Impius Capítulo 25
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Capítulo 25

Lyra

La ignorancia puede ser tan poderosa como el conocimiento. No todo es lo que parece.

—Aquí es… luminoso.

Caminamos por el bosque que rodea la casa de estilo colonial, con la pintura descolorida y cubierta de moho.

Yo diría que forma parte del infierno, pero no por ser fea, sino por esa aura pesada.

La causa de la sensación son las decenas, quizá cientos, de lápidas que la rodean.

No tienen nombres ni fechas; simplemente están ahí, como flores adornando un jardín.

—¿De quiénes son esas lápidas?

Nilo no me mira cuando responde:

—Como te dije, fue hecho para imitar la Tierra. Tiene un ciclo terrestre perfecto. Un nox con sol, otro nox con luna.

No responde a la pregunta sobre las lápidas y acabo postergándola para más tarde.

—Pensé que fuera imposible.

—Nada lo es. Cuando estoy solo aquí, la luna no aparece, solo el sol. Digamos que es la forma que tiene la casa de identificar poderes lo bastante fuertes como para transformarlo todo.

Cuando está solo…

¿Entonces la luna que empieza a surgir en el cielo, apoderándose del sol, es por mi presencia?

La luz del día cede a la noche, poco a poco, creando un cielo colorido que se desvanece en el horizonte, iluminando el lateral de las lápidas sin ningún tipo de inscripción, solo hierba rodeándolas, mientras las plantas hacen de ellas su punto de anclaje.

—¿Basta con que haya alguien además de ti para que eso ocurra?

—Podemos decir que sí.

Me observa durante varios segundos; sus pestañas negras y espesas se demoran sobre las mejillas cuando parpadea.

—¿Tuviste ayuda para crear este lugar? —señalo la mansión detrás de nosotros—. Leí que la mayoría de las regiones ya estaban aquí cuando empezaste a gobernar, pero que otras fueron creadas, como el castillo y tu segunda casa.

No sé hasta qué punto los libros son correctos. Mucha información en el infierno parece haber sido alterada con el paso del tiempo, como si alguien quisiera ocultar la verdad dolorosa que hay detrás.

—No lo creé solo. Además, el castillo es Serpens.

Ella aceptó transformarse en él para combatir a los Enevoados, porque sabía que, de lo contrario, nadie tendría un lugar donde fortalecerse sin la barrera mágica que ella podía crear.

Serpens es la única criatura del universo cuya alma no puede ser devorada por esos seres.

No tiene alma. Es una serpiente inmortal, creada incluso antes de que el mundo fuera conocido tal como es, y que estuvo perdida durante mucho tiempo en medio de un jardín vacío y sin propósito.

—Dijiste que fue usada como chivo expiatorio… —recuerdo la primera vez que fui a entrenar en sus aposentos y la serpiente apareció.

Eso fue lo que Nilo dijo. Que fue usada. Y no creo que la palabra haya sido empleada a la ligera.

—Ah, los humanos y sus intrigas. ¿De verdad crees que una serpiente sería la culpable de que los primeros humanos fueran expulsados del paraíso? No, ella solo estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Al menos fue salvada antes de que las cosas empeoraran.

Pienso en todo lo que sé sobre historias que nunca me interesaron demasiado.

Recuerdo lo que mamá siempre me decía: que las primeras personas fueron tentadas por la serpiente y su manzana.

Y aunque sea algo perpetuado, la forma en que Nilo lo explica resulta mucho más convincente; tiene más sentido después de haber conocido a Serpens.

No es que me gusten las serpientes, pero por todo lo que ella hizo, convirtiéndose en la morada de seres infernales… ser responsable de la caída de otras criaturas no parece muy justo.

—Para mantener la farsa, dijeron que yo era la serpiente, que tenté a seres bondadosos con el mal. Solo que no contaban con que no funcionaría, con que no todos creerían la mentira.

—Me estás contando historias que la Tierra ya difunde.

—No todas son verdaderas. ¿Alguna vez te has preguntado cuántas alteraciones puede sufrir una verdad repetida por cientos de personas distintas?

Cada uno aporta su propia versión, según su creatividad.

Pero creo que este no es el mejor momento para hablar de mitos y pasado.

Nos quedaríamos aquí miles de nox para que lo comprendieras.

Dejo ese tema para otro momento, porque lo cierto es que no comentó quién lo ayudó a construir la segunda casa del diablo. Y eso me interesa más que la historia de Serpens. Algo me dice que fue el séptimo general, el que murió y del que nadie habla.

—Dijiste que alguien te ayudó a crear todo esto. ¿Fue uno de tus generales? ¿Cuál de ellos?

—No sabrías quién es, aunque te lo dijera.

—Kalliope comentó que uno de ustedes murió y fue borrado por completo de la historia. ¿Por qué? ¿El séptimo hizo algo que consideraron imperdonable?

Nilo suspira y mira a la luna con una tristeza profunda.

Lyra. ¿Sabes cuáles son?

Vuelve su atención hacia mí, el peso emanando de cada rasgo.

—No.

—Protección u odio. Pero incluso el odio deja huellas.

—Si no hay huellas…

—Solo queda la protección.

—¿Protección de qué, exactamente?

—De todo. Y no intentes arrancarme información; ni siquiera yo puedo darte todas las respuestas. Algunas tendrás que conquistarlas luchando.

Algo en su tono me dice que no se refiere a una lucha física, a un enfrentamiento brutal, sino a algo mucho más peligroso y traicionero.

—Estos acertijos del infierno van a acabar conmigo.

¡Qué mierda de “tienes que descubrirlo tú misma”, luchas que vas a librar para conocer la verdad y bla, bla, bla!

¿No pueden decir la verdad de una vez? Lo más gracioso es que mi psicóloga decía que yo evitaba el impacto directo por mis traumas…

—niego con la cabeza—. Me pregunto qué pensaría si los conociera.

Tal vez el diablo y todos los demonios deberían ir a terapia.

Me mira sin creer lo que acaba de oír, completamente fascinado por las locuras que salen de mi boca.

—¿Alguna vez te has preguntado por qué acabaste en el infierno, Reggie? Entre tantos lugares, mágicos o no, increíbles o no, reales o no… ¿por qué justo el infierno?

—Me hago esa pregunta en las últimas horas de todos los nox, antes de apoyar la cabeza en la almohada.

—¿Y cuál es tu veredicto?

—Creo que solo tuve la mala suerte de encontrar justo el libro de las Crónicas demoníacas. Es tan malo y maléfico como su propio título indica.

—¿Por qué tú y no tu amiga, que también lo sostuvo en las manos? Algo no cuadra en tu conclusión.

Ya lo había pensado, lo admito. Pero quiero aferrarme a un pequeño hilo de cordura, en el que me convenzo de que fue solo mala suerte y ya está; esas cosas pasan a veces.

—No sabía que te importara que algo tuviera sentido en mi vida.

Con un gesto muy humano, chasquea la lengua y pone los ojos en blanco.

—Hay muchas cosas en mí que aún desconoces.

—Tal vez sería interesante que dejaras de actuar así. Parece que te sobreestimas.

Otra vez el gesto humano, mientras una sonrisa juega en sus labios.

—Si sigues mirándome así, el poco control que me queda se hará añicos.

—Entendiste que dudé hace un momento.

—Claro que lo entendí.

Claro que lo entendí.

Una frase simple que parece cargar una verdad incontestable: me conoce, sabe cómo reacciono y comprende cada una de mis reservas, como si las dijera en voz alta.

Carraspéo, sin valor para enfrentar más asuntos extraños hoy. Creo que he estado al borde del precipicio —del que llamo locura— demasiadas veces en las últimas horas.

—¿Cómo es el Territorio infernal? Quiero decir… ¿todo él?

Nilo acepta mi intento de cambiar de tema y asiente con una confirmación concisa, seria, dura, transformando el ambiente más ligero que flotaba entre nosotros en algo lleno de remiendos y traumas.

—¿Tienes curiosidad por conocer las otras regiones? —pregunta, con una indiferencia que me golpea directo en el estómago.

Toda aquella depravación, la urgencia por acortar la distancia entre nuestras bocas, queda completamente olvidada. En su lugar nace una piscina de hielo que no solo congela al demonio ahora hosco, sino también a mí.

—Un poco. Pero, por lo que Kalliope me contó, no está permitido que los demonios del Electio salgan del castillo antes de ser designados.

—Es cierto.

Solo eso.

Nada como: pero yo te llevo. Te traje aquí, ¿no? Puedo romper las reglas por ti, querida.

No. Se queda en silencio, sin parecer muy interesado en la conversación.

—Nilo…

—Pregunta.

—Si es una guerra y nos entrenan para ello, ¿por qué los generales dan clases y no están en el campo de batalla?

Ríe, un sonido que se vuelve cada vez más profundo conforme pasan los segundos.

—Porque algunas amenazas son más silenciosas que el furor de un combate y pueden permanecer dormidas durante miles de años.

En esta era, los Enevoados se están preparando para el regreso de su rey, en los confines del bosque.

Cuando regrese, atacarán con toda el hambre que poseen y entonces será cuando debamos actuar.

—¿Y por qué no los matamos mientras están en el bosque?

—No es posible entrar allí y seguir caminando entre ellos. Existe una… limitación, o ya lo habríamos hecho antes. Necesitamos que salgan, que intenten atacar, para entonces volverse vulnerables. La mayor parte de las almas que han conseguido están atrapadas allí, y eso de algún modo les da fuerza.

Recuerdo que Kalliope comentó algo parecido. Que las almas devoradas por los Enevoados quedan atrapadas en el Bosque de los Susurros. Pero sigue siendo un terreno bastante nebuloso.

—¿Es su lugar de origen?

—Podemos decir que sí. Después de que el rey murió y se convirtió en demonio, se instaló allí y recreó a las criaturas.

¿Recreó?

¿Cómo que recreó?

Cuanto más habla, más confundida me siento.

—¿Existen desde hace mucho tiempo?

—Miles de años.

—¿Y por qué murió y se convirtió en demonio? ¿No era humano? Porque, hasta donde recuerdo de lo que leí, todos los humanos que mueren y van al infierno son arrojados al Fuego de la Condenación.

Nilo me mira sorprendido, como si no esperara que yo supiera eso. Luego su expresión se relaja, como si entendiera que los libros son, al fin y al cabo, la mayor fuente de conocimiento.

—Durante mucho tiempo me hice esa misma pregunta, hasta que entendí que fue lo bastante inteligente como para calcularlo todo.

Aún tenía alma, porque necesitaba venir aquí, pero tuvo cuidado de conservar una parte mientras creaba a las criaturas.

Así, con esa pequeña porción de alma humana, consiguió convertirse en demonio.

Porque todos los demonios aquí en el infierno poseen una fracción mínima de alma.

—Entonces… ¿descubrió esa información y la usó para convertirse en demonio, no en un alma en penitencia en el infierno?

—Sí.

—¿Quién viene al infierno por elección?

Esboza una sonrisa misteriosa y aparta la mirada de la mía durante unos instantes.

—Te sorprendería descubrirlo.

Ignoro la punzada de dolor que amenaza con extenderse en mi pecho y busco alternativas para acabar con la amenaza.

No es que yo sea la protagonista humana de un libro de fantasía que, con veinte años, encuentra la solución a lo que seres milenarios aún no han logrado.

Soy más bien el personaje que entorpece los avances.

Recordar los libros me hace pensar que, en algunos momentos de los primeros nox, llegué a creer que estaba viviendo la historia del libro que me arrastró aquí, pero ahora, tan cerca de Nilo y viendo cómo todo encaja con la Tierra…

todas mis dudas parecen encontrar explicación poco a poco y comprendo que no.

Nunca estuve atrapada en ningún libro. Él solo fue un medio. Lo cual es una locura.

Pero aquí todo lo es.

—Entonces hay que matar al rey —concluyo, sin rodeos, consciente de que él lo sabe.

—Sí.

—Y entonces no se multiplicarían.

—No.

—Con eso podrían matar a todos.

—Exacto. Además, los que quedaran se perderían. Son tremendamente estúpidos.

—¿Y dónde está ahora?

¿Preso?

¿En el castillo?

No está en el bosque, o los Enevoados ya habrían partido a un enfrentamiento directo; eso es un hecho.

—Desaparecido.

Hay algo más en su tono que no va a explicar, por desgracia. Nilo esconde una verdad y, cielos, lo odio por seguir guardando misterios que no me ayudan en nada a resolver los miles de dilemas que brotan en mi mente.

La inmensa cama de mentiras en la que me acuesto es aún mayor cuando me levanto, y qué mejor momento para empezar a aclarar las cosas que aquí, donde no puede seguir huyendo de mis preguntas.

—Hay otra cosa que quieres preguntar; lo veo en los charcos de esmeralda de tus ojos, Lyra.

Charcos de esmeralda.

Un cosquilleo me sorprende.

Tal vez porque el diablo no actúa así con nadie más. Lo habría visto si lo hiciera, ya que no le quito los ojos de encima desde hace muchos, muchos nox.

—No tenía idea de que pudiera existir algo así, una piscina que invoca recuerdos…

—empiezo, consciente de que puede evadir o ser honesto conmigo, como lo ha sido desde que vinimos a su segunda casa—.

Érigor me dijo que necesito descubrir si son de otras vidas o de algo que no recuerdo.

Pero… tú estabas en ellas, Nilo. Y siento que esa es la clave para descubrir y desentrañar todos los misterios de mi vida.

Sonríe.

Da pasos lentos y avanza por el sendero de cemento en medio del cementerio, con las manos a la espalda, mientras me espera para que lo siga.

—Si te ayudara con eso, cosas malas ocurrirían, Lyra.

—¿Por qué?

Aunque soy alta, tengo que dar una pequeña carrera para alcanzarlo. Yo, con mi metro setenta, parezco frágil frente a sus casi dos metros.

Noto la vena palpitando en su sien y el rostro completamente tenso. Los ángulos cuadrados se acentúan por la concentración.

—Ya he interferido demasiado y he acelerado el proceso. Al destino no le gusta que jueguen con sus caminos.

—¿Qué quieres decir?

—Que cosas malas les suceden a quienes desafían lo que ya fue trazado. Hay lugares y situaciones que ni siquiera el demonio más poderoso del universo podría alterar, Reggie.