Implacable (Generations 3) 1. Tantas partes móviles
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1. Tantas partes móviles

T ANTAS PARTES MÓVILES

A ÑO DEL S ABUESO N EGRO

No le gustaba nada caminar por esas avenidas de Menzoberranzan, conocidas como el Braeryn o las Calleshediondas.

Por ahí rondaban los pícaros drow sin casa, los desechados y los refugiados de las casas saqueadas.

Por ahí vagaban las sacerdotisas deshonradas y los peligrosos hijos bastardos de una casa u otra, condenados a una vida de pobreza.

Al menos, así era la mayoría. Porque la Matrona Malicia de la Casa Do’Urden también sabía que por ahí rondaban los miembros de Bregan D’aerthe, una banda de mercenarios que había llegado a ser bastante rica y poderosa dentro de la estructura de la ciudad.

Todos era pícaros, pero pícaros útiles para las matronas de las casas que sabían cómo sacar provecho de sus servicios.

Por medio de Zaknafein, su consorte y el maestro de armas de su casa, Malicia había contactado con Jarlaxle, el jefe de Bregan D’aerthe, y había recibido el nombre de la persona a la que pretendía visitar ese día, la persona por la que caminaba por las Calleshediondas de Menzoberranzan.

Era todo un sacrificio, y la matrona ya se había convencido de que a ese hombre más le valía decirle lo que ella quería oír, o lo dejaría muerto sobre el suelo de su choza.

Malicia se sintió muy aliviada cuando por fin divisó la casa en cuestión. No tenía miedo de esa parte de su viaje, solo sentía desagrado, y quería acabar con ese asunto y regresar a su casa lo antes posible.

Llegó a la puerta, miró a su alrededor y a sus escoltas, y les indicó con un gesto que cerraran esa área. Luego lanzó un conjuro, y después otro, ambos a la puerta, y finalmente añadió un tercero y un cuarto a sí misma, para protegerse de cualquier truco.

Un quinto conjuro abrió la puerta de par en par, y la Matrona Malicia entró en la pequeña sala que había al otro lado, ante la asombrada expresión de un hombre cubierto con una túnica que se hallaba sentado a un lado de la mesa, y la mirada de absoluto terror de la mujer que se sentaba frente a él.

—¡Aún no he acabado! —protestó el hombre.

Malicia apartó la mirada de él a la bola de cristal colocada sobre una base en el centro de la mesita circular. Pudo distinguir vagamente las siluetas distorsionadas de una imagen que flotaba en su interior.

Con un gesto de la mano aclaró la bola.

—Ahora sí —afirmó.

Entonces fue la mujer la que protestó.

—¡Le he pagado mucho por mi tiempo!

La mirada de Malicia le hizo perder la voz al final de la frase.

La matrona la miró atentamente. Era más joven que ella, pero no mucho, y aunque era esbelta y parecía considerarse bastante atractiva y seductora, a juzgar por el corte de su vestido, en su rostro y en sus brazos desnudos se apreciaban las cicatrices y las magulladuras de los que vivían en la oscuridad de las Calleshediondas.

—No llevas el emblema de ninguna casa, niña —le dijo—. ¿A qué matrona perteneces?

—¿Y por qué te lo voy a decir?

—Porque si no lo haces, entonces sabré que no perteneces a ninguna casa y que si te mato, a nadie le importará.

—¡Mujer! —protestó el hombre de la túnica, y se puso en pie para enfrentarse a la intrusa. Era un anciano marchito, con bastantes cicatrices en la cara, y su vieja túnica raída le colgaba suelta de los hombros, demasiado delgados.

—Sacerdotisa —le corrigió ella.

—Sacerdotisa —repitió él, en un tono un poco menos indignado.

—Suma sacerdotisa —volvió a corregir Malicia.

—Suma sacerdotisa —repitió el viejo drow, con voz aún más fina.

—Matrona —corrigió Malicia por tercera vez, mostrando sus cartas, y el varón drow pareció encogerse.

Se aclaró la garganta.

—No estoy acostumbrado a los huéspedes inesperados —dijo el varón con calma—. Me has sobresaltado.

—Y tú, querida —dijo Malicia, posando su mirada sobre la mujer—. ¿Estás lista para alardear de casa? Aunque seguro que sabes que si mencionas una y se demuestra que eres una mentirosa, el castigo te hará crecer ocho piernas en vez de solo perder las dos de las que pareces tan encariñada.

La mujer se movió al oír eso, y tiró del pliegue superior del corte de su vestido para cubrirse mejor las piernas.

—No tienes casa —concluyó Malicia, cuando la mujer, claramente aterrorizada, tartamudeo unos murmullos indescifrables—.

Sal afuera y espérame —le ordenó Malicia—.

Quizá te aguarden cosas mejores en el futuro.

—Volvió a mirar al hombre de la túnica—.

¿Es eso lo que has visto para ella en la bola de cristal?

El drow parecía realmente desconcertado.

—Lo es, ¿verdad? —añadió Malicia, y con la pregunta lanzó todo el peso de un conjuro de sugestión.

—Sí —soltó el hombre—. Sí, sí, claro. Justo iba a decirle…

—Sal —le dijo Malicia a la mujer, y esta, sabiamente, enseguida se levantó de la silla y corrió afuera.

Sin apartar la mirada del hombre, Malicia fue hasta la silla vacía con intención de sentarse. Pero miró la tela y las numerosas manchas que soportaba.

Con un gesto de la mano, la hizo salir volando. Un rápido encantamiento le proporcionó un disco flotante de luz azul en el lugar donde había estado la silla, y sobre él se sentó la Matrona Malicia. Señaló la otra silla, pero solo recibió a cambio una mirada preocupada y confundida.

—¿Eres Pau’Kros, de una casa que ya no se volverá a nombrar? —preguntó Malicia.

—Soy de la Casa Oblodra.

—No, no lo eres. Aún no, aunque tienes la esperanza de que algún día te acojan. ¿O debería decir que esperas que no vean que no eres un auténtico maestro de la magia de la mente, sino simplemente un mago mundano con un único don extraordinario?

El hombre carraspeó, pero en ese sonido había más nervios que indignación.

—Siéntate, Pau’Kros —ordenó Malicia—. Soy tu clienta más importante.

—¿Cómo? No entiendo —repuso el hombre que, aunque incómodo, se sentó, lo que a Malicia le pareció una clara señal de rendición.

—Jarlaxle me ha hablado de ti —explicó Malicia.

El viejo drow suspiró profundamente.

—Podría haberlo arreglado…

—No necesito que él me arregle nada. Yo estoy aquí, tú estás aquí, y yo necesito un servicio.

—Se cambió de postura sobre el disco flotante y cruzó las piernas cómodamente, con la intención de mostrarle a ese idiota que tenía completa confianza en su capacidad de destruirlo con una sola palabra—.

¿Quién soy? —preguntó, y colocó sobre la mesa su látigo de cabezas de serpiente, y las sierpes vivientes se retorcieron y sisearon, goteando veneno letal entre los dientes.

Pau’Kros respiró hondo, y luego se inclinó hacia delante con cuidado y comenzó a mascullar, mientras miraba fijamente el interior de la bola de cristal, que se empañó al instante.

—Dime, vidente, quién soy yo y por qué estoy aquí —ordenó Malicia.

Durante un buen rato, el hombre continuó con la mirada fija y salmodiando.

Malicia no podía distinguir las palabras, pero comprendía perfectamente la inflexión arcana de un mago; lo que coincidía con lo que Jarlaxle le había explicado sobre ese hombre.

Ese drow, Pau’Kros, se había graduado en Sorcere, la academia drow de magos, y había estado bien considerado hasta que perdió el favor del poderoso Gromph Baenre, un hecho que coincidió con la total destrucción de su casa familiar.

Desde aquel día lejano, se había ido ganado la vida a duras penas prediciendo el futuro en las Calleshediondas, y llevaba tanto tiempo haciéndolo que, según Jarlaxle, se había hecho realmente bueno.

Y más que eso, Pau’Kros había sobrevivido porque sabía guardar los secretos de sus clientes.

—Matrona Do’Urden —dijo él un momento después, con una voz cargada de respeto—. He oído hablar de ti. Me siento muy honrado de que hayas buscado mis servicios.

—Demuéstrame que lo vales.

El hombre se pasó la lengua por los labios, se aclaró la garganta y volvió a concentrarse en la bola de cristal.

Sin separar la mirada, metió la mano en uno de sus bolsillos y sacó cuatro huesecillos, que lanzó a la izquierda de la bola.

Luego sacó cuatro huesos más y los tiró al lado derecho, lo que provocó más amenazas siseantes de las serpientes del flagelo.

A su pesar, Malicia admiró la concentración del hombre mientras este miraba a la izquierda y luego a la derecha, donde consiguió no prestar atención a las letales serpientes y centrarse en sus propias reliquias adivinatorias.

—Sí —dijo, y una fina sonrisa le arrugó la cara—. Sí, gran Matrona Malicia, estás embarazada.

—Lo sabía —afirmó ella, secamente. Mentía. Solo lo había sospechado, pero eso no era lo más importante en ese momento, claro—. Dime quién es el padre —ordenó.

Pau’Kros tragó saliva con dificultad y pareció no tenerlas todas consigo, como era de esperar.

Decirle a una matrona que estaba embarazada casi siempre era algo magnífico, pero decirle que su hijo era de un hombre que no estuviera entre sus favoritos, podría hacerle perder la vida de una manera horrible, o peor.

—El padre —repitió Malicia, seca—. Dime quién es el padre de este niño. Mira en tu bola y dame el nombre de ese hombre. Me conoces y por tanto conoces mi reputación, que me he ganado con orgullo, te lo aseguro. Puedo reducirlo a cuatro posibles. Tú me dirás quién es.

El hombre comenzó a sudar. Sus ruegos a la bola de cristal se fueron haciendo más irregulares y tensos; se oía su nerviosismo en cada sílaba.

Pero entonces, se detuvo de golpe, con la mirada fija. Por un momento, pareció confuso, pero luego recuperó su media sonrisa y su expresión mostró su éxito.

—Conozco a este hombre —dijo, y Malicia se dio cuenta de que estaba hablando para sí mismo. Aunque con ese comentario, en ese lugar, comenzó a crecer su esperanza.

—¿Quién es el padre? —insistió.

—Era de la Casa Simfray —se atrevió a contestar el vidente, porque la Casa Simfray ya no existía y no se consideraba muy recomendable, sobre todo para un mero varón, decir el nombre de lo que ya no existía—. Zaknafein —se corrigió rápidamente—. Zaknafein Do’Urden es el pa…