Capítulo 27
Lyra
Algunos poderes eligen los momentos más inoportunos para manifestarse. No hay manera de evitarlo, y solo queda lidiar con lo que te es entregado. Porque el infierno tiene manías extrañas y razones retorcidas para jugar con nosotros.
Uso la lanza como apoyo para girar el cuerpo, golpeando al demonio de lleno y lanzándolo contra la corriente eléctrica de la cúpula de protección. Su enorme cuerpo vibra y me mira con rabia mientras intenta liberarse.
Observo las gotas de sudor, fruto de la competencia encarnizada que tuvo, evaporarse a medida que todo su cuerpo es castigado sin piedad por miles de voltios. Y joder, siento un placer tan jodido, tan sincero, que debería estar prohibido.
Escucho a algunos de los demonios celebrando y a otros sin entender qué acaba de pasar, cómo fui capaz de luchar de igual a igual con el más grande de ellos.
—Así es trampa, guapita. ¿Por qué no me sueltas para que sigamos cuerpo a cuerpo?
Con los filamentos dorados de mi poder, lo mantengo atrapado, siendo desgarrado por las quemaduras y las contracciones musculares.
—¿No puedes retenerme con tus propios poderes, Leanan?
Sus ojos adoptan un tono rojo furioso, que parece más un berrinche que una amenaza. Al fin y al cabo, ¿qué puede hacer contra mí? A estas alturas, soy yo quien tiene los poderes más desbordados de toda la maldita clase.
Elevo su cuerpo un poco más y él se lleva la mano al cuello, sintiendo cómo los dedos dorados se apoderan de su energía vital cuando comienzan a apretar. Lenta y aterradoramente. Sus ojos se dilatan y el miedo es el único sentimiento visible en el brillo que se apaga.
El resto de la niebla se aglomera a mi alrededor y solo me doy cuenta de que estoy flotando cuando logro quedar a la misma altura que él, con nuestros ojos a pocos centímetros de distancia.
Su rabia por haber sido derrotado es evidente, casi palpable.
—¿De verdad crees que ellos son capaces de neutralizar tu falta de habilidad, Lyra? No puedes usarlos si estás durmiendo, ¿verdad?
Sus palabras son cortantes; al fin y al cabo, aún no ha logrado dominar ningún poder, nada. Y debe tener el ego herido por no poder usar toda su fuerza física contra mí, ya que eso es lo único que tiene. El resto es pura estupidez.
Extiendo el brazo y tomo el lugar de los dedos dorados, apretándole el cuello yo misma.
—Si quisiera, te mataría ahora mismo. Así que no es muy sabio de tu parte provocarme —siseo, pronunciando cada palabra con lentitud, aplastándole el cuello.
Al darse cuenta de que no estoy faroleando, el terror le sopla las consecuencias directamente en el rostro y se agita, comienza a balancearse, intentando liberarse con más empeño, lo que hace que mis uñas se hundan en su cuello y arranquen hilos de sangre.
Siento ganas de inclinarme y lamerla, de alimentarme de su energía, o incluso de absorber su alma para aumentar mi poder.
La ansia, el deseo, me hacen temblar.
Lanzo la cabeza hacia delante e interrumpo la acción justo antes de que ocurra, como si no tuviera control alguno, hasta darme cuenta de lo que mis labios estaban a punto de hacer.
¡Eso!
¡Eso!
¡Eso!
Alguien grita dentro de mi mente, suplicando que atienda los anhelos más ardientes de mi ser.
Cierro los ojos y niego con la cabeza.
¿Qué me está pasando?
¡Acepta!
¡Acepta!
Las palabras surgen como la representación de una criatura que no conozco, de algo, de alguien, que sencillamente no soy yo.
Gruño y me empujo en sentido contrario a esa intención, tan sorprendida por lo mucho que tuve que esforzarme para luchar contra ese anhelo, que pierdo el control de mi poder hasta caer al suelo, incapaz de seguir flotando.
Con ello, Leanan también se desploma, pareciendo incrédulo ante lo que acaba de suceder.
—¿Es una broma solo para demostrar que eres tan superior a mí que puedes someterme en cualquier momento?
Mi postura derrotada, mientras me llevo las manos a los oídos intentando detener el torrente de palabras, le muestra justo lo que quiere ver.
¡Necesitas matarlo o él te matará a ti!
¡Tómalo todo de él!
¡Ah, criatura miserable, cómo puedes ser tan débil!
—¡DEJA DE HABLAR EN MI PUTA CABEZA! —grito y siento la oleada de poder escapar de mí como un terremoto, castigando todo lo que encuentra a su paso.
Empuja a los demonios lejos. Incluso Leanan es arrastrado por la fuerza descomunal, que poco a poco se disipa.
No sé qué hice.
Cómo lo hice.
Por qué lo hice.
Fue algo fuera de mi control.
Y aunque todos me miren de forma acusadora, profiriendo insultos por no haber sido sincera acerca de todo lo que soy capaz de hacer, la verdad es que me importa una mierda. Ni yo misma lo sabía.
Intento levantarme; mis piernas fallan.
Una vez más. Y otra. Y otra. Y otra. Y otra.
Y otra. Hasta que por fin logro apoyarme en mis pies, aún sujetándome los oídos, deseando con todas mis fuerzas silenciar la voz dentro de mí, hasta el punto de apenas poder razonar o prever los movimientos de mi oponente, que, contrariamente a lo que pensé, no da la pelea por terminada.
Vuela hacia mí y, aprovechando mi guardia baja, descarga una decena de golpes que aciertan sin problema alguno, porque algo dentro de mí está concentrado en otra cosa, en otro tipo de magia, en otra fuente que no soy capaz de comprender.
Intento aferrarme al poder dorado y no puedo; ya no está presente. Entonces Leanan avanza, aprovechándose de mi vulnerabilidad actual, clavando su espada en medio de mi abdomen. Atraviesa mis órganos, manteniendo la hoja allí, impidiendo que la herida comience a regenerarse.
Mierda.
Debí haber fanfarroneado menos.
Ahora está furioso, y con razón. Después de tanto rodeo, hasta yo lo estaría.
Leanan sonríe, mostrando la hilera completa de dientes, el valor regresando a su cuerpo, mientras saca la daga y perfora varias partes de mi cuerpo. Desde los hombros hasta los flancos. Retira la espada y, con semblante sombrío, me invita a continuar la lucha, moviendo los dedos.
Me levanto tambaleante, con dificultad para mantenerme en pie, cuando arremete de nuevo y me rodea, pateando la parte posterior de mis rodillas.
Suelto un grito tan potente que las paredes del castillo parecen sacudirse.
Me rompió el fémur.
El puto… fémur.
Miro hacia abajo y veo el fragmento de hueso astillado atravesando la capa de músculos y piel. Y duele. Joder, esta mierda duele como el infierno.
Aprieto los dientes con tanta fuerza que juro oírlos protestar.
¡Pero qué carajo! ¿Dónde está este maldito poder cuando más lo necesito?
Extiendo las manos y no encuentro ni una sola chispa, ni un destello.
Mientras tanto, el dolor incapacitante me arranca un sonido ahogado e incomprensible al ponerme de pie e intentar sostener el peso de mi cuerpo sobre la otra pierna.
—Aprovechaste la apertura porque no eres capaz de derrotarme cuando tengo mis poderes —sonrío.
Veo a Leanan negar con la cabeza, incrédulo ante mis ganas de luchar y, sobre todo, de hurgar en su herida.
Las clases, a estas alturas, son viscerales y todos quieren quedar bien posicionados para tener un mejor papel en el ejército.
No diría que estoy ansiosa por ello, pero la lucha, el acto de ganar, me anima y hace que la sangre corra por mis venas.
Así como causar dolor físico a otros me deja completamente exaltada.
Y mierda, ese puede ser mi error.
—¡HIJA DE PUTA!
El demonio ruge, insultando como un humano, al empuñar la espada hacia mí y correr hasta clavar de nuevo la punta de la hoja en mi abdomen, haciéndome vomitar una sangre espesa y oscura.
Mi cuerpo cede y me veo atrapada entre su espada, el suelo y él.
Y no sé explicar por qué este es el momento elegido para arrastrarme a arenas del tiempo que no comprendo, pero, antes de que Leanan me mate de verdad, soy llevada contra mi voluntad a un lugar completamente distinto, a un vacío que dura segundos, mientras mi mente da vueltas y los dolores que me castigaban son olvidados al instante.
El brillo dorado, que me había abandonado en medio de la lucha, regresa y forma un vórtice a mi alrededor, con arena del color del sol girando sin cesar y adhiriéndose a toda la extensión de mi piel, esparciendo aquel calor que me envolvió cuando fui arrastrada al infierno, como si reprodujera algo parecido a ese momento.
Pero qué mierda está…
Ni siquiera termino la blasfemia cuando siento mis pies encontrar apoyo y mis ojos por fin ver algo que no sea un corredor oscuro.
Todo es blanco.
Tan brillante que me ciega por instantes, como un espejo reflejando rayos solares directamente en mis ojos.
Es imposible distinguir detalles, figuras o cualquier otra cosa, pero en cuanto todo se adapta, en cuanto mis sentidos acogen el cambio brusco como si hubieran sido hechos para ello, veo a Nilo.
Su magnificencia es indescriptible.
Su belleza, tan aturdidora como la luz.
Su sonrisa, más hermosa y encantadora que paisajes inimaginables.
Es el mismo demonio que me trata con tanta… indiferencia y, al mismo tiempo, no lo es. Este parece distinto. Es imposible identificar exactamente qué cambia, pero existe una diferencia.
—¿Vas a quedarte solo mirando? —bromea.
Incluso su voz…
Suena más natural, tranquila, sin el dolor incrustado en cada una de sus palabras.
Miro a mi alrededor, intentando disimular mi deslumbramiento.
Apuesto a que puede ver cada uno de mis pensamientos, por más que trague saliva y aparte la mirada.
Es parte de mí, esa tensión, ese deseo oculto, esa codicia.
Tanto que mi saliva se seca y mis dedos hormiguean, ansiando un toque desesperado, la necesidad de recorrer cada mínimo centímetro de su piel, reluciendo como piedras preciosas.
—¿Ansioso por que acabe contigo, Estrella de la Mañana?
Mi voz se escapa sin que haya pensado pronunciar tal frase. ¡Es una locura! ¿Cómo dije eso? ¿Y por qué… suena tan íntimo? Maldición… ¿qué, en nombre de Dios, me está pasando realmente?
—¿Quién asegura que no será al revés?
—Yo.
—¿Tan confiada? Vaya, antes al menos disimulabas.
—Ser predecible es aburrido. Prefiero sorprenderte.
La risa de Nilo resuena en el espacio abierto, mientras pájaros cantan a lo lejos y una especie de música, un coro, llena mis oídos.
Recorro la arena con la mirada. Admiro el suelo blanco, las pilastras del mismo color y los filamentos dorados que las adornan hasta el punto en que desaparecen.
Es etéreo, provoca una oleada de satisfacción inexplicable.
Mientras contemplo todo, partes de la estructura se iluminan y revelan su forma circular, a medida que Nilo camina por los bordes, haciendo que su espada aparezca en su mano derecha.
Es amenazante, con la hoja larga afilada lo suficiente como para partir un grano de polvo; sin embargo, es solo un entrenamiento, uno de los momentos que más amo.
El resplandor solar se extiende ahora por el metal celestial y hace que las pilastras reluzcan con un tono plateado, como si fueran de la misma consistencia que su arma.
La sonrisa que exhibe es confiada. Mientras su vestimenta blanca, una especie de túnica que cubre desde el torso hasta la mitad de los muslos, hecha de un tejido suave y fluido, se mece con el roce de las corrientes de aire, riendo y susurrando palabras excéntricas.
Me olvido del infierno.
De la lucha con el demonio.
Me olvido de todo, incluso de cuestionarme qué es esto que estoy viviendo.
La razón por la que me siento dentro del lugar, en vez de ser una espectadora, como lo fui cuando estaba en las piscinas.
Aquí se siente como si acabara de ser transportada, inundada por las sensaciones de otra persona, de alguien con quien no estoy familiarizada.
Siento el poder, siento la fuerza, las sensaciones desbordadas corriendo por mis venas.
Y en cuanto él levanta la mano, yo también la levanto y, al mover los dedos, soy acariciada por pequeñas gotas que nacen y se disipan en las puntas.
Por un instante, las admiro extasiada. Me permito simplemente…
creer que soy yo, en otra era, en otra vida y realidad.
Cuando sé que no hay manera de que eso ocurra. ¿O sí?
Impossibile, possibile est.
La espada aparece en mi mano, tal como vi aparecer la de Nilo, y en cuanto eso sucede, me lanzo contra él.
Sin esperar.
Sin aviso.
Vuelo hacia él, con el alma en éxtasis.
Al igual que mi corazón.