1. Tantas partes móviles #4
—No he visto nada que lo indique, pero claro, la mayoría de los bebés nacidos con el ritual han sido varones, hijos terceros, y así…
Lo dejó ahí, y Malicia no necesitó más explicación. El tercer hijo en una casa drow tradicionalmente se entregaba a Lloth.
—Quizá esa es la maldición de la magia del parto —añadió Gelroos—. La maldición para la casa a la que le nace un hijo, y no la preferida hija, y una maldición mucho más letal para el niño, muy poco después.
—Explícame más —insistió Malicia—. Rápido.
—Hay magos que suelen infligirse dolor en el momento de lanzar los conjuros, y emplean ese dolor para aumentar su concentración y por tanto producir el conjuro más poderoso posible.
—¿Esto solo es sobre el dolor del parto? —preguntó Malicia, con incredulidad—. Sí, claro que duele, pero ¡eso solo no puede explicar el poder potencial de ritual de la magia del parto!
—El parto es más que dolor —repuso Gelroos—.
Es una experiencia como ninguna otra, una que abarca tanto el cuerpo…
, ¡ambos cuerpos, el de la madre y el del bebé!
, como la mente, el corazón y el espíritu.
Lo corpóreo y lo etéreo. Es un momento de gran vulnerabilidad, pero también de gran receptividad, y en ese estado abierto, la madre parece recoger todas las energías mágicas que la rodean, casi como si estuviera uniendo en su propio conjuro la energía mágica de los hechiceros que la acompañan.
—¿Cómo es posible?
Gelroos meneó la cabeza.
—Soy un simple varón, Matrona Malicia. No puedo comprender al completo la experiencia de dar a luz. —Alzó una mano huesuda que sujetaba un tubo de pergamino, y se lo tendió a la mujer.
—¿Lo has leído? —preguntó Malicia, mientras agarraba el tubo.
—No habría ninguna razón para ello —contestó Gelroos, con una risita silbante—.
Este es un conjuro que realmente está más allá de mi alcance.
Además, mis sacerdotisas colaboradoras me prohibieron hasta echarle una mirada, y me ordenaron que te informara, aunque no conocen tu identidad, de que se requiere un gran secreto.
No copies nada del conjuro. Olvídalo cuando lo lances, y habla poco de él.
Deja que corran los rumores, porque el misterio no es una amenaza.
Malicia hizo rodar el tubo del pergamino en la mano, sintiendo el peso de esas palabras.
Ya había empleado la magia del parto antes, pero solo de una manera menor y, sin duda, en nada parecida a esto.
Incluso en aquella ocasión, con un sencillo conjuro de veneno para ayudarla en su ascenso, había notado posibilidades más profundas.
¿Unirse a otras sacerdotisas en el ritual?
Sintió como si le costara respirar, como si estuviera sujetando en la mano el poder de una diosa.
—Naturalmente —continuó Gelroos—, esta clase de poder podía verse como una amenaza por las matronas del Consejo Regente.
Este no es un simple conjuro, Matrona Malicia.
No infravalores el poder destructivo mágico que descubrirás en los momentos más álgidos del parto.
Y, te lo advierto como alguien que te aprecia, no trates de explotar o abusar de ese poder más allá de nuestro acuerdo de ahora.
El Consejo Regente y las sacerdotisas de Arach-Tinilith estarán pendientes, y el peso combinado de lo que podría caer sobre la Casa Do’Urden en caso de que… bueno…
Lo dejó ahí mientras volvía a encogerse de hombros.
—Puede que necesite tu protección —explicó a Jarlaxle el joven, apenas un niño, que se hallaba sentado junto a él en el Micónido Supurante, ya tarde, en una noche tranquila.
—Eres el hijo noble de una casa regente. ¿Qué podría ofrecerte yo?
El joven, Masoj, suspiró y negó con la cabeza ante ese ridículo comentario.
Hasta él, que pocas veces había estado fuera de su casa antes de que lo enviaran a servir a su hermano mayor como esclavo en Sorcere, la academia drow, tenía el mundo suficiente para comprender el creciente poder de Bregan D’aerthe.
¡La banda tenía todo el respaldo y la protección de la Casa Baenre!
Incluso sin eso, Jarlaxle había formado muchas alianzas secretas y tenía armas suficientes para que su banda de pícaros fuera formidable por sí sola. Jarlaxle lo sabía, y sabía que Masoj lo sabía, así que su fingida humildad no podía provocar más que un gruñido del joven.
—¿Por qué crees que podrías necesitar la protección de Bregan D’aerthe? —preguntó Jarlaxle finalmente.
—Lo que me pides que haga podría llevarme a ser sacrificado o convertido en una draña.
—¿Pedir? Yo no te he pedido nada —le recordó Jarlaxle—. Tú has venido a mí con una petición y una bolsa de monedas.
—¡Y tú has rechazado mi contrato!
—Te he dicho que esas cosas es mejor arreglarlas en familia. Si no, uno se arriesga a una guerra, y las guerras son sucias y caras. Pero no te he pedido que hicieras nada.
—Has insinuado que podría encontrar más aliados, si tenía éxito.
—¿Eso crees? —preguntó Jarlaxle.
Masoj comenzó a responder, pero se mordió el labio e intentó repasar su encuentro anterior con ese drow tan enigmático.
Cuando había acudido a Jarlaxle, esperando pagarle por un asesinato, el astuto pícaro simplemente le había explicado que esas cosas era mejor resolverlas dentro de la casa, tanto por la razón que acababa de reiterarle como también porque el asesino se habría demostrado, y no en pequeña medida, merecedor del resultante ascenso en estatus.
Pero Masoj quería que Jarlaxle lo hiciera.
Él tenía miedo, y con razón, porque su hermano, mucho mayor que él, era un poderoso practicante de la magia arcana.
En cierto momento, incluso había sido lo bastante poderoso para ser considerado un posible futuro rival de Gromph Baenre como archimago de Menzoberranzan.
Sin embargo, toda esa promesa se había desvanecido con el fulgor de un conjuro que había funcionado horrible e irreversiblemente mal.
—Te diré una cosa —continuó Jarlaxle, mientras se inclinaba hacia delante en su asiento, con la mano sobre la mesa con la palma hacia arriba y movía los dedos hacia sí.
—¿Por cuánto? —preguntó Masoj.
—Por todo.
—No.