Impius Capítulo 35
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Capítulo 35

Nilo

Nada puede compararse jamás con aquello que fue hecho simplemente para ser.

Del infierno al paraíso.

Todo es como debe ser.

Arriba, abajo.

La devoro.

Recorro su cuello con la boca mientras la elevo contra la pared y me coloco entre sus piernas. La urgencia me hace actuar como un animal, usando tanta fuerza que escucho su espalda deslizarse sobre la piedra, sin que a ella le importe.

Lyra aúlla en cuanto arranco bruscamente la placa de protección que cubre sus pechos, manteniéndola a distancia durante apenas unos segundos, el tiempo suficiente para deshacerme del material.

Nada va a separarnos.

Ya no.

Clavo los ojos en los pezones hinchados y me convierto en un ser irracional. Sobresalen bajo la transparencia de la prenda íntima color arena, atrayendo toda mi atención.

Inclino la cabeza y atrapo uno entre los dientes, deleitándome con los espasmos que la recorren. Muerdo y chupo, gimiendo en cuanto cambio y castigo el otro, mientras ella se frota contra mi erección, como una sedienta en busca de agua.

Las piernas alrededor de mi cintura me arrancan un jadeo cuando aumenta la presión.

Es jodidamente bueno.

Y ansiándolo todo, completamente perdido, abandono sus pechos, atrapando uno de ellos con la mano antes de retomar nuestro beso, tan lento y extraordinario que me cuesta ordenar los pensamientos, poner en fila todo lo que quiero hacerle.

El sonido es una sinfonía de deseo, con mi boca explorando la suya, mordiendo, exigiendo, suplicando que sienta la misma sensación abrasadora que yo. Que arda en un fuego invisible tan demencial que nada vuelva a ser igual para ella.

Pensar en los tipos que ya lo intentaron me hace exigirlo todo, me hace morder su labio inferior con tal voracidad que la sangre se esparce entre nuestras lenguas. El sabor metálico se funde con nuestra saliva y nos detenemos solo para respirar, abriendo los ojos y buscando el alma del otro.

¿Esto está pasando de verdad?

Nuestros ritmos se igualan y la agarro del culo, apretándola contra la erección, tan dura y caliente que jadeamos.

Necesario y urgente. Lento y voraz.

Nos besamos como si nuestra existencia dependiera del contacto, de la cercanía, de todo. Su hambre es tan grande que su boca se desliza sobre la mía y la lleno con la lengua, jugando con la herida recién abierta.

Aniquilamos cualquier miedo.

Y nos entregamos a lo más primitivo que existe.

Mi piel cede al calor y siento el núcleo de mi poder palpitar, triplicando su tamaño. El plateado se derrama como una tormenta densa y es envuelto por el manto dorado, que comienza a fundirse en una bruma brillante.

Las mordidas aumentan.

Mis dedos se hunden en el culo de Lyra, que ronronea y vibra contra mis labios, enviándome a un punto más allá de la comprensión, donde solo existe fuego, condenación y un deseo tan crudo y antiguo que nos destruye.

Somos milenarios.

Creados en los confines del universo.

Y así conocemos el cuerpo del otro como si fuera el nuestro propio; sabemos dónde empieza uno y termina el otro, y funcionamos con tal sintonía que ella simplemente responde, aún sin recuerdos concretos.

Aún sin entender por qué sus dedos ansían mi piel, por qué su poder se desborda en oleadas, llenando toda la maldita terraza, danzando alrededor del mío, tan plateado como deben de estar mis ojos.

Porque los suyos adoptan un brillo dorado extasiante.

El mismo brillo que me sostuvo durante milenios, el mismo brillo osado, desafiante e embriagador.

Ninguna parte de mi cuerpo queda intacta después de eso; es como si ella me convirtiera en una reacción a su mirada.

Como si las chispas, las centellas, duelaran a nuestro alrededor, reduciendo la importancia del lugar, trasladándola a una simple mirada.

Cargada, liberada de ataduras invisibles y dolorosas.

El beso se abraza al contacto de las lenguas y a la sensación de reconocimiento que atraviesa nuestros ojos cuando nos miramos. No logramos siquiera bajar los párpados, como si necesitáramos esa conexión, ese intercambio de sentidos.

Lyra no percibe la magnitud de su propio deseo.

Calienta nuestra piel, nos transforma en conductores del calor. Crea incendios catastróficos que se extienden por la naturaleza volátil en la que fuimos creados, en la que nos perdimos y nos transformamos.

De ángeles.

A caídos.

En demonios.

Todo es tan intenso y furtivo que solo vuelve innegable una cascada inevitable de consecuencias.

El agua ardiente cae sobre nosotros y se entrelaza con el beso, empujándonos al borde de una grieta más profunda, oscura, decadente, en cada instante que pasamos separados, luchando por encontrar una forma de resistencia, de engañar al destino.

En realidad, yo.

Porque ella aún no sabe todo lo que significa.

Cómo su presencia es el punto de luz en un mundo destruido, lleno de amenazas, de caos, de anhelos ocultos y deseos desbordados.

Y ella es mía.

Tanto que la memoria que habita su cuerpo comanda sus acciones, encajando nuestros gestos como una obra de arte fascinante.

Beso su boca.

Deslizo la lengua y saboreo la piel salada de su cuello, perdiéndome en su cuello libre, apreciando el tacto sedoso de su piel. Me pierdo otra vez en la visión de sus pezones y la elevo más, sosteniéndola a la altura perfecta para que sus pechos queden frente a mi boca.

Subo la tela transparente, tan fina que podría destruirla.

Sus pechos se mueven mientras jadea, esperando el toque de mi lengua.

Los pezones túrgidos sobresalen, suplicando ser chupados.

Y yo lo hago con el mayor placer, rodeándolos con la lengua, mordiendo uno mientras concentro mi poder en acariciar el otro.

Sin esperar el estímulo en ambos al mismo tiempo, Lyra grita y me hace reír contra el punto sensible, sintiendo que su orgasmo está cada vez más cerca.

No meto la mano en la cintura de su pantalón.

No lo necesito.

Porque se frota contra mí con tanta insistencia que sé que llegará en cuestión de segundos. Su excitación es tan latente y marcada que su olor me embriaga y alimenta el caos que se alza sin control.

Aprieto su culo y la empujo, fijándola contra el bulto, escuchando su jadeo mientras mordisqueo su pezón y admiro, extasiado, las consecuencias de su orgasmo.

Lyra se mueve necesitada, el coño sufriendo con el roce de nuestras ropas, y mi pecho arde tanto que me roba todo el aire. La sujeto con firmeza, concentrado en darle una sensación tan poderosa que jamás podrá definir ese clímax.

—Córrete fuerte, Reggie —ordeno.

Acaba de correrse. Lo sé. Pero puede llegar otra vez.

Su olor es embriagador y una señal de que está tan excitada que un segundo clímax será tan fácil como respirar.

—Pero…

No logra terminar la frase, alcanzando de nuevo el calor.

Su rostro enrojecido y los labios manchados de sangre me hacen rugir y aumentar la fricción en nuestra intimidad, apretándola contra mi erección con tanta hambre que Lyra apoya la nuca en la pared y emite pequeños sonidos desolados.

En una locura eléctrica, camino con ella, chocando contra las paredes, contra los muebles, contra todo, escuchando cosas hacerse añicos, sin importarme una mierda.

Nuestro poder titila y se entrelaza como un cataclismo. Una profusión de amenazas silenciosas.

En todo el Pueblo, los demonios deben de comprender que algo muy grande está ocurriendo, sin tener idea de qué es. Ese pensamiento, el de darle un orgasmo tan intenso como para hacer que el infierno se derrumbe, me hace sonreír para mis adentros.

Lyra aún sufre la avalancha del clímax y ni siquiera nota que nos perdemos en los sentidos, hasta el punto de que nada a nuestro alrededor resulta coherente.

Las cosas comienzan a cambiar, con la falta de control, con las ataduras rompiéndose una a una, transformando el escenario de nuestro deseo, el espacio y el tiempo, sin que ella perciba que gran parte de eso sucede por su causa.

Abrazando el pico del placer.

Tan intenso como los cambios bruscos que atravesamos.

Me concentro en su rostro, en sus expresiones y en los sonidos que emite. Es gloriosa.

Con un gesto, destruyo la puerta que separa el dormitorio de la sala, abriéndonos paso.

Cruzo las llamas con Lyra aún con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Solo vuelve a mirarme cuando la coloco sobre la cama y percibe el cambio de ambiente.

Los ojos intensamente verdes están contorneados por un dorado tan brillante que la oscuridad parece iluminarse con ellos y con su piel oliva, resplandeciendo sobre las sábanas gris oscuro.

—Nilo…

La forma en que pronuncia el apodo casi hace parecer… casi… que las cosas no han cambiado. Pero están muy distintas y, al mismo tiempo, no.

Recorro su cuerpo con la mirada, incinerando la prenda fina, reduciéndola a diminutos fragmentos quemados. Hago lo mismo con la parte inferior, conteniendo el aliento al ver el centro húmedo entre sus piernas.

Brilla.

Me atrae al pecado, a aquello que deseo tanto que daría mi vida a cambio si antes pudiera tener más de esto.

—Llevas demasiada ropa.

Ella tantea mi cuerpo y sujeto su mano, sintiendo que debo explicar algunas cosas, que necesito hacerlo.

Lyra no tiene idea de lo que he hecho por su causa, de cómo la engañé durante los últimos años.

Miles de ellos. Y creo que, por más que esta noche esté completamente perdida en anhelos, no puede suceder sin que ella lo sepa.

—¿No me deseas?

Maldición.

—No existe un mundo en el que no te deseara.

—Entonces, ¿por qué dudas después de darme el mejor orgasmo de mi vida?

Porque te engañé.

Porque soy el motivo de que tu vida haya sido tan infeliz hasta llegar aquí.

Soy la razón de todo el mal que te rodeó y, aun así, no me arrepiento de nada de lo que hice. No me arrepiento ni un solo segundo. Y repetiría todo el proceso. Sin pensarlo dos veces.

—Hay cosas sobre mí que, si las sabes, me odiarás.

—Y este no es el momento de hablar de eso. Prefiero odiarte después del sexo.

—Si eso ocurre, Lyra. Si venero tu cuerpo, será para siempre —asumo mucho más de lo que las palabras expresan.

Lyra tiene veintisiete años terrestres y, sin recordar nada, es solo alguien demasiado joven para comprender la profundidad de lo que digo.

—Acepto lo que me ofrezcas.

—¿Y si quedas atada a mí?

—No me importa.

—Ahora.

—No me importa, Nilo.

Libera la mano y, con la fuerza suficiente para reducir mi corazón a cenizas, tira de la parte superior de mi ropa y revienta las costuras, sonriendo victoriosa al oír el sonido del material desgarrándose.

Recorre cada uno de mis tatuajes con los dedos y los malditos reaccionan a su contacto como mis alas, que brillaron al más leve roce.

Joder.

Lyra los admira todos con tanta atención y cuidado que cierro los ojos y recibo la caricia como una dádiva. Porque eso es este momento. Una dádiva que se nos concede.

—Son hermosos.

Y son para ti.

Cada uno de ellos fue hecho pensando en ti.

En todo lo que ya amaste y viviste.

Cubro sus dedos con los míos y la acompaño recorriendo los dibujos, hasta detenernos en el tatuaje sobre mi pecho, el par de alas blancas.

—No se parecen a tus alas —comenta.

—Porque no son mías.

Y entonces, tomándome por sorpresa, se inclina y besa esa porción de piel, su aliento caliente y provocador erizándome, convirtiendo el deseo en una fuerza de la naturaleza que ya no puedo encerrar.

Ahora que ha sido liberado, solo le queda correr cuesta abajo para encontrarse con aquello que tanto anhela.

—Lyra… hay algo que necesitas saber antes de…

Intento reforzar mi punto, apretando la mandíbula al notar la sonrisa traicionera en su rostro, antes de que presione con más fuerza los labios contra mi pecho y descienda por el abdomen, la lengua deslizándose por mis músculos, haciéndome perder el raciocinio.

En cuanto su boca alcanza la parte más baja y sensible, la sangre deja de circular por mi cuerpo y me tenso. Tan duro que duele.

Lyra contempla el volumen y, mirándome, abre una sonrisa tan amplia que inspiro y siento el pecho protestar por la cantidad de aire.

—No, no necesito.

—Lyra…

Una advertencia.

Una plegaria.

—Te estoy diciendo, Nilo, que no necesito saber nada, no ahora.

Sus dedos se aferran a la cintura de mi pantalón y, cuando lo baja poco a poco, escucho miles de conversaciones pasadas, cientos de veces en las que nos perdimos en los brazos del otro.

Pero es diferente.

Ha pasado mucho tiempo desde que esto ocurrió y mi garganta cerrándose, mis ojos perdiendo el enfoque, son la prueba de que no estaba preparado emocionalmente. Tal vez nunca lo esté.

Agarro su cabello y tiro de su cabeza hacia atrás. Ella ríe profundamente, con el deseo tan a flor de piel que no siente el menor dolor.

—¿Demasiado pronto para esto?

Sonrío.

Que se joda mi autocontrol y esta necesidad de comandarlo todo.

—Solo quiero confirmar que no es un sueño —respondo.

Cuando libera la erección, mi corazón deja de latir. Y al primer contacto de sus labios, el mundo converge y todo vuelve a tener sentido. Todo regresa al lugar del que nunca debió salir.