50 Kiera Skytree 39 horas para el solsticio de verano
N eal desliza los dedos sobre mi vientre en una caricia que no busca provocar. Parece perdido en algún lugar al que no puedo llegar, no mirando esos ojos verdes que están tan lejos.
Se apoya en la cama sobre un lateral, con el codo en la almohada. La cadena con el dispositivo le cuelga del cuello y cae sobre su pectoral desnudo.
Su mirada sigue el lento pasear de su mano sobre el borde de mi ropa interior. Recorre mi abdomen con los dedos, ajeno a lo que me está haciendo, sube por el centro de mi cuerpo y el vello de la piel se me eriza cuando sigue con dos dedos la tinta del tatuaje bajo mi pecho.
Arqueo ligeramente la espalda, sin poder contenerme, y solo el gesto lo devuelve a la realidad.
Los ojos se le llenan de pronto de una comprensión cálida, se le dilatan las pupilas e inspira con fuerza.
—Mañana no puedes alejarte del Skytree —me dice, con voz ronca.
Me atrapa un poco por sorpresa.
—Sí, comandante —bromeo.
Se pasa la lengua por el labio inferior antes de mordérselo, divertido. Sin embargo, advierto que bajo ese brillo hay algo más duro y afilado que también hace que a mí me cueste respirar.
—Lo digo en serio, Kiera. Pase lo que pase mañana, el Skytree estará relativamente a salvo. No podemos decir lo mismo del resto de Tokio.
Trago saliva.
Estamos participando en un juego peligroso.
No podemos evacuarlos a todos. ¿Para qué lo haríamos si las bombas están destinadas a caer lejos?
No podemos darle pistas sobre el farol a Andrews y mañana después del atardecer será demasiado tarde para hacer nada.
Si no cede, si no desactiva las bombas, morirá mucha gente. Y lo peor de todo es que no tenemos muy claro qué zonas son seguras.
Markel ha encontrado más silos de los que creía y eso significa que habrá otros sin localizar. Quién sabe cuántos.
Si las bombas estallan aquí, en el mejor de los casos destruiremos las Cinco Puertas del Infierno y desviaremos algunas, pero otras… Otras estallarán aquí. Lloverá fuego sobre Japón. Y es imposible calcular los daños.
—No me separaré de tu lado —le prometo.
Los dedos de Neal se detienen sobre mi pecho.
Me mira a los ojos.
—Es una orden, soldado.