Impius Capítulo 10
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Capítulo 10

Nilo

Y de la codicia, vino la ruina.

Intervengo en la clase después de pasar una semana ignorando a los demonios del Electio.

Ni siquiera impartí mi lección. Se la delegué a Azazel.

Pasé mucho tiempo analizando las ocasiones anteriores, solo para llegar a la laboriosa conclusión de que está diferente. Es en este ciclo cuando todo puede cambiar. Lo siento, y todos los generales lo sienten.

Así que no puedo, en ningún maldito futuro, dejarme arrastrar por la atracción, por las chispas que amenazan con consumirme en un baño de fuego incansable. Se extienden siempre que Reggie se acerca y continúan manteniéndome cautivo cuando se aleja.

Mientras la observaba en la tierra, imaginé que esa vida sería normal. Con veintisiete años mortales, ella no acabaría en el infierno. Si yo no… si yo no…

Enrollo la verdad en un pergamino que encierro en lo más profundo de mi corazón endurecido.

Jamás verá la luz. Jamás será liberado. Ni él, ni mucho menos el órgano oxidado y lleno de amargura.

Sus grietas alcanzan el centro y se expanden como en el vidrio, cada vez más lejos de donde podría arrancarlo.

Y ese fragmento es lo que lo convierte en una tierra sin ninguna posibilidad de recuperación.

Lo sé.

La fuente de energía del infierno lo sabe.

Y probablemente, hasta Dios conozca esa verdad, aunque sus poderes no sean capaces de influir en las tinieblas presentes en el infierno.

Fueron doscientas veces.

Doscientas malditas veces.

Dos centenares en las que deseé poder morir a cada segundo.

Y solo no me rendí porque sabía que eso cambiaría todo el curso del mundo.

De una forma irrecuperable. Y por más que haya abandonado el cielo, la tierra, aún no he abandonado el infierno ni a las criaturas que viven aquí.

Desde el momento en que hice un juramento, estoy dispuesto a cumplirlo, porque al final me costó aquello que más aprecié, lo que más amé.

Y maldito sea, pero el infierno tiene sus propias maniobras arriesgadas y ninguna actitud mía podría cambiar sus planes. De colocarme exactamente donde quiere que esté.

Observo desde el centro de la sala a todos los demonios inclinarse en señal de respeto, menos a ella… caída, con diversas heridas que le impiden incluso levantarse y saludarme.

La sangre mana de cada uno de sus cortes y durante milésimas de segundo cierro los puños y me concentro solo en escuchar los latidos de su corazón.

Débiles, pero presentes.

Y mientras evalúo su estado deplorable, noto que uno de sus ojos chisporrotea en reconocimiento. Por fin comprende el peligro que corrió en el primer nox. Lo cerca que estuvo su vida de terminar allí, mientras estaba en mi regazo, facilitándolo todo.

Contenerme fue lo más difícil que he hecho en toda mi existencia. Gélida, poderosa, pero vacía.

La parte más cruel que habita en mí gritó, vociferó, para que posara mis dedos en su cuello y minara su vida.

Lo curioso es que, durante la conversación sin sentido que tuvimos, esa porción casi venció.

Casi me empujó al abismo. Porque en aquel nox en que vi a Lyra en medio de mi despacho, fue como si todo mi cuerpo ardiera en carne viva y yo estuviera en medio del fuego de la condenación, sufriendo como las almas más atormentadas.

Recuerdo el hormigueo en mis dedos.

Mi piel calentándose.

Y mi cuerpo inclinándose hacia el suyo, reduciendo nuestra distancia.

Siento la mirada de Asmodeus sobre mí y, cuando se la devuelvo, es con rabia e indiferencia. Él aparta la vista de inmediato, aún desconfiado por mi repentino mal humor en la biblioteca, la última vez que nos vimos.

—¿A qué debemos el honor de su presencia, señor?

Una sonrisa calculada adorna mi rostro.

—Si debiera explicaciones a alguien, respondería, Asmodeus.

Silencio.

Aplastante.

As no parece nada feliz. Sobre todo cuando su mirada se posa en Lyra, herida de una forma que tardará mucho en recuperarse. Él, al igual que yo, sabe lo que ocurriría si permitiéramos que los demonios la mataran y, aun así, dudó. Lo que me deja muy, extremadamente, furioso.

—Claro. Fue una pregunta innecesaria.

Fuerza una sonrisa.

Yo no lo acompaño.

Cruzo los brazos y examino a cada uno de los demonios del salón, en busca de un único objetivo. Cuando lo encuentro, sé que no tendré ninguna misericordia. En cuanto llegue la hora —y llegará—, no quedará nada de este pequeño grupo para contar una historia sesgada.

—Pueden continuar. Como aún no he tenido la oportunidad de evaluar sus habilidades, lo haré hoy.

Otra ronda de silencio; nadie se atreve a moverse.

Cuando el primero reúne el valor de elegir a su oponente, veo al demonio a punto de dar el golpe final a Lyra, levantar la pierna para patearla una última vez, y me muevo más rápido de lo que podría soñar, como un vórtice en el tiempo, arrastrándolo hacia la barrera de choque en un impulso aterrador. Ni siquiera noto que la atravesé.

La bestia tomando el control de mi cuerpo.

—¿Cómo te atreves?

Lanzo la pregunta antes de darme cuenta, recordando el pasado, no el presente.

Lo sostengo contra la barrera y la corriente eléctrica recorre todo su cuerpo. Un placer macabro me hace reír mientras se fríe de dentro hacia fuera, sintiendo un dolor igual, si no peor, al que infligió a su compañera.

Si Lyra no despierta pronto a la realidad que vive, morirá antes de poder comprenderlo todo. Antes de que… la barrera entre la vida y la muerte sea rota.

Esperé demasiado tiempo y no voy a arriesgarme.

Intenta soltarse, tanteando en vano, tan impotente que es otra desgracia para este ejército.

—Ya fue neutralizada. No hace falta rematar —gruño, las palabras deslizándose como veneno de mis labios—. A menos que quieras que tu propia existencia sea interrumpida. ¿Acabar con un alma tan decadente como la suya no te provoca ningún tipo de autodesprecio?

—Yo… yo solo… yo… —mi agarre firme le impide continuar.

Acaba con esto de una vez.

¡ACABA!

¡ACABA!

¡ACABA!

Ruge mi instinto.

Aflojo un poco la presión, solo por curiosidad de escuchar cuál será su excusa.

—Es la más débil de la legión, solo quiero proteger a quienes tendrán que luchar a su lado.

Como si fuera él.

Como si él, estando entre los últimos, fuera capaz de llegar a la ronda final de pruebas.

—Pero esa no es tu decisión, ¿verdad? —silbo.

—Yo creo que…

Rebatir es su mayor error.

Las uñas largas y deformadas de la criatura vil en la que me he convertido se clavan en su corazón y, con un gesto, lo aprietan, haciendo que lata una y otra vez, hasta volver al lago dormido de la inercia.

Los segundos en los que soy colmado por la rabia me impulsan a mantener al demonio en la corriente eléctrica y, con un simple movimiento de los dedos, le rompo el cuello.

Es tan fácil acabar con él que no me provoca la menor saciedad.

Dejo caer el cuerpo sin vida a mis pies y evalúo a los presentes. Hay semblantes asustados, felices y otros muy recelosos. Sin embargo, por más aterrador que haya sido, en el antro demoníaco las ofensas se castigan con la muerte y contra eso nadie puede argumentar.

—¿Alguien dispuesto a ser el siguiente?

Todos bajan la cabeza.

Puedo sentir el olor del miedo, la vacilación e incluso un poco de revuelta que emana de la multitud. No entienden por qué maté a uno de sus compañeros cuando él haría algo perfectamente aceptado.

La cuestión es que hay objetivos y objetivos, y ella no debe ser asesinada por ninguno de ellos.

No imaginan el desastre cósmico que está a punto de ocurrir.

El ciclo se cerrará.

De una forma u otra.

—De acuerdo con el libro de reglas, está permitido matar a un ser inferior cuya habilidad pueda perjudicarnos a todos —un demonio reúne valor para enfrentarme y da un paso al frente.

Su postura es retraída, como si se arrepintiera de lo que dijo inmediatamente después de decirlo. Tal vez por percibir las sombras provocadas por el fuego en mis iris. Arden y amenazan sin que necesite emitir una sola palabra.

—Sé lo que está escrito en el libro de reglas. Fui yo quien lo escribió.

—Entonces, señor, con todo respeto…

Su cuerpo entero se incendia con un mero comando silencioso.

Cierro los ojos y dejo que el olor a azufre se infiltre en mis pulmones y me arrulle por un tiempo, antes de dirigirme a la mujer caída en el suelo, respirando con dificultad.

Los gritos del demonio ardiendo reverberan por las paredes, con la construcción alimentándose de la maldad tanto como yo. La veo vibrar y agradecer, sin que nadie más lo note.

Salvo…

La mujer destrozada, cerca de mis pies.

Percibo que levanta la cabeza, como si escuchara al castillo murmurar, intentando ayudarla.

Esa maldita serpiente quiere interferir en todo. Desde la mierda del Jardín, no da tregua a nadie. Si no hubiera caído junto con nosotros, me pregunto cuál habría sido su destino.

Lyra empieza a toser sangre y lleva una de las manos al abdomen. Por más que yo esté aquí, no abre la boca para pedir ayuda. A nadie. Su orgullo es tan valiente como detestable.

¿Para qué aferrarse a él?

¿Prefiere morir antes que implorar salvación?

Siempre así… —canturrea mi mente.

Siempre tan obstinada.

Miro hacia lo alto y suspiro con odio.

No tengo tiempo para esta mierda ahora mismo.

Veo a Lyra intentar salir de la arena y me encargo de atarla invisiblemente.

En el estado en que se encuentra, podría empeorar fácilmente su propia situación.

Por si acaso, la apago, sumiéndola en el sueño.

Intenta resistirse al golpe mental, pero no tiene la menor oportunidad contra un demonio con miles de años.

—Si otra alma quiere probar hasta dónde puedo llegar, siéntase libre.

Ustedes son —abro los brazos— mis invitados, señores.

—Apoyo los pies sobre la figura sin vida del demonio muerto en la arena y emito un tsc despreocupado—.

No creo que sea sabio; sin embargo, hay muchos de ustedes —miro más allá de la ventana, hacia la noche oscura— que no logran pensar con coherencia.

Así que sepan que no suelo dar segundas oportunidades a quien me desafía.

Todos se arrodillan.

Caen con fuerza sobre las rodillas, el miedo y el respeto mezclándose con devoción.

En las miradas de las hembras veo deseo. En las de los machos, codicia por tener lo mismo que yo, sin saber que eso jamás ocurrirá.

De reojo, veo a Belphegor aparecer para la siguiente clase, con sus ojos perezosos absorbiendo la escena sin darle demasiada importancia.

De los generales, es el que menos se interesa, incluso porque tiende a odiar a todo el mundo.

Detrás de él, Azazel espía, con la preocupación evidente por mi pequeña demostración.

Los únicos generales que no están presentes son Érigor y Moa. Suelen salir del castillo para estudiar algunas de las regiones del infierno y el impacto que los Enevoados representan en ellas. Y casi siempre evitan el contacto con demonios de primera fase.

—¡Cuánta crueldad, Nilo! Déjalos en paz. Al fin y al cabo, solo son niños.

Ignoro las palabras de Belphegor y vuelvo mi atención a Lyra.

—Saquen a esa criatura de aquí. Antes de que yo mismo acabe con ella.

Al salir de la arena, esquivo el charco de sangre y sus miembros destrozados. Abandono el salón de entrenamiento con la presencia de uno de los generales siguiéndome libremente.

—No digas nada antes de que lleguemos al despacho.

El silencio perdura hasta que la puerta se cierra tras de mí.

—Necesitamos hablar.

—¿Qué te lleva a asumir tal cosa?

—Lo sabes muy bien.

—Si aprecias tu vida, te sugiero que no abras la boca, Azazel.

Me sirvo un poco de hidromiel, esperando que el ardor me anestesie.

Esta bebida existe solo en el infierno y, por más que algunos demonios hayan difundido la receta en la tierra, jamás funcionó como debe, sin los ingredientes que solo existen aquí.

Un poco de agua de la fuente de los deseos, con sus propiedades anuladas por alcohol demoníaco, y una dosis de miel de las abejas de la octava región.

—Esta no es una cuestión que interfiera solo en tu destino, Nilo.

La bebida quema mi garganta.

El sabor dulce se vuelve amargo conforme permanece en la lengua, mientras Az me evalúa. Él y su maldita manía de no desistir de lo que quiere saber. Apuesto a que haría un pacto solo para descubrirlo. Es la criatura más chismosa del maldito infierno. Y eso no es un elogio.

—No veo cómo podría ser de tu interés, sin embargo.

Contemplo al demonio de ojos absurdamente negros, piel marrón oscura y cabello corto. Su sonrisa es triunfante, de quien sabe que ha encontrado el objetivo correcto.

—En algún momento tendrás que hacerlo. Ella está aquí. Asmodeus nos advirtió…

—Y eso no cambia nada. Que Asmodeus se trague su propia palabrería y se atragante con ella. Yo sé lo que tengo que hacer, pero si continúan intentando apurarme, no les gustará el resultado.

La amenaza es sutil. Pero produce el efecto deseado, tanto que Az retrocede un paso sin siquiera darse cuenta.

—Lo cambia todo. ¿Por qué te niegas a verlo? ¿Necesitas ayuda? Si quieres, nosotros podemos…

Me giro en un instante, lanzo el vaso en su dirección y libero a la bestia que he estado conteniendo durante todo el maldito nox. Sale sin ataduras, rugiendo libre al romper todas las cadenas de una sola vez.

Siento el poder escapar de mí en oleadas, flotando hasta el demonio. Intenta repeler el dorado y el plateado, pero no es tan fuerte. Y más rápido de lo que espera, su fuerza es subyugada por la mía, al tiempo que es brutalmente lanzado contra la pared.

—¡NO! —el grito imperioso retumba por el despacho.

Azazel se levanta y, riendo, alza las manos.

—Ya entendí, no hace falta ponerse nerviosito. Lo siento.

—Estás andando demasiado con los humanos, hasta hablas como ellos.

—¿Yo? ¿Yo ando demasiado con humanos? No me hagas reír, Lulu.

—Repite ese apodo y te incinero. —El fuego se agita en la chimenea y se lanza hacia él.

Lamentablemente, logra protegerse.

—Sobre andar con humanos, ¿quién fue todos los días terrestres a vigilar a alguien allá en la maldita tierra?

Han pasado cientos de miles de nox y siempre hiciste lo mismo.

Es muy trágico. —Toma una manzana de encima de mi escritorio y le da un largo mordisco; luego señala las paredes del castillo—.

Perdón, querida, es que las manzanas infernales son muy dulces. Claro que tú lo sabes.

—Si la provocas, te lanzará fuera, como ya hizo antes.

—Somos amigos, y los amigos se pelean a veces. En fin, Nilo, resuelve este problema antes de que los generales pierdan la paciencia.

—Quiero verlos intentarlo.

Azazel ríe y desaparece.

En una nube de palabras burlonas y verdades encubiertas.