1. Tantas partes móviles #5
—Entonces me voy, y te advierto que tengas mucho cuidado con tus siguientes complots, y mucho cuidado con señalar con dedos o palabras a mí o este lugar.
—Será mejor que valga el precio —masculló Masoj, mientras sacaba una pequeña bolsa de oro y la dejaba caer sobre la palma de Jarlaxle, que había seguido esperando.
—Los acontecimientos pronto se desarrollarán de tal manera que te ofrecerán la oportunidad de hacer lo que deseas y salirte con la tuya —explicó Jarlaxle—.
Presta mucha atención al alumno que sirve a tu hermano como su asistente principal.
—En cuanto acabó la frase, Jarlaxle se levantó y se alejó, sin mirar atrás.
Masoj inclinó la cabeza con curiosidad mientras observaba marcharse al mercenario.
—¿Alton? —susurró para sí.
Al principio, se sintió estafado, pero dejó de lado esa idea.
La reputación de Jarlaxle no podía pasarse por alto.
Era sabido que las crípticas palabras del pícaro podían llevar a casas a la guerra.
El joven aprendiz, que se consideraba un esclavo, acabó su bebida y salió del Micónido Supurante poco después, decidido a prestar mucha atención, sin duda.
—¿Por qué vas a involucrarte en eso? —preguntó a Jarlaxle Dab’nay, una de las pocas mujeres de Bregan D’aerthe y la única sacerdotisa, cuando el joven Masoj hubo salido de la taberna.
Este dejó caer la bolsa de oro sobre la barra.
—Ningún riesgo y algunas monedas por mis esfuerzos —repuso.
—Puedes tener todas las monedas que quieras sin involucrarte en las riñas familiares de una casa regente —le recordó Dab’nay.
—Puede que saquemos algún beneficio de esto. El objetivo no es amigo nuestro, y si el cachorro tiene éxito, conoceré un secreto que él no querrá que se susurre. Y el cachorro ya no será un cachorro, ¿no? Será el primogénito de una poderosa casa regente.
—Aun así, el objetivo no es alguien sin importancia, como tampoco lo es la Matrona SiNafay o la casa que gobierna.
—¿Una casa que habla mal de nosotros en cada una de las reuniones del Consejo Regente? —le recordó Jarlaxle.
Dab’nay se echó hacia atrás y pasó un rato digiriendo esa evidente exageración, por no decir descarada mentira.
La Casa Hun’ett no se atrevería a hablar mal de Bregan D’aerthe en presencia de la Madre Matrona Baenre, e incluso había tratado con la banda de mercenarios en más de una ocasión, para beneficio mutuo.
Pero entonces, la sacerdotisa cayó en la cuenta de que cuando Jarlaxle había dicho «nosotros» no se refería a Bregan D’aerthe.
Se refería a Zaknafein Do’Urden, y por extensión también a Jarlaxle.
No era ningún secreto que la Matrona SiNafay a menudo criticaba abiertamente la rápida ascensión de la ambiciosa Malicia y su casa, y desde siempre había rumores de que el padre de la hija menor de Malicia era el patrón de SiNafay, y de que la insaciable Malicia se había acostado a menudo con el hijo mayor de SiNafay antes de su desgraciado accidente.
—Puedes tener todas las monedas que quieras sin involucrarte en las riñas familiares de una casa regente —repitió Dab’nay, porque no sabía qué otra cosa decir.
—Ah, sí —admitió Jarlaxle—, pero no sería tan divertido.
A pesar de la última advertencia del feo Sin Rostro, la Matrona Malicia estaba casi mareada de excitación cuando regresó a la Casa Do’Urden.
Pronto tendría otro bebé de Zaknafein, y estaba convencida de que la Casa DeVir sería destruida.
Incluso sin la magia del parto, había considerado que la Casa DeVir estaba madura para hacerse con ella, y con ese impulso añadido, su victoria parecía segura, y además probablemente sería una victoria con un daño mínimo para su propia casa.
Solo había una idea que la contenía, o mejor dicho, dos problemas potenciales, aunque muy relacionados.
A pesar de su anterior alardeo, ¿podía estar segura de que el bebé de Zaknafein sería una niña?
Porque de ser un niño, ella no tendría alternativa, sobre todo después de utilizar un conjuro de lo más sagrado, que requería la bendición de Lloth.
Un niño, aunque fuera el hijo de Zaknafein, como el tercer hijo de la casa, tendría que ser sacrificado.
Si era una niña, entonces quedaba la posibilidad de alguna maldición residual por el empleo de la destructiva magia del parto.
Pero no, se dijo Malicia, decidida a seguir con su insaciable deseo de ascender en los rangos de Menzoberranzan.
No sabía si habría una maldición, y si la hubiera, quizá demostrara no ser realmente una maldición, sino tal vez una bendición.
Su hija mayor, Briza, era fruto de un padre salvaje que, por lo que se rumoreaba, era en parte demonio o cambión o con algún abuelo que no pertenecía a este plano de existencia, y sin embargo, la salvaje Briza, y aún más el absolutamente salvaje Uthegentel Armgo, sin duda no podían considerar esa característica como una afección o una maldición.
—Será una hija, una sacerdotisa —susurró Malicia para sí—. Y tendrá la ambición de la Matrona Malicia y la disciplina de Zaknafein.
Y mientras sonreía, añadió en silencio: «Y a esta le sacaremos la compasión a golpes. No será como Vierna».