocar su asiento mágico.
A propósito, claro; todo lo que ella hacía tenía un propósito.
Jarlaxle compartía historia con Doquaio; incluso se podría decir que Jarlaxle lo había matado, aunque el pícaro no lo recordara, porque eso había sucedido en los primeros instantes de su vida.
—¿El Sin Rostro nos ha prometido su ayuda? —preguntó Baenre a Jarlaxle.
El pícaro asintió.
—Él se encargará de los cabos sueltos cuando la Casa Do’Urden realice el asalto.
La Madre Matrona Baenre se estremeció visiblemente.
—Un horrible tonto —dijo—, tan consumido por la ambición que se deshizo su propia cara. Odio a los hombres ambiciosos que no saben aceptar su lugar.
Jarlaxle trató de ocultar su sonrisa al oír eso, sobre todo dadas las posiciones que ocupaban los hijos reconocidos de la Baenre: uno era el archimago de Menzoberranzan, el otro, Dantrag, era un fantástico maestro de armas al se consideraba el mejor espadachín de la ciudad.
Lo que más deseaba Dantrag era ser nombrado maestro principal de Melee-Magthere, la academia drow de combate físico, una posición para la que estaba perfectamente cualificado.
Pero la Madre Matrona Baenre no lo permitía, porque valoraba demasiado que permaneciera en la casa.
Y eso por no hablar de la propia ambición de Dantrag.
—¿Qué te ha dicho el Sin Rostro sobre la magia del parto? —preguntó Baenre.
La pregunta sorprendió a Jarlaxle, quien se encogió de hombros e inmediatamente levantó la guardia. Si admitía saber demasiado, ¿acaso Baenre lanzaría sobre él a Vendes y Bladen’Kerst ahí mismo?
—Solo organicé el encuentro, como me ordenaste —respondió finalmente—. No miré el pergamino.
—¿Ni de dónde lo sacó?
—Ni… —comenzó Jarlaxle, pero se lo pensó mejor y decidió valorar mejor la pregunta. Se dio cuenta de que sí había visto dónde guardaba el original el Sin Rostro, o al menos tenía una idea
—¿Lo copió? —presionó Baenre.
—Sí.
—¿De un pergamino original?
—Sí.
—¿Y ahora Jarlaxle sabe dónde se halla ese original?
—Sí… no… más o menos —balbuceó el pícaro.
—Bien —repuso la Madre Matrona—. Será mejor que averigües esa localización. Ni más, ni menos.
—¿Del escrito original? —preguntó Jarlaxle, totalmente desconcertado por ese inesperado giro en la conversación. Si la Madre Matrona Baenre quería que empleara de nuevo al Sin Rostro para el tal conjuro, eso sería fácil de conseguir.
A no ser que…
Jarlaxle ladeó la cabeza.
—¿Madre matrona? —comenzó a preguntar—. ¿Estás…?
—Vete, Jarlaxle —repuso ella—. Me aburres. ¿Necesito tener aquí a mis hijas para recordarte que todo lo que hemos dicho no puede llegar a ningún otro oído, o que todo lo que has averiguado no es para nadie fuera de esta sala desde el momento en que lo has averiguado?
—No, claro que no —respondió el pícaro, y volvió a disimular una sonrisa. Porque él, solo él entre todos los drow fuera de la Casa Baenre, sabía que la Madre Matrona Baenre estaba embarazada.
Y en Menzoberranzan, quizá más que en cualquier otro lugar del mundo, el saber era poder.
Claro que, en Menzoberranzan, saber cosas a menudo también servía para ser asesinado, sobre todo si la persona que poseía la información era un hombre.
Poco después, Jarlaxle abandonó el complejo de la Primera Casa, sin parar de darle vueltas a la cabeza.
Había realizado muchos trabajillos para la Madre Matrona Baenre y los otros miembros de la familia, pero este le había tenido descolocado desde el principio.
Incluso el deseo de la Casa Baenre de inclinar la balanza del poder en esa batalla entre casas que se avecinaba, le había pillado por sorpresa, y su sorpresa había sido aún mayor al enterarse de que Baenre quería intervenir a favor de la Casa Do’Urden.
La Casa Do’Urden era la décima casa de la ciudad.
Los Do’Urden no representaban ninguna amenaza para la Casa Baenre, claro, y seguramente nunca lo harían; entonces, ¿qué le importaban a Baenre?
Y sobre todo, ¿por qué se preocupaba de la Casa DeVir, la cuarta casa de la ciudad, cuando se rumoreaba por todas partes que estaba en decadencia?
¿Acaso estaba cambiando la suerte de la Casa DeVir y se reagrupaba secretamente, haciéndose demasiado fuerte para su propio bien?, se preguntaba Jarlaxle. ¿Quizá la Madre Matrona sentía la necesidad de derrotarlos?
Jarlaxle sospechaba que se estaba perdiendo algo, y eso era lo que más le molestaba. Había sobrevivido gracias a la información. No soportaba no saber algo que, de saberlo, le podría proporcionar oportunidades provechosas.
Envió mensajeros en cuanto llegó al Micónido Supurante, luego tomó algo de comida y trató de disfrutarla y olvidar todas las preocupaciones que le daban vueltas en la cabeza.
Pronto, todo cobraría sentido, se reiteró.
Dab’nay no tardó en unirse a él en respuesta a uno de sus mensajes.
Pero Jarlaxle notó que vacilaba al sentarse sin apartar la mirada de él.
—¿Hay algún problema? —preguntó—. ¿Y quieres comer algo?
—No, y no —respondió ella—. Pero sé por qué me has pedido que venga, y ese tema está más allá de mi comprensión y de mi libertad para hablar.
—¿Nunca has oído hablar del ritual de la magia del parto?
—No he dicho eso.
—¿Y bien?
—No es un tema para hablarlo. Y menos aún con un hombre, y sobre todo, no por una sacerdotisa que no tiene el favor de Lloth.
—¿No lo tienes? La Reina Araña no te ha abandonado —replicó Jarlaxle—. No hay mercenarios buscando recompensas por tu asesinato. Tus conjuros no fallan.
—Nunca he sido suma sacerdotisa.
—Sigues recibiendo tu recompensa mágica de Lloth.