Impius Capítulo 12
22%

Capítulo 12

Lyra

De la serpiente del Jardín, a los motivos pífios y sin sentido. Nada fue nunca coincidencia, todo estuvo siempre premeditado. Y el sacrificio de algunos se convirtió en blasfemia.

Llego a su despacho en cuanto se inicia el siguiente nox.

Golpeo la puerta y, al no oír respuesta, la abro y miro por la rendija, observando su interior.

Entro a pasos sigilosos y, como lectora nata, hago lo que haría cualquier persona que lee y es extremadamente cotilla con los libros: asimilo los nombres de lo que el diablo tiene en su biblioteca privada.

Los lomos antiguos están gastados y muchos de ellos parecen haber sido reconstruidos.

Para mi sorpresa, algunos son libros líricos, otros de epopeyas, ciencia ficción, todos terrenales. No es que haya oído hablar de ellos, pero es fácil identificarlos, ya que el método de encuadernación es muy parecido al de la tierra, mientras que el del infierno es totalmente distinto.

Los libros que tomé en la biblioteca Disparitio no presentan ninguna técnica de encuadernación aparente.

Las hojas simplemente forman un montón y así permanecen.

Tanto es así que, en el último, cuando empecé a copiar una página, esta se desprendió sin más y, en su lugar, surgió una nueva, con las mismas instrucciones.

La facilidad es innegable.

Me aparto de la estantería y camino por el ambiente, evaluando sus objetos personales. La mayoría son muy humanos. Desde vitrolas hasta tocadiscos, esculturas de madera, cuadros que reposan en estantes; algo muy distinto de lo que se esperaría de un despacho en el infierno.

Veo también jarrones en uno de los rincones, que parecen muy valiosos. Pero nada de eso me sorprende de verdad; lo que me causa una auténtica sorpresa es el portátil que reposa sobre una mesa de trabajo pegada a la pared.

Ni siquiera sabía que existiera energía en el infierno, ya que toda la iluminación parece ser infinita y a base de fuego. Lo cual no puedo juzgar, dado dónde estoy.

Levanto la tapa del aparato electrónico y lo enciendo. Funciona. Lo que me provoca una esperanza incansable de comunicarme con las personas que amo. Tecleo la dirección de una red social y, cuando el navegador no logra encontrarla, suspiro exasperada.

Pero ¿qué esperaba, no?

Fue una esperanza infundada desde el principio.

—No tiene conexión.

Doy un salto sobresaltada, asustada por la voz imperiosa que me pilla in fraganti.

—Yo no… yo no… yo no estaba…

—Sí, estabas fisgoneando. Y siento informarte de que, incluso si lograras hablar con tu amiga o con tu madre, sería inútil.

¿Qué les dirías, Lyra? ¿Que fuiste a parar al infierno hace unos segundos?

—La acusación, la forma en que se divierte con mi impotencia, me lleva a morderme la lengua para no decir algo muy grosero—.

Solo empeoraría todo. Resígnate y aprende a arreglártelas, es tu única opción.

—Eres un hijo de puta.

—En realidad no soy hijo de nadie.

Se mueve con gracia, como si sus pies ni siquiera tocaran el suelo, y se detiene frente a la estantería. Con un chasquido de dedos, esta se desliza hacia un lado, revelando un pasaje secreto. Mi irritación da paso a la emoción cuando extiende la mano y me invita a entrar primero.

—No querrás meterme ahí dentro para matarme, ¿verdad? —Intento espiar el interior oscuro y no logro distinguir nada.

—Tu desconfianza es inconsistente. He tenido muchas oportunidades de destruirte y no lo he hecho.

—Pero aquí nadie te vería acabando conmigo.

—Como si una platea me detuviera. —La sombra de una sonrisa cruza su rostro rápidamente antes de que me inste a continuar y cierre la puerta tras de sí.

La oscuridad me asusta y mi respiración se acelera automáticamente, con la desesperación infiltrándose, tejiendo sus comentarios silenciosos en mis oídos, recordándome lo que ocurre cuando…

—Tranquila, aquí no va a aparecer nadie, es un lugar neutral. No hay nada en la oscuridad. —Dedos se enganchan a los míos y la voz imponente suena detrás de mi nuca.

—Siempre hay algo en la oscuridad.

¡Por favor, vete!

¡Por favor!

Cierro los ojos, arrastrada por la fuerza de recuerdos que aún me atormentan.

Veo sonrisas mórbidas, dientes alineados y puntiagudos como los de bestias.

Son la única parte blanca en la negrura y, cuando se carcajean, se alimentan de mi miedo, de mi terror.

Uno de ellos se vuelve osado cuando nuestras miradas se cruzan y tira de mi pie, llevándome al interior del armario.

En cuanto quedo atrapada, la sombra se materializa frente a mí y empieza a suplicar ayuda.

Lyra, ¿puedes ayudarme?

Su cuerpo es esbelto, pero muy distinto del humano, con ojos amarillos, piel enrojecida y una textura extraña. Sus dedos de uñas largas se deslizan por mi rostro y me provocan asco, cortándome la piel.

No puedo ceder al miedo.

No puedo ceder al miedo.

Pero ver lo que otros no pueden cobra su precio, fuertemente ligado a mi cordura.

Me cubro los oídos y cierro los ojos, balanceando el cuerpo.

Cuanta más atención, mayores son las consecuencias y durante más tiempo me siguen. Algunas entidades me persiguieron durante meses, pidiendo ayuda o simplemente vagando por la tierra.

Algunas eran más osadas y me hablaban constantemente, repitiendo sin parar, intentando vencerme por agotamiento, pidiéndome que las dejara entrar, que podrían aliviar mis problemas. Su desesperación era tal que no conseguía dormir y vivía como una muerta en vida, muriéndome de sueño.

Refúgiame del calor infernal y te daré todo lo que deseas.

¡Vamos, Lyra!

¡Lyra!

¡Lyra!

—¿Lyra?

La voz suena cuidadosa, intentando sacarme de recuerdos aterradores. Los temblores recorren mi cuerpo, con el calor del aliento de criaturas grotescas jugando con mi cerebro, convirtiéndome en una marioneta de sus propias calamidades.

Mis pies se congelan y me detengo en el lugar, atormentada.

Después de aprender a ignorarlos, se volvió más fácil, pero cuando era niña, o incluso al inicio de la adolescencia, me sentía una aberración, una monstruosidad, porque no conseguía conectar con nadie, no lograba parecer normal.

Fueron los peores momentos que he vivido.

—¿Lyra?

Mi nombre es pronunciado innumerables veces, hasta que una especie de resplandor se infiltra en la oscuridad y me saca de allí, dejando solo el rastro de lo que un día fue terror.

Parpadeo y dejo escapar el aire de los pulmones, volviendo poco a poco a un lugar que no puedo llamar hogar, pero sí “conocido”. Ligeramente… impersonal.

—Odio la oscuridad —murmuro al fin—. Siempre me trae recuerdos del pasado.

Con un gesto simple de Nilo, todo se ilumina en el corredor.

—Confía en mí. No hay nada aquí.

—No puedo creer en lo que dice el diablo.

—Sí, no puedes.

Siento un atisbo de orgullo asomando en su voz. Pero debe de ser una alucinación, porque la sensación desaparece rápido cuando suelta una maldición al resbalar yo y verse obligado a sujetarme. Su contacto irradia chispas de fuego que recorren mis venas y arrancan un suspiro de mi garganta.

Una voz acecha mis oídos. Una voz que se parece a la mía, pero que suena muy, muy distante. De otra época.

—¡Más fuerte! ¡Ya casi llego, Nilo!

Y siento sus dedos, pero no en mis muñecas, sino en mi cuello, sujetándome en el sitio mientras…

No sé si es una visión o solo una sensación, pero algo que no consigo explicar. Y como un rayo, el placer nos atraviesa.

No contengo la locura que me hace respirar con dificultad y cierro los ojos, inclinando la cabeza como si estuviera dentro de mí, embistiendo, llevándome en brazos de una lujuria devastadora.

Es insano.

Y no tiene ningún sentido.

Nilo aparta las manos de mí con rapidez.

Apenas consigo seguir el movimiento.

—El suelo es irregular, ten cuidado.

Sin esperar respuesta ni agradecimiento, se adentra en el pasaje, tomando la delantera y dejándome plantada, como si temiera que yo preguntara qué acaba de ocurrir.

Su cuerpo desaparece y acelero el paso para ver adónde vamos. El corredor desemboca poco a poco en una sala enorme, cuyo tamaño sobrecogedor se aprovecharía mejor para fiestas, no como sala secreta.

—¿Dónde estamos?

—Este lugar queda debajo de muchos de los aposentos del castillo. Es donde suelo hablar con ella. No le gusta estar sola.

—¿Ella quién?

Una serpiente surge en medio de la oscuridad, con sus escamas negras reluciendo e iluminando su camino.

Viene hacia mí reptando a una velocidad alucinante.

Su cuerpo es ancho, mucho más ancho que las piedras por las que se desliza, y su cabeza tan grande que me provoca vértigo de pavor.

La serpiente se mueve sin dificultad y noto que ocupa al menos la mitad del tamaño de la sala, deslizándose de un lado a otro.

Doy un salto y me lanzo a la persona más cercana, en este caso Nilo, agarrándome a su espalda para mantenerme lejos del suelo y de la criatura aterradora, con dos lenguas bífidas.

Incluso con su belleza innegable, sigue siendo una serpiente y no soy tan aficionada a ellas. En realidad, prefiero que estén en su hábitat y no en el mío.

—La mayoría de la gente cree lo que oye, que yo era la serpiente.

Pero siento decepcionarte: estás a punto de descubrir una de las verdades que reposan eternamente presas en el infierno.

Esta es Serpens. Su representación espiritual, en realidad, ya que todo el castillo forma parte de su cuerpo.

Y créeme, fue injusticiada… la pobre criatura.

La serpiente alza parte de su extensión y espera la caricia de Nilo. En cuanto sus dedos reposan en su cabeza, ella la inclina, disfrutando del contacto.

—O sea que…

—Sí, el castillo infernal no es más que la serpiente del Jardín del Edén. Es bastante emotiva, así que no la ofendas o podrías pasar muy malos ratos aquí abajo. Ahora, si ya te he tranquilizado, puedes bajar de donde estás, o yo mismo te bajaré, y no te gustarán mis métodos.

Bajo con cuidado, quedándome detrás de él, oculta por su cuerpo robusto.

—¿Ella… muerde?

—No, pero debería. Y estaba ansiosa por conocerte.

Da un paso a un lado y, en cuanto lo hace, la serpiente se queda quieta, mirándome con atención, como si leyera mis pensamientos más oscuros.

No me voy a acercar a ti, Lyra Guerra.

—¡Dios mío! Está hablando en mi cabeza. ¡EN MI PUTA CABEZA! —concluyo elevando la voz, aterrada.

—Ah, sí, es una criatura mágica, como el libro. No te sorprendas por sus habilidades. De hecho, Serpens ya debió hablarte antes; suele ser traicionera y juguetona. Por eso sus intenciones fueron confundidas y acabó siendo usada como chivo expiatorio. Una lástima.

Y, de hecho… ¿será que aquella voz que escuché al salir de su despacho, nada más llegar, fue ella? Solo pudo haber sido.

—Dijiste que ella es el castillo.

—Sí.

Nilo camina por el lugar y se detiene en el centro, desde donde una especie de plataforma elevadora asciende.

Se detiene a pocos metros del techo de piedra.

Mientras tanto, la serpiente permanece inmóvil, mirándome con tanta intensidad que me incomoda.

En cierto momento, gira la cabeza de un lado a otro, analizándome.

Y, por más aterrada que esté, me pregunto cuán solitaria debe de ser su vida. Aquí, presa en un castillo que forma parte de ella y al que pocas personas dan el valor que merece.

—Entonces ¿no puede salir?

Nilo, desde lo alto de la plataforma, me observa durante un rato.

—No. La saco fuera algunas veces. El cuerpo que estás viendo es una proyección que consigue hacer cuando desea mucho compañía. Pero eso tiene un precio y, después de aparecer de esa forma, acaba durmiendo durante bastante tiempo.

En cuanto termina de hablar, ella empieza a desaparecer. Y lo más loco es que consigo ver su tristeza por verse privada de seguir aquí. Las hendiduras reptilianas de tono amarillento se cierran y baja la cabeza, cediendo al vacío de convertirse de nuevo solo en el castillo.

—Es triste.

—Sí. Quiere ser liberada. Pero no puedo hacerlo. Aún no.

—¿Por qué?

Nilo no responde; solo me tiende la mano desde la mitad de la plataforma, pidiéndome que suba.

Lo cual es imposible, ya que está, como mínimo, a unos cuatro metros del suelo.

Miro alrededor y busco una manera de llegar hasta allí. Una escalera, piedra o cualquier otra cosa que funcione.

—No busques medios para subir, usa solo tu cuerpo.

—¿Cómo?

—Impúlsate. Puedes saltar a esa altura, incluso más.

—¿Y si no sale bien?

—Lo intentas de nuevo.

—¿Y si me quedo aquí abajo?

—Entonces te dejaré morir la próxima vez que alguien quiera matarte.

Te dejaré morir la próxima vez que alguien quiera matarte.

Lo que significa que de verdad impidió que el otro demonio lo hiciera.

—Si muero, ¿volveré a mi casa en la tierra?

—No. Si mueres, Lyra, irás a un lugar que no quieres conocer. Créeme.

Algo en su voz me dice que no es más que la verdad y el esfuerzo que hago para subir a la maldita plataforma convierte mi cabeza en una auténtica batería, con cada golpe haciéndome rechinar los dientes.

—Concéntrate en la fuerza e impulsa el cuerpo, es sencillo.

—¡Para ti, imbécil!

Apoya las manos en una barrera de fuerza invisible en la plataforma, a la altura de un pretil, y suelta una risa gutural.

—Acepta la transformación de tu cuerpo, abraza la fuerza que jamás creíste tener. Está presente en todos tus músculos, así como… —se señala la sien— aquí dentro. Basta con aceptar; mientras resistas, no pasará nada.

—¡No sé cómo usarla! —grito lo obvio.

Aceptar. Creer.

Qué montón de verbos inútiles en medio de toda esta mierda.

—Tampoco sabías hablar la lengua demoníaca. Pero desde que llegaste te has comunicado a través de ella.

—¿Lengua demoníaca?

—No creerías que todos aquí estaban hablando portugués, ¿verdad?

—¡Solo me estás confundiendo y eso lo empeora todo!

—Es la verdad. En cuanto fuiste transformada en demonio, el libro debió hacer algo contigo, algo que no cuestionaste, y entonces conseguiste usarlo. En cuanto a tu fuerza, desconfías de ella con una profunda incredulidad. Y no te dará lo que quieres sin ser bienvenida.

—Puede que haya sido transformada, pero sigo siendo humana.

—¿Lo eres? ¿O acaso la humanidad te está abandonando poco a poco?

Le doy la espalda y camino hacia el corredor, queriendo salir de ese lugar, con la paciencia perdida por su constante provocación.

—¿Qué hiciste cuando viste a la mujer colgada en tu primer entrenamiento, Lyra? ¿La liberaste? ¿O el olor de sus pecados te alimentó? —Me detengo en seco—. Exactamente como pensé. Por cierto, me debes un agradecimiento por haberla encontrado. Asmodeus usaría cualquier excusa para castigarte.

—¿Fuiste tú quien la trajo?

—¿Crees que apareció sola?

Abro los brazos, señalando las paredes del castillo.

—No sería descabellado —me burlo.

Nilo sacude la cabeza y la frialdad de su mirada se atenúa.

—Si no quieres perder la oportunidad de alcanzar tu verdadero potencial, te sugiero que regreses e intentes a toda costa subir a la plataforma.

—¿De lo contrario?

—Yo mismo te mataré.