Capítulo 34
Lyra
Solo los ángeles que se convirtieron en demonios poseen alas. Son lo más íntimo que él puede mostrarte.
Sus alas…
Son…
—Tus alas son magníficas —susurro, las palabras perdiéndose en mi cabeza mientras observo a Nilo en toda su gloria. Parece resplandecer con un brillo plateado mágico, muy parecido a mi dorado.
Durante unos instantes, mis labios se niegan a decir algo más y mis ojos no se apartan de su figura imponente, con los hombros anchos, el pecho erguido y toda la postura de alguien que conoce la dimensión de su poder.
Joder…
Es el ser más hermoso del universo.
De todos ellos.
De todos los mundos mágicos.
No los he visto todos, pero estoy segura de que lo es.
Y puedo jurar que la forma en que Nilo me mira evidencia que piensa lo mismo de mí, como si viera algo digno de ser admirado.
Sus labios se entreabren igual que los míos y permanecemos así durante unos minutos, con la quietud extendiéndose sigilosa entre nosotros.
Mis ojos viajan desde su rostro, desde la mirada azul como dos piscinas translúcidas, recorren todo el torso cubierto cuya ropa no logra disimular los músculos definidos.
Analizo los brazos y, siguiendo esa línea, me pierdo en las alas esplendorosas, donde las puntas oscurecidas dan paso a un plateado suave.
Absorbo su belleza.
De los miembros que se alzan detrás de su espalda, tan grandes que parecen tener cierta dificultad para caber en esta sala, con las paredes sintiéndose mucho más cercanas de lo que realmente son.
Tengo la ligera sensación de que un simple sacudón, un leve batir, me haría deslizar hacia atrás con la poderosa ráfaga de viento que crearían.
Son tan, pero tan increíbles, que las comparo con la noche.
Como una acumulación de negro en múltiples tonos.
Porque ese negro tiene matices, no es solo oscuridad ni nada parecido.
Está lleno de vida, de calor, que se entrelaza a medida que cada pluma se impone sobre la otra.
Ninguna de las representaciones de ángeles en mi cómoda en la Tierra se acercó a reflejar la verdadera belleza de las alas de este ser.
Nada podría hacerlo.
Ni siquiera si el artesano más experimentado del mundo se enfrentara a uno.
Es imposible de representar, de describir con perfección.
Porque no existe forma de explicar la magia; simplemente es mucho más hermosa que una pintura, una escultura o palabras que formen una narrativa.
Existe para ser memorable e inolvidable, pero solo para quedar en la memoria de quien la contempla.
No es un conocimiento que se transmita, es una visión que debe vivirse, sentirse en lo más profundo, en el corazón.
Porque contemplar a Nilo calienta todo mi cuerpo y me hace respirar con la dificultad suficiente para sentir mi corazón latiendo y sus golpes resonando en mis oídos.
Mi visión se centra en él y todo lo demás va perdiendo foco, poco a poco, desvaneciéndose lentamente.
Se acerca más.
Mucho más.
Tanto que el calor de su cuerpo coquetea con el mío.
Alzo la mano y toco una de las puntas robustas, donde las plumas se vuelven plateadas, respondiendo con pequeñas vibraciones.
Miro a Nilo y lo veo cerrar los ojos, absorbiendo la sensación como si provocara una ola de estímulos en su cuerpo.
Las alas se mueven de forma tan natural hacia mis dedos, anidándose en mi mano, que dudo mucho que él las esté controlando.
Sus dientes aparecen entre los labios entreabiertos y suspira, como si le costara respirar. Movida por la curiosidad y la fascinación, deslizo los dedos por la superficie tan sedosa que no tengo con qué compararla. Es única, especial. Y el color, mucho más vívido de lo que jamás imaginé.
—¿Cómo puede el negro ser tan… luminoso? ¿Cómo es posible? —escapo en un instante, admirada.
Ya no soy capaz de controlar mis palabras; quieren aclararlo todo, descubrir lo que todos esconden.
—Reggie, esta no es una buena idea —murmura, antes de que ocurra una explosión poderosa, cuando cierra las inmensas alas a mi alrededor, me sujeta con fuerza por la cintura y nos eleva a ambos del suelo a una velocidad aterradora.
El sonido de algo rompiéndose vibra a mi alrededor y no logro entender qué fue hasta… hasta visualizar lo que está ocurriendo, hasta sentir el viento voraz abriéndose paso entre las alas y mis pies sin ningún apoyo.
—Nilo… esto…
—Quiero llevarte a un lugar y no podríamos ir caminando.
De repente, abre las alas y aprieta mi cintura lo suficiente para hacerme arder, quemar en una locura de adrenalina y emoción.
—Estamos…
—Volando, Reggie.
La sensación de volar es esplendorosa y, al mismo tiempo que tengo miedo de caer, sé que Nilo jamás dejaría que sus dedos resbalaran y que, incluso si me precipitara, él aún me atraparía.
La confianza que tengo en un demonio es aterradora.
La locura resulta medio excitante, porque me siento demente pero muy entusiasmada al ver el Pueblo de los Esperanzados desde lo alto, con las luces de las casas acumulándose en los cerros, haciendo hervir el paisaje en un tono anaranjado casi amarillo.
No he visitado todas las regiones del territorio, pero esta, sin duda, debe de ser la más hermosa.
Aunque con cada batir de alas la altura se vuelve angustiante, aún es posible distinguir los contornos de las construcciones y una especie de río que desciende entre las montañas, de un color verde iridiscente.
La magia parece fluir por él, llevando esperanza a cada una de las casitas donde el agua se infiltra.
Comparte espacio con el hogar de algunos demonios afortunados y, entre miles de corrientes, se embalsan algunos lagos entre las planicies.
En esas planicies es donde se asienta la mayor parte del Pueblo, con muchísimas luces.
—Este es el lugar más hermoso del infierno.
La voz de Nilo me toma por sorpresa, así como la aspereza que contiene. Parece un combatiente lidiando con su peor pesadilla, su peor enemigo. La forma en que sus dedos calientan mi zona lumbar y cómo aprieta la mandíbula me hacen creer que estoy dificultando su existencia en este preciso momento.
—Es fascinante —susurro, temiendo que cualquier palabra más alta pueda sacarme de este sueño.
Si el infierno del Castillo Infernal es algo totalmente aterrador, horripilante y misterioso, esta parte es hermosa como un valle intacto, como un arcoíris que surge tras una mañana lluviosa.
—Tienes que verlo durante el día, es increíble.
—¿Se parece al paraíso? —se me escapa.
Nilo suena tenso al responder:
—No mucho. Son lugares extremadamente diferentes.
—Entiendo.
Impulsa las alas una vez más y, de pronto, estamos tan alto que las luces parecen puntos ínfimos, del tamaño de un grano de arena, casi invisibles.
Entrecierro los ojos y, si me esfuerzo mucho, puedo ver el río jugando con las construcciones, iluminando todos los lugares por los que pasa.
Inexplicablemente, siento que Nilo lo sigue porque sabe que me encanta.
Tengo una fascinación inexplicable por los ríos, largos y anchos cursos de agua, sin saber por qué.
—¿Aún falta mucho para llegar adonde quieres llevarme?
—No, ya estamos llegando. Aprovecha la vista mientras tanto.
En lugar de fijarme en el paisaje, reparo en sus alas. Deslumbrantes y majestuosas.
—¿Por qué no las llevas expuestas en el Castillo?
—Son una visión demasiado íntima; solo solemos dejarlas visibles para personas que ya las han visto. Además, las mentes humanas o de demonios más jóvenes son susceptibles a la locura cuando se encuentran ante algo tan mágico.
—¿Aquella mujer ya vio tus alas antes? Si es tan íntimo como dices, imagino el nivel de intimidad que tienen.
Nilo esboza una sonrisa juguetona, pareciendo divertirse con mi pregunta sin propósito. O al menos, eso es lo que quise aparentar.
—No de esta manera. Somos viejos conocidos. En la época en que fue asesinada, existían muchas almas que pertenecían al diablo. Almas que quemaban a quienes juraban ser malignos.
Abro los ojos y entiendo lo que quiere decir. La humanidad realmente tiene criaturas pavorosas, peores que los demonios que juran temer.
—¿Entonces la relación es solo esa?
¿Por qué insisto? Este tipo de cosas no me interesan.
—Básicamente.
—Respuesta evasiva.
—Entonces deberías preguntar si me acosté con ella.
—No es eso lo que quiero saber.
—Yo creo que sí.
—Entonces…
—¿Si me acosté con ella? ¿Quieres saber si mientras me la follaba ella paseaba las manos por mis alas? ¿Eso es lo que quieres saber, Reggie?
—No tengo nada que ver con con quién duermes o dejas de dormir.
—No es lo que dice tu voz.
—¿Estás oyendo cosas?
Nilo ríe y gira el cuerpo en una curva tan abrupta que sus dedos se hunden en mi zona lumbar y mi cuerpo se aprieta contra el suyo con tanta fuerza que puedo sentir algo bien por debajo de la cintura, abultándose entre sus piernas.
—¿Y tú, estás sintiendo cosas?
Permanezco en silencio durante el resto del vuelo, observando un punto por encima de su hombro, con el corazón acelerado y el vientre revuelto en lava caliente.
Con cada mínimo movimiento suyo, nuestros cuerpos se presionan y me veo obligada a pensar en todas las consecuencias que tendría si me involucrara con él.
El problema es que ninguna de ellas parece lo suficientemente convincente.
Ninguna logra aplacar los espasmos que me hacen contraer las piernas.
—Solo un poco más, lo prometo.
No tengo fuerzas para responder que no importa, que en realidad me está gustando el capullo que forma a mi alrededor, cómo volar envuelta por sus alas es simplemente la mejor sensación que he experimentado.
Y, sin embargo, antes de que pueda desconectarme de todo y solo disfrutar del viento pasando entre nosotros, de observar la tierra desde lo alto, empieza a descender, con un cuidado que con seguridad no tendría si estuviera solo.
De hecho, creo que Nilo disfruta mucho de su soledad, porque volar, incluso a través de él, es lo más increíble que podría existir en el mundo.
—Te gusta volar —afirma.
No es una duda ni una pregunta, sino una afirmación.
—Creo que sí.
—Si quieres, puedo alargar nuestro viaje. No tenemos que aterrizar ahora.
—¿Eso te molestaría?
Tarda en responder. Entonces, sí, le molestaría mucho, dada la tensión en su mandíbula y la mirada fija al frente. Algo me dice que no necesitaría concentrarse tanto en el camino.
—En absoluto.
Nilo continúa volando alrededor del Pueblo, señalándome todo lo que ve, mostrándome detalles que antes solo había leído. La belleza nocturna del lugar es suprema y, aunque me siento muy colmada de él mientras nuestros cuerpos se rozan, también me siento vacía.
Me muevo y, al notar que frunce los labios, opto por seguir una línea muy peligrosa.
Tan peligrosa que podría matarme de nuevo si he interpretado mal las señales.
Creo que vale la pena arriesgarme para entender qué pasa por su cabeza, tan difícil de descifrar.
Inclino sutilmente el cuerpo y deslizo la boca por el cuello de Nilo, recorriendo su piel con la lengua.
Su sabor es una mezcla de prohibido con vino, coñac y algo más profundo, peculiar. Parece una respuesta suya hacia mí, como si estuviera a punto de estallar y eso se manifestara incluso en sus poros.
La mano en mi zona lumbar me sujeta con tanta fuerza que duele.
Pero me encanta, adoro el hecho de que parezca tan perturbado que vacila durante unos segundos y me mira fijamente, incapaz de disimular el fuego que se apodera de sus ojos. Maldición. Es hermoso.
—Reggie…
¿Una advertencia?
¿Una amenaza?
¿Una promesa?
—Solo estoy explorando, ¿puedo continuar?
Aprieta los dientes y aumenta nuestra velocidad, poco antes de susurrar un:
—Joder.
Es un demonio, de los más temibles, que mata sin ningún reparo, pero la forma humana en que habla me hace sentir más cerca de él, me hace sentir que no es tan emocionalmente distante. O que intenta serlo. Porque es evidente la manera en que Nilo se obliga a no demostrar nada.
Pero, siendo dolorosamente honesta, me desea. Me desea tanto que su piel empieza a arder, el calor atravesando mi zona lumbar donde encajan sus dedos, en esa curva perfecta que parece haber sido creada exactamente para él. Es perfecto.
Comenzamos a descender a una velocidad alucinante y, en cuanto aterrizamos en una terraza, se aparta de mí y, jadeante, fija la mirada en otro punto que no es mi figura.
Observo su pecho subir y bajar y cómo sus alas desaparecen.
—Nilo, ¿qué ocurre?
Intento acercarme; él levanta el brazo y me detiene, manteniéndome a distancia.
Mi orgullo empieza a hacerse añicos. No debería, pero en pedazos se ríe de mí y del rechazo del demonio. ¿Sería tan terrible?
—No.
—¿Qué pasa?
—No —gruñe esta vez, la palabra corta pareciendo mucho más grande y peor de lo que realmente es.— No te acerques a mí.
—¿Por qué?
—Porque no voy a poder controlarme, no esta vez, no después de tanto tiempo.
Doy un paso adelante e ignorando la advertencia de mi mente, rodeo su torso con los brazos y apoyo la cabeza en su espalda.
—No entiendo por qué sigues intentando.
Nilo no responde.
Y, en un instante, estoy contra la pared y su cuerpo presionando el mío con tanta hambre que sé que, a partir de aquí, no habrá vuelta atrás y será la mejor follada de mi vida.