1. Tantas partes móviles #2
Se inclinó hacia delante, para mirar más intensamente la bola, y desde el otro lado de la mesa, Malicia pudo ver que las imágenes cambiaban rápidamente, que el vidente iba ganando conocimientos e información. Y no se atrevió a interrumpirlo. No en ese momento.
Bastante rato después, el vidente lanzó un grito ahogado y se echó hacia atrás en la silla, aparentemente agotado, con la túnica pegada al cuerpo y el rostro cubierto de sudor.
—Sí, Matrona Malicia, tus esperanzas se han hecho realidad —dijo con seguridad.
Malicia estaba impresionada, aunque no tenía intención de demostrarlo.
—Al igual que tu hija, la sacerdotisa Vierna, este bebé es de Zaknafein —le aseguró el vidente.
—Lo conoces.
—De oídas —admitió Pau’Kros—. Aunque de eso hace muchas décadas. Me alegro de que la noticia te complazca.
—No hacer falta ser vidente para ver eso. ¿Quién no estaría encantada al pensar en otra hija engendrada por el gran maestro de armas?
Pau’Kros asintió, pero su expresión se tornó curiosa.
—No he dicho que vaya a ser una niña —indicó.
—No hace falta. Zaknafein es un amante demasiado bueno para engendrar a un simple varón —afirmó Malicia, pero al ver el ceño fruncido de Pau’Kros, añadió—: ¿Dudas de las bendiciones de Lloth?
—Claro que no —se apresuró a contestar este—. ¡Ni siquiera te haré perder el tiempo mirando más para confirmar lo que ya sabes!
La Matrona Malicia no se levantó para marcharse. Simplemente hizo que el disco flotante la llevara hasta la puerta, la abrió con un gesto y se deslizó hacia la calle.
Allí se hallaba la mujer de la mesa, agitándose nerviosamente, con una expresión en el rostro que oscilaba entre la esperanza y la excitación.
—¿Qué es lo que quieres? —le gruñó Malicia.
—Me has dicho que te esperara fuera —contestó la mujer.
—¿Eres buena cumpliendo órdenes?
—Sí…, matrona —respondió ella.
—Entonces serás una buena esclava para mi casa —dijo Malicia, e hizo un pequeño gesto de asentimiento hacia las sombras de detrás de la mujer.
—Sí, matrona… ¿Qué? ¿Una esclava? No soy…
Y ahí acabó su frase, porque una elegante espada la atravesó, de atrás adelante; la punta le salió por debajo del pecho izquierdo, acompañada de trocitos del corazón.
—Entonces, tampoco serás una testigo —le dijo Malicia mientras la mujer caía muerta.
Su séquito y ella regresaron a la Muralla del Oeste y la Casa Do’Urden.
—Lo has hecho muy bien —dijo Jarlaxle a Pau’Kros, un rato más tarde; el extravagante jefe mercenario estaba tomando asiento en la mesa de adivinación, aunque ya hacía tiempo que había advertido al vidente que nunca intentara hacer una adivinación respecto a él.
—Mató a…
—Madeflava ya se estaba muriendo —le interrumpió Jarlaxle—. Tú lo sabías, y ella también. Es una pena, pero fue un final mejor del que le hubiera causado el moho amarillo que le crecía en los pulmones.
Pau’Kros bajó su viejo rostro para cubrírselo con las manos.
—¿Qué problema hay? —preguntó Jarlaxle—. Le has dicho lo que quería saber. Se ha ido muy contenta.
—Lo suficientemente contenta para matar a alguien —fue la sarcástica respuesta.
—Un acto que, sin duda, la puso aún más contenta —replicó Jarlaxle, con una carcajada que sonó bastante triste, porque lo era.
Pau’Kros suspiró y hundió de nuevo el rostro entre las manos.
—A ti no te matará, viejo tonto —aseguró Jarlaxle—. Ya lo habría hecho. Le has dicho lo que quería oír. Lo peor que puede pasar es que tengas que volver sufrir su presencia alguna otra vez en el futuro, si Zaknafein vuelve a disparar certero.
—Le he dicho lo que quería oír —admitió Pau’Kros—. Pero no le he dicho lo que he visto.
Jarlaxle fue todo oídos.
—No es una hija lo que crece en su vientre —explicó el viejo vidente—. Es un hijo.
—¿Le has mentido?
Pau’Kros negó agitando mucho la cabeza.
—Ni siquiera se ha molestado en preguntarlo. Estaba totalmente segura. No le gustará nada. Nada de nada.
—Entonces, es un niño —dijo Jarlaxle, encogiéndose de hombros como si no importara.
—La Matrona Malicia ya tiene dos, ¿no? ¿Nalfein y Dinin?
Fue el turno de Jarlaxle de lanzar un profundo suspiro, que se fue haciendo más profundo mientras se iba imaginando la situación. No, sin duda, a la Matrona Malicia eso no le iba a gustar nada, y menos aun sabiendo que ese niño condenado era de Zaknafein.
Jarlaxle se marchó y tomó el sinuoso camino hasta el Micónido Supurante, la mejor taberna de las Calleshediondas; sobre todo desde que, unos cincuenta años atrás, él había invertido lo suficiente en el local para controlarlo.
No se sorprendió al encontrar allí a Zaknafein; sus exploradores ya le habían informado de ello.
El maestro de armas se hallaba sentado en su mesa habitual en el rincón derecho de la sala común.
—Ah, ¿qué te trae por aquí en esta agradable noche? —le preguntó Jarlaxle mientras se acercaba y hacía un gesto a la barra para que les sirvieran más bebidas.
—Lo mismo que me lleva a cualquier otra parte —contestó Zaknafein—. Allí donde esté, encuentro la felicidad al saber que hay más de otros cien lugares en esta ciudad donde prefiero no estar.
Jarlaxle lo miró durante un buen rato.
—Estoy tratando de decidir si debería sentirme halagado.
—No deberías.
Eso hizo que Jarlaxle soltara una carcajada.
—En cualquier caso, me alegro de verte de nuevo. Hemos pasado años sin más que intercambiar saludos, y ¿ahora qué?, ¿la cuarta vez en las últimas dos semanas?
—Malicia ha estado siendo extraordinariamente malvada últimamente —contestó Zaknafein, y bebió un largo trago.
Jarlaxle estuvo a punto de decir algo que hubiera descubierto su juego, pero se lo calló.
—La bruja está preñada —informó Zaknafein.
Jarlaxle se sorprendió, no de la noticia, claro, sino de lo rápido que esta había viajado. ¿Malicia habría siquiera llegado a la Casa Do’Urden después de su visita al vidente?
Jarlaxle tartamudeó la respuesta, que finalmente quedó en un: «¿Es tuyo?».
—¿Estás insinuando que mi esposa me es infiel? —preguntó Zaknafein con un ceño fruncido.
Jarlaxle se echó a reír, y Zaknafein se le unió cuando ya no pudo aguantar con la cara seria. Las excursiones sexuales de la Matrona Malicia continuaban siendo de dominio público.
—Estoy casi seguro de ser el padre —afirmó Zaknafein.
—¿Porque eres mejor que los demás? —le picó Jarlaxle.
—En cualidad, sí —replicó Zaknafein—. Pero también está el asunto de la cantidad. La bruja lleva semanas sin dejarme dormir. Siempre puedo notar cuando se está preparando para saquear otra casa.
Jarlaxle asintió. Al igual que se conocía su apetito, tampoco era un secreto, entre los que estaban al tanto de esas cosas, que la Casa Do’Urden estaba poniendo su mira en la Casa DeVir, y nadie estaba más al tanto de esas cosas que Jarlaxle de Bregan D’aerthe.
—La última vez, con la primera hija, te alegró más la noticia —comentó Jarlaxle.
Zaknafein alzó su mano libre en un gesto de impotencia mientras tomaba otro trago de su bebida.
En ese momento, llegó la nueva ronda; Jarlaxle tomó lo suyo y despachó rápidamente al camarero.
—¿Ya no sientes ese orgullo cuando miras a Vierna? —se atrevió a preguntar—. Parece bastante excepcional, para ser una sacerdotisa.
—Sí y no —admitió Zaknafein—. No podría haber esperado más de una hija engendrada en la casa de Malicia Do’Urden de lo que Vierna me ha ofrecido.
No soy estúpido. Eso lo sé, y lo supe desde el momento en que vi a mi bebé por primera vez y vi que ese bebé era una niña.
Creo que le ha ido bien, pero no voy a negar el dolor de ver a mi bebé, a mi hija, convertida en una devota de la malvada Lloth.
—¿Qué otra elección tenía?
—¿Qué otra oportunidad tenía? —le corrigió Zaknafein. Lanzó una risita resignada—. El sentido de la paternidad, todos esos lazos más allá de lo esperado, es interesante y admito que me pilló por sorpresa.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó Jarlaxle, sorprendido de oír a Zaknafein hablar tan abiertamente.
—El sentido de… de todo —contestó Zaknafein—. De esta existencia. Lo que quiero decir es que, a un nivel básico, le temo a la muerte, y creo que eso es cierto para todos, excepto para los más atontados con las creencias en sus dioses. Ansío la inmortalidad personal, claro. ¿Tú no?
—No estoy seguro de que yo… quiero decir, eso sería mucho tiempo, ¿no?
—Así que te mientes a ti mismo y te dices que algún día darás la bienvenida a ese último cierre de ojos —bufó Zaknafein—. El Jarlaxle que yo conozco intentaría convencer a la propia muerte de hacer un trato.
Jarlaxle alzó su vaso brindando por esa idea.
—Por tanto, sí, desearía la inmortalidad, y espero que haya otra existencia después de esta —afirmó Zaknafein—.
Sin embargo, me sorprende descubrir que gracias a mis hijos, encuentro cierto alivio de mis temores.
Son una forma de inmortalidad. Nunca lo había pensado así hasta el día que vi a Vierna.
—Eso es bueno.
—¡Es una idea aterradora! —repuso Zaknafein—.
Ver a tus hijos, Jarlaxle, es conocer la vulnerabilidad.
Es saber que hay algo en el mundo que te deja realmente vulnerable, que existe esa persona más importante para ti que tú mismo.
Y que si algo terrible le pasara, sería cien veces más doloroso que si te pasara a ti.
»Temo a la muerte. No quiero morir. De eso estoy seguro. Pero también sé que me pondría ante una lanza dirigida a mi hija. ¡Incluso aunque se haya convertido en una sacerdotisa de la Reina Araña!
—Entonces, ¿te complace que la Matrona Malicia vuelva a estar embarazada? —preguntó Jarlaxle—. ¿De tu hijo?
Zaknafein se mostró perplejo al enfrentarse a esa pregunta tan directa. Hizo un gesto que pareció un encogimiento de hombros; luego se acabó la bebida y apartó la silla de la mesa.
—Tengo que volver a la casa —dijo mientras se ponía en pie—. Tenemos mucho que hacer.
—Antes de la guerra.