Implacable (Generations 3) Prólogo #2
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Prólogo #2

No se lo creía. Se negaba a creérselo, aunque se vio sentado en el suelo.

Afafrenfere movió la cabeza, se sacudió las estrellas que le parpadeaban en los ojos y alzó la mirada. Se encontró a Kane ante él, con la mano extendida para ayudarlo a levantarse.

Le tomó la mano y comenzó a alzarse, pero cayó de culo de nuevo y medio se desplomó y medio rodó hacia un lado.

Algo más tarde, no sabría decir cuánto, Afafrenfere se alzó sobre el codo y miró a su oponente, a su querido amigo, que se hallaba sentado frente a él, con las piernas cruzadas.

—Creí que mi salto hacia delante seguido del tajo sería una maniobra eficaz —dijo Afafrenfere, y fue escupiendo sangre con cada palabra. Notaba que tenía un corte de buen tamaño en el labio, y el dolor en la mandíbula le provocaba un intenso ardor con cada movimiento.

—Habría matado a casi cualquier oponente —le felicitó Kane.

—No a ti.

Kane se encogió de hombros.

—No.

—¿A Drizzt? —le picó Afafrenfere, porque el elfo oscuro le había arrebatado su puesto como alumno privado de Kane.

Después de un momento y un gesto pensativo, Kane volvió a encogerse de hombros, pero no añadió ninguna negativa verbal.

—Si Drizzt y Afafrenfere lucharan, ¿por quién apostaría el Gran Maestro Kane?

—Al Gran Maestro Kane no le falta nada, así que no tiene necesidad de apostar —respondió Kane.

—Finge un poco.

—Podría no gustarte mi respuesta.

Afafrenfere soltó una carcajada, y luego un gruñido mientras se sujetaba la cara. Se agarró la nariz ensangrentada con el pulgar y el índice, y tiró hacia un lado.

Eso hizo que le dolieran los dientes, así que supuso que tenía una fisura en el hueso desde la nariz hasta la encía.

—Si pudieras derrotarme, ¿por qué te molestarías en retar a la Maestra del Invierno? —le preguntó Kane, y Afafrenfere lo miró sorprendido por el cambio de tema.

—¿La maestra Savahn espera mi segundo reto? —preguntó; había sido una forma nada sutil de recordarle que Savahn le había derrotado la temporada anterior.

El monje trató de disimular la ansiedad en su voz.

Ya llevaba mucho tiempo detrás de Savahn, tanto antes como después de su derrota, y casi se había recuperado y había mejorado lo suficiente para retar por segunda vez a la Maestra del Viento Este.

Pero también Savahn, quizá espoleada por el impulso de Afafrenfere, se había entrenado a fondo y había ascendido al rango siguiente antes de que Afafrenfere pudiera realizar formalmente ese segundo reto.

Ahora, Savahn era la Maestra del Inverno, y Afafrenfere había conseguido el rango vacante de Maestro del Viento del Este sin tener que enfrentarse en un combate de prueba a ninguno de los tres monjes del Monasterio de la Rosa Amarilla que tenían un rango superior a él: Savahn, la Maestra del Invierno; Perriwinkle Shin, el Maestro de la Primavera, y Kane, el Gran Maestro de las Flores.

Kane asintió. Por ahora, el rango inmediatamente superior al de Afafrenfere estaba ocupado, y solo podía haber uno.

Para que Afafrenfere se convirtiera en el Maestro del Invierno, tenía que derrotar a la actual Maestra del Invierno, Savahn.

Y luego, seguramente, tendría que defender su nuevo título contra una resurgida Savahn, o quizá contra el prometedor Maestro del Viento Oeste, Halavash, que, sin lugar a dudas, también estaba haciendo grandes avances en su entrenamiento (y del que también se rumoreaba que entrenaba discretamente con el Gran Maestro Kane).

—¿El Gran Maestro Kane apostará en esa pelea?

—No.

—Si lo hiciera, ¿sabría por quién apostar?

—Sí.

—Si lo hiciera, ¿el Gran Maestro Kane la consideraría una apuesta segura? —insistió Afafrenfere.

Kane sonrió a eso y respondió: «Sí», antes de comenzar a alejarse.

—Ojalá vivamos ambos lo suficiente para que llegue el día en el que yo pueda retarte adecuadamente —le gritó Afafrenfere desde atrás.

Kane se detuvo y se quedó inmóvil durante un instante, luego se volvió lentamente.

—Hermano Afafrenfere, eres mi amigo. A través de ti y contigo, hemos alcanzado grandes logros por el bien de las gentes. Y por tanto te digo esto, y espero que lo escuches como la lección más importante de todas: tu objetivo no puede ser obtener el título de Gran Maestro de las Flores.

—Solo deseo retarte y derrotarte porque en esa victoria veré mi propia mejoría —respondió Afafrenfere.

Kane asintió.

—Tu propia mejoría —coincidió—. La competición está en tu interior, amigo mío; en la lucha por alcanzar la paz y la perfección física y espiritual.

—Y sin embargo, nos desafiamos los unos a los otros para medir esa mejoría.

—¿Cuál es tu objetivo? —preguntó Kane.

—Lo acabas de decir.

—No —replicó Kane—. Ese no es tu objetivo. Nunca pienses en ello como en tu objetivo. Ese es tu viaje. Así es como das sentido a tu existencia y encuentras la paz en medio del tumulto de la mortalidad y la incertidumbre del final al que todos debemos de enfrentarnos algún día.

—Todos en la Orden de los Santos Solares aspiran a ser el Gran Maestro Kane —afirmó Afafrenfere.

—El copista que comienza un volumen con el propósito de acabarlo, y persigue ese fin de manera obstinada, reduce la experiencia de esos meses de escritura; renuncia a la alegría, a las emociones, al aprendizaje y a los recuerdos de su viaje por ese proceso.

Así que vuelvo a preguntarte, ¿cuál es tu objetivo?

Afafrenfere lo miró sin comprender.

—No tienes ningún objetivo —respondió el Gran Maestro Kane a su propia pregunta—. ¿Cuál es tu camino?

—Aprender, vivir, crecer, avanzar hacia la verdad —contestó Afafrenfere.

—¿La verdad?

—La verdad de mí mismo, la verdad de todo lo que me rodea.

El Gran Maestro Kane sonrió satisfecho y asintió con aprobación.

—No pierdas eso de vista —le advirtió Kane mientras se marchaba—, o tendrás que ceder el título del Maestro del Invierno muy poco después de lograrlo.

Afafrenfere tardó un momento en darse cuenta de lo que implicaban las últimas palabras de Kane.

El gran maestro, tan sabio y perceptivo, confiaba en que derrotaría a Savahn.

Abrumado, Afafrenfere se desplomó. Aún no tenía ni idea de cómo Kane había conseguido darle una patada en la cara con tanta fuerza cuando ambos estaban prácticamente pegados.

Pensó que algún día lo entendería, y dejó de pensar en ello. Llegaría con el tiempo, o no llegaría, durante los caminos y los retos de su viaje físico y espiritual.

Afafrenfere se hallaba sentado sobre un alto acantilado rocoso, una estrecha cornisa, después de una difícil escalada que tenía una gran fama en la Orden de los Santos Solares.

Desde ese lugar, un siglo y medio antes, el gran Kane había transcendido su cuerpo físico y se había hecho uno con el multiverso.

Afafrenfere se sentaba con las piernas entrelazadas, las manos sobre las rodillas con las palmas hacia arriba, el pulgar unido al dedo índice. Su respiración era lenta y acompasada; la exhalación y la inhalación de la misma duración.

Su mente estaba, al mismo tiempo, en su interior más profundo y alejado en el exterior. Nunca había estado más lejos de su propio cuerpo, y sin embargo, nunca se había sentido menos apartado de él.

Notaba que su objetivo se aproximaba, sentía como si por fin hubiera aprendido cuáles eran los lazos de sus limitaciones físicas, la propia cola adhesiva que le daba forma.

No sentía el frío cortante del viento de alta montaña.

No lo captaba con los oídos, ni tampoco captaba el graznido de los grandes cóndores que planeaban con las corrientes ascendentes de las altas montañas.

Porque el área que lo rodeaba no importaba. Su foco se hallaba en su interior y por todas partes, a su alrededor.

Toqueteaba ese adhesivo con su voluntad, y sentía que estaba aflojando los lazos.

Los podría deshacer completamente, estaba seguro, y cuando lo hiciera, conocería la eternidad. Trascendería su propia mortalidad. Se haría uno con todo…

Pero pensar en eso interrumpió la necesaria concentración de Afafrenfere.

El recuerdo ardió en su interior, porque él había hecho eso antes, aunque con ayuda.

El Gran Maestro Kane había estado en su interior, poseyéndolo, compartiendo su forma.

Cuando el gran dragón blanco se había alzado ante ellos, Kane había roto los lazos físicos de Afafrenfere, había desencolado la multitud de partículas que se habían unido para formar el conjunto, conocido como Afafrenfere.

La belleza de esa experiencia no era fácil de olvidar, aunque solo hubiera sido un breve viaje al lugar del todo.

Porque Kane lo había vuelto a formar casi inmediatamente, en cuanto el dragón exhaló su letal y gélido aliento, para que Afafrenfere pudiera matar la sierpe.

El monje retomó su meditación; se obligó a ser paciente y, de nuevo, se situó en ese lugar de profunda calma, un lugar vacío de pensamientos y contemplativo al mismo tiempo. Buscó de nuevo los lazos.

Sintió la cola adhesiva y comenzó a deshacerla, a deshacerse a sí mismo.

Una mano le dio una palmada en su hombro y lo sobresaltó, antes de que pudiera comenzar realmente el proceso.

Sus ojos se abrieron de par en par. Notó el viento; oyó el viento. Giró la cabeza de golpe y se encontró al Gran Maestro Kane a su lado, negando lentamente con la cabeza.

—No estás preparado —afirmó Kane.

Afafrenfere parpadeó varias veces, asombrado.

—Ven, regresemos al monasterio —dijo Kane, tendiéndole la mano.

Afafrenfere negó con la cabeza.

—¡Este no es tu lugar ni tu elección ni tu viaje! —le espetó.

Kane no parpadeó ni retiró la mano.

—Eres el Gran Maestro de las Flores, el principal de la Orden de los Santos Solares, por siempre —continuó Afafrenfere—. Y con todo el respeto, con más respeto que he tenido nunca a nadie, te vuelvo a decir que este no es tu lugar.

—Es mi lugar.

—¿Porque eres el Gran Maestro de las Flores?

—Porque soy tu amigo —contestó Kane.

—Puedo hacerlo —insistió el monje más joven.

—Lo sé.

—Entonces…

—Pero aún no puedes deshacerlo.

Afafrenfere fue a replicar, pero se calló y se lo quedó mirando.