1. Tantas partes móviles #3
—No hay ninguna guerra —negó Zaknafein—. Qué idea más tonta. Evidentemente, la Casa Do’Urden no tiene ninguna ambición que vaya en contra de los edictos del Consejo Regente de la ciudad. Pero debemos prepararnos por si le ocurre algo terrible a alguna de las casas que tienen más rango que nosotros.
—Claro, claro —repuso Jarlaxle, y sonrió ante el sutil recordatorio de Zaknafein de lo realmente demenciales que eran las leyes de Menzoberranzan.
No había nada malo con borrar del mapa a una casa rival, claro.
Lo único malo sería que los pillaran haciéndolo.
Eso, el ser pillado, y no el acto en sí mismo, era lo que las matronas regentes no podía tolerar.
Observó a Zaknafein salir del bar, luego se recostó en su asiento y digirió la conversación extrañamente sincera que había tenido con ese hombre, normalmente tan reservado.
Sabía que a la Casa Do’Urden apenas le faltaban unos meses para atacar la Casa DeVir, por lo que seguramente no volvería a ver a su amigo en muchos meses, quizá incluso años.
Y le resultó interesante notar lo mucho que eso le entristecía.
Por eso saboreaba esos momentos sentado frente a Zaknafein, porque este siempre tenía una profundidad y una percepción sorprendentes.
Jarlaxle valoraba eso, pero en ese momento le inquietaba.
Esta vez, Zaknafein sería padre de un niño, y como tercer hijo de la Casa Do’Urden, la devota Madre Malicia sin duda se lo entregaría a la Reina Araña, rápida y despiadadamente.
Y después de la conversación que habían mantenido, Jarlaxle se temía que tal acto destrozase totalmente a su amigo.
A la Matrona Malicia no le gustaba ese lugar. En absoluto. Demasiados varones pululando por los sinuosos corredores y las amplias escaleras, o arrodillados ante las enormes estanterías llenas de pergaminos y tomos antiguos.
Y no se trataba de cualquier varón. Esos eran los hombres más poderosos de Menzoberranzan, incluidos unos cuantos —como sobre todo el archimago Gromph, hijo mayor de la propia Madre Matrona Baenre—, que seguramente podrían derrotar a Malicia en una pelea.
E incluso más inquietante, la Matrona Malicia no pintaba nada en ese lugar y muy pocos fuera sabían que se hallaba allí, y esos adversarios en potencia, los grandes magos de Sorcere, ¡sin duda sabrían deshacerse de un cuerpo!
— Estoy aquí —le dijo una voz tranquilizadora; no, no era una voz, sino más bien un mensaje telepático que resonaba en su interior—. Ha sido organizado. Estás aquí por la intercesión del archimago Gromph y nadie osaría hacer algo contra ti .
La Matrona Malicia odiaba permitir a ese desgraciado de Jarlaxle e incluso a su más desgraciado amigo psiónico Oblodra, que entraran sus pensamientos, pero no podía negar que el mensaje mágico de Jarlaxle resultaba reconfortante.
Hizo una mueca admitiendo eso internamente y se concentró aún con más fuerza en expulsar a Jarlaxle de sus pensamientos. Si estaba ahí dentro hablando con ella, entonces también estaría sintiendo sus emociones como si fueran las de él.
No quería que notara su inquietud. A fin de cuentas, ella era la matrona de la Casa Do’Urden, una casa drow poderosa y en alza.
Llegó ante una extraña puerta de madera, muy estrecha, que parecía más adecuada para la torre de un mago elfo en algún antiguo bosque de la superficie.
Sus nudosas hojas se alzaban hasta la altura de los hombros y luego se redondeaban y se curvaban hacia arriba formando una especie de punta.
La matrona lanzó un conjunto de protección y luego otro de detección mágica.
Antes de que acabara el segundo, la puerta se abrió hacia dentro y dejó ver un pequeño rellano y una oscura escalera descendente.
— Qué te vaya bien, Matrona Malicia —dijo la voz en su cabeza—. Esperaré tu regreso .
Malicia pensó que él no podía bajar con ella, al menos no mágicamente, porque en ese portal había un potente conjuro de desencantamiento.
Respiró hondo y avanzó decididamente hacia el rellano.
Se agarró al pasamanos, suave y redondeado, y notó el contacto poco familiar de la madera, una madera superficial y muy bien pulida.
El pasamanos crujió, y también lo hicieron los escalones cuando comenzó a descender.
Bajaban en espiral, muy por debajo de la estructura de múltiples torres de Sorcere.
Malicia se hundió en la oscuridad, tanto, que incluso con su penetrante vista de drow, no alcanzaba ni a ver la pared que tenía al lado ni los escalones ante sí.
Continuó bajando, sin tratar siquiera de conjurar una luz mágica. No la necesitaba. Era la matrona de una poderosa casa en alza, se dijo con decisión. Ningún varón se atrevería a atacarla.
No había contado los pasos, pero sabía que habían sido más de cien, cuando divisó una luz distante mucho más abajo. Al parecer, una única vela.
Las telarañas le rozaron la cara, pero eso ni sobresaltaba ni asustaba a la Matrona Malicia. Al contrario, la presencia de arañas la reconfortaba. Eran las aliadas de Lloth, la Reina Araña, y la Matrona Malicia contaba con el favor de la diosa.
Aceleró el paso, y consiguió sonreír cuando notó una araña saltar de una tela y corretearle por la mejilla.
Lloth estaba con ella.
Se le ocurrió pensar que la simple presencia de esas benditas criaturitas era una admisión de la lealtad del mago que había ido a visitar.
Bajó el último escalón y llegó a un suelo más amplio.
Seguía oscuro, pero no completamente, gracias a la vela que ardía en su palmatoria sobre una mesa situada a un lado.
Al acercarse, se fijó en una silla que la esperaba al lado derecho de la mesa, y en una persona sentada a la izquierda, no cerca de la mesa sino contra el muro de piedra natural.
Malicia lo entendió. Tomó asiento.
—Saludos. Es un honor —dijo la encorvada silueta cubierta con una túnica. Mantuvo la cabeza gacha, con una gran capucha cubriéndole el rostro.
—Mírame —ordenó Malicia, porque sentía curiosidad. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había visto a ese hombre, desde que lo había mirado desde arriba, a horcajadas sobre él, después de una tórrida cópula.
—No, Matrona, es mejor que no.
—¿Y cómo voy a preparar adecuadamente el ungüento si no alcanzó a comprender la intensidad de la dolencia?
—No es una dolencia —respondió el hombre, y su voz se iba tensando de rabia.
Malicia pensó en repetir su orden con más autoridad; ella era una matrona y él un simple varón, pero se contuvo.
Ese mago, Gelroos Hun’ett, era un consumado maestro de Sorcere, muy poderoso, aunque, al parecer, un tanto temerario.
Se especializaba en crear nuevos conjuros, combinando efectos mágicos para conseguir un todo que fuera superior a la suma de los diferentes hechizos.
Muchos de los conjuros que se enseñaban en Sorcere eran el resultado del trabajo que Gelroos realizaba por orden del archimago, de forma anónima.
Todas las pruebas que esa creación requería no carecían de recompensa, pero tampoco de grandes riesgos, y en una ocasión, hacía décadas, la mágica combinación de Gelroos le había estallado literalmente en la cara, arrancándole la piel y reduciéndole el rostro, según todos los relatos que Malicia había oído, a poco más que una mezcla de hueso y moco verde.
Y en ese momento, ella quería vérsela; aún más porque el mago era tan reticente a mostrársela. Vérsela quizá le diera una ventaja, al colocar a Gelroos en una posición incómoda, y la Matrona Malicia no era de las que dejaran pasar una posible ventaja.
—Mírame —le ordenó. Normalmente, hubiera reforzado esa orden con un conjuro mágico, pero algo así sin duda hubiera tenido poco efecto sobre ese formidable mago. Y él probablemente lo detectaría, si ella trataba de utilizar la magia.
—Tengo lo que buscas —respondió Gelroos, en vez de cumplir su orden, y fue una evasiva efectiva—.
Cuento con colaboradoras en Arach-Tinilith, y lo que me han mostrado las sacerdotisas, junto con lo que tengo aquí en mi propia biblioteca, me hace saber que los antiguos rumores que has oído no carecen de fundamento.
—Así que se puede hacer —repuso Malicia, inclinándose hacia delante. Se recordó no cejar en su intención de ver a esa criatura desfigurada, pero en ese momento, ya era un deseo vago.
—Puede hacerse y no es una tarea muy difícil —respondió el mago—. Creo que sería una práctica más popular y frecuente si fuera mejor comprendida, y naturalmente, si no tuviera serias implicaciones para el bebé.
—¿Como cuáles?
Gelroos se encogió de hombros, un movimiento extraño y desequilibrado de sus delgados huesos bajo la pesada túnica, y entonces si alzó la mirada. La Matrona Malicia se echó hacia atrás en su silla ante la sorpresa y el horror.
Nada de lo que había oído sobre su desfiguración podía haberla preparado para la realidad de Gelroos Hun’ett, el Sin Rostro.
Sin embargo, las descripciones habían sido acertadas, porque su rostro era un collage de filos de hueso, piel reseca y estirada, una boca sin labios ni encías y un agujero triangular donde solía haber estado la nariz.
Tampoco parecía tener párpados, y su aspecto era como el de un cadáver en descomposición, excepto por las notables manchas de moco verde, que en algunos puntos parecía los restos de cera de una vela derretida, y en otros se veía más espumoso y fluido.
Su último recuerdo de ese hombre le pasó por la cabeza. Nunca había sido muy apuesto, según el modelo drow, aunque sí bastante guapo. Pero ahora…
—Es un inicio de la vida muy propicio —respondió Gelroos.
Malicia se sacudió la sorpresa. Respiró hondo, lo que solo le hizo recibir una bocanada del hedor a putrefacción del rostro del mago, e intentó responder, aunque había perdido completamente el hilo de la conversación.
—Me has preguntado las implicaciones para el bebé —le recordó él—. Sería un comienzo muy propicio.
—Sí. Sí, claro —balbuceó ella—. Pero ¿es más que eso? ¿Conlleva una maldición? ¿Una mancha perdurable?
El Sin Rostro volvió a encogerse de hombros.