Impius Capítulo 26
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Capítulo 26

Nilo

Hasta el demonio más fuerte del infierno necesita negociar por quien es arrastrado a través de los recuerdos.

Algunos nox antes

Cuando regreso al castillo infernal, apenas consigo caminar.

Mis huesos están rotos y mi piel se ha desprendido de los músculos. Paso una decena de nox recuperándome, lamiendo las heridas por el enfrentamiento ocurrido en el rincón más alejado de la sexta región.

Mi poder no es capaz de regenerarme por completo, no de heridas tan profundas y causadas por una magia desconocida. Así que lo único que me queda, para que nadie sepa de mi vulnerabilidad actual, es mantenerme al margen de lo que sucede en el Electio y, en consecuencia, de Lyra.

Por muy mal que me sienta haciéndole creer que estoy huyendo de ella, es lo mejor… para los dos. La excusa perfecta para que Lyra no descubra la verdad demasiado pronto.

—Te lo advertí, ¡pero eres terco!

—El problema no es ese, Azazel —susurro.

Doy un sorbo de coñac infernal y admito la realidad que me empeño en ignorar.

—Dijo que no hay forma de evitarlo —asume el demonio, y sus palabras se transforman en puro pesar.

Cierro los ojos, aún dolorido, aún jodido por el viaje que casi no tuvo retorno.

—Algo así.

Dijo otra cosa, pero lo bastante enigmática como para dejarme inquieto.

—Ya lo sospechábamos. Érigor pasó milenios investigando todo sobre los Enevoados y Belphegor hizo lo mismo. Moa incluso capturó a uno de ellos e intentó arrancarle la verdad, antes de casi perder el puto brazo. Creo que ya hemos llegado al consenso de que no existe una salida.

Siempre existe.

Tiene que existir.

—Deberías rendirte, Nilo —Asmodeus entra en mi despacho y lo ignoro—. Ya hemos agotado las alternativas. Termina esto de una vez.

—¿O qué? ¿Lo intentarás tú? Creo que ya lo hiciste y no salió muy bien, ¿verdad?

La rabia que siento por haber tomado una decisión que no le correspondía, hace cientos de años, sigue siendo tan real como entonces y, joder, lo habría matado. Lo habría matado de verdad, si los otros no me hubieran encerrado durante años.

Todo lo que podía ver era la vida escapándose de sus ojos. De los ojos de uno de mis generales, y hasta él se dio cuenta de lo mucho que se equivocó al ponerse al frente de una batalla que no era suya.

Porque todos saben que ella siempre fue más importante.

Que cualquier mundo.

Que cualquier mito.

Ella es mi verdad.

Así que, con mucho tiempo para pensar, mi furia impulsiva se disipó, pero no mi antipatía por Asmodeus.

—Ella va a empezar a recordar y sabes lo que pasa siempre que la verdad sale a la luz. Se convierte en ella. Y si otra vez todo encaja, entonces estamos jodidos. Una de las profecías decía que en este siglo todo cambiaría. El libro nunca miente.

Crónicas demoníacas y sus malditas palabras.

Si hubiera sabido que ese libro causaría tanto daño, no habría permitido que… da igual, no cambiaría nada.

—Si ya se cansaron de repetirme lo que ya sé, les sugiero que me dejen en paz.

Azazel y Asmodeus intercambian miradas preocupadas, pero no tardan en obedecer, sabiendo que quedarme solo solo aumentaría mi ira.

Me siento en la silla y observo las partes que aún se regeneran, tardando mucho más de lo habitual. Y cuál no es mi sorpresa al sentir que mi poder simplemente se triplica, llevándome a comprender, a saber sin duda, que Lyra corre peligro de muerte.

Salgo disparado por la puerta del despacho, preguntándole a Serpens dónde está ella. En cuanto oigo el susurro de la serpiente, aparezco en medio de la pasarela de piedra, contemplando el agua calma, sin revelar cuán peligrosa es.

¿Dónde estás, Lyra? ¿Dónde?

Clamo por alguna señal, cualquier pequeña ondulación, para descubrir desde dónde debo sacarla.

Al desistir de buscar rastros de dónde cayó, simplemente entro en la piscina, usando toda la fuerza que poseo para blindar mi mente, para evitar ser arrastrado por la oleada de recuerdos felices cuando a Lyra le quedan segundos.

Exploro toda el área alrededor de la pasarela y, cuando mis dedos se hunden en algo distinto, simplemente sé que es ella. No puede ser otra.

—¡No hagas esto! —advierte la voz gutural, una mezcla de ecos transfigurados.

La ignoro, tirando de Lyra por el brazo, colocándola en mi regazo y caminando hasta la orilla. Durante todo el trayecto, los recuerdos me cortan, me perforan, intentan infiltrarse en la fuerza de voluntad que tengo para mantenerme ajeno al efecto de esas aguas.

No pueden alcanzarme.

No pueden alcanzarme.

Sigo repitiéndolo, mientras destellos, pequeños flashes, aprietan mi corazón y desgarran mi alma.

La avalancha de sentimientos, el clamor de mis latidos, el sonido de la canción resonando en un frenesí dentro de mi cabeza. Intento desprenderme de toda esa mierda para salvarla de lo que puede suceder si permanece aquí.

Cargo a Lyra en brazos; su piel helada por el agua me hace exhalar poder, sacudiendo las paredes de piedra de esa maldita caverna astuta.

Las piscinas poseen una fuerza inexplicable, pues se trata de un lugar que ya existía en el infierno antes de que fuéramos sentenciados a él; sin embargo, si la entidad continúa resistiéndose, lo destruiré todo sin pensarlo dos veces, consciente de que puede hacer tambalear toda la estructura del Territorio. Me importa una mierda el puto mundo.

Me acerco a la pasarela; uñas podridas se clavan en mi carne, intentando retenerme para que no salga, para que no me lleve a la nueva prisionera.

Con gran esfuerzo, incluso con los brazos de los querubines que cedieron, incluso con el poder de los demás ángeles que cayeron conmigo, consigo sacar a Lyra.

Siento que mi cabeza anhela los momentos felices, siento que mi corazón se convierte en un mar de lamento al vislumbrar lo que perdí decenas de veces.

No recuerdo haberme desesperado tanto en mucho tiempo.

—¿Lyra?

Repito su nombre, llamándola, sacudiendo su cuerpo entre mis brazos, perdido al notar los ojos cerrados y su piel perdiendo color.

La sacudo con más fuerza.

No obtengo respuesta alguna.

Recuerdo las veces que entré en estas piscinas por voluntad propia, los momentos en que cedí al llamado más sincero de mi dolor. En todas ellas sentí un inmenso alivio al ver lo que deseaba. En todas ellas sentí culpa, por ceder y ser tan débil. En todas ellas, el luto me gobernó.

Apenas puedo imaginar qué pasa por la mente de Lyra.

Porque yo sabía lo que estaba haciendo.

Lyra, en cambio, no tiene idea de todo lo que aún va a descubrir, no tiene idea de todo lo que ya vivió.

Y las mentes confusas son más fáciles de alimentar con la energía de las aguas.

Por eso tiene tantos vasallos: son los que no lograron salir y continúan atrapados en todo lo bueno que tuvieron, sin darse cuenta de que ya no viven su propia realidad.

Bendecidos por la felicidad de revivir las partes más felices que recuerdan, ceden y se encadenan por voluntad propia, siendo usados para arrastrar a otros que desean recordar.

Vuelvo a mecer su cuerpo delicado y la aprieto contra mí, con firmeza, manteniéndola caliente como si eso fuera a traerla de vuelta, a sacarla del letargo.

En algunos casos, incluso sacando el cuerpo de la piscina, no fue posible recuperar la mente del desafortunado. Eso ha ocurrido incontables veces.

Y mi mayor miedo es que vuelva a suceder… con ella.

Tan pronto.

Antes de que descubra la verdad.

—Vuelve conmigo. Por favor… yo, yo… solo vuelve conmigo.

Acaricio su cabello y beso la coronilla, meciéndola suavemente, apretándola con tanta fuerza que dudo seriamente que algún día vaya a dejarla ir, como necesito hacerlo.

Para romper el ciclo.

Para interrumpir la marea que va y viene, creando olas que nos ahogan a los dos.

La canción de las piscinas aún resuena y, con un gruñido mío, se detiene.

—Tráela de vuelta —ordeno.

Mi voz hace ondular el agua y un grito agudo resuena, como si no quisiera ceder, como si fuera la propia Lyra la que deseara permanecer en las visiones.

—Destruiré las piscinas si no la traes de vuelta.

—Tú… no… puedes —responde la voz, cargada de una ronquera sobrenatural—. El infierno colapsará y yo seré liberada, querido Lucifer.

Las piscinas se vuelven puro resplandor incandescente, con la magia de los bordes extendiéndose por toda el agua, invocando a sus sirvientes para contenerme y arrastrar el cuerpo de Lyra de regreso.

En cuanto los seres podridos emergen del agua, decenas de ellos, formo una barrera de protección a nuestro alrededor y dejo que el fuego encuentre liberación al proyectarse fuera de mi cuerpo, adoptando la forma de mis alas, pero diez veces más grandes.

En un radio de cien metros, destruye toda materia, haciendo que la entidad de las piscinas ruja de dolor.

—¡TRÁELA DE VUELTA! —grito la orden.

Las piscinas aún intentan resistir, pero en mi dolor, en medio de mi miedo, hasta las criaturas que ya estaban en el infierno antes de que fuera gobernado saben que no deben meterse con alguien en completa desesperación.

—¿Estás… —la voz vuelve a retumbar por las paredes resbaladizas de musgo— dispuesto a pagar la penitencia por arrebatarme a alguien, Estrella de la Mañana?

Todas las veces que viniste a llorar tu dolor, te permití salir con tus recuerdos intactos.

Eso no ocurrirá ahora, si no me dejas con su cuerpo.

—Haz lo que deba hacerse.

Siento hilos plateados escapar de mi cabeza, llevándose con ellos algunas de las memorias más felices que poseo.

Ese es el precio por salvar un alma condenada, por arrebatarle un vasallo a la entidad.

Ella roba una parte de la alegría para alimentarse, como si tuviera un cuerpo nuevo dentro de su ilusión.

El dolor que siento.

La herida que se abre con la ausencia de algunos de mis momentos anteriores a convertirme en demonio me hace encogerme, como si decenas de espadas se clavaran en mi carne.

Como busqué alternativas durante los últimos nox, atravesando las peores pruebas que existen en el infierno, no consigo resistir cuando la entidad toma mucho más de lo que estoy dispuesto a dar.

Se lleva recuerdos milenarios y otros más recientes, mientras aprieto los dientes y trato de sostener a Lyra, aunque mis músculos palpiten por la ausencia de parte de mi propósito.

—Echarás de menos esos recuerdos —advierte la entidad—. Cuando más los necesites, ya no los tendrás —sisea, ansiosa por castigarme por haberle arrebatado su nuevo juguete favorito.

Suelto una risa cargada de escarnio y una amenaza velada recorre las piscinas sin que sea necesario que pronuncie una palabra. Esa maldita cosa sabe que recordar lo que viví con mi otra mitad es lo más valioso que poseo.

Aprieto a Lyra contra mi pecho y, en cuanto el calor regresa lentamente a sus extremidades, desaparezco.

Ella no puede verme aquí, no puede saber que fui yo quien la salvó. Eso lo cambiaría todo y no puedo arriesgarme… más de lo que ya arriesgué.