Prólogo #3
—Transcenderás —le explicó Kane—. Serás uno con el todo. Y conocerás más armonía y belleza de la que puedas haber imaginado. Pero ese será el fin de Afafrenfere.
—¿La muerte?
—De esta existencia, sí.
—¿Y la muerte es el final… de todo?
—No lo sé —admitió Kane—. Cuando transciendes por primera vez, no es el final; tú también lo sabes, por nuestro viaje juntos en tu cuerpo.
Pero el tiempo para regresar es corto; días, no meses, y lo que puede venir después de ese período, cuando ya no hay retorno, no lo sé.
Para lo que hay después de eso, solo tenemos la fe.
—Yo tengo fe. ¿La tienes tú?
Kane se encogió de hombros.
—No sé lo que no sé. Sin embargo, sí tengo esperanza.
—Entonces, regresaré rápidamente, antes de ese punto en el que no pueda…
—No. No lo harás. No estás preparado.
—¿No me consideras lo bastante fuerte? —preguntó Afafrenfere, y consiguió no mostrar ninguna ira en la pregunta—. ¿Crees que no seré capaz de…?
—No querrás —le interrumpió Kane—. Lo que te ata a este lugar no es lo bastante fuerte para hacerte pensar en darte la vuelta, una vez hayas iniciado ese viaje.
—¿Y qué quiere decir eso?
Kane se encogió de hombros.
—Quiere decir que no estás preparado para dar este paso que te separa de tu mortalidad. Casi, pero aún no. Hay varios rangos ante ti. Te ruego paciencia.
—El mundo es un lugar peligroso. Quizá pierda mi oportunidad y sea apartado de este mundo cuando no lo haya elegido yo.
Kane se limitó a encogerse de hombros, como si eso poco importara.
—Aún no —repitió—. Como amigo tuyo, te lo ruego.
Afafrenfere arrugó la frente al oír eso, decepcionado pero realmente halagado al escuchar tanta preocupación en el más grande de los monjes.
—Tú volviste —dijo, porque no se le ocurría otra cosa que decir.
—Casi no lo hice —repuso Kane a media voz, y eso sobresaltó a Afafrenfere—.
Casi ni pensé en ello. Era mucho mayor de lo que lo eres tú ahora, y mucho más fuerte según las enseñanzas de nuestra orden; pero no te preocupes, amigo mío, porque tú también alcanzarás ese punto de perfección del cuerpo y la mente.
De eso, no tengo ninguna duda. A no ser, claro, que sigas adelante con esta trascendencia, y entonces te marches para siempre.
Kane volvió a tenderle la mano.
—Deseo hacer este viaje —insistió Afafrenfere.
—Lo sé. Y sé por qué.
La mirada de Afafrenfere fue de la mano del Gran Maestro Kane a sus ojos.
—Por él, por Parbid, a quien amabas —continuó Kane—. Porque esperas que él esté allí, esperando, y no hay nada que desees más que su abrazo.
Afafrenfere se quedó boquiabierto. Trató de mover la cabeza para negarlo, pero fracasó completamente.
—No hay nada en el multiverso más potente que el amor, amigo mío —afirmó Kane, y movió la mano, sonriendo.
Afafrenfere aceptó la ayuda que le ofrecía; estiró las piernas y se alzó con facilidad ante su amigo.
—¿Crees que está ahí, gran maestro? ¿Crees que me está esperando?
Kane se encogió de hombros, y Afafrenfere comprendió que el monje no tenía una respuesta y no quería mentirle solo para reconfortarle.
—Ya lo has dicho antes —le contestó Kane—. Tienes fe. Y yo tengo esperanza.
Los dos permanecieron en silencio durante un rato mientras descendían lentamente por el sendero de la ladera.
—Sigo sin entenderlo —admitió Afafrenfere cuando ya se veían las luces del Monasterio de la Rosa Amarilla, poco después del ocaso—. Por cómo lo dices, parece que regresar a tu cuerpo mortal sea una hazaña que requiere un gran esfuerzo.
—Lo es.
El monje más joven se encogió de hombros.
—Cuando fuimos juntos más allá de este cuerpo mío ante el gran dragón blanco, el regreso pareció tan…
—… fácil —terminó Kane—. Te pareció fácil a ti porque tú no iniciaste la transcendencia, ni siquiera fuiste consciente de esa acción, y por tanto ni habías comenzado a oír la música de los cielos o ver la belleza del todo antes de que te hiciera regresar al ser conocido como Afafrenfere.
—Pero tú lo hiciste con tan poco esfuerzo…
—No tan poco como crees, pero sí, con cada ascenso más allá de la mortalidad, las barreras con el más allá se vuelven…
más finas. En aquel caso, el peligro que corríamos nosotros y nuestros amigos era tan inmediato que el regreso fue fácil, lo admito.
Teníamos que estar ahí, o llorar la pérdida de aquellos a los que queríamos.
—Pero… —insistió Afafrenfere. Pareció atragantarse con la palabra, y simplemente movió la cabeza.
—Llegarás a entenderlo mejor —le prometió Kane—.
Sigue con tus estudios. Perfecciona tu cuerpo y tu mente.
Pero te lo advierto, cuando creas que estás preparado, y eso puede ser dentro de años y yo podría no estar aquí para guiarte en esa primera ocasión de transcendencia…
Bueno, podría ser la única para ti, y el final absoluto de Afafrenfere en esta existencia.
—Eso has dicho, maestro, pero ¿por qué? —insistió Afafrenfere—. Sé que mi trabajo aquí no ha acabado. Y sé que no estoy preparado para pasar al siguiente…
—Si hay un siguiente —puntualizó Kane.
—Si hay un siguiente —aceptó Afafrenfere—. Si sé todas esas cosas, entonces ¿por qué crees que renunciaré a mi existencia mortal como hombre?
Kane lo pensó un momento y luego sonrió al monje más joven.
—Has hecho el amor…, el acto en sí, y hasta el final, ¿verdad?
Afafrenfere se sonrojó.
—Sí, claro.
—Entonces ¿conoces el momento en que el cuerpo exige seguir adelante, exige la liberación?
—Sí, maestro.
—El cuerpo no retrocederá, y la disciplina mental y emocional necesaria para negarle esa llamada al éxtasis es enorme.
Cuando transciendes, conocerás un gozo igual, imparable incluso, que aumenta mientras el tiempo, que pierde todo sentido, va pasando; sin embargo, el tiempo para encontrar la disciplina necesaria, la negación del puro deseo, es corto, y el fracaso significa que quedarás por siempre fuera de esta existencia.
Afafrenfere se lo quedó mirando, boquiabierto.
—No sé cómo explicarlo con más claridad o más crudeza —respondió el monje mayor a la mirada de asombro de Afafrenfere—.
No querrás regresar, y por tanto tú, como eres conocido y como te conoces a ti mismo, dejarás de existir.
—El Gran Maestro Kane esperó unos instantes mientras Afafrenfere, visiblemente afectado, iba asimilando el peso de sus palabras.
Luego le preguntó—: ¿Sigues queriendo hacerlo?
—Sí —respondió el monje más joven—, pero quizá aún no.
—Cuando estés preparado —repuso Kane.
—¿Cómo lo sabré?
—Cuando no tengas miedo a no regresar. Cuando creas que has aprendido todo lo que deseas obtener de esta existencia.
No tiene nada que ver con la tristeza o con estar cansado de la vida, no.
Ese estado mental haría que transcender la forma mortal fuera imposible.
Tiene que ver con sentirse completo, ¡con una sensación de plenitud tal que sabes que queda poco espacio en esta existencia para algo nuevo!
—¿Ahí es donde estás tú?
—¡Ahí es donde he estado desde hace más de un siglo!
—Sin embargo, sigues aquí.
El Gran Maestro Kane se encogió de hombros.
—De algún modo —respondió, críptico—. Parte de mí sigue aquí, y parte de mí se ha ido para siempre.
—Entonces ¡háblame del misterio!
—No puedo. La parte de mí que lo sabe no está aquí.
—No lo entiendo. Entonces, ¿hay incluso algo más que trascender la forma física?
Kane volvió a encogerse de hombros, lo que hizo que Afafrenfere repitiera.
—No lo entiendo.
—No necesitas entenderlo. Ahora no. Aún no. Te queda mucho por aprender.
—Entonces, dime, gran maestro, ¿qué necesito saber ahora?
—Que no querrás regresar. Eso es todo.