Impius Capítulo 11
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Capítulo 11

Lyra

Toda alma puede convertirse en demonio, no todo demonio poseerá un alma.

Mi cuerpo tarda dos nox en recuperarse. No por completo, pero lo suficiente como para levantarme de la cama y darme una ducha prolongada.

El baño de la habitación es un privilegio más que bienvenido. Sigue la misma línea que el resto del castillo: piedras de mal humor que odian la luz y tratan de esconderse de ella. Por eso las paredes tiemblan, en una ansiedad ilógica, queriendo desaparecer.

El retrete es un desafío aparte, porque no es más que un agujero en el suelo y me veo obligada a ponerme en cuclillas cada vez que necesito hacer mis necesidades, pero al menos la ducha es normal, con el agua saliendo mágicamente del techo en cuanto me quito la ropa.

Y hablando de higiene, ni siquiera quiero imaginar cómo serán las cosas cuando me venga la regla.

Si es que mi cuerpo va a seguir las mierdas del nox o si se va a basar en el tiempo terrenal.

Si fuera la segunda opción, debería dar gracias a Dios, porque solo menstruaría dentro de más de un millón de nox.

Interrumpo ese pensamiento, el agua cayendo sobre mi cabeza.

Pero ¿las demonias menstrúan?

Creo firmemente que no. Pero qué sé yo.

Tomo un jabón que se parece bastante al de la tierra y froto mi cuerpo. Huele a especias y a una nota más profunda de almizcle.

Me lavo el cabello sin luchar contra ni un solo nudo, agradecida de que esté más corto de lo que suelo llevarlo.

Cuando lo tenía largo, más o menos hasta la cintura, era un trabajo colosal.

A la altura de los hombros es mucho más fácil, sobre todo porque está tan sedoso y brillante.

Ya ni siquiera necesito productos para el cabello.

Paso las manos por los mechones y se deslizan sin el menor impedimento.

Creo que esa es la única ventaja del infierno.

Continúo mi baño lentamente, quitándome el olor a muerte y podredumbre. En su lugar, tengo una rabia tan impulsiva hacia aquel maldito demonio que, al recordar que murió, una alegría mórbida me hace sonreír.

Y sonrío durante mucho tiempo.

Sostengo los labios de forma divertida, incluso cuando me detengo frente al espejo y observo mi ojo derecho totalmente hinchado, hasta el punto de ocultar el globo ocular.

El morado que se extiende profundamente hasta la mandíbula me da un aspecto cadavérico, pero esa no es la peor parte.

Al apoyar las manos en el pequeño lavabo de piedra, noto que no solo mi rostro sufrió, sino que mis brazos e incluso mis piernas están completamente jodidos.

Lo que me deja curiosa es el simple hecho de recordar haberme roto varios huesos y, aun así, se encuentran perfectamente bien.

¿Será normal, incluso con este cuerpo de superheroína, recuperarme tan rápido?

Quién sabe.

Da igual.

Salgo del baño con una toalla atada alrededor del cuerpo, para elegir una ropa que no sea de cuero ni de algún otro tejido extremadamente ajustado que me pinche la piel.

Y entonces escucho:

—Si sigues siendo tan patética, no durarás nada en el infierno. Pensé que serías un estorbo, solo que no uno tan grande.

Nilo está de pie frente a mi ventana, usando una especie de túnica que deja sus brazos libres, con las manos a la espalda y muchos tatuajes a la vista. Cubren su piel desde la muñeca y me pregunto hasta dónde se extienden.

Son plateados, dibujos que parecen ondular según la luz. Tanto que los trazos buscan la llama de la arandela y parecen jugar con las chispas de color anaranjado.

Tengo ganas de evaluarlos de cerca. Un deseo que me hace jadear en cuanto me esfuerzo por contenerlo.

¿Cuáles son los dibujos?

¿Qué significan?

Porque si alguien como él posee tantos, debe de existir una historia.

—Entonces ¿por qué interrumpiste la pelea y no me dejaste morir? —Mis palabras son acusaciones.

No debía haberme salvado.

—Si yo apreciara tu vida, demonio, puedes estar segura de que lo sabrías y serías bien favorecida…

en mi cama. —Gira la cabeza de reojo y veo que hoy sus ojos abrazan el tono más profundo de azul, pero con un brillo plateado.

No como un color apagado, sino semejante a un relámpago, un poder más allá de cualquier imaginación.

Levanto la barbilla y enfrento al diablo.

Su mirada recorre todo mi cuerpo, provocando un escalofrío que sacude hasta mi alma, haciéndola vibrar, queriendo caminar hacia él.

El vello se me eriza en una corriente de frío y mis pezones se endurecen, el centro de mis piernas doliendo de necesidad.

¿Por qué reacciono así?

¿Por qué todo en mí parece responder a él?

—¿Crees que me gustaría compartir la cama contigo?

—Me encantaría, pero no viene al caso.

No viene al caso.

Porque no soy tan interesante.

Es extraño escuchar las palabras que no dice y más extraño aún que me afecten.

—¿Qué haces en mi aposento?

—Técnicamente, es mi castillo. Así que eres tú quien está en uno de mis aposentos.

—Entendiste lo que quise decir.

Nilo se gira por completo y no consigo disimular el deseo que me sacude al mirarlo así, de una forma tan concentrada.

Es distinto de la otra vez, cuando intentaba entender qué estaba ocurriendo.

En esta, es imposible negar la atracción que siento por la figura amenazante y la mirada sobrenatural capaz de derretir toda la capa de hielo de los polos de la tierra.

No dice nada, solo se mueve por la habitación con total comodidad. Como si ya hubiera venido aquí muchas veces, como si estuviera acostumbrado a mi presencia.

Se detiene junto a la puerta del baño y se apoya en el marco. Cruza los talones, mientras el semblante serio se mantiene. Apenas una mueca de diversión juega en sus labios, demostrando que algo muy distinto ocurre en su interior.

—Rompiste tu propia regla.

—¿Cómo lo sabes? ¿Estabas despierta como para entender la conversación? Pensé que te había apagado.

Sus ojos juegan con los míos, desafiándome a decir algo que le resulte gracioso. Intento ignorar la constante sensación de que no debería estar aquí, de que su presencia es mi sentencia de muerte.

—No, leí la mayoría de los libros que abordan el sistema del infierno.

Dejo para después confrontarlo sobre “apagarme”. O cambiaré por completo el tono de la conversación.

—Tiene sentido, tienes la manía de escabullirte por la biblioteca Disparitio.

—No está prohibido.

—No, no lo está.

—Aún no me has respondido qué haces aquí.

—Yo, si fuera tú, tendría cuidado con la manera de hablar. Ya he perdido la paciencia por mucho menos.

—Algo me dice que tengo algo que quieres, o ya me habrías matado.

Él ríe.

—Eres más lista de lo que aparentas.

—¿Qué sería? ¿Cómo me libro de ti y de esta mierda de lugar?

—Primero, me ayudaría que no estuvieras muerta. Así que ve a mi despacho en la primera hora de cada nox. Te ayudaré a sobrevivir y luego a volver a casa.

—¡Quiero volver ahora!

—No hay forma. El pasaje se abre cada cien días terrestres. Así que, por más que quieras regresar, estás atrapada aquí… conmigo.

No sé si creerle. El tono que usa oculta muchos misterios; puedo sentirlo. Es como si dijera una media verdad solo para oscurecer la mentira completa.

—Es el diablo, podría enviarme de vuelta a la Tierra si quisiera.

—No es tan sencillo.

¿Lo será?

¿Por qué siento que se niega a actuar?

Al igual que otra entidad.

—Ese maldito castillo también debería ser capaz, pero no cumple mi deseo. —Cruzo los brazos y eso atrae su mirada hacia mi cuerpo una vez más.

Cada centímetro es besado por la evaluación.

¡Cielos!

Estoy solo con una toalla, en una habitación, junto a un demonio. Ni siquiera en mis pesadillas más locas ocurriría algo así.

—El castillo no puede hacer milagros. La única cosa capaz de transportarte a la tierra sería el libro de las Crónicas Demoníacas.

Tiene el poder de relatar el pasado, escribir el presente y prever el futuro; su magia es la más fuerte del universo, ningún objeto es tan poderoso como él.

Además, suele tener voluntad propia, lo cual es un infierno.

—Ríe al usar la palabra—. Cayó en tus manos por alguna broma cruel.

Y volverá a aparecer cuando menos lo esperes.

Es tendencioso hasta ese punto, al igual que quien lo creó.

—¿Quién fue?

Por un momento, Nilo me mira con cientos de palabras muertas en los ojos. No abre la boca y, aun así, el silencio está cargado de una tensión abrasadora y angustiante.

—Él te lo revelará en algún momento.

—¿No puedes ir a la tierra y traerlo para mí?

—Las Crónicas ya no están allí. En cuanto llegaste, fui a la tierra a comprobarlo y no lo encontré.

—¿Y no puedes llevarme contigo? —Afilo la mirada; él no se inmuta.

Su armadura mental es infranqueable y empiezo a odiar su capacidad de mantenerse neutral cuando estoy a punto de perder la cabeza.

—¿Crees que es así de fácil? Soy el señor del infierno, criatura ridícula. Nada podría detenerme, pero una simple humana… Tu cuerpo sería desintegrado.

—Mi cuerpo es de demonio ahora.

Al menos, soy tan fuerte como uno. Y a veces me sorprendo pensando si voy a transformarme en algo o si toda la historia de que los demonios son criaturas grotescas, capaces de transformarse y bla, bla, bla, no es más que pura ficción terrenal.

Ya que aquí en el infierno, en lo real, no se parece tanto a lo que pintan allá arriba.

Claro que existen demonios con formas diferentes e incluso colores —podría jurar que me crucé con uno verde en el último nox—, pero visto desde el punto de vista de alguien que vivió en la Tierra, no son tan aterradores. En absoluto.

—Uno de los regalos del maldito libro. Agradécele después, o ya habrías sido despedazada. Consiguió transformarte poco a poco y luego traerte aquí. ¿Viste una niebla dorada algún tiempo antes? —Mi reconocimiento aclara lo que mis palabras no pueden—. Como imaginé…

—¿Es tan poderoso así?

—Mucho. Fue escrito con sangre. Con una sangre única y rara.

Después, fue bañado en la Fuente de energía del territorio infernal, así que posee el poder de dos entidades extremadamente feroces y, sobre todo, volátiles.

Creo que por eso es tan… —Nilo interrumpe la frase, como si divagara, y se queda en silencio.

—¿El tuyo? Quiero decir… ¿fue escrito con tu sangre?

Nilo no responde, solo se encoge de hombros, en una actitud tan humana que por un instante hasta parece alguien que podría encontrarme en la tierra.

Pero no es humano.

Es el comandante del caos.

Quien alimenta el fuego eterno.

—Te espero para el entrenamiento, Reggie. No llegues tarde.

—¿Por qué me llamas así? No es la primera vez y, aparentemente, no será la última.

—Tengo mis motivos.

La palabra motivos se repite varias veces después de que desaparece sin dejar rastro.