Capítulo 9
Lyra
No existe traición mayor que engañar a los tuyos.
En el infierno, eso se castiga con la muerte. Basta un demonio para encadenar a una legión.
Catorce nox transcurren.
El equivalente a siete “días” completos en el infierno.
Y en este momento, ya no me queda esperanza de que sea una pesadilla. Sería una idiota si la tuviera. Así que opto por entender todo sobre este maldito lugar. Porque la supervivencia sigue siendo lo más importante.
Termino de comer, agradeciendo a Dios que tengan hábitos alimenticios muy parecidos a los de los humanos.
Ni siquiera sé si debería agradecérselo a Él, propiamente dicho, pero es uno de los puntos positivos.
Son variaciones, claro: el arroz rojizo es un sustituto del nuestro blanco y la carne de caza de algún animal que no quiero descubrir se parece mucho a la carne roja que solemos comer.
Si no me recuerdo a cada instante que estoy en el infierno, incluso logro imaginar un restaurante de la ciudad a la que me mudé, en el interior de Brasil.
Con el salón sencillo, algo rústico incluso, pero con espacio suficiente para albergar a decenas de demonios, en mesas enormes y rectangulares.
Es algo oscuro, pero perfectamente aceptable.
En cuanto a los entrenamientos, estoy mejorando considerablemente.
Tanto que, al comenzar el combate, logro luchar de igual a igual con uno de los demonios de las últimas clasificaciones. No soy un prodigio, pero tampoco soy una burla, y Asmodeus no me mira como si quisiera matarme.
Por más que su evaluación sea minuciosa y haga cuestión de llamarme la atención siempre que le conviene, no parece dispuesto a acabar con mi vida. Todavía.
Recibo un golpe y giro, la espada colgando algo floja en mi mano cortada.
Un golpe de la daga de mi oponente logró provocarme una herida que ahora sangra y corre por mis dedos, haciendo que la empuñadura se vuelva más resbaladiza. Sumado al peso de la espada, no consigo sostenerla por mucho tiempo. Cae, con el sonido del metal al encontrarse con la piedra.
En cuanto él avanza, me agacho y le hago una zancadilla que lo lleva al suelo. Su rostro golpea con fuerza las piedras de la arena.
Ahora no soy la única sangrando.
—Estás mejorando… —se pasa los dedos por la boca, limpiando la sangre que escapa de un corte encima de los labios.
Sus ojos son completamente negros y, de todos, es el que más me contempla con odio. No sé qué hice, pero me odia de una forma que ni siquiera consigo explicar. Tanto que vive con los ojos puestos en mí, sonriendo de manera artera, como si no viera la hora de poner sus dedos asquerosos en mi cuello.
Y hoy tiene esa oportunidad.
Por más que sea delgado, sin muchos músculos como la mayoría, aún tiene una fuerza como la mía y sabe cómo usarla, algo a lo que todavía me estoy adaptando.
Así que, cuando embiste una vez más, todo lo que puedo hacer es esquivar, usando su altura a mi favor.
Me saca unos veinte centímetros; sin embargo, no es muy ágil.
—No seré un saco de boxeo para siempre.
—Creo lo contrario. Una presa que responde es más interesante.
—¿Presa? —suelto una risa provocadora—. ¿De verdad crees que vas a poder conmigo, siendo uno de los más débiles de aquí? Sé que no soy genial, pero puedo encargarme de un demonio sin talento como tú. —Veo sus ojos chispear de rabia, mientras sacude el cabello castaño al reír profundamente.
No voy a permitir que me humille.
Nunca permití que nadie me tratara con desprecio en la tierra; no es aquí donde eso va a cambiar. Y si necesito actuar de forma fría o fingir que no me importa nada de lo que se dice y se hace, que así sea. Seré el demonio que quieren que sea.
—¡Vamos a ver si sigues riendo cuando patee tu trasero demoníaco contra la muralla de choque! —provoco.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? —corre hacia mí y su prisa por demostrar que puede acabar conmigo es su mayor falla, porque abre la guardia exactamente como vi en algunas posiciones del libro, y consigo colarle un puñetazo en el estómago que lo hace jadear y detener el ataque, cubriéndose el abdomen con las manos.
La fuerza de mi golpe es algo a lo que todavía me estoy acostumbrando. Y una de las razones por las que creo que formo parte de la historia del libro; de lo contrario, ¿cómo me transformaría en un demonio?
Dos nox después de aparecer milagrosamente aquí, noté que veía mejor, que mis músculos se recuperaban con una rapidez aterradora y que todos mis sentidos, sin excepción, se amplificaron, en una especie de mejora genética.
Logré ver la línea divisoria del castillo con uno de sus territorios. Pero a partir de ahí, no pude definir nada. Así que creo que la nueva visión tiene sus límites.
La fuerza aún suena como un mejoramiento fuera de serie.
En el último nox, conseguí levantar una piedra en la sala de entrenamiento, que he usado para practicar desde entonces, fortaleciendo esa capacidad recién descubierta.
Y en todo el tiempo libre, no lo aproveché como los demás, sino que leí libros y más libros, que abarcaban desde la política hasta el sistema de guerra del infierno.
No soy tan apta como ellos.
Pero consigo marearlos y hacerles creer que sí.
La breve distracción me sale cara y recibo una secuencia de golpes que provocan crujidos en mis huesos y me dificultan la visión.
La lucha, que antes podría caracterizarse como un empate, cambia drásticamente y termino siendo acribillada por golpe tras golpe, tambaleándome hasta chocar con el límite de la arena.
Una descarga recorre todo mi cuerpo.
Atraviesa cada maldito centímetro de mi piel, mientras contengo el aullido de dolor que amenaza con escapar. No le daré ese gusto a ninguno de estos seres.
Mi sangre hierve y mi rabia hace estallar las venas, desparramando el deseo de masacrar a toda alma que dude de mi potencial. Lo que ocurre mucho aquí. Un vistazo rápido y veo al menos diez pares de ojos sonrientes y labios entreabiertos, mostrando dientes afilados como navajas.
No digo nada mientras avanzo hacia el demonio, con los ojos enrojeciéndose lentamente. Está tan furioso como yo. La diferencia es que yo quiero defenderme y quizá neutralizarlo, mientras que él tiene el único objetivo de destruirme.
Su ansia por romper mis huesos es tan evidente que, en cuanto esquiva un golpe, giro sobre mis talones, el miedo amenazando con morderlos a cada centímetro, sin rendirme ni abandonar la lucha.
Le asesto una patada en la mandíbula que, con la fuerza de mi giro, se vuelve devastadora. Tambalea y, medio aturdido, se detiene en el límite de la arena, recibiendo una descarga tan incapacitante como la que yo recibí.
Una alegría mórbida se esparce por mi ser.
Es magnífico verlo sufrir, por variar.
Sin embargo, la mala suerte vuelve a mí y, en cuanto se recupera, corre hacia mí y cuando intento huir, anticipa mis movimientos y me agarra del cuello, llevándome hasta la maldita barrera, mientras sus dedos aplastan mi garganta.
Intento patearlo. Golpearlo. Hacerle daño mientras el aire se escapa de mis pulmones y la desesperación amenaza con apoderarse de mis sentidos y de mi coherencia. Una de las patadas le da entre las piernas y aúlla, soltándome en el mismo instante en que la descarga diezma mis células, una a una.
El olor horrendo de carne quemada se esparce por todo el maldito salón.
—Eres tan débil que me das pena. ¡Y mereces morir! —su aliento es una mezcla de basura y carne podrida y, en el instante en que alza el puño cerrado y golpea mi mejilla, escucho algo romperse.
El dolor es inmediato y, aunque me preparé para todo lo que sentiría en este entrenamiento, apenas logro contener las náuseas que se apoderan de mi estómago.
Siento la presencia sedienta de sangre rondándome y no pasa mucho tiempo antes de que otra parte de mi cuerpo sufra. Tengo los brazos inmovilizados y, al oír el chasquido, todo el mundo guarda silencio.
Este hijo de puta acaba de romperme el brazo, mientras gruño como un animal enjaulado.
Observo los rostros convencidos que nos rodean y tengo ganas de matar a cada uno de ellos, de arrancar la vida que existe en sus ojos.
Después de esta maldita pelea, entiendo a Nilo y su deseo de arrancar cabezas, porque si pudiera, eso es exactamente lo que haría en este momento.
—Gruñes como un animal. Lástima que no seas tan feroz —susurra en mi oído, acercándose de una manera que me hace sentir indefensa.
Y
Yo
Odio
Sentirme
Indefensa.
No voy a permitir que me subyugue.
No voy a dejar que me convierta en una burla delante de todos.
Pero ¿qué puedo hacer además de pedir rendición en un momento como este?
Está a punto de pisar la parte trasera de mis rodillas y provocarme otra herida que hará que el dolor se extienda hasta la maldita alma. Así que, ¿qué otra opción me queda sino rendirme y refugiarme en la maldita biblioteca para seguir entrenando?
La última vez, ella me ayudó, apareciendo con un saco de boxeo y un equipo de entrenamiento. Básicamente un trozo de madera más grande que yo, con otros más pequeños que podían simular brazos y piernas.
Practiqué hasta que mis músculos se volvieron una queja constante.
Ojalá la biblioteca tenga otras opciones, o me voy a joder.
Consigo rebelarme y, al echar la cabeza hacia atrás, le estrello la frente al hijo de puta.
El sonido hueco convierte el salón en un enredo de conversaciones confusas, sin que nadie sea capaz de comprender cómo sigo luchando, resistiendo, porque ellos ya se habrían rendido mucho antes de llegar a este punto.
El demonio aúlla y se aparta, dándome apenas tiempo para girar en el suelo e intentar levantarme. Mi cuerpo cree que no tenemos fuerzas, pero mi mente se rebela contra él y deja claro que las necesitamos. Que es necesario.
Viendo solo con uno de los ojos, me arrastro hasta el brillo de la espada y cierro la mano alrededor de la empuñadura, girando el cuerpo, creyendo que soy capaz de levantarla y golpear a mi agresor.
¿Qué tan ingenua puedo ser?
El contraataque planeado no sucede y tengo el abdomen brutalmente pisoteado. Me encorvo por el dolor y escupo la sangre acumulada en la boca.
Su rodilla desciende y me aprisiona contra el suelo.
Intento liberarme, pero es simplemente imposible en mi estado actual. Si estuviera en mi cuerpo humano, probablemente ya estaría muerta.
Matarte será muy fácil si eres tan impotente.
La voz que resuena en mi cabeza es la primera que recuerdo haber oído en el infierno.
Junto a ella, una risa fantasmagórica juega con mi perseverancia.
Y por más que quiera mantener intacto mi orgullo, hay cosas que son imposibles.
Luchar contra un montón de demonios que llevan años de nox entrenando simplemente no tiene ningún sentido.
¿Cuándo voy a ganar?
Nunca, es obvio.
Nadie logra aprender a luchar y adquirir resistencia tan rápido.
Tengo que mejorar.
Más.
Más.
Más.
Antes de ser despedazada por criaturas sedientas.
—¡Nilo!
—¿Es él de verdad?
Escucho los susurros e inmediatamente el demonio se aparta de encima de mí, murmurando:
—Tienes suerte. Pero no va a durar mucho.
Y, aun así de mal, me arrastro por las piedras, sintiendo cómo los pequeños cascajos rotos por la lucha frenética se incrustan en mis heridas. Cuando mis brazos ceden y apoyo la cabeza, incapaz de mantenerla erguida, solo logro fijar al recién llegado con el ojo menos jodido.
Levanto uno de los párpados, con la dificultad de mantenerme consciente jugando con la realidad.
Y lo que veo me deja atónita.
Nilo es…
Él es…
El demonio en el que caí.