Implacable (Generations 3) Prólogo
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Prólogo

A ÑO DEL RENACIMIENTO DE LA R AZA E NANA.

El hermano Afafrenfere se repetía constantemente que no debía dejarse engañar por la apariencia del anciano.

Parecía tan… gastado, tan frágil…, la sombra de un humano, con unas facciones tan hundidas que la mayoría de la gente le echaría más de cien años.

Y acertaría, aunque esos cien años serían solo la mitad de su edad real, más o menos.

Afafrenfere se fue hacia la izquierda, girando y girando a gran velocidad, mientras se mantenía a distancia de su oponente.

Llegó al estante de armas y aferró una espada larga con una hoja fina y curvada.

Se volvió de golpe, con el arma en ristre, como si esperara que el anciano estuviera justo a su espalda, listo para atacarle.

Pero Kane, el Gran Maestro de las Flores, seguía sobre la plataforma circular elevada que se hallaba en el centro de la sala.

Parecía estar en paz, relajado y con las manos vacías.

Después de su último intercambio de golpes a manos abiertas, no había seguido a Afafrenfere, ni se había desplazado hasta ninguno de los estantes de armas que se repartían a lo largo de las curvadas paredes, para tener con qué responder a la katana de Afafrenfere.

El hermano Afafrenfere caminó de vuelta hasta la tarima y la subió para plantarse delante de su oponente, que siguió sin reaccionar.

Con la punta de la espada firme y apuntando directamente a Kane, el monje más joven avanzó, moviendo cuidadosamente los pies y recolocando su peso para mantener un equilibrio perfecto, mientras se situaba de tal forma que le permitiera un rápido retroceso o un salto hacia un lado.

—Lo estabas haciendo muy bien sin armas —le dijo Kane en un tono demasiado tranquilizador.

Mágicamente tranquilizador; Afafrenfere solo se dio cuenta de ello cuando se vio bajar la punta de la espada mientras se le cerraban los ojos.

—¡Bah! —gritó, mientras se sacudía para despejarse, y saltó hacia delante, lanzando una estocada con la espada; el brazo izquierdo de Kane se alzó y golpeó ligeramente la hoja con un revés que la desvió y envió la inofensiva estocada hacia la izquierda.

«¡Reacciona y ataca!»

La misma mano volvió hacia el centro, y el antebrazo empujó la hoja hacia la derecha del viejo monje.

«¡Reacciona y ataca!», pensó Afafrenfere.

El brazo izquierdo se alzó en otro revés, e hizo que la hoja fallara de nuevo. ¡Tan cerca! ¡Tan tentador!

Afafrenfere lanzó otras tres estocadas repentinas y potentes, y cada vez pensaba que lo iba a alcanzar hasta justo el instante en que la hoja se iba hacia un lado del Gran Maestro de las Flores, y le pasaba lo suficientemente cerca para haberlo afeitado si hubiera tenido una barba con cierta longitud o volumen.

Otra estocada se dirigió hacia el vientre del monje, y Afafrenfere, astutamente, añadió una patada con la pierna izquierda hacia la cadera.

Pero entonces fue la mano derecha de Kane la que se alzó para desviar la espada, al tiempo que, con un repentino movimiento, asumía la posición de la garza y con la pierna derecha interceptaba la patada de Afafrenfere.

El pie de este se estrelló con fuerza contra la espinilla de Kane, quien solo dobló un poco más la pierna para absorber el impacto y robarle la fuerza al golpe.

Repentinamente vulnerable, Afafrenfere no pudo esperar a devolver al suelo la pierna de la patada, y prefirió girar sobre el pie derecho, rotar el talón hacia fuera rápidamente, avanzar la pierna de la patada y al mismo tiempo lanzar un puñetazo con la mano izquierda.

Pero las manos de Kane fueron más rápidas.

La izquierda se arqueó por arriba contra la espada angulada, empujándola más hacia afuera, mientras apartaba la mano derecha de la hoja y, con la rapidez de una víbora, lanzaba un repentino puñetazo que alcanzó a Afafrenfere en las costillas, justo bajo el pecho izquierdo.

No era el típico golpe seco, que crujía en el momento del impacto, sino que parecía más como un repentino e inamovible soporte, como si Afafrenfere se hubiera golpeado contra un muro de piedra.

¡Un muro de piedra que se movía! Porque la mano de Kane siguió avanzando, certera. Afafrenfere notó el ki del monje liberarse en ese golpe, empujándolo con una fuerza tremenda.

Se sentía como si debiera ser capaz de resistir esa combinación de golpes tanto físicos como espirituales. Doblaba en peso a ese monje ajado y viejo. Debía ser más fuerte, mucho más fuerte. Tenía que resistir, pero no podía.

Lanzó un gancho de izquierda, pero se quedó corto.

Muy corto, tanto que solo al ver ese triste golpe, que fallaba por palmos y no por centímetros, comprendió que estaba volando hacia atrás; finalmente trastabilló hasta detenerse, pero a punto estuvo de caerse de cabeza a la parte inferior del suelo, a más de tres metros de donde se hallaba el Gran Maestro Kane.

Afafrenfere alzó las manos a ambos lados, una agarrando con fuerza la espada y la otra cerrada en un fuerte puño.

También apretó la mandíbula, y flexionó los músculos con un movimiento repentino y potente, para forzar a la sangre a fluir por su cuerpo con fuerza y con el poder sanador de su propio ki .

Bajó los brazos, y el joven y poderoso monje extrajo más de su fuente de energía, física y espiritual, para realizar un gran salto repentino y aterrizar, con una voltereta, justo frente al Gran Maestro Kane.

Se puso en pie mientras lanzaba una potente estocada, y se acercó entre patadas, tajos y puñetazos; una máquina rodante de devastación.

Kane detuvo cada golpe, pero Afafrenfere se movía con tal sorprendente poder y precisión que no notaba los contragolpes de su poderoso oponente.

Lanzó un tajo lateral con la espada y falló (aunque no supo si había sido porque Kane se había agachado o porque había saltado por encima, y tampoco le importó, mientras ejecutaba un repentino, y también inútil, revés).

No le importó ese segundo fallo, porque el revés era solo para alinear adecuadamente la espada. Mientras esta volvía por la derecha, Afafrenfere giró la espada con un golpe de muñeca y rotó el brazo con un golpe de hombro, lo que alzó el arma con una rapidez sorprendente.

Lanzó un golpe hacia abajo en diagonal.

Y de nuevo falló.

Y de nuevo, supo que iba a fallar, incluso si acortaba el arco del golpe.

Porque eso también era una finta, y Afafrenfere continuó bajando la espada y el brazo en diagonal, y usó el impulso en un repentino salto mortal, hacia arriba y hacia delante, para finalizar con la ejecución perfecta de un golpe que empezaba por encima de la cabeza, mientras la otra mano se unía a esta en la larga empuñadura, para aumentar el peso en el golpe hacia abajo, un tajo que vibraba con un poder letal.

Aunque la espada no estaba afilada, para poder practicar, Afafrenfere sintió una punzada de culpa por el dolor de cabeza que tendría Kane cuando recuperara la consciencia.

Pero no, su tajo descendente se encontró con los brazos de Kane, cruzados, y cuando la espada impactó, en el momento exacto en que conectó, en el instante justo en que le tocaba la piel, Kane los descruzó.

Incluso si la hoja hubiera estado lo suficientemente afilada como para cortar piedra, el impacto contra los brazos del viejo monje fue demasiado breve para causarle cualquier corte grave, pero Afafrenfere dudaba de que en todo el país hubiera acero lo suficientemente fuerte para resistir el movimiento de tijera de Kane.

El monje separó los brazos, y la mitad de la quebrada espada salió volando, y antes de que Afafrenfere tuviera tiempo siquiera de registrar ese movimiento, la mano derecha de Kane descendió, fue hacia dentro y luego directa hacia arriba, doblada por la muñeca, con la palma hacia arriba, hasta golpear la empuñadura de la espada bajo las manos de Afafrenfere.

Kane siguió alzando la mano, presionando, presionando, hasta sacarle la media espada de las manos a Afafrenfere y enviarla por los aires.

Afafrenfere se lanzó a un ataque desesperado, golpeando y pateando, por la derecha y la izquierda, por arriba y por abajo.

Y lo mismo hizo Kane; los hermanos monjes intercambiaron fuertes golpes y patadas, demasiado deprisa para verlos o contarlos, demasiados incluso para que Afafrenfere notara cada uno por separado.

No sabía cómo estaba bloqueando los ataques de Kane, del mismo modo que no sabía cómo Kane estaba bloqueando los suyos.

Porque ya estaba más allá de su propia consciencia, en un lugar de pura reacción en el que la memoria muscular se imponía a cualquier idea de una secuencia planeada.

Pero entonces, un fallo: ¡Kane falló un bloqueo! El derechazo de Afafrenfere fue directo. No conectó, pero hizo que Kane tuviera que esquivarlo con un torpe movimiento hacia la izquierda.

O eso pensó Afafrenfere hasta que lanzó un directo rápido con la izquierda, porque en ese instante notó el pie derecho del Gran Maestro Kane moverse y colocarse detrás de su propia pierna izquierda, y cuando Kane alzó la palma derecha para interceptar el golpe, Afafrenfere la notó como un objeto inamovible, que lo hizo retroceder y tropezarse con la pierna del maestro.

Kane completó su movimiento avanzando la palma que bloqueaba el golpe y echando con fuerza la pierna derecha hacia atrás, con lo que hizo caer a Afafrenfere al suelo.

Con una desesperada voltereta hacia atrás, este volvió a ponerse en pie, y se asombró de lo rápido que había ejecutado ese movimiento de escape, aunque ya tuviera a Kane ante él, que le lanzaba rápidos puñetazos y golpes.

Afafrenfere, haciendo un gran esfuerzo, desvió o absorbió esos golpes, y se quedaron en lo que parecía un agarre, separados solo por un par de palmos, y con los brazos entrelazados hacia abajo a ambos costados.

Afafrenfere fue a darle un cabezazo, pero antes de llegar a moverse, notó un fuerte golpe en la cara.

Una patada.

¡Una patada!

«¡Imposible!», le gritó su propia mente. ¡Kane y él estaban demasiado cerca! ¿Cómo podía Kane haberle dado una patada en el rostro cuando a penas los separaban dos palmos?