48 Kai Skytree 48 horas para el solsticio de verano #2
—Kai. —La voz de Markel, que trasteaba con algo en una pantalla, me detiene en seco.
Me giro lentamente.
—Lo siento —me excuso—. Kiera me ha dicho que vendría aquí. Pensaba que los encontraría… No importa. Ya me marcho.
—No, espera.
La luz azul neón le cae sobre el rostro y le arranca sombras que me recuerdan a la primera noche que pasamos juntos, cuando yo planeaba una conquista lenta y meditada y él me demostró las ganas que me tenía.
Carraspeo, quitándome de la cabeza los acontecimientos que tuvieron lugar después, la imagen de Markel arrodillándose frente a mí y esa mirada incendiaria desde abajo.
Me quedo expectante, pero Markel no dice nada y empiezo a ponerme nervioso.
—¿Cómo está tu brazo?
Tardo un rato en reaccionar.
—¿Esto? —Lo levanto un poco—. Tendré que empuñar a Onimaru con la izquierda un tiempo; no creo que le haga gracia, pero… me curaré.
Markel asiente.
Recuerdo el gesto, mis dedos manchando de sangre los suyos.
Aprieto la mandíbula. Me fuerzo a no pensar en ello.
—Voy a… voy a dormir —declaro, en voz baja, cuando el silencio es demasiado.
—No, no te vayas. —Markel me contempla fijamente. Lleva unos vaqueros y una camiseta blanca que parecen demasiado mundanos—. Repíteme lo que me dijiste el otro día. Dime otra vez lo que sientes por mí.
El corazón me late tan fuerte que durante unos segundos lo noto contra mis costillas.
Miro atrás, tomo la puerta y la cierro a mi espalda para apoyarme lentamente en ella.
Las paredes son finas, y puede que incluso con la puerta cerrada los soldados de ahí fuera vayan a tener un espectáculo dramático e interesantísimo, pero no me siento cómodo poniéndoselo fácil.
—¿Por qué? —inquiero.
Creo que no aparento estar ni la mitad de lo nervioso que estoy.
—Porque quiero volver a escucharlo.
Me paso la lengua por el labio inferior, ganando unos segundos muy valiosos que, en realidad, no sirven para que el corazón vuelva a latirme a un ritmo normal.
—Esto se le acerca mucho a la crueldad, Markel —replico, en un susurro.
—Kai —me reprende.
Y yo tomo aire.
—¿Qué quieres que te diga? ¿Que estoy profunda e irremediablemente enamorado de ti? ¿Que te quiero tanto que me destroza pensar que jamás te mereceré? ¿Que el recuerdo de nuestro último beso me tortura de tal manera que he fantaseado con la idea de robarte uno para hacerlo mejor?
Parece que no respirara.
Se queda muy quieto y en silencio y durante unos instantes pienso que he metido la pata hasta el fondo y que me he pasado cuatro pueblos.
Pero entonces dice:
—Sí, eso mismo.
Y echa a andar hacia mí.
No sé lo que pretende hasta que lo tengo enfrente, desliza la mano por mi nuca y me atrae hacia él, y todavía entonces me cuesta creerlo.
Anticipo el beso cuando siento su aroma, el olor a jabón que desprende su pelo húmedo.
En otro universo aceptaría este beso como un regalo, aceptaría cualquier cosa que quisiera darme como un hombre afortunado.
No en este.
Aquí soy un poco más honrado, y miserable, porque lo aparto antes de que me bese.
—No puedo —mascullo, sin voz.
Me mira tan perplejo como lo estoy yo.
Mira hacia abajo, hacia mi brazo y enarca las cejas con cierto espanto.
—¿Te duele?
—No. No… No puedo porque no quiero que sea así. Ya te lo dije. Cuando te marchaste la última vez eso me destrozó. No te culpo —me apresuro a decir—. Estabas en tu derecho, me lo he ganado a pulso, pero… Simplemente, no puedo.
Lo que advierto en sus ojos castaños me avisa de lo que voy a escuchar, pero no me prepara.
—Está bien, porque no quiero marcharme. Bueno, en realidad, sí que me gustaría salir de aquí… pero contigo —se atropella al hablar.
Y a mí se me hincha el pecho. Se expande de una forma casi dolorosa, e imposible. Se llena de algo líquido, tan cálido que me abrasa las venas y me hace dar un paso apresurado adelante.
Contigo . La palabra resuena en mi mente.
—¿Conmigo?
—A tu cuarto o al mío… Creo que el tuyo es más grande. No lo sé. Me da igual. Solo es importante la cama y es bastante parecida, creo… —Se frota la nuca—. También podemos ir a ambos y…
—Markel, calla.
No dejo que siga hablando.
Lo agarro por la nuca y estampo mi boca contra la suya en un beso violento y ansioso en el que una voz terrible me repite:
«No es verdad».
Y:
«No te lo mereces».
Así que lo agarro con más fuerza, lo empujo hasta que su espalda choca contra el ventanal que da a la ciudad e intento ahogar las voces en el beso.
Pero no ocurre.
—¿Estás completamente seguro?
Me mira a un palmo de distancia, con las mejillas encendidas y los labios humedecidos por mis besos.
—Sí… Bueno, eh… No. No del todo. Creo que ahora mismo no me gustaría volver a mi cuarto.
Lo beso con devoción y él ahoga un gemido que me enciende de una forma inexplicable y que, paradójicamente, me hace retroceder.
—Espera —le pido, sin dar crédito de lo que hago—. ¿Seguro que esto no es por el fin del mundo?
—Es por el fin del mundo —me confirma, y un jarro de agua fría me cae encima—.
En otro mundo más fácil, quizá, deberíamos hablar antes…
Si salimos vivos de esta tendremos mucho que solucionar después, pero, si nos quedan menos de 48 horas…
No quiero pasarlas abriéndome en canal, sufriendo, llorando…
Quiero estar contigo. —Me dedica una mirada prudente—. ¿No te parece bien?
Abro y cierro las manos.
De pronto, noto la garganta seca.
—Me parece de puta madre —respondo, y me lanzo de nuevo hacia él.
Creo que soy demasiado brusco, porque choca contra el cristal y he de levantar una mano para colocarla tras su nuca y evitar que un nuevo arrebato le haga daño. Lo apreso con mi propio cuerpo, mientras siento sus manos explorando bajo mi camiseta y sus dedos recorriéndome el abdomen.
Va a quitarme la camiseta, pero no le dejo hacerlo.
Esta vez, soy profundamente egoísta.
Lo agarro del mentón, lo echo hacia atrás y le levanto el rostro para tener acceso directo a su garganta, que lamo de forma lenta y deliberada.
Markel suelta una palabrota que me arranca una carcajada y, antes de que se recobre, le suelto el cinturón y le bajo la cremallera.
Se fija en mis manos y me mira luego a mí con un brillo febril y peligroso en la pupila.
—Hay soldados fuera —susurra, pero el deseo le impregna la voz.
Deslizo la mano por el interior de sus pantalones y se la agarro por la base antes de subir lentamente.
—Entonces será mejor que no hagas ruido.
Me arrodillo ante una mirada que me encanta, inmovilizo sus caderas con una mano y, con la otra, se la agarro antes de darle un lametón desde la base hasta la punta que provoca una serie de maldiciones antes de que él mismo se tape la boca.
Miro hacia arriba y descubro su garganta expuesta y el cuello que ha echado hacia atrás mientras cierra los ojos con fuerza y mira al techo, y a mí se me escapa una risa grave que acallo enseguida.
Me la meto en la boca y ejerzo la presión que sé que le gusta mientras acompaño con la mano los movimientos de mis labios. La forma en la que Markel intenta contenerse y reprime el movimiento de sus caderas sin mucho éxito me pone de una manera que no debería ser normal.
Continúo con mordiscos suaves, me la meto entera y un segundo después apenas la rozo con los labios para comprobar cómo Markel se retuerce entre mis manos.
Cuando siento cómo se endurece aún más y la tensión se le acumula en los músculos sigo a pesar de sus advertencias y, por fin, con una pasada lenta y calculada de mi lengua se corre en mi boca y yo siento que nunca la había tenido tan dura.
Me incorporo y Markel me mira con aire perdido, jadeante y un poco incrédulo. Tiene las mejillas encendidas y los labios entreabiertos y me contempla como si nunca antes hubiéramos hecho nada semejante.
—¿Vienes a mi cuarto? —pregunto.
No tardamos en llegar.
Hay algo torpe en la forma en la que me desnuda que me enciende, cuando sus manos se enredan en mi cinturón y después tiran de la tela del haori . Markel contempla durante unos segundos la venda que me cubre el brazo derecho y se detiene para mirarme a los ojos.
—No me duele tanto como para detenerme —le aseguro y me asalta la risa.
Hay pocas cosas que me harían parar ahora.
Me ayuda a quitarme la camiseta con un cuidado que me vuelve loco, me empuja contra la pared, me besa con furia en los labios y suelta un gemido cuando lo aparto y soy yo quien lo empuja hacia la cama.
Le quito los pantalones antes de agarrársela y comprobar, encantado, que vuelve a estar preparado para mí.
No soy tan rápido como me pide el cuerpo. Me tomo mi tiempo, disfruto de los besos y las caricias, y de la forma en la que Markel se sube encima, me recorre la tinta de mi abdomen con los dedos y hunde el rostro en mi cuello para provocarme.
Se lo hago despacio. Me aseguro de que no le duele y me muevo lento hasta que se acostumbra a mí y, entonces, le doy fuerte. Le apreso las manos sobre la cabeza y me vuelvo un poco loco cuando me pide más.
Me esfuerzo mucho por no ser absolutamente indecente, pero Markel me lo pone muy difícil.
En un momento lo tengo bajo mi cuerpo y, al siguiente, me empuja un poco, se me sube encima y es él quien toma el control sin dejar de mirarme de esa forma escandalosa. Se la acaricio mientras se mueve sobre mí y dejo que tome cuanto quiera mientras me obligo a portarme bien.
Le rodeo la espalda con las manos, manteniéndolo preso contra mi torso, lo beso con furia y necesidad y unos instantes después nos enredamos tanto en caricias y besos y provocaciones que Markel acaba de nuevo bajo mi cuerpo.
Le doy la vuelta sobre las sábanas sin pensar mucho en lo que hago y el quejido grave que deja escapar me empuja a seguir, pero yo me detengo unos segundos.
—¿Todo bien? —me aseguro, solo por si acaso, y enredo los dedos en su nuca.
—Joder, Kai. Sí… Sigue.
La súplica en su voz termina de encenderme y me lleva directo a un fuego ingobernable.
Me corro después de que él llegue al orgasmo por segunda vez y me derrumbo sobre su pecho sudoroso. Respira de forma fatigada, con los ojos cerrados y los labios que tanto he besado enrojecidos y entreabiertos.
Me apoyo en él, dejo que los latidos de su corazón lo inunden todo y la calma absoluta que me embarga se ve solo rota por la mano de Markel en mi espalda, que me empuja levemente.
Me retiro con un nudo en la garganta y un corazón acelerado ahora por el temor.
No digo nada cuando se levanta con suavidad y le veo caminar hasta el baño. También yo me quito el condón y procuro no pensar, ni permitir que las dudas se adueñen de todo; pero el silencio es duro.
Entonces le veo regresar a la cama, rodearla y… tumbarse cuan largo es, estirando los músculos duros de su abdomen y los brazos que sube por encima de la cabeza. Suelta un bostezo y me dedica una sonrisa que consigue, antes siquiera de decir nada, disipar toda duda.
—¿Por qué me miras así? —Arquea las cejas—. ¿No querrás hacerlo ya otra vez? Estoy reventado.
Me entra la risa y me acuesto a su lado.
Esta noche no va a largarse.
Quizá no sea definitivo. Habrá mucho de lo que hablar si dentro de 48 horas seguimos vivos.
Pero es un comienzo. Uno bueno.